A nadie le amarga un clásico

imageSuelo hablar aquí de novedades, de restaurantes que ofrecen alternativas porque creo que resulta más interesante que ‘lo de siempre’, de sobra conocido. Sin embargo, esto no significa que reniegue de la gastronomía clásica, ni mucho menos. De hecho, creo que ningún amante de la cocina se debería saltar ese paso, el de los guisos bien hechos, los platos característicos de cada lugar, los dulces tradicionales y las recetas cocinadas en casa con amor y fuego lento, porque son la base. Hoy voy a destacar uno de esos lugares donde se come con fundamento, con una fórmula clásica pero infalible. Brasas, ingredientes de primera, buen servicio y toda la tradición castellana concentrada en la mesa: buen pan, mejor vino y lechazo asado acompañado de una ensalada verde. Es posible igualar, pero muy difícil de superar.

El lugar del que os hablo está en Aranda de Duero, tierra de bodegas y asadores, muy en boga últimamente por las Edades del Hombre y el festival Sonorama, que crece cada día. La cuestión es que recalamos en la localidad burgalesa, bien conocida por los sorianos porque es paso obligado camino de Valladolid. El Lagar de Isilla es uno de esos ‘clásicos’ que nunca pasarán de moda. El asador responde a todos los cánones que se le presuponen, con la madera y el vidrio antiguo por todos los lados y los aromas embriagadores de las brasas donde se asan a fuego lento las carnes, pescados o verduras. La barra, repleta de pinchos para abrir boca, aunque la esencia está en su magnífico lechazo asado en barro a fuego, sin más aliños que sus jugos, aceite y sal. El restaurante se asienta sobre una bodega excavada a 14 metros de profundidad, como tantas otras que horadan el suelo arandino, que se puede visitar y que hasta hace poco era el lugar donde se elaboraba el famoso vino del mismo nombre, El Lagar de Isilla. Ahora las bodegas, y un complejo hotelero, se han trasladado a la localidad próxima de La Vid, pero el asador de Aranda sigue mereciendo una visita.

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Una cohorte de camareros se afanan por atender al numeroso público ansioso de sentarse tranquilamente a degustar los tradicionales asados castellanos, pero hay mucha demanda y toca esperar. Tuvimos suerte de dar con un amable y profesional camarero que acertó al acomodarnos en un tonel junto a las botellas que El Lagar pone a la venta. La elección fue rápida, a pesar de que la carta está repleta de sugerencias a la brasa, incluido el pulpo. El lechazo y el solomillo fueron una buena elección, junto con un tinto roble de 2011, una ensalada verde de lechuga y cebolla y el célebre pan de Castilla, el mejor de nuestros tesoros. La carne, sabrosa, en su punto de cocción, crujiente por fuera y tiernísima por dentro, jugosa y exquisita. El postre nos pareció excesivo, porque lo que se estila en la localidad burgalesa es un hojaldre de crema acompañado con chocolate que pinta delicioso, pero teniendo en cuenta el viaje de vuelta, mejor optar por un café.

Después de la comida es obligada la visita a la bodega, que ya sólo es una galería de exposiciones, aunque uno puede hacerse la idea de lo que fue. Todavía se conservan los grandes contenedores de cemento y las botellas que se guardan a algunos de los amigos que forman el club del Lagar de Isilla. Por cierto, el restaurante aparece el primero en la célebre red de Tripadvisor entre los restaurantes de Aranda y, una vez más, la opinión de los comensales fue la más acertada.

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