Guerra de rapiña

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Resulta difícil hallar una mezcla de tonos, ritmos y géneros tan diversos como el bélico, la comedia y la crítica histórica y política tan acertada como Los violentos de Kelly (Kelly’s heroes, Brian G. Hutton, 1970). El absurdo título español, como casi siempre, consigue pasar por alto el guiño último del original, que invoca el juego de ironías y sarcasmos que pueblan buena parte del filme al atribuir la condición de héroes a los que son cualquier cosa menos esforzados patriotas o desinteresados luchadores por una causa justa.

En la Francia de 1944 (filmada en la Yugoslavia de Tito), con las tropas angloamericanas de Patton y Montgomery cerca de la frontera alemana, una compañía dirigida por el sargento ‘Gran’ Joe (Telly Savalas) ansía el momento de tomar Nancy para regalarse un homenaje de alcohol, música y chicas bonitas, ya que desde el desembarco en Normandía no han disfrutado de descanso con que paliar su desánimo por una aventura militar que les depara riesgos continuos sin recompensa alguna más allá de una paga que no tienen dónde gastar y un buen puñado de eslóganes de honor y gloria que a ellos poco les reportan. Todo cambia cuando el ex oficial Kelly –Clint Eastwood, de nuevo a las órdenes de Hutton tras El desafío de las águilas (Where eagles dare, 1969)- captura a un oficial alemán que antes de morir, ayudado por la ingestión masiva de alcohol, revela la existencia de dieciséis millones de dólares en oro custodiados en el banco de Clermont, un pueblo tras las líneas alemanas. Súbitamente poseídos por el ardor guerrero y una incontenible avaricia, aun con las reticencias de Joe, el grupo se dispone a emprender su guerra particular para hacerse con el oro, para lo cual elaboran una estrategia que incluye el aprovisionamiento de vituallas, municiones, armas y vehículos y el soborno a un oficial de artillería para lograr abrir una brecha nocturna en las defensas alemanas. De ello se encarga Buscavidas (Don Rickles, en una fenomenal encarnación del alma capitalista), un responsable de intendencia ladino y avaro capaz de conseguir cualquier cosa, siempre de manera irregular y siempre por un precio. Su indiscreción provoca que se una a la partida Oddball (magistral Donald Sutherland), un oficial de tanques que suma sus tres Sherman a la expedición junto con sus respectivas tripulaciones prematuramente imbuidas de flower power sesentero, leitmotiv de la pegadiza canción que abre y cierra la película, Burning bridges, que bien pudiera ilustrar cualquier imagen del San Francisco de la época hippie.

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Oddball y su grupo son el mayor hallazgo humorístico de la cinta. Tocado con su gorra de cuero, pasa el día junto a sus hombres disfrutando del paisaje, bebiendo vino, fumando en cachimba, comiendo queso y retozando con alguna lugareña, mientras en los gramófonos con que sus tanques van equipados (nueve años antes de que al coronel Kilgore de Apocalypse Now se le ocurriera poner banda sonora wagneriana a sus ofensivas en helicóptero) suena música country. Así dejan pasar la guerra entre fiestas nocturnas y días plácidos alejados del frente hasta que por catorce mil lingotes de oro se unen a la extraoficial aventura guerrera de Kelly. Y no solo ellos; ante las diversas dificultades que el grupo encuentra en su avance, poco a poco van incorporándose una compañía de pontoneros, la banda de música del regimiento y hasta la brigada de enterradores, todo ello bajo el estupor del general (Carroll O’Connor) que, habiendo captado las señales de radio que emiten y viendo que la batalla tiene lugar muchos kilómetros más allá de donde creía, se despoja de su roja bata de estar por casa con las estrellas de cinco puntas cosidas en los hombros y corre en su jeep con la caja de medallas dispuesto a condecorar a cada uno de los soldados que han logrado salvar el honor militar de unas tropas invadidas por la desidia.

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La película, algo más que inspiración para Tres reyes (Three kings, David. O. Russell, 1999), ambientada ésta en la Guerra del Golfo, además de estupendas escenas de combate, de un evidente alegato antibelicista consistente en el paralelismo entre el oro que persiguen los desertores y los fines nada desinteresados de los Estados Unidos en la guerra, ya sea la II Guerra Mundial que recrea o la de Vietnam del momento del rodaje, así como en el entendimiento cordial con el alemán que defiende el banco a bordo de su tanque Tigre, va acompañado de píldoras de humor sostenidas tanto en las excentricidades de Oddball, incluida su colección de imitaciones perrunas, y las continuas discusiones con su segundo, Moriarty (Gavin McLeod, futuro capitán Stuven de Vacaciones en el mar), como en las explosiones de carácter del general, cuya personalidad se construye de manera paródica en torno a los tópicos, valores y características físicas de los sonrosados wasp del Medio Oeste americano.

Con todo, el general se apunta el dardo envenenado que el guión dedica a los franceses, salvados in extremis una vez más tras su ridículo de 1940 cuando, recién llegado a un Clermont que festeja su liberación, es confundido con De Gaulle: ¿De Gaulle? Pero si ni siquiera ha estado en esta guerra

Después, sin sospechar que su gloriosa campaña triunfal no es más que un vulgar atraco, mientras hace sonriente, eufórico, el signo de la victoria, añade: Vive les américains!

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