Pasado y futuro, en un animalillo

Cudillero en tarde húmeda
Cudillero en tarde húmeda

El agua es fuente de vida, y la lluvia de algunos seres extraordinarios. Muchos buscamos cobijo cuando jarrea, pero unos pocos expresan su alegría a su manera. Hace poco se me cruzaron algunos de estos últimos. Estuve en Cudillero, pintoresco pueblo de mar de Asturias. A mí me parece un lugar precioso, con su laberinto de callejuelas verticales y escalerillas sin orden. Muy turístico, pero no era el día para visitas, con aquella cortina gris en el cielo, muy oscura, de la que manaba mucho, mucho líquido. Como uno se puede esperar del Principado. De fondo el Cantábrico, esta vez poco bravo, y el pequeño puerto.

Todo muy bonito, pero sin alegría. Hasta que la vimos a ella, o a la primera, caminando tranquilamente por las vacías calles. Las personas estaban a buen recaudo, en sus casas; fuera paseaban las salamandras. Esos batracios con cuerpo de lagarto –cola incluida- y cara un poco a lo rana, de ojos saltones, que se mueven reptando, sin prisa ninguna. En este caso, parece que eran de la norteña subespecie llamada ‘bernardezi’, pequeña pero muy chillona. Es sobre todo amarilla con rayas y manchas negras, cuando en otras variedades salamandrinas suele pasar al revés, con predominio negro y el amarillo como mero complemento. El ambiente plomizo que nos rodeaba tenía su contrapunto en esas criaturas húmedas y brillantes, de aspecto algo viscoso, que se arrastraban discretamente.

A las salamandras siempre se las ve así, en mitad del aguacero. Porque si no lo hay, lo suyo es la noche, y ahí nuestros ojos lo tienen más difícil. El día más húmedo de mi vida lo tengo automáticamente asociado a otro par de ellas. Recuerdo visualmente poco, aparte de una pista forestal entre el pinar, en mitad de un tormentón sin igual, a media tarde. Pista muy embarrada, de esas que parece que quieren convertirse en río, y mis botas chapoteando rápida y rítmicamente cuesta abajo, en busca del pueblecito de Dòrria (comarca del Ripollés, Pirineo de Girona), espoleadas por la incertidumbre de dónde pasar la noche. Mi capa de agua había sido ampliamente vencida desde un par de horas atrás, y me sentía calado como nunca, hasta lo más profundo de la ropa.

Salamandra 'fastuosa', en Cudillero
Salamandra ‘fastuosa’, en Cudillero

Y por supuesto, ni un alma animal por ninguna parte, salvo yo mismo. Ahí, en lo más desolado del diluvio, se me cruzó un soberbio ejemplar, más grande y oscuro que los de Cudillero, igual de ajeno a la tempestad. Caminaba conservando la compostura, moviéndose con una parsimonia impactante. Daba la impresión de estar en su salsa, y además así era. Más abajo, otro. No se me olvidará, porque he visto muy pocas. Ni tampoco que una familia de Dòrria me abriera su casa y prendiera la chimenea en pleno junio, para que aquel desconocido se calentase y secase algo sus prendas. Los anfibios eran otros.

El agua, nunca muy lejos

Antediluviana, pero amante de los chubascos. Así es la salamandra, que necesita humedad, como todos sus parientes anfibios: ranas, sapos, tritones. Hace unos 350 millones de años que la vida dejó de ser solo acuática  para este gran grupo de vertebrados, el primero que se aventuró fuera del caldo original, donde ya habitaban los peces, y buscó aventura en tierra firme. Su evolución daría lugar posteriormente a los reptiles, y de ahí a las aves y los mamíferos, o sea nosotros mismos. Mirando con perspectiva, todos somos parientes; no deberíamos olvidarlo.

Sin embargo, los anfibios que siguieron su historia como tales nunca se han alejado mucho del agua. Como mínimo la necesitan para reproducirse, porque ahí viven sus larvas antes de metamorfosear y convertirse en adultos plenamente formados. La salamandra es un caso especial, porque no pone sus huevos allí como los otros, sino que la madre deposita en el medio acuático precisamente larvas ya previamente desarrolladas dentro de su cuerpo: ‘ovovivípara’, la llaman los biólogos. Es más, subespecies como la nombrada variedad ‘bernardezi’ van a menudo más allá, y alumbran jóvenes ya perfectamente adaptados desde su primera luz a la vida en tierra. Muy grande.

Aunque la protagonista de hoy sea una de las especies de anfibias más emancipadas del agua, secarse sería la muerte para ella. Por eso, y aunque no sea muy abundante en general, existe en la húmeda franja norte peninsular, entre Cataluña y Galicia. De ahí para abajo, solo en las cadenas montañosas que le ofrezcan ambientes propicios, como arroyos y regatos, prados frescos o sombrías barranqueras. Asimismo resulta misterioso, también, que en las montañas del Sistema Ibérico se extinguieran o sean escasísimas, ya que también las hay más al sur dentro de nuestra Península. Al parecer se debió a una enfermedad causada por un hongo.

Precisamente, la revista ‘Science’ acaba de publicar que el coleccionismo de batracios ha traído a Europa otro hongo llamado Batrachochytrium salamandrivorans. El apellido es significativo, “devorador de salamandras”, ya que le causa heridas letales en la piel, que es por donde fundamentalmente respira el animal. Procede de anfibios asiáticos, inmunes a su presencia, pero amenaza con destruir las poblaciones de las salamandras y tritones del ‘Viejo Continente’: se ha comprobado que ha causado estragos ya en Holanda, y que ha saltado a Bélgica. Se teme que se propague mucho más aún.

Territorio muy salamandrero
Territorio muy salamandrero

Mitos y magia

Mientras confío en que la nueva peste no invalide la siguiente frase, siempre me he preguntado cómo han hecho las modestas salamandras para llegar hasta nuestros días. Su librea negriamarilla es sumamente fanérica, que es lo contrario que críptica: llama la atención. Si un miope como yo es capaz de detectarlas a simple vista, qué no harán los predadores de todos los tamaños que comparten hábitat con ellas. Además estos urodelos –anfibios de pinta ‘lagartijoide’, con cola- carecen de velocidad alguna para la escapada. Y no solo no pueden saltar lejos, como los anuros (sapos y ranas), sino que además no nadan especialmente bien y tampoco les resulta una buena vía de escape.

Una de las claves está en las glándulas parótidas que luce la salamandra a ambos lados de la cabeza, bien visibles, y las dos hileras de más poros glandulares en el dorso. Segrega por estos generadores un líquido pegajoso y claro, que expulsa cuando siente el peligro. Y que es tóxico, sumamente irritante si entra en contacto con los ojos o las mucosas del agresor, pongamos un zorro. Si un carnívoro prueba salamandra por primera vez, no lo olvidará y no le quedarán ganas de repetir nunca más. Ahí está la clave de los llamativos colores, que comparte con muchos seres venenosos del mundo: precisamente esas pinturas tan tropicales refuerzan la memoria del enemigo, sirven para decir eh, cuidado. Que, como te atrevas a comerme…

Multitud de leyendas y supersticiones se asocian a este batracio, quizá por su extraño proceder, por su habitual nocturnidad o por sus chocantes tonos. Durante siglos se ha dicho que su líquido podía dejarle a uno calvo instantáneamente, o envenenar riachuelos que pasaban a matar a cualquier incauto que bebiera de ellos: trascendió la falsedad de que el ejército de Alejandro Magno, nada menos, sufrió pérdidas de miles de soldados y caballos por haber bebido estos de un río ‘contaminado’ por la salamandra. O se decía que su saliva producía heridas mortales a las personas, o dejaba sin fruta a los árboles a los que se acercaba… Lo cierto es que basta con lavarnos para que se nos pase el picor que provoca su ‘leche’ defensiva, dado que nosotros no nos la vamos a meter a la boca.

Mucho que aprender

Salamandra madrileña, en Navacerrada
Salamandra madrileña, en Navacerrada

Es cierto que son animales de sangre fría, pero se llegó a creer incluso que se podía apagar las llamas con ellas. O que eran ignífugas, por lo que eran capaces vivir dentro del fuego. Infundios dignos del demonio: mejor matarla o, mejor aún, no tenerla muy cerca.

Sin embargo, lo más extraordinario de este animal no es una invención, sino una realidad que parece divina más que diabólica. Hemos escuchado a menudo que la lagartija suelta la cola para despistar al depredador que la persigue, y que le vuelve a crecer, aunque más corta y menos perfecta. Pues bien: la frágil salamandra reproduce también sus patas, e incluso ¡parte del corazón!, si sufre alguna pérdida.

Si le arrancan una extremidad, que es más normal que el corazón, en uno o dos meses aproximadamente le brota otra idéntica, con todos sus dedos. Primero desarrolla sobre el muñón una protuberancia llamada blastema, de la que con el tiempo brotará una copia del miembro perdido. Y además puede repetir esta operación más veces, y por si fuera poco no deja cicatriz. Se convierte así en otra leyenda cristiana con patas, la del Santo Grial, el cáliz de Cristo capaz de sanar las heridas más graves. Según investigaciones recientes, en parte ese milagro se consigue gracias a las células madre que circulan por la sangre del urodelo, prestas a actuar allá donde se las necesite, pues pueden dar lugar a células de otros tipos.

El mecanismo, desde luego, es muy complejo. Así que la ciencia sigue investigando a las aparentemente insignificantes salamandras. ¿Qué impacto tendría su milagrosa capacidad autorregenerativa, aplicada a humanos? Y sobre todo, ¿cómo ‘enseñar’ a nuestro cuerpo a hacer lo mismo? ¿Es factible aplicárnoslo de alguna manera, alcanzaremos alguna vez tanta maestría técnica como para conseguirlo? Ya se verá, pero impacta que estos secretos los porte consigo, reptando, un pacífico bichito.

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