Calblanque: sorpresa de lujo en la costa de Murcia

Qué atrevida es la ignorancia, dice la frase hecha. Mi cabeza, como otras muchas, también se alimenta de tópicos, o de mitos y prejuicios que a menudo se crea uno mismo…

En toda mi vida solo he pasado dos días en la región de Murcia, y la capital ni la conozco, solo la vi de pasada desde el coche. En realidad hasta hace pocos meses era, junto a Badajoz, la única provincia española donde nunca había estado. Así que, otro fin de semana cualquiera, me decidí a solucionarlo. Y me fui al extremo sureste de la piel de toro, al cabo de Palos, allí donde la costa que viene de Levante dobla decididamente en busca de Andalucía.palos

Pero este viaje, y otros, empezaron muchísimo antes. Cuando de jovenzuelo cayó en mis manos una obra imprescindible, que también ha guiado muchos de mis pasos. Se trata de la ‘Guía de la naturaleza española’ de Juan Gabriel Pallarés, coleccionable que salía hace un par de décadas con ‘El País Semanal’. Amena, muy bien escrita, muy bien documentada.

Dividida por autonomías, va repasando meticulosamente todos los espacios protegidos y sobre todo dignos de proteger que albergan las tierras españolas. Desde serranías enormes a pequeñas isletas o lagunajos, citando una inmensidad de fuentes. La conservo manoseada y sin encuadernar –un par de capítulos son fotocopias que me hizo un conocido-, guardada como oro en paño en una carpeta marrón y destartalada que mi difunto tío decidió que fuera para mí: pone mi nombre en una pegatina.

(Me siento obligado a confesar aquí algo que nunca he contado: supe de la Guía por casualidad, cuando alguien me dio un par de fascículos. Después me enteré que el hermano mayor de un antiguo amigo había hecho la colección entera, y se la pedí para tenerla un tiempo. Por tonterías de cuando tienes 13 años perdí el amigo, y creo que es lo único que conscientemente no he devuelto en mi vida… En honor a la verdad, le tengo más aprecio a la colección del que le guardaba a aquel chaval. Que no pese mucho en el Juicio Final).

El prejuicio… ¿consumado?

He tratado de ir conociendo todos los lugares que me parecían atractivos según la Guía, tarea para la que debería reencarnarme varias veces. Pero se hace lo que se puede. La cuestión es que Murcia era, quizá, la zona que menos me llamaba la atención. Pequeña, desertizada en buena parte, sin grandes joyas de la fauna ibérica desde hace literalmente siglos, tórrida en verano… Y siempre a una eternidad de mi casa, porque soy de Gipuzkoa y he vivido en Pamplona, Soria y Madrid. Lejísimos.

Y ¡ah!, murciana es la Manga del Mar Menor. Ese lugar que mi cerebro situaba en su día casi en Mozambique, vendido a bombo y platillo en los concursos televisivos de mi infancia: no había ‘Un, dos, tres’ ni ‘El precio justo’ que se preciase que no incluyera entre sus más ostentosos premios un apartamento allí. A los donostiarras no nos impresiona la playa, porque la mejor la tenemos al lado de casa, rodeada de verdísimas montañas; ¿quién se iría de vacaciones a ese lugar amarillento que salía en las fotos, plagado de bloques claros de nosecuántos pisos? Yo no entendía nada.calas

Total, que mi pereza con Murcia era casi antediluviana. Muchos años después, y hace pocos, descubrí por la costa valenciana o malagueña rincones muy bonitos, pero más aún espantos terribles de cemento, asfalto y chiringuito de los que me suelen dar ganas de salir huyendo. Aún así, algún día había que darle una oportunidad a Murcia. Así que lo dicho, rumbo a lo desconocido.

Por las fechas que figuran en algunos de sus textos, el señor Pallarés escribió en torno a 1989-1990. Vete a saber qué habrá sido de aquellos lugares, pensé, si las amenazas que relata se han consumado. Lo cierto es que con Murcia no se esmeró tanto, ya que incluye los rincones valiosos de su costa en un único apartado, por lo que evidentemente reparte las descripciones. Pero me llama la atención que ya por entonces figura un parque natural declarado en el litoral. Y me apetece mar, que es lo que más escasea en las urbes…

…Y de pronto ahí estoy, en el histórico cabo de Palos. En mi viaje casi de ir-tocar-y-volver tengo un domingo completo, y sé que me da tiempo a asomarme mínimamente al Mar Menor, que está ahí mismo: pese a las torres que se ven por todas partes, dice Pallarés que en su pasado (remoto) este lago interior fue como Doñana. Bueno, lo pensaba, lo de que me daría tiempo: el atasco es tan monumental en la entrada a la Manga que tengo que dar media vuelta tres cuartos de hora después de haber avanzado un kilómetro escaso.

El cabo en sí, faro incluido, redobla mi angustia: es el primero que conozco donde los edificios prácticamente se comen a la roca. Y yo que esperaba algo agreste y batido por las olas, como Peñas, en Asturias, o Matxitxako en Bizakaia…

Se hace la luz.

Pero en Palos, una de las esquinitas de la Península Ibérica, la costa este termina y empieza la costa sur del Mediterráneo. Y el mundo cambia de golpe, de una forma inenarrable. Enseguida empieza el Parque Regional Calblanque, nombre de una de las playas que incluye. A 10 kilómetros de la Manga, y con el faro a la vista, el mundo se transforma. Pegando con las últimas casas de Palos se abre cala Reona, bella pero llena de turistas. Un sendero trepa por el acantilado contiguo, dobla una pequeña punta entre paredes oscuras y serpentea hasta otra cala; supera un barranco y se asoma a las olas, vuelve a entrar y vuelve a salir…dunasgeneral

Las aguas invitan a bajarse a alguna de las calitas; eso hago, no me arrepiento. Las gaviotas cacarean por doquier, la brisa refresca la cara. En un par de kilómetros se alcanza un paraje llamado ‘Mirador de Punta Negra’: la boca se me abre, los prejuicios caen pulverizados a mis pies, sumándose al campo de dunas y playas claras que se abre a mis pies. A la derecha, las salinas de Rasall, donde paran las aves migratorias. Al fondo el Cabezo de la Fuente, un montículo de cumbre pétrea y rojiza, de poco más de 300 metros de altura pero que luce imponente desde acá. Más lejos, al final de la gran llanura, otro monte más alargado que penetra en el ‘Mare nostrum’, el de las Cenizas.

Y sobre todo… ¡ningún edificio! Miento, hay dos. A pocos kilómetros, el centro de visitantes; más cerca, una casona… abandonada. Hay gente en la playa, no lo voy a negar, pero no tanta: están holgados y es mediados de julio… Aquí en invierno no tiene pinta de haber nadie. Algo brilla a unos 500 metros de la orilla: sí, son algunos coches. El parking (un arenal) está lejos: unas pasarelas de madera llevan a los bañistas hasta el agua, para no dañar la importantísima vegetación adaptada a las dunas. Miento de nuevo: los llevan sus propias piernas, que es lo bonito e inesperado de todo esto. Por si fuera poco, para alcanzarlo hay que recorrer una decena larga de kilómetros por pista de tierra por la que no todo el mundo está dispuesto a meter el preciado vehículo…

En definitiva, entre lo que he dejado atrás y el panorama que se abre hasta donde llegan mis ojos y sus colegas los prismáticos, estoy en el más increíble tramo de costa prácticamente virgen que he visto nunca en la España peninsular.dunafosil2

Incredulidad.

Puede que objetivamente los haya mejores, pero en la balanza sumo espectacularidad, contrastes entre llanura y cerros –las Cordilleras Béticas se hunden aquí en las olas-, carácter relativamente solitario en plena temporada alta… y sorpresa, por la nula publicidad que de esta zona había llegado a mí. La sorpresa es doble, conociendo además lo que le ha pasado al litoral desde el inmediato Palos hasta Cataluña. Porque vale que los cantiles sean difíciles de edificar, pero ¿¿¿cómo es posible –me alegro- que dejaran intactos estos centenares de hectáreas de arenales y dunas…???

No lo sé, pero celebrémoslo. Bajo de las crestas hasta la playa, paseo por entre las arenas móviles, me acerco a las dunas fósiles, auténtica reliquia de arena petrificada que no se puede pisar pero sí contemplar de cerca. Y a bañarse otra vez, claro… No hay suerte mirando al cielo, pero me aseguran que el águila perdicera, en regresión brutal en otras zonas, planea por estos parajes donde crece la rara sabina mora.

No me sobra tiempo. Retrocedo y, ayudado por mi viejo bólido, el Renault 19 de las aventuras, me acerco dando un buen rodeo de carreteras al Monte de las Cenizas, al otro lado del parque, a un par de decenas de kilómetros en línea recta desde el extremo opuesto. Ahí, ya a pie y en 3 kilómetros de ascenso por un densísimo pinar –otro imprevisto-, alcanzo la mesetaria cima donde se construyó una antigua batería militar que alberga no tan antiguos cañones, de los más largos del país.cenizas

La vista desde allí es sobrecogedora, una vez más, con los verticales y oscuros límites de la roca cayendo a pico hasta el mar, desde mucho más alto que en la zona de Reona. Unas diminutas manchas rojas se aprecian sobre las olas: es un puñado de personas en kayak… A la derecha, o sea hacia el oeste, se divisa la multicolor bahía de Portmán, por desgracia no debida a delirios de la naturaleza sino a vertidos mineros destructivos, que terminaron en 1990. Pero los acantilados y colinas costeras sin construir siguen hasta la prehistórica Cartagena; más allá está el cabo Tiñoso, y algo más allá el cabo Cope, agreste donde los haya. La costa masacrada que siempre imaginé brilla, en general, por su ausencia.

El plan.

Mi cerebro empieza a idear algo que algún día realizaré, si puedo: una buena caminata de varios días por todo el sur de la costa murciana, quién sabe si hasta el mítico y brutal cabo almeriense de Gata, que es la continuación natural. Durmiendo donde toque, parando a bañarse. En primavera, cuando no haga calor ni tampoco frío, cuando la costa sea nuestra…

Y sí, qué atrevida es la ignorancia.

Madrid solitario: huyendo de las torres

DSC_0206Si la Comunidad de Madrid es un triángulo imaginario casi perfecto, nos encontramos cerca del vértice por el lado derecho, es decir el noreste, a unos 60 kilómetros de la ciudad, en tierras del municipio de Patones. Tan, tan al borde que este río Lozoya que hemos venido a visitar es la frontera con Guadalajara. Siempre me encantó esa sensación de cambio repentino, por ejemplo la de pasar en un chasquido de dedos de la llanura a la montaña, tan de golpe como sucede en Palencia: 90% de campos dorados y 10% de repentina empalizada de cumbres. En esta parte de Madrid el choque no es tan físico como mental: de los atascos al sosiego, en poco más de media hora de coche…

Cierto que desde cualquier altozano, si proyectamos la mirada hacia el espacio abierto que se extiende a nuestras las espaldas (y no hacia el paredón artificial de 30 metros que nos tapa el valle de enfrente), descubriremos que la urbe no desaparece: uno, dos, tres, cuatro… Sí, también desde aquí se divisan los rascacielos de la ex ciudad deportiva del Real Madrid. En realidad, si da el ángulo, no hay manera de librarse de ellos en casi cualquier horizonte regional.

Miremos, entonces, más a corto. Luce fresco, el río Lozoya, tremendamente claro; son sus últimos metros de canturreo tras 90 kilómetros de vida por este norte madrileño, y poco más allá se funde con el Jarama y viaja hacia la capital. Sus aguas, procedentes de los granitos de Peñalara, son de gran calidad, se han ganado fama internacional. Y allá por mediados del siglo XIX, la urbe madrileña –ésa que digo que quiero olvidar por un rato, pero no lo he logrado- crecía y crecía. Había que dar de beber a cada vez más gente…

Así que se levantó aquí otra obra de ingeniería importante, más modesta que las a la par cercanas y lejanas torres, pero magnífica en su momento: la presa del Pontón de la Oliva, primer hito de la red de embalses y canalizaciones aún vigente para el suministro de la capital, que recibió el nombre de la cabeza del estado de entonces: ‘Canal de Isabel II’. Este sistema ha dejado sus huellas en el paisaje de los alrededores, en forma de grandes canalones y pequeños acueductos que en algunos casos salvan desniveles sorprendentes.DSC_0064

El proyecto del Pontón de la Oliva, cronológicamente primer embalse del Lozoya, usó a miles de trabajadores como mano de obra, muchos de ellos presos que, irónicamente, edificaban un muro para que tampoco el agua huyese a su antojo. El caso es que la infraestructura duró poco en acción, por problemas de filtraciones, que es de lo peor que le puede pasar a una presa…. Pero es bonita en su sobriedad, se conserva bien, es curiosa de ver. Y puede convertirse en una puerta medianamente mágica.

Portón, o Pontón, para cambiar de mundo.
Según la miramos desde la carretera que viene desde Patones de Abajo, unas rampas y escalerillas por su parte izquierda nos permiten superar la muralla artificial. Y allí no hay más que seguir un sendero inicialmente pegado a la roca, separado del abismo por una barandilla metálica, para cruzar un simbólico umbral, como un portón permanentemente cerrado. La civilización queda atrás. Delante… nada. O casi todo

Echemos a andar remontando el río sin esfuerzo, que el paseo es agradable. Un sendero fácil, a media ladera entre jaras, retamas y romeros, nos mete de pronto en un paisaje que sorprende por su soledad. En la otra orilla se suceden los paredones donde, con buen tiempo, proliferan los escaladores. Por este lado es probable que no nos encontremos con nadie, más aún ahora que el viento sopla gélido.

Abajo, junto al cauce, pastos fresquísimos dan de comer a unas pocas vacas. Árboles acompañantes de toda corriente que se precie –fresnos, sauces, álamos, alisos- no faltan; es más, abundan. En esta época, las flores blancas del almendro le ponen un toque nevado al entorno. Con un poco de suerte los corzos tardarán lo suficiente en escapar como para verlos de cerca, e incluso los jabalíes.

Todo esto guardaba la gran puerta de la Oliva. El Sendero de Gran Recorrido (GR) 88 nace aquí, y sin muchas complicaciones nos conduce por el despoblado paisaje: no hay más que remontar el Lozoya sin desnivel alguno para alcanzar la presa del Atazar, ésta sí en plena forma hidrológica, pues forma el mayor embalse de la región madrileña.

También se puede optar por una revuelta circular que supone algo de cuesta, pero poca. El descrito recorrido se adentra sin pérdida en parajes puros hasta un tranquilo soto en que, a unos 5 kms. del comienzo, al camino que sigue hacia el Atazar le brota un claro ramal a su izquierda que sube hacia las colinas, más secas de lo que habíamos visto hasta ahora. La pista remonta y termina cruzándose con una modesta carretera que nos conduciría de vuelta hasta el Pontón, si no fuera porque podemos seguir pisando tierra, siempre más emocionante.DSC_0236

Antes de descender definitivamente a nuestro punto de origen, vale la pena desviarse unos minutos a un sensacional mirador que nos muestra el pequeño cañón del bajo Lozoya en pleno esplendor, imagen cenital de lo que fueron nuestras pisadas iniciales y de la misma presa, sensación que nunca defrauda. Aunque las torres de la ingeniería moderna se quieran hacer notar allá a lo lejos.

El recorrido completo supera por poco los 10 kilómetros, pero también se puede ascender al Cancho de la Cabeza (1.263 metros), en busca de mejores panorámicas, para concluir descendiendo a la imprescindible y reconstruida aldea de Patones de Arriba, show de casas aterrazadas de pizarra, bodegas en la roca y otros testimonios de tiempos perdidos, donde restaurantes y alojamiento no faltarán. Eso sí, preferentemente que no sea en fin de semana y menos de meses cálidos: la urbe parece lejos, pero sigue cerca…

El plató de Félix

Pelegrina“Félix Rodríguez de la Fuente es mi padre”, leí una vez que contestó David Attenborough, el canoso y dicharachero presentador de programas faunísticos de la BBC, en una entrevista. Y me sorprendió que un ‘sir’ británico, un prócer de la sacrosanta cadena pública británica, describiera así a un extranjero, con lo ególatras que dice el tópico que son allí. Así que, importante ha de ser, el tal Félix.

Soy uno más de los centenares de miles de niños de la Transición a los que este hombre, el mejor comunicador del que tengo conocimiento, nos cambió la vida directa o indirectamente. Sobre todo con su mítica serie televisiva, ‘El Hombre y la Tierra’, que desde los primeros compases de su inolvidable y energética sintonía inicial me mantenía pegado a la pantalla, abducido, de punta a punta del capítulo de turno. A veces para desesperación de mis padres, pues lo echaban de noche, entre semana, y había que irse a dormir, que el cole no perdona. Creo recordar que nunca lo consiguieron.

“Yo soy yo y mi circunstancia”. Imagino que la semilla del amor a la naturaleza la llevaba dentro, pero Félix y sus ayudantes, todo un ‘dream team’ para despertar conciencias, la abonaron y regaron. Sus documentales sobre las maravillas de la fauna ibérica han sido decisivos en muchas de mis andanzas. Por ejemplo a la hora de acercarme varias veces aquí, a la hoz de Pelegrina o barranco del río Dulce, pegando a Sigüenza, Guadalajara. ‘El plató de Félix’, hoy pequeño parque natural.

Muchas de las decenas de capítulos de ‘El Hombre y la Tierra’, el programa de la televisión española más exitosa e internacional de todos los tiempos, se grabaron en este pequeño, agradable y precioso cañón. Un lugar ideal para un paseo tranquilo y facilísimo, interesante en cualquier época del año y apto para todos los públicos, niños inclusive.

Y se llega enseguida. Desde Soria capital apenas son 115 kilómetros: viaje hasta Medinaceli, A-2 en sentido Madrid y segunda salida hacia Sigüenza (118). En poco más de 7 kilómetros por carretera local estamos en el pueblo, y poco antes hay un magnífico mirador erigido “por suscripción popular”, reza la placa, en 1980 y en homenaje al entonces recién fallecido Félix y sus colaboradores.

Desde el pueblo de Pelegrina, adornado con su vertical castillo, se desciende a la orilla del río, que a su paso por este rincón de la meseta ha horadado, como muchos otros, la roca caliza que amuralla el curso fluvial a ambos lados. Crían aquí las rapaces rupícolas o de nidificación en roca, como el buitre leonado, el águila real, el halcón peregrino y el búho real, alguno de los protagonistas de la sin par serie. Junto al río, el bosque galería basado en los chopos hace las delicias de aves más pequeñas y trinadoras. En otoño, contemplar el cañón desde un altozano es un espectáculo dorado…

La ida y vuelta desde la población hasta el fondo del cañón apenas tiene desnivel, y son poco más de 5 kilómetros. Se puede alargar un poco la caminata, sobre todo en el deshielo, para trepar un poco ‘al fondo a la derecha’ y visitar una magnífica cascada temporal que da un toque casi mitológico al ya de por sí fascinante paisaje. Para retornar a Pelegrina se puede cruzar al otro lado del pequeño curso fluvial y conocer la otra orilla, a ratos más pegada a la roca y con algún paso en el que se ha habilitado una rudimentaria barandilla, por si acaso.

Enclave histórico.

Eso me parece esta pequeña hoz, al menos para la historia de la naturaleza. Con un simple vistazo a las laderas y muy poco de imaginación, los nostálgicos intuiremos las persecuciones de los lobos a los ciervos, que alguna vez chapoteaban en su huida por el río Dulce junto al cual humeó el fuego del campamento de los naturalistas. Además, ‘el último lince’ iniciaba su jornada de caza pasando entre estos farallones rocosos, y desde más arriba, el águila real oteaba el horizonte antes de lanzarse a por el pequeño muflón y bajar en picado con él en las garras, en la escena más espectacular y recordada de las horas y horas de los múltiples capítulos…

…sí, es cierto, era una escena trucada. Como se puede comprobar perfectamente siguiendo las imágenes, hay un movimiento raro, un cambio de plano cuando las uñas de la rapaz enganchan al pequeño cuadrúpedo. Como cuenta en su autobiografía el malogrado naturalista soriano Aurelio Pérez (de Barriomartín, el hombre calvo y con bigotes que a menudo aparece con una rapaz sobre el puño acompañando a Félix), allí estaba él, oculto y jugándose el tipo sobre una mínima cornisa, sujetando a la presa para que el águila (amaestrada) pudiera capturarla ante las cámaras.

Se dice incluso que lo que lleva el águila en las garras en la segunda parte de la impactante escena, cuando baja hacia el fondo del valle, era un nuevo animal, convenientemente vaciado para que pesara menos… Los lobos, criados por el propio Félix y su familia, también corrían tras los ciervos en un cañón que no dejaba de ser un recinto cercado, muy amplio pero sin escapatoria, y en general la inmensa mayoría de las escenas de caza eran así.

…sobre todo, porque filmar todo esto era imposible. Sí, los protagonistas no eran animales libres. Pero allá por los años 70 era la única manera de conseguir material inédito de semejante calidad: la fauna salvaje no posa. Y sirvió para mostrarnos escenas que pocos habían visto, menos aún filmado, y sobre todo para enamorar a millones de personas de un país donde hasta entonces la escopeta y el veneno campaban a sus anchas, apoyados desde la propia administración. Si el lobo, las rapaces y el lince siguen cazando en libertad es, en buena parte, por el golpe de timón que dio Félix a nuestro modo de mirar y apreciar la naturaleza. Y… gracias a sus animales cautivos.

A mitad del camino de ida en este recorrido, cruzando un paisaje anónimo que a la vez forma parte de nuestras vidas, existe un pequeño y sencillo edificio, una simple caseta donde el equipo del programa guardaba el material de rodaje. Es prácticamente todo cuanto recuerda lo que pasó aquí, a la postre decisivo para la conservación ambiental. ¿Se le daría más importancia si estuviéramos en Inglaterra y fuese el escenario de sir David Attenborough…?

 

Guadiana, ¿dichosos esos Ojos?

El cielo está plomizo sobre la Mancha, cubriendo la horizontalidad sin concesiones de la provincia de Ciudad Real. Dicen que aguantará, que como mucho quizá llueva un poco esta tarde. Bueno para los turistas, no tanto para el espacio donde nos han llevado las cuatro ruedas del coche: las Tablas de Daimiel, el más importante humedal interior de España. El punto donde se unen, o unían, los ríos Guadiana –dulce- y Cigüela –salobre-, en un espacio tan sumamente plano que, justo aquí, desbordan para anegar unas 1.850 hectáreas. Más adelante el terreno adquiere el mínimo de pendiente para que el Guadiana siga un curso ya normal, ya de río al uso, y deje de ser tabla… rasa.

Pero eso era lo habitual hasta hace un cuarto de siglo. 25 años después se ha convertido en lo excepcional. En invierno de 2010, las noticias decían que una racha inusual de precipitaciones había llenado de pronto las Tablas, como no se veía en lustros, y en cuanto pude me acerqué, pensando en que podría ser la última oportunidad. Ya había estado allí un verano anterior, y fue deprimente: apenas 50 hectáreas artificialmente inundadas. Pero valió la pena aquel segundo viaje: el pantanal rebosaba, y si la primera vez había junto al camino una triste barca abandonada sobre la tierra cuarteada, la segunda continuaba en el mismo sitio pero prácticamente sumergida. ¡Y contenta!1

Ésta de febrero de 2013 es mi tercera vez aquí, no sé lo que me voy a encontrar. Llevo los prismáticos y la cámara preparados, pero antes de internarnos en el más castigado Parque Nacional español, prefiero acercarme al mostrador del centro de visitantes, a que me den el clásico tríptico informativo y preguntar lo que me espera: “¿Cómo están de llenas las Tablas?”. “Llevamos tres años de más lluvias de lo normal”, recuenta el guía. “Estamos al 70%”. Un alivio.

¡A ver si aprovechamos la oportunidad! Tres pequeños recorridos muy próximos al edificio, basados en parte en pasarelas de madera sobre las aguas poco profundas, te dejan entrever las características del espacio protegido. Está salpicado de observatorios, también de madera, desde los que mirar a las aves acuáticas sin ser vistos, como buenos espías. Uno de ellos da a la llamada ‘laguna de aclimatación’, donde se guarda en cautividad una muestra de buena parte de los variados y preciosos patos que habitan las Tablas, algunos en extremo peligro de extinción como la malvasía.

También se visita la Isla del Pan, donde se asienta un pequeño bosquete del taray, de aspecto exótico, único árbol del interior del parque. Desde su pequeña colina se domina el gran charco y sus carrizales y masegares, con los Montes de Toledo como lejano telón de fondo. Daría un dedo de la mano por poder meterme en barca durante días, a explorar tranquila y silenciosamente todo lo que veo, pero me tengo que ceñir a lo poco que nos dejan a los visitantes: el resto es para las aves y anfibios silvestres, para la vegetación palustre. Es el precio que hay que pagar para que sigan existiendo.

Según los geólogos, bajo las Tablas se asienta la inmensa laguna subterránea llamada Acuífero 23, que en épocas de bonanza acuática comunicaba con la superficie, rebosaba hacia el exterior. “Eres como el Guadiana” es una frase muy extendida, que denota irregularidad. Y a efectos prácticos, caduca: este gran curso fluvial nace en las Lagunas de Ruidera, entre esta provincia y la contigua de Albacete, y poco después se esconde en el subsuelo, entrando a formar parte del 23 -es una de las teorías, al menos-. Unos kilómetros más allá, ¡milagro!, volvía a brotar cerca de las Tablas, manando por los llamados Ojos del Guadiana.

Llorar de alegría.
Si algún nuevo amante de la naturaleza se acerca inocentemente a los Ojos, señalizados por un cartel marrón de esos de ‘lugar de interés’ junto a la carretera N-420, quienes desbordarán serán sus propios órganos visuales. Es un secarral como otro cualquiera, y nada más. Realmente, la última vez que el agua salió de allí fue a mediados de los 80. Qué paradojas: para ellos, llorar siempre fue síntoma de felicidad…

25 años hace de eso, y otros tantos metros llegó a bajar el nivel del acuífero subterráneo, que evidentemente lo ha tenido imposible para volver a manar. Campañas de desecación durante el franquismo y la multiplicación explosiva de los pozos de regadío en la zona (legales e ilegales) mataron al Guadiana, en casi igual medida al Cigüela y de rebote a las 250 especies de aves que usaban este lugar como morada o zona de paso, descansadero en mitad del infinito, en el oasis de la llamada ‘Mancha Húmeda’.2

Durante años y años, las Tablas (Parque Nacional desde 1973) han recibido auxilio artificial, mediante trasvases desde la cuenca del Tajo y pequeños diques, para conservar al menos una parte encharcada, de forma que el visitante pudiera hacerse una idea de lo que allí hubo. Idea poco clara y decepcionante, tanto que la misma UNESCO ha estado a punto de retirarle al Parque el título anexo de Reserva de la Biosfera que ostenta desde 1981, por pura degradación.

A mediados de 2009, y por culpa de años de dura sequía, el destino –provocado- dio otra vuelta de tuerca contraria a los intereses del maltrecho parque: el subsuelo inmediato, formado por turba (una especie de carbón vegetal milenario, para entendernos), entró en combustión espontánea y lenta: salía humo de la tierra… ¿Se ha visto alguna vez mayor contradicción?, ¡un humedal en llamas…!

Ese fuego oculto, difícil de erradicar sin ingentes cantidades de agua, pudo matar las Tablas para siempre: la citada base de turba es clave para que, cuando se inundan, el suelo no chupe el líquido y todo quede en nada. Por fortuna el destino –esta vez no provocado- mandó al auxilio, en el invierno 2009-2010, las más nutridas lluvias del último medio siglo, el mejor bombero posible. Coincidieron con un trasvase de urgencia (los había suspendido el Gobierno, por la crisis), que de todas formas ya no hacía falta.

Estábamos esperándote.
Las Tablas se salvaron en el último suspiro, en definitiva. Y como dice el guía, los últimos 3 años han sido bastante lluviosos, tanto que, unidos a una campaña progresiva de cierre de pozos de regadío que ha dado algunos frutos, el Acuífero 23 ha llegado casi a regenerarse. Aunque como se suele decir, lo difícil no es llegar… sino mantenerse.

Por fin, el domingo 9 de noviembre de 2012, fecha para la historia de la naturaleza europea, la utopía se hizo realidad, al menos en parte y vete a saber hasta cuándo: un hilo de agua brotó del subsuelo y comenzó a deslizarse por el polvoriento cauce del Guadiana, seco desde 1986. Corriente que creció, se juntó con la del Cigüela y desbordó una vez más en la llanura manchega. Para alegría de algunos, como yo.

El Acuífero no ha subido tanto, aún, como para que mane por donde siempre lo hizo, por los Ojos, que están a una altura algo superior. Quién sabe si llegará a hacerlo, y si no será apenas por unos días. Pero al menos, ahora mismo, los patos, los ánsares, las zancudas como los preciosos flamencos… disfrutan de la Mancha Húmeda como antaño. Guadiana, llevábamos tanto tiempo esperándote…

‘Dingo’: el drama de una especie con nombres y apellidos

DSC_0131Por esas cosas de la vida, es decir por trabajo, vivo donde jamás habría deseado ni imaginado: Madrid, el imperio del asfalto. Y debido al mismo motivo, libro raro, a veces a destiempo. Esa vez, una dupla lunes-martes sin sentido, a principios del pasado enero. Planeo dedicarla a amplias búsquedas en Internet que tengo pendientes. Pero a mediodía del lunes, suena el SMS y ahí tengo a mi amigo Javier, biólogo de primera división: varios colegas suyos están apostados con sus telescopios en la Sierra de Andújar, la parte jiennense de Sierra Morena. “El gato está a tope con el celo”, anuncia. “Mis amigos se lo han comido. Si puedes, vete ya”.

‘El gato’ no es el minino de casa. El gato es como le llaman en el mundillo al lince. Palabras mayores, para un aficionadillo campestre como yo. El lince ibérico, exclusivo de Iberia, el felino más escaso de la Tierra. Para mí, uno de los ‘6 grandes’ de nuestra fauna. En los safaris por la sabana africana, los viajeros buscan el repóker de mamíferos: león, leopardo, búfalo, rinoceronte, elefante. Si no los has visto todos, no parece lo mismo. En la fauna ibérica, yo tengo desde niño mi lista de media docena, aves inclusive: águila imperial, quebrantahuesos, urogallo, lobo, oso, lince. Si la completo, tendré al menos una razón para morir en paz. Sólo me falta él.

¿Puedo? Me lo pienso dos minutos. A final de mes me venía mejor, cuando me han asignado cuatro días ociosos como cuatro soles, y pensaba ir precisamente a Andújar, en busca de esa especie que ya me fue esquiva hace un par de años. Pero el celo nos activa a todos, y más a ellos que lo sufren o disfrutan entre mediados de diciembre y mediados de enero: se mueven, se buscan, no se preocupan tanto por ocultarse, ¡maúllan…! A finales puede ser tarde, como la otra vez. Me ha sobrado un minuto, por lo menos.

Así que me olvido de mis planes anteriores. Hago la mochila con cuatro cosas, porque mañana por la noche tengo que estar de vuelta en la urbe, marco un par de números que me da Javier para quedar con su tropa, bocata, coche y a surcar la llanura manchega. La verdad es que en poco más de tres horas estás en Sierra Morena, ajeno al mundo. A las seis es noche totalmente cerrada.

En el único bar en muchos kilómetros a la redonda me encuentro con el pequeño ejército de linceros, que no conocía. Los biólogos tienden a ser muy precavidos con extraños, y con razón, pero como vengo con ‘carta de recomendación’ me acogen como si fuera de toda la vida. Hablan de que tienen otros amigos en el Himalaya, en busca de la mítica pantera de las nieves, pariente lejano de nuestro gran gato… He acertado viniendo.

Pero claro, como decía otro viejo colega ornitólogo, “los bichos no son máquinas”. Esto es, no están programados para aparecer ante tus prismáticos. Y la verdad es que mis nuevos colegas hasta se admiran de mi viaje: el gato tiene que aparecer(me) mañana o mañana. Ellos ya lo han disfrutado, pero se tiran una semana entera.

Eso sí, este conjunto montañoso es la capital mundial de la especialidad. El lince se reduce a unos 300 ejemplares en libertad en todo el mundo, en el suroeste peninsular, es decir en España, y alguno suelto –y soltado, en ciertos casos- en Portugal. Menos que el censo de Abejar. La caza para piel, las plagas que diezmaron insólitamente a los conejos –es el carnívoro más propio de estos-, los envenenamientos, la destrucción del bosque mediterráneo y en definitiva la insensatez humana se lo han cargado en un par de siglos. Los hubo en Soria, también.

© Santi Villawww.facebook.com/parquenaturalsierraandujar
© Santi Villa
www.facebook.com/parquenaturalsierraandujar

Silencio, se mira.
Quedamos prontísimo para lo que es mi día a día, aún en plena oscuridad, para desayunar. Tres cuartos de hora de coche por carretera terciaria y pista de tierra nos conducen a un valle por cuya ladera nos vamos distribuyendo, comunicados por ‘walkies’. Hay una niebla baja muy poco favorable para el éxito de mi contrarreloj, pero por el sol parece que luego levantará, y así es.

Y ahora, a esperar. Tenemos todo el día. Me junto con otros dos neoamigos y sus espectaculares telescopios. La verdad es que el paisaje es precioso: vallejos y colinas hasta el infinito, encinas, alcornoques, matorrales variados, embalses en la lejanía. Salvo esto último, lo que era la Iberia primigenia, arrasada por ejemplo en las dos mesetas. Y mirar, y mirar. Y mirar. Hace un poco de frío, pero se nota que es Andalucía: en Urbión estar tanto tiempo quieto sería insoportable. Pregunto cómo es un lince de tamaño, porque sólo lo he visto en la tele y no me hago a la idea. “Como un boxer”. Perfecto.

Ciervos hay un montonazo. También nos fijamos una manada de gamos y un jabalí muy cercano, sumamente confiado, hozando junto a un arroyito. Conejos se ven, pero dado su tamaño, como están al fondo del valle, son más difíciles. Unas torcaces se asustan, y cruza en línea recta el azor, fugaz como siempre. “Mira”, me indica el compañero. Al otro lado del valle, lejos del alcance de mis viejos prismáticos pero accesible con su telescopio, hay un grupo de muflones, los parientes salvajes de la oveja. Con sus cuernos curvados hacia atrás, sumamente estéticos. Sólo los había visto huyendo de los lobos en ‘El hombre y la Tierra’. Estos están más tranquilos.

Pasan las horas, hace algo de calorcito incluso. Las columnas térmicas de aire empiezan a subir, y ahí se cuelgan las grandes rapaces planeadoras. Primero son todos buitres leonados. Pronto se juntan algunos buitres negros, digamos que más prestigiosos. Un biólogo de otro grupo contiguo, pues no somos los únicos en el paraíso, da la voz de alarma, pero mirando al cielo: “¡Imperial!”. Sí, entre los carroñeros está la ‘reina de las aves’. Se suele decir esto del águila real, pero en el monte mediterráneo yo diría que es ella, el águila imperial ibérica. Se le ven perfectamente las manchas blancas sobre los hombros. Otra que está casi, casi tan machacada como el lince…

La llamada del bosque.
Son ya casi las dos y media de la tarde, y ni rastro. Empiezo a preocuparme, aunque ya sabía de sobras que garantías, ninguna. Así son las reglas de este juego. Nos hace falta un paréntesis, comer es casi la excusa para descansar la vista tras seis horas observando. Charlamos bajito de nuestras esperanzas. Y de pronto, por detrás de nuestras cabezas, ladera arriba de la pista y en el lugar opuesto del fondo del valle que escudriñábamos, suena un par de maullidos rápidos, de gatazo. Muy cerca.

Revolución en la tropa, media vuelta a las personas y las ópticas. Uno de los más expertos lo localiza rápido, pero solo me da tiempo a ver un culo moteado, dos muy hinchados testículos –es la época- y la cola corta y enhiesta, metiéndose entre unos matojos. Sin embargo, por su trayectoria parece que va a pasar en breve por un claro. Eso es. Entre dos arbustos más separados, el lince cruza en todo su esplendor. Lleva un collar blanco y voluminoso en el cuello, para hacerle radioseguimiento, porque es un ejemplar estudiado por los científicos del programa europeo LIFE Iberlince para su conservación.

Nuestro almuerzo ha terminado antes de empezar, lo dejamos todo para seguir sus correrías, aunque a ratos lo perdemos. Gente que estaba más arriba y que venía a lo mismo que nosotros se nos va juntando. A lo largo de un par de horas, alrededor de 60 ojos humanos no hacen otra cosa que buscarle a distancia.

Uno de mis acompañantes me dice que ya lo han visto otras veces: se llama ‘Dingo’, es un macho adulto que hace un tiempo se dieron cuenta de que tenía un problema en un ojo. Fue capturado por los técnicos del programa, para curarlo, y decidieron que podía vivir en libertad, como así ha sido; yo al menos no le noto nada extraño. Dos días después fue liberado en el mismo rincón serrano donde lo atraparon, equipado con el llamativo radiotransmisor para registrar todas sus andanzas.

Y se mueve, se mueve. Recorre el valle, lleno de recovecos, y descendemos por la pista en busca de mejor perspectiva. Los últimos minutos son los mejores. Antes de desaparecer Dingo empieza a subir por otra pista que da a la nuestra. Con los telescopios parece realmente al lado. Podemos recrearnos en su pelaje moteado, su andar de patilargo más preparado para saltar y esprintar, esas orejas terminadas en pincel, tan exóticas como sus patillas, y el rabo breve pero erguido, muy visible. Y vaya ojazos. Hay quien, con su simple cámara de fotos, consigue una grabación espléndida.

El libro de familia.
Y yo, que luzco una sonrisa de oreja a oreja, no puedo evitar ignorar a Dingo por un rato y echar un vistazo a mis compañeros. No solo a los del grupo inicial, sino a los 30 aproximadamente que finalmente nos hemos apiñado acá. La escena tiene mucho de surrealista: todo un pelotón de personas vestidas de colores discretos, emocionadas, incruentamente armadas con todo tipo de instrumentos para ver más cerca y nítido lo que está lejano, y la pequeña fiera caminando parsimoniosamente, ajena a todo, por su feudo. Ahí está el drama, en realidad: estamos nerviosos porque es tan escaso que cualquier enfermedad o mala política se lo pueden llevar por delante.

Gracias a mucho esfuerzo, hemos salvado in extremis y por ahora al gran gato de la extinción. La población lincera ha crecido algo, hasta los 300 ejemplares entre Andújar y el Parque Nacional de Doñana, sus últimos santuarios fijos. Hace una década el censo era de apenas la mitad. Alguna vez se ha intercambiado, vía humana, ejemplares de las dos poblaciones para que haya mezcla, para que no estén forzados a cruzarse entre parientes, lo que lleva inevitablemente al desastre. También parece que hay individuos o pequeñas poblaciones que están colonizando Cáceres, el sur de Salamanca y parte de Ciudad Real. Pero es una victoria pírrica, aún. Recordemos: 47 millones de personas en España, 7.000 millones en el mundo. 300 linces ibéricos para todo el planeta.

El problema de Dingo, pienso, es que tiene un nombre propio, y sus apellidos van implícitos. Sus estudiosos habituales saben quién es su padre y su madre, seguramente quiénes fueron sus abuelos, podrían darnos los nombres de sus hermanos, por dónde andan sus primos y tratarán de no perderles la pista a sus hijos y sobrinos, que esperemos tenga muchos. El problema del lince es que nosotros y solo nosotros, autoproclamados ‘Homo sapiens’, lo hemos masacrado. Y hemos dejado tan pocos que conocemos a cada ejemplar, que todos tienen libro de familia.