Las ratas gigantes del Bidasoa

Si hubiera una máquina del tiempo con un solo viaje disponible, otros se irían a ver la Revolución Francesa o a Jesucristo. Yo preferiría los dinosaurios. Pero si tuviera más posibilidades, una de las que me encantarían es San Sebastián, mi ciudad, unos siglos atrás. Metería en el cacharro unos prismáticos, porque me imagino la bahía perfecta que todos conocemos, con su islita en mitad; pero además un río Urumea desparramándose por ahí, sin paredes que lo encaucen ni paseos marítimos que lo constriñan. Es en la frontera entre la tierra y el mar, en la unión entre el agua dulce y la salada, donde más alegremente bulle la vida, al menos cuando nosotros no estamos.

Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)
Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)

Las marismas prácticamente no existen en la costa guipuzcoana. Repitiendo el mismo ejemplo donostiarra, se las tragó el asfalto en la mayoría de las desembocaduras de los pequeños ríos cantábricos. Esos ecosistemas más o menos conservados en otros puntos como Galicia o por supuesto el Guadalquivir, fueron tapadas y tapiadas en la mayor parte de mi provincia. Y el mejor ejemplo que se conserva, Txingudi, está en un entorno tan sumamente alterado que no se parece en nada a esas imágenes idílicas que se me vienen a la cabeza. Es el tramo terminal del famoso río Bidasoa, que marca la línea fronteriza con Francia. Todos los aficionados a la ornitología de mi tierra hemos pasado muchas veces por allí, entre otras cosas porque no hay muchas más.

Txingudi tiene importancia internacional como descansadero para las aves migratorias: casi 300 especies viven o paran aquí. Pero a mí me deja una sensación entre placentera y deprimente: no puede haber lugar más encorsetado por la civilización. El Bidasoa da al mar en lo que hoy es un ultrahumanizado triángulo de localidades pegadas. Lo forman Hondarribia (al oeste, localidad turística y marinera), Hendaia (al este, similar y vascofrancesa) e Irún (más comercial, al sur de las otras dos). Esta última es la segunda población de Gipuzkoa, solo detrás de la capital.

En ese espacio de escasísimos kilómetros cuadrados conviven un puñado de sectores marismeños, como Plaiaundi, en Irún (23 hectáreas) o la regata de Jaizubia, estrecho afluente del Bidasoa que ocupa unas 70 hectáreas en territorio hondarribitarra. Rodeando estos dos espacios de este lado de la frontera, separados entre sí solo por la pequeña ría, conviven unas 80.000 personas. Y, para terminar de hacernos a una idea del rompecabezas, cabe señalar que entre uno y otro hay un campo de rugby con pistas de atletismo y un aeropuerto: el de San Sebastián, que está ahí. Hace mucho que las aves acuáticas ya ni se asustan de los pájaros de metal.

Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/<vesdelariadoburgo.blogspot.com.es).
Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/avesdelariadoburgo.blogspot.com.es).

En los últimos años las instituciones, por ejemplo el Gobierno Vasco o la Diputación, están metiendo dinero –también de fondos europeos- para recuperar este cascadísimo entorno. Y se ha notado para bien. Hace menos de dos semanas pude volver, y como ya no estoy cerca habían pasado años desde mi última visita. La verdad es que ha mejorado mucho: en los 90, cuando más lo frecuentaba, había hasta pequeños poblados chabolistas por allí. Y ahora, en el exiguo pero variado sector irundarra de Plaiaundi, donde más te lucen los prismáticos, hay una pequeña red de senderos (2 kilómetros) y observatorios por entre las lagunas, prados y pequeños sotos. Incluso un flamante centro de información, un señor edificio.

Pregunta sobre un extraño

Aún hacía ese extraño calor de verano apoltronado que hace poco se disipó. Así que por un lado había más gente que en la guerra y, por otro, escaso bicherío. Bueno, yo siempre disfruto con el blanco purísimo de esa gran zancuda llamada garceta grande; o con la enorme variedad de limícolas de diverso porte y calibre de pico. Había patos como los ánades reales, cuchara y frisos, incluso un ganso muy solo. Y las gaviotas, que no falten. Pero preguntando a la chica que atendía la casa del ‘ecoparque’, confirmo que no he llegado en el mejor día: tan alta temperatura tiene mareados a los pájaros, y además días atrás se fue un grupo de espátulas que repostó por aquí, y al alba se escaparon las grullas que pararon anoche. Por la ría, cerca del aeropuerto, lleva un tiempo un águila pescadora. Pero ya se sabe, “igual vas y hoy está por otro lado”. Eso debió de ser.

Completé el recorrido, y empecé a tirar para Hondarribia, para meterme por la regata de Jaizubia. Existe un proyecto para que haya una pasarela que cruce la ría y puedas pasar a pie, en un suspiro, desde la orilla de Irún, pero no sé si por la crisis o no, aún no se ha materializado. Por tanto, hay que meterse de vuelta a la cercana civilización y dar un rodeo de unos minutos. Sin embargo, me acordé de algo y volví sobre mis pasos, a preguntar algo a la especialista: “¿Sigue habiendo coipú por aquí?”. Parece un poco sorprendida por la pregunta, y responde: “Hay unos pocos, pero están controlados”, porque en cuanto baja la vigilancia, prolifera y destruye la vegetación palustre autóctona, que sirve para que se oculten las aves acuáticas nidificantes. El coipú, o rata-nutria, o ‘falsa nutria’, es un gran roedor sudamericano que, un buen día, se asentó en Francia. Y no fue una buena noticia. Tampoco vino cruzando el Atlántico, claro.

Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)
Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)

Nunca olvidaré cuando me encontré con el primero. Fue un día cualquiera aquí mismo, en la entonces mucho más deslavazada Plaiaundi de finales de los 90 o principios de este siglo. Para mí resultó impactante, y eso que estaba muerto: me interné por entre unos carrizos que daban a un mínimo arenal, y tirado en el suelo yacía el cadáver de una rata gigantesca y marrón, casi del tamaño de un zorro. Me llamó mucho la atención la cola, tan larga como el cuerpo pero fina y cilíndrica, como las ratas de alcantarilla; y sobre todo esos dientes naranjas, enormes, que le salían por la boca. Internet no estaba en pañales, pero casi, y no había llegado a mi casa, así que de vuelta al hogar eché mano de la guía de mamíferos europeos y encontré lo que era aquello.

Historia de un invasor

Este mamífero de 6 a 10 kilos de peso, absolutamente vegetariano y excelente nadador, recuerda un poco al castor. Su hábitat natural son los humedales tropicales y subtropicales de Argentina, Brasil, Chile o Paraguay. Su piel lo trajo a Europa: en su día cotizada, fue criado durante décadas en granjas peleteras francesas que, allá por los 70, cerraron. Y muchos de sus pobladores forzosos quedaron libres. El caso es que, salvo si hay inviernos gélidos y prolongados, puede vivir también en los entornos europeos más parecidos a los suyos originales. En el sur de Francia, por ejemplo, es muy habitual, y en otros países europeos también. En un viaje en coche de medio centenar de kilómetros, entre Milán y Pavía (Italia), el asfalto parecía una guerra: encontramos múltiples cadáveres aplastados en la carretera, de lo que mi cicerone llamaba “nutrias”. En Reino Unido, una millonaria lucha sin cuartel de un decenio hizo falta para extinguirlo. En teoría, al menos.

Pasó lo de siempre: si trasplantamos un animal a un lugar que no es el suyo, pero las condiciones ambientales no lo matan, lo que hace es expandirse destructivamente, pues faltan los enemigos naturales que lo mantenían a raya, como pasa con cualquier especie. En cambio, los animales autóctonos sufren por una competencia súbitamente ‘caída del cielo’. El coipú está considerado una de las 100 especies invasoras más perjudiciales del planeta, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Y hace no tantos años cruzó la frontera política –evidentemente no natural- y se estableció al oeste del Bidasoa, en territorios propicios de Gipuzkoa y Navarra. También hay poblaciones en Cataluña, y de vez en cuando se encuentran ejemplares en otros puntos de Iberia, aunque ahí no se puede hablar de poblaciones asentadas.

Regenerada regata de Jaizubia.
Regenerada regata de Jaizubia.

El coipú suele ser discreto y nocturno, pero sus consecuencias se notan: la costumbre que tiene de construir la madriguera en las orillas blandas de las riberas, y su alimentación a base de plantas –salvajes y cultivadas-, han causado estragos ambientales en varios estados. Lo pagan todos los que precisan de esa vegetación ‘talada’ por los incisivos de la rata-nutria para comer o esconderse. Porque, por si fuera poco, se reproduce ‘como una rata’, o casi: en torno a 5 crías por camada, que pueden ser perfectamente dos por año si todo va bien. Su longevidad no es alta, apenas dura 4 ó 5 en la naturaleza, pero las hembras ya son fértiles en el primer año de vida.

Inocente pero perseguido

Por eso, la batalla se centra en controlarlo. A escopetazo limpio, y a base de trampas, los técnicos de la Diputación de Gipuzkoa han eliminado a unos cuantos centenares en los últimos dos lustros. También se controlan en Navarra, incluso a base de radioseguimiento para que el ejemplar marcado guíe a los exterminadores oficiales a su guarida, donde pueden caer más miembros de la familia. Pero saben los expertos que la lucha es en vano: mientras en Francia no se controle a la especie, y eso parece lejos o directamente inasumible ahora mismo, no es más que retrasar un poco el desembarco mayor. Lo normal sería que siguiera la lenta conquista.

Y mientras tanto, la solución (provisional, puntual) están siendo los disparos. La misión es deshacer lo que nosotros mismos provocamos. Se habla de capturarlos vivos, pero ¿y luego qué? Los pacíficos y deslocalizados coipúes, que simplemente escaparon y/o fueron soltados y se buscaron la vida fuera, son una especie a exterminar a este lado del charco. No tienen la culpa, pero en las guerras siempre pagan justos por pecadores.

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