La Albufera que nos dejaron

Agua, cañas, patos: la Albufera
Agua, cañas, patos: la Albufera

La clásica mentalidad humana ha dictado mirar el entorno como posesión económica: si produce, se explota; si no, no sirve. Aquí y en la China. Particularmente, estas ideas cerriles han sido una catástrofe para las costas y los humedales. A menudo fueron vistos como lugares misteriosos, casi patógenos, que si no tenían una función muy clara –como la pesca o la caza- fueron arrasados sin contemplaciones. Ha pasado desde siempre, pero durante el Franquismo se pisó el acelerador a tope, con nefastas consecuencias ambientales.

No hay ninguna zona húmeda natural que mejorase durante la dictadura (solo crecieron los embalses), y algunas incluso fueron tapadas para siempre, por ser consideradas lugares insalubres e inútiles. Ejemplos: la Laguna de la Nava, en Palencia, conocida como ‘Mar de Campos’ (!) y aniquilada en los 50, hoy mínimamente recuperada. La Laguna de Duero, en Valladolid, ubicada donde la localidad homónima, hoy reducida al absurdo. O la Laguna de la Janda, en la costera Tarifa (Cádiz), sepultada en los años 60. Qué decir de las Tablas de Daimiel, cuyos manantiales básicos fueron desviados al regadío. De vez en cuando, en temporadas excepcionalmente lluviosas, todas ellas resurgen en parte y por un rato. Como los espectros que recorren sus antiguos palacios.

Nos cruzamos con un pescador activo
Nos cruzamos con un pescador activo

A la Albufera de Valencia, célebre laguna salobre pegada a la capital del Turia, no le fue tan mal como para extinguirse, pero sufrió de otra manera. Siguió viva, porque ahí sí había una rentabilidad de bolsillo: la pesca casi proverbial de especies como la anguila o la lubina. En realidad las mordidas que la desmembraron empezaron mucho antes, pues desde que los árabes trajeron el arroz había ido siendo enterrada a plazos, con vistas a generar campos de cultivo. Más aún a partir del siglo XIX. Si hace pocos milenios tuvo 30.000 hectáreas de extensión (un verdadero ‘pequeño mar’, que es lo que significa su nombre en árabe), hoy mide unas 2.400, rodeada de una inmensidad de arrozales. Pero seguía siendo fuente de peces, y salvó su versión reducida. Desde 1986 encabeza un variado Parque Natural de 21.120 hectáreas.

El gran golpe reciente llegó por otro flanco: el del espectacular desarrollo industrial y turístico del entorno, también durante el Franquismo. Las aguas de esta laguna comunicada con el vecino Mediterráneo se contaminaron. Se debió a los vertidos impunes de las empresas y las urbanizaciones turísticas vecinas, e incluso a los pesticidas y abonos más potentes e incontrolados que se usaron en ‘el marjal’, lo que hoy son los arrozales. En pocos años, la base de la vida –el agua- se envenenó. Los peces disminuyeron tanto que incluso la pesca ha perdido sentido, hoy día.

Jaume con el palo, que usa solo por si acaso o a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel
Jaume con la percha, que usa a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel

“Hasta los años 60, esto era un paraíso”, corrobora Jaume Bru, nuestro barquero. Es de El Palmar, pueblecito situado en la esquina sureste del lago y muy enfocado al turista que viene a conocer esta laguna singular: ‘espejo del sol’, dicen que la rebautizaron los árabes. Jaume, llamado como el rey aragonés que precisamente venció a los musulmanes, recuerda pasadas grandezas de la charca gigante. No solo nos guía, también rememora con varios puntos de nostalgia lo que fue la Albufera antes del caos. Pasó muchos años en Madrid, ya veterano retornó a sus raíces y ahora da paseos en barca a los visitantes. Ha comprobado en primera persona el gigantesco declive del lugar.

La mejor manera de conocer algo es meterse, claro, así que vayamos dentro. Algunos se aproximan al lago atraídos por el mito literario –y luego televisivo- Cañas y barro, novela del valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1902) que usa la pesca en El Palmar de telón argumental de fondo.  Otros, como yo, nos acercamos en busca de lo que queda de los últimos espacios naturales. En este caso, uno de los principales humedales del país, aun con todas sus miserias.

Excursión por la lámina de agua

Nuestro paseo por la Albufera de Valencia iba a durar en torno a una hora. Pero ir fuera de temporada, y también fuera de fin de semana, y también fuera del atardecer, tiene sus ventajas: solo somos cuatro visitantes, y el siempre sonriente Jaume es un hombre simpático. Total, prácticamente se duplica el tiempo del viajecito. En su barca caben, bien apretujados, unos 30 clientes, así que vamos holgados. En tiempos las embarcaciones de El Palmar las movía Eolo, que soplaba sus velas latinas, o si no la tracción humana. Se usaban largas perchas para impulsarlas pinchando en el fondo, pues normalmente no está a mucho más de medio metro de profundidad, dos como máximo. Hoy ya se desplazan a motor, pero las varas están a la vista: como parte del atrezzo y por si falla la ingeniería diesel.

La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción
La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción

Partimos del embarcadero municipal de la localidad, donde aún perviven algunas barracas, casas típicas valencianas de tejado vegetal exageradamente empinado. Es bueno para ayudar a desalojar el agua del cielo, pues las trombas también son típicas aquí. Nos alejamos del pueblo a través de una especie de avenida entre plantas adaptadas al agua como carrizos, masiegas y eneas. Hay días, como el que nos toca, de líquido y aire casi absolutamente dormidos. Nos cuenta Bru que, cuando se mete el viento a saco, se mueve un oleaje casi marino.

El tran-tran del motor nos acompaña unos minutos mientras salimos de la orilla este. De pronto la avenida se abre, como en una gigantesca plaza color marrón verdoso, que es el que actualmente exhibe la superficie acuática; hace solo medio siglo era perfectamente transparente. Nuestro sencillo viaje nos dirige a la isleta de La Manseguerota, bastante céntrica, que no levanta apenas del nivel del agua pero se distingue por la jungla palustre que la cubre.

Propietarios alados

Unas decenas de metros antes de la ínsula, una barrera de grandes estacas espaciadas marca la frontera donde no pueden entrar las embarcaciones. Casi todas lucen su correspondiente y oscuro cormorán, algunos con sus alas solemnemente abiertas para secar las plumas. Tienen el plumaje húmedo tras sus buceos, y así no pueden volar directamente. Por eso, informa el barquero, cuando se espantan han de tirarse al agua para corretear unos pasos sobre la superficie, como los basiliscos, aprovechando la carrerilla para tomar impulso desde abajo y despegar. Y, dentro del santuario, cientos y cientos de patos. Han aprendido que no podemos entrar, y hay muy pocos fuera. También deben de saber que en la laguna no se permite la caza, mientras en los arrozales del entorno (22.000 hectáreas) sí, por épocas.

Prohibido que entren barcas desde la línea de estacas hacia la isla de La Manseguerota; es dominio de patos y cormoranes
Isla de La Manseguerota: patos y cormoranes

Entre lo más evidente que se aprecia en el pelotón nadador están el ánade real –sobre todo-, el pato cuchara y el pato colorado. En invierno se pueden juntar aquí más de 25.000 anátidas, y varios miles más de garzas, limícolas y gaviotas de especies variadas. Según un completísimo estudio de varios ornitólogos, las especies de aves observadas en la Albufera son unas 350, entre las nidificantes, invernantes y las que la disfrutan en sus pasos. Algunas no las han visto ni ellos, porque han recopilado citas antiquísimas.

Tras rodear parcialmente La Manseguerota, vamos a una zona despejada de la ‘plaza’ y paramos allí, en mitad de la nada. Jaume apaga el motor y se sienta para contarnos la historia física y hasta política de la Albufera, en medio de la paz más absoluta. Nos habríamos quedado allí el día entero.

Gajo del Mediterráneo

Un vistazo a nuestro alrededor ya revela lo llano que es todo esto: algunos edificios, a lo lejos, son lo más alto que se ve, aparte de sierras más en tercer plano. Como relata el barquero, la Albufera por antonomasia, con mayúsculas, es un espectacular ejemplo de albufera en sentido amplio: dícese de laguna litoral que en su día era parte del propio mar. Esto era una bahía que se fue cerrando, gracias a los lodos que transportaron y descargaron durante milenios dos ríos. Son famosos, de los de retahíla escolar, y desembocan aquí cerca, separados por poco más de 30 kilómetros: el Turia, al norte, y el Júcar, al sur.

¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?
¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?

Su callada labor fluvial de siglos edificó una restinga o estrecho cordón de tierra que terminó separando al Mare Nostrum del nuevo lago, inicialmente salado como papá. La restinga es hoy un bosque de pinos y arbustos sobre sustrato arenoso, la Dehesa del Saler; después vienen el cinturón de dunas y la playa. Dicen que esa división Mediterráneo/Albufera no se hizo definitiva hasta tiempos de los romanos, aunque nunca fuera absoluta. Gran mar y ‘pequeño mar’ conservan comunicación por varios pasillos líquidos, las ‘golas’, un tanto canalizadas hoy día por necesidades del guión agrícola. Pero poco a poco, a base de arroyos y torrentes del entorno o manantiales (conocidos como ullals), el lago pasó a ser de agua salobre, más bien dulce.

La de Valencia es uno de los grandes ejemplos ibéricos de este fenómeno de las albuferas, aunque hubo varias más –hoy desaparecidas- en la propia costa valenciana y otros puntos del Mediterráneo. Aún quedan algunas en Mallorca y Menorca, y el machacadísimo y murciano Mar Menor también lo es. Su restinga es la célebre y hormigonada Manga, base donde se asienta un ejército de apartamentos que regaló el Un, dos, tres.

Estas singulares condiciones hicieron de la Albufera de Valencia un enclave de lujo para la pesca. Hicieron. Aún pasamos junto a las barquichuelas casi monoplaza de los pescadores, o al lado de los pequeños cercos de mornells, nasas muy alargadas que sirven para atrapar la anguila. Pero la captura de esta y otras especies ya no es negocio.

En los 60, cuando Jaume era niño, trabajaban aquí unos 300 pescadores. Ahora, tras apenas unas décadas de polución galopante, quedan “57 en activo”, pocos con dedicación exclusiva. Y dos de ellos mujeres, hijas de Carmen Serrano, una Juana de Arco de El Palmar. Ella encabezó en los 90 una encomiable batalla por los derechos femeninos, ya que la tradición del pueblo otorgaba derecho de pesca solo a los hijos varones de los autóctonos (“a mí me parece troglodita”). El pueblo se dividió entre los conservadores, que no querían cambiar este ejemplo centenario de machismo, y los renovadores. Ganaron estos últimos, o sea ellas, pero las heridas no se han curado.

Valencia hispanica

No, no un eslogan nacionalista ni de la ‘Marca España’. Valencia hispanica es el nombre científico del samaruc, escasísimo pececillo de aguas dulces o un poco salobres de las costas mediterráneas, que a escala global prácticamente se circunscribe a la Comunidad Valenciana, como queda claro desde el latín. Es otra víctima de la contaminación. Por supuesto, existía en la Albufera, pero ya es casi relíctico. Habiendo desaparecido casi todo su hábitat, apenas quedan poblaciones fuera de los criaderos y ciertos regatos secretos.

Así lo analiza Bru: el paraíso que él conoció también era “un verdadero bosque” de vegetación subacuática, arrasado por la misma polución y la opacidad del líquido. Aunque haya mejorado algo la calidad de las aguas, todavía estamos muy lejos de unas décadas atrás. Simplemente el animal “no tiene dónde ocultarse. Los crían en viveros, pero si los sueltan no tienen refugio” y “se los comen los pájaros”. La misma contaminación hace languidecer a los invertebrados de los que se alimenta, y por los recursos compiten también especies exóticas. Mal panorama.

Peces que ya no están. Aguas que se volvieron opacas. Una laguna reducida a menos del 10% de lo que fue. Y todavía derrocha encanto, todo aquello. Lástima que hay que volver a puerto. Ha sido bonito, pero redescubro cuánto añoro la máquina del tiempo, y eso que no está inventada, que sepamos. Si alguna vez existe, supongo que no solo tendrá marcha atrás, sino también marcha adelante. Cuando caiga en mis manos una, ¿quién se apunta a otro viaje a la Albufera? Pero hacia el futuro, que siempre es arriesgado. Con la esperanza de que las aguas, como en el pasado, vuelvan a mostrar sus entrañas boscosas y animadas.

'Espejo del sol'
‘Espejo del sol’

4 comentarios sobre “La Albufera que nos dejaron”

  1. Pues sí que es una lástima que no exista la máquina del tiempo. !Cuántas veces he pensado lo preciosa que debió ser la costa mediterránea cuando no había nadie! Ahora ya no da gusto ir a la playa, casi no quedan parajes naturales.

    1. Gracias por tus comentarios, Milano. Yo creo que lo que más nos sorprendería a los amantes del paisaje y la Naturaleza es cómo ha cambiado la costa, cómo nos la hemos comido.

  2. Excelente, apuntar la absoluta necesidad de que se permitan los aportes de agua de calidad ( no la depurada cargada de nutriente) que permita una regeneración de la vegetació acuática.
    Esa es la batalla real del Lago, y queda muchísimo por hacer, y más con el expolio que sufre el río Júcar.
    Un saludo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

ERROR: si-captcha.pnp dice: captcha_library no encontrada.