El Teide, sin matices: de la playa a la cumbre

El Teide, desde el avión (FOTO: MARIO VALLEJO)
El Teide, desde el avión (FOTO: MARIO VALLEJO)

Un volcán es una montaña rara. Un niño no lo dibuja terminado en filo, sino en agujero. Cuando le da, suelta por allí piedra fundida, su roca de fuego, pero a veces se conforma con bufidos gaseosos. En ese momento se encuentra el volcán español por antonomasia, el Teide, en la isla de Tenerife. 3.718 metros por encima de las playas. Techo del país y de todas las tierras que se asoman al Atlántico.

Todo volcán, por lo que implica de bomba de relojería, sobrecoge. ¡Y lo que impresionaría a los guanches, los habitantes primigenios de Tenerife! Parece que de origen africano, no se sabe muy bien cuándo llegaron; sí se sabe que los castellanos los sometieron en 1496. El Teide, que viene de “Echeide”, como lo llamaban ellos, era su infierno: Achamán, el dios de los dioses, encerró allí a Guayota, el demonio, por alguna tropelía. De vez en cuando (la última en 1798), Guayota lanza su semilíquido incandescente, su batido mineral, no necesariamente por el cráter. Y los indígenas le dejaban ofrendas para aplacar sus iras…

Sí, impone, el Teide. En una colina del Parque Nacional de Garajonay, en la cercana isla de La Gomera, hay un mirador que ofrece una inmejorable perspectiva del siempre algo nevado gigante vecino. Se siente uno minúsculo, y eso que hay un brazo de mar de por medio. Pero resulta terriblemente atractivo,  si te gusta esto de las botas. Y allí me encontré con Jan, el esloveno inspirador del que hablé otra vez. Venía, justamente, del cráter. Salió de la playa y llegó a la cima, en dos días. Aseguraba que, pasados los 3.000, abrió una lata de conservas que compró abajo y el aceite voló como un géiser, por el cambio de presión. Yo me moría de la envidia.

El Teide, rumbo al collado de la Degollada del Cedro
El Teide, rumbo al collado de la Degollada del Cedro

Por suerte esas envidias repentinas se olvidan rápido, pero ahí quedó anotado el plan en la columna mental, o sentimental, de tareas pendientes. Hasta que, demasiados años después, llegó el día. Nos juntamos un grupo variopinto de 8 ‘animados’ -no especialmente ‘machacas’-, planificamos un poco y nos lanzamos. Fue en mayo de 2011, entre el viernes 26 y el sábado 27.

En realidad, mezclando coche y teleférico, se puede subir al Teide caminando un mísero cuarto de hora, o poco más, siempre y cuando se saque el permiso pertinente, pues la cumbre es de acceso muy limitado. Pero nuestro reto era opuesto, más sacrificado y a la vez infinitamente más satisfactorio: salir de la playa del Socorro (a 0 metros, o los pocos que diga la geografía oficial), hacer noche en el refugio de Altavista a 3.259 y madrugar para ver amanecer arriba, tras el último arreón. Por suerte, pernoctando allí te dan automáticamente ese permiso.

Agua para 30 kilómetros y 3.718 metros

El valle de la Orotava baja hacia el norte desde las laderas del volcán. Es lo primero que tiene que remontar el que se embarque en este reto simbólico, pues la costa de la cara norteña de la isla es la más cercana a la cima. No llega a los 30 kilómetros, la pateada en total. Pero es lenta y trabajosa.

Eso lo sabíamos, y que en esa época del año la nieve no era un problema, suavizado el clima por el océano, la latitud y los vientos. Quedaba despejar in situ la incógnita de un posible problema: el ‘mal de altura’, derivado de la falta de oxígeno a cotas elevadas, que se podía ver potenciado por lo radical de nuestro ascenso. Aquí no es muy agudo, esto no es el Karakórum, pero puede fastidiar el día a base de mareos y dolor de cabeza. Afortunadamente solo le afectó levemente a uno de nosotros y muy, muy al final.

Remontando el valle de la Orotava
Remontando el valle de la Orotava

Nos alojamos en la más que turística Puerto de la Cruz, y allí hicimos las compras. Por desgracia, había que cargar bien las mochilas, porque no se encuentra agua en todo el recorrido, salvo una fuente a poco más de 6 kilómetros de partir, así que soluciona poco. El calor y la humedad de la primera parte de la ascensión nos daban algo de miedo; por suerte vas haciéndote algo más ligero a medida que pasa el día y bebes… En el refugio de Altavista venden agua y brebajes varios, pero a precio de oro líquido. Es normal, cuesta mucho llevarlos hasta allí.

Tocar las olas, y para arriba

Viernes, 26 de mayo de 2011. Después de dormir poco y con nervios, antes de las 5 de la mañana suenan las alarmas. Un par de taxis nos llevan en 20 minutos a la playa del Socorro, de oscuras arenas, en la cercana Los Realejos. Es nuestra cota ‘0’. Unas fotos, una simbólica mano tocando el agua salada y… allá vamos.

Se trata de andar y disfrutar, en lo posible, del fantástico cambio paisajístico que vives. La primera parte es una de las más empinadas: muy civilizada: se inicia subiendo hacia el núcleo de Tigaiga, cruzando incluso la ruta TF-5 y, a la altura del kilómetro 41,8, tomando un camino hasta el pueblo.

Tajinaste rojo
Tajinaste rojo

Desde Tigaiga buscamos el camino de las ‘vueltas de Icod el Alto’, que desemboca en una carretera ascendente, y tirar hacia la derecha, durante apenas un kilómetros, hasta el mirador de El Lance (549 metros de altura, en 4 kms.), con la estatua de un quejoso guanche dominando el barranco. Desde el nuevo núcleo urbano, dejando el asfalto atrás ya para siempre, se trata de situarse en la parte más alta del pueblo y seguir las pistas hacia el mirador de La Corona (760 m.), cerca de unas antenas.

Durante todo este tramo, que remonta el borde occidental del valle de la Orotava, el entorno es verde, inmensamente esmeralda, sin mucho árbol pero de regusto a jungla. El valle es una de las zonas más húmedas de Tenerife, y de hecho la jornada anterior llovió tanto que llegó a inquietarnos. El viernes salió sin embargo a pedir de boca: nunca cayó agua, pero salvo el tramo final, las nubes taparon generalmente el sol y nos ahorraron un buen sofocón.

Desde La Corona, con 5 kilómetros recorrido, nos metemos en un bosque de pino canario de aspecto embrujado, por lo bajo de la niebla. Hay muchos caminos de tierra y a veces dudamos, pero consiste en ir remontando la ladera fundamentalmente por el más empinado y sin alejarse uno mucho de ésta. No nos perdemos.

Entre el Llano de las Brujas y Montaña Blanca
Entre el Llano de las Brujas y Montaña Blanca

Columnas floreadas, piedras ingrávidas

Casi sin darnos cuenta, el arbolado va quedando a nuestras espaldas progresivamente. La vegetación se hace rastrera, salvo increíbles excepciones como el lujoso tajinaste rojo, exclusividad de ésta y otras 2 islas canarias que recuerda a un estrecho cactus cónico y de una pieza, cubierto de florecillas coloradas y que alcanza los 3 metros de altura. Se levantan como columnas en medio de un paisaje cada vez más desolado, más volcánico según el tópico. Otros endemismos botánicos crecen en estos suelos, pero no hay científicos a nuestro alrededor. Por si fuera poco, una racha de viento aparta un jirón de nubes, y ahí vemos, por primera vez, la punta del coloso.

Nos damos una buena merendola en el collado de la Degollada del Cedro, a 2.085 metros, marcado por una sencilla capilla blanca. Los últimos árboles de la jornada nos rodean ahí. Más adelante, bromeamos, termina “el mundo tal cual lo conocíamos”. Una leve bajadita nos mete de lleno en el llano de las Brujas, un arenal con ruta bien marcada que se va convirtiendo en pedregal volcánico con arbustos, piedras sorprendentemente ligeras para el tamaño que tienen con las que jugamos a hacernos los forzudos…

Subiendo a Montaña Blanca, con lengua de lava
Subiendo a Montaña Blanca, con lengua de lava

Conexión con los ‘intermedios’.

Cruzando el pedregal en ligero ascenso, damos por fin con la pista de Montaña Blanca, a 2.407 metros de altura. Escasos cientos de metros más abajo se abre el parking donde dejan el coche los ‘teidistas’ intermedios, es decir los que ni salen del mar ni se dejan llevar por el teleférico, sino que sudan durante 8 kilómetros, la mayor parte compartidos por nosotros.

La pista avanza haciendo curvas por entre unas grandes rocas oscuras y redondeadas conocidas como los ‘Huevos del Teide’. El entorno mezcla los tonos rojizo, amarillento y marrón oscuro, a ratos dando una impresión totalmente marciana. Al final hay una pequeña explanada. Ignoramos el desvío a Montaña Blanca (2.750 metros), ya con las fuerzas justas y el sol pegando bien. Pero el objetivo queda cerca: solo restan un par de kilómetros en senda que asciende con dureza, zizagueando entre la plomiza lava seca y, por fin, muy escondido, se muestra por arriba el tejado del también rojizo refugio de Altavista (3.259 metros).

Los 'Huevos del Teide'
Los ‘Huevos del Teide’

Literalmente vacíos tras todo el día en danza y tan cargados, después de prepararnos la cena en la cocina del edificio, las literas nos acogen como si fuéramos de toda la vida. Dicen que copó la noche el tradicional concierto de ronquidos de todo refugio de montaña que se precie. Yo no me di cuenta.

La pirámide cósmica

A las cuatro y pico del sábado 28, nueva diana trompetera (imaginaria, por suerte), ahí cuando las sábanas se encontraban en grave proceso de fusión con nuestras carnes. Un poco de agua a la cara, algo de desayuno y a las cinco y poquito volvemos a estar en marcha, ahora sin peso: nos guardan las mochilas en Altavista. Todos los inquilinos del refugio hemos venido a lo mismo, así que formamos una hilera discontinua, bien abrigados –hace una brisa heladora aquí arriba- y pertrechados de linternas y frontales, siguiendo el zigzag que no se detiene entre coladas de lava negra y desolada.

Cumbre del Teide
Cumbre del Teide

Son los últimos 2 kilómetros de marcha, y unos 450 metros de desnivel. En La Rambleta, a 3.550 metros, está la meta del teleférico, al que aún le queda un buen rato para abrir. Una cadena separará a quienes lo usen del último trecho de camino, pero a estas horas no hay guardas ni nada. Transcurren los últimos minutos bordeando el cráter, el agujero que pintan los niños –menos abrupto desde aquí encima-, que por cierto echa sus fumarolas o gases de azufre, confirman los que huelen. Advertencias de Guayota…

Y, por fin, la cima. Vamos llegando, desperdigados, cada uno a su ritmo. . Está aquí todo Altavista. Nos abrazamos y recibimos al siguiente como un pequeño héroe. Un mar de nubes rodea al titán hacia todos los puntos cardinales. Ya se ve bastante bien, pero al astro rey, que se está desperezando allá lejos, aún le queda erguirse. Es el último que falta por asistir, y a quien todos, ateridos, estamos esperando.

La sombra del gigante, al amanecer
La sombra del gigante, al amanecer

Casi de repente, la gran bola de fuego asoma por el este, como una cabeza divina entre los algodones. En rápidos minutos se pone a flotar y nos tiñe de tonos anaranjados, a las rocas y a nosotros. Y sobre todo, hacia el oeste, el aislado y dormido coloso al que nos hemos encaramado proyecta una perfecta sombra piramidal sobre el lienzo de nubes. El mayor espectáculo que han visto nuestros ojos. Y ahí nos quedamos, embobados. Esto no puede ser el infierno, oh, antiguos guanches.

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