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El Sella y sus pequeños buzos

Si te gusta la naturaleza y estás en Asturias, afortunado tú: no te quejes, que más no puedes pedir. Cumbres y playas, bosques intactos y prados con vacas, fauna que no queda ya en casi ningún sitio… ¡hasta palmeras, en las casas de indianos! Y otra de las posibilidades son las aguas de interior. Si paras en el Principado y es cerca de Arriondas, casi te sientes en la obligación de cambiar por un día las botas por las palas de remar. El río Sella suena a Descenso Internacional, ese multitudinario que lleva en marcha desde 1930 y trae consigo en su entorno una fiesta de las que marcan época. La consecuencia es que piraguas vas a encontrar allí por todas partes, y no hay mejor manera de conocer un curso fluvial. Que, por cierto, es una gozada.

El río bello
El río bello

El Sella nace en los cercanísimos Picos de Europa, en el municipio leonés de Oseja de Sajambre, y tiene vida corta, 65 kilómetros aproximadamente. Pero intensa, como todos los ríos que dan al Cantábrico. Enseguida traza, por ejemplo, el magnífico desfiladero de Los Beyos, flanqueado por la carretera N-625. Se mete plenamente en Asturias, lo cruza el famoso y celebrado puente medieval de Cangas de Onís –con la cruz de la bandera asturiana colgando, bien grande- y poco después alcanza Arriondas. Desde aquí, en el curso medio, quedan unos 20 kilómetros hasta el puente de la ría de Ribadesella, que es el tramo que realizan los fenomenales palistas federados cada primer sábado de agosto. Y metros después, el Sella se hace uno con el mar.

A nosotros los desacostumbrados nos dejan hacer un buen tramo, de todas formas: los 16 kilómetros desde la propia Arriondas hasta el puente ferroviario de San Román, en la localidad de Llovio, a unos 4 kilómetros de la meta de los profesionales. A ritmo de paseo agradable se tardan 4 horas o menos, dependiendo de lo que te esmeres o te pares a contemplar. Las parejas ganadoras de palistas ‘de verdad’ completan sus 20 kms. en hora y pocos minutos, para que nos hagamos una idea. Además, las múltiples empresas con embarcaciones de la comarca te suelen dar oportunidad de retirarte antes si quieres, en nuestro caso el puente de Toraño (kilómetro 7) y la pasarela peatonal de La Uña (kilómetro 11), y allá donde les cites irán a buscarte en furgoneta. También tienes bidón estanco con bocata, fruta y agua, neopreno, etcétera. Y hasta hay puntos de venta de sidra y cervezas…

Muy dominguero, sí, pero dudo que haya muchos que se salgan del río antes de tiempo. Porque durante la mayor parte de este tramo ribereño, el Sella es una maravilla de aguas oscuras y frondosos sotos, que se interna por la rocosa y casi costera Sierra del Sueve. Yendo fuera de temporada, como ahora mismo, el nivel de piraguas es perfectamente soportable, y aunque el agua se descuelgue hacia el mar rodeado de civilización (entre la carretera N-634 y el tren de vía estrecha de FEVE), nos encontraremos trechos perfectamente pintorescos y solitarios. Tampoco hay pescadores, porque la vía fluvial está cerrada a la pesca de agosto a marzo. Estamos en un río truchero y salmonero, aunque para ver alguno de estos últimos subiendo a desovar va a hacer falta un poco de suerte, o más.

'Rápidos' sin más complicación que no embarrancar
‘Rápidos’ sin más complicación que no embarrancar

La dificultad de la travesía es nula, solo tendremos que ayudar un poco a la corriente. Apenas hay tablas o superficies totalmente planas, pero tampoco rápidos de entidad: el peligro es inexistente, y la prueba es que no te dan ni casco. La profundidad en estos momentos, nos dijeron, es bastante parecida a la que había en agosto, cuando el Descenso. O sea, no llega a cubrir a una persona mediana en los tramos más profundos. Y en los menos, necesitaremos suerte o habilidad para no encallar. En estos trozos, los ‘buenos’ cargan al hombro con la barca y siguen corriendo hasta que haya caudal. Nosotros podemos tomárnoslo con más tranquilidad.

Figuras para un cuadro

Piragüear no requiere de botas, y en este caso tampoco de prismáticos. Estorbarían, se podrían caer y desaparecer. Y lo bueno es que, integrados en la corriente, remando como durante décadas lleva haciendo mucha gente por allí, los animales ni te dan importancia. Pasas por encima de infinidad de peces, en nuestro caso múgiles que habrían remontado desde el curso bajo. Esa desembocadura que en ningún momento llegamos a intuir, aunque se supone que nos desplazamos por los cursos medio y bajo, y nos quedamos a 5 kilómetros del Cantábrico. Pero llaman más la atención las aves.

Las preciosas garcetas comunes, de blanco plumaje, patas negras y pies graciosamente amarillos, buscan cazar algún incauto ser en las orillas, con su aspecto de arpón preparado para el disparo. También hay una pariente gris y grandota, la garza real. Huyen estrepitosos los cormoranes, graznan escandalosamente las cornejas que cruzan por el aire, de orilla a orilla, sin necesidad de las pasarelas que de vez en cuando comunican los dos lados. ¡Quién fuera volador! Hay decenas de ánades reales, que dejan una estela como la nuestra al deslizarse sobre el líquido elemento. Tan comunes que nos hemos olvidado de que también son preciosos.

El ánade real, una constante
El ánade real, una constante

Pero bueno, cada cual tiene sus preferencias en todos los aspectos de la vida. Y, entre los seres que ocupan los puestos altos de mi ranking de satisfacción, figura uno que en el Sella se me presentó delante. Disfruté el doble, porque por desgracia nunca he vivido habitualmente cerca de ríos limpios y a tramos relativamente salvajes como éste. De pronto, en una parte un poco más rápida, de cantos rodados que amenazaban con hacernos embarrancar, una especie de paloma pequeña parecía darse un baño. Se metió unos segundos bajo el agua, salió, se trepó a una piedra, flexionó unas cuantas veces las piernas haciendo que el cuerpo entero subiera y bajara como si tuviera muelles, y ahí lo vi bien, con su color chocolate y un amplio ‘babero’ blanco. ¡Un mirlo acuático! Uno de los pájaros más extraordinarios de Europa.

En España, es más frecuente donde más arroyos y riachuelos hay como los que a él le gustan, es decir limpios y de notable corriente. Eso pasa sobre todo en toda la húmeda franja norte, de Galicia a Cataluña. En el centro y el sur de la Península se concentra sobre todo en las montañas, por ejemplo las del norte de Soria.

Único en su clase

Me apasiona este mirlo acuático, otro bicho con superpoderes. Será la atracción que suscita lo especial. No es el único emplumado que vive de cara a las aguas. Hay flechas vivas como los alcatraces, que se tiran desde el aire al agua, como proyectiles, para capturar por sorpresa los peces que han identificado desde arriba. En cierto modo, el colorista martín pescador también funciona así. Pero son como nadadores humanos que se lanzaran desde el trampolín, y terminado el impulso volvieran a la superficie. Otros pájaros pescadores, como los cormoranes o algunos patos, bucean impulsados por sus patas palmípedas, se desplazan como nuestros hombres-rana. Pero el pajarillo rechoncho de las corrientes es otra cosa, puede hacer algo para lo que no están capacitados los demás: se sumerge, ‘vuela’ bajo el manto líquido aleteando con gracia y ¡hasta camina por el fondo! Sería el equivalente a los buzos ‘de escafandra’.

El mirlo acuático, un visitante siempre bienvenido
El mirlo acuático, un visitante siempre bienvenido

Desde que me encontré con el primero fue un amor a primera vista. Uno diría que se acercó a la orilla a ver el agua pasar, o a ver su imagen reflejada. Y de pronto, salta dentro del charco y tarda un rato en salir, prácticamente intacto, con el plumaje bien protegido por el aceite que lo impermeabiliza. Lo produce una glándula cerca de la cola, que él extiende luego con el pico. Se calcula que puede permanecer 30 segundos bajo el agua, aunque normalmente sus inmersiones son breves pero muy abundantes. En aves de su tamaño, no hay nada ni medio parecido. Y se mueve, se mueve mucho. No da pie al aburrimiento.

Ahí abajo, se vale de su fino pico, mínimamente curvado hacia arriba, para levantar guijarros en busca de su alimento: insectos subacuáticos y pequeños moluscos y crustáceos de río. Una de las preguntas que surge al verlo en acción es, ¿cómo lo hace? Porque su hábitat predilecto es de fuertes y límpidas corrientes, y el animal es poca cosa. En cambio, ha desarrollado una técnica depurada, con la cabeza inclinada para abajo, de modo que la propia corriente pase por encima de su cuerpo y lo pegue al fondo. Además, una membrana cierra los agujeros del pico en esos instantes ‘fuera de elemento’.

Sinónimo de pureza

Normalmente, esta ave sin par vive más arriba de donde me lo encontré, en los arroyos montunos de cierto caudal. Pero cuando no hay mucha agua, como después del verano, o cuando el invierno congela esas zonas, a veces tiran un poco más para abajo si el río reúne condiciones –se ve que el Sella sí-, y hasta llega a los estuarios. Si esta especie anda por ahí, suele ser buena noticia ambiental, ya que necesita aguas poco alteradas, porque allí es donde proliferan los bichillos de los que se nutre. Por esto, también, se nota que su número decrece en las últimas décadas: la contaminación es uno de sus grandes enemigos.

En esta parte de Asturias se encuentran a gusto, o eso da a entender su presencia en el Sella. Porque después del primer ejemplar, a medio camino entre salida y meta, otro nos dedica ese vuelo pegado al espejo, con el que se aleja de nosotros los curiosos. Y poco más adelante, tres juntos coinciden en pequeña bandada, raro en unos bichos tan territoriales. ¿Papá, mamá y un hijo adolescente? A saber. En años buenos pueden realizar dos e incluso tres puestas. Está bien como despedida, a saber cuándo será el siguiente encuentro. Al fondo, el enrejado azul del puente de San Román, inconfundiblemente ferroviario, anuncia tras la última curva que el paseo se termina. Ha sido recomendable, repetible y con premio.

Prodigio de las corrientes (FOTO: naturalezaypicosdeuropa.blogspot.com.es)
Prodigio de las corrientes (FOTO: naturalezaypicosdeuropa.blogspot.com.es)

Ronroneos secretos

Pocos territorios ibéricos hay más impactantes que la Montaña Palentina, para mí la belleza más desconocida de España. Es que la provincia de Palencia es engañosa. Alargada y estrecha como una columna, hunde su base en la Tierra de Campos, el imperio de la llanura cerealística hasta el infinito. No se diferencia en nada de todo lo que le rodea, administrativamente Valladolid, Burgos y León. Realmente trigo, cebada y tierra de secano por doquier, ya desde los romanos. Si empezamos a recorrer íntegramente la provincia de sur a norte, se mantienen estas características durante decenas de kilómetros, durante el 90% del trayecto. Y de pronto, al fondo, en el extremo norte, alcanzamos el capitel de la columna. Un capitel ‘corintio’, ornamentado: increíbles montañas, frondosos bosques caducifolios. Maravillas.

Cuando nadie podía imaginárselo, un murallón rocoso y privilegiado corona Palencia. Casi íntegramente protegido por el llamado ‘Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre-Montaña Palentina’, nada menos. Nacen aquí los ríos Carrión (ya lo dice el nombre del parque) y Pisuerga, que se descuelgan paralelos desde las alturas, regando toda la llanura de punta a punta. Hasta que, según se dice, el palentinísimo Carrión ‘se suicida’: desemboca en el Pisuerga justo antes de cruzar la frontera con Valladolid, solo ‘por no ser pucelano’.

El caso es que, volviendo al norte, mientras miles y miles de turistas se deleitan en las limítrofes montañas de Asturias, León y Cantabria, las de Palencia están relativamente olvidadas. Y eso que son igual de espectaculares, o más. Sus atractivas cumbres no son mucho más bajas que las de los Picos de Europa, con hitos como el Curavacas (2.520 metros), el Espigüete (2.450) o Peña Prieta (2.539), cuya cumbre está en Cantabria pero por poquito. Todo parece pensado para caminar y trepar.

El día ‘G’

La gente es poca por allí, sobre todo fuera de temporada. Y hace varios años, una fresca y luminosa mañana de otoño muy avanzado, un grupo de amigos y yo nos movíamos en coche por alguna de las reviradas y montunas carreteras en torno a Velilla del Río Carrión. Solo muy de tarde en tarde nos cruzábamos con algún otro coche a la salida de alguna curva. El paisaje era sencillamente magnífico: arboledas majestuosas pero ya bastante peladas, prados de verde esmeralda reluciendo cuando más lo hacen (al salir el sol, justo después de que las nubes hayan descargado), grandes neveros que convertían esos herbazales como en un pelaje de vaca frisona ‘pop art’.

Posado invernal (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Posado invernal (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

Y de pronto, que es como más disfrutas los encuentros felices, tras la enésima curva un gatazo ‘cachas’ corretea para ponerse a salvo. Baja por la cuneta, se mete en la hierba, para un momento y nos mira. Una mirada impactante, de ojos entre verdosos y amarillentos. Poseía una cabezota casi desproporcionada, con bigotes que tiraban hacia abajo, como caídos; un grueso pelaje como de auténtico abrigo, grisáceo con bandas más oscuras; y, sobre todo, una cola de anillos negros, tan gorda que era más ancha que sus mismas patas. Frené, y los cinco ocupantes del coche –cuatro de ellos con bastante menos interés faunístico que el otro- nos quedamos petrificados con idéntica unanimidad: todos hemos tratado con millones de gatos, pero nunca con uno así. Esto es otra cosa.

Solo son un par de segundos: el bicho retoma su andar soberbio, como el de un león con la cabeza alta, y desaparece tras los arbustos. ¡El gato montés! Nunca lo había visto antes, y nunca lo he vuelto a ver. He hecho unas cuantas esperas para observar el lobo, el oso pardo, el lince, y colateralmente ves muchos más animales. Me he pateado infinidad de senderos, a menudo solo y callado, que es cuando más fácil es que algo importante te suceda. Horas, y horas, y horas ‘perdidas’ en el monte, pero jamás se me ha cruzado esta pequeña fiera. Apareció cuando quiso él. He leído en más de un blog naturalístico que, quien ve un gato montés, no lo olvida. Estoy de acuerdo, y alguna vez he comprobado que ninguno de esos cinco lo hemos olvidado. “¿Te acuerdas cuando el gato…?”.

Misterios

Poco se sabe aún del gato montés, príncipe de la discreción. Ni siquiera la situación real de sus poblaciones. Habitualmente actúa de noche, y solo en invierno se mueve algo más por el día, a lo que atribuyo que nos lo encontráramos aquel día junto al asfalto, porque ‘allí arriba’ era invierno ya. Durante las horas de sol descansa en agujeros del terreno o los árboles. A diferencia del gato doméstico, huye de la compañía, incluso de sus propios congéneres. Vive normalmente en lo más profundo del bosque, no llama la atención. Ni se le ve ni se le siente. Doblemente fascinante, o más.

El único momento en que estos félidos socializan más es en la época de apareamiento. Pero es por poco tiempo: las hembras son ‘madres solteras’ que cuando dan a luz (abril o mayo y 3-4 cachorros, normalmente) defienden con más ahínco si cabe el territorio. Dotado de unos sentidos máximos, como todo lo salvaje, es hábil procurándose el pan. Sus presas favoritas son pequeños roedores, pero en realidad caza cualquier cosa que se le ponga a tiro y entre en su rango de tamaño.

Campeando, con garza detrás (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Campeando, con garza detrás (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

Y poco más se puede decir. En Europa occidental falta desde hace decenios de países enteros. Desapareció de Inglaterra, por ejemplo, aunque sí lo hay en Escocia. Se distribuye por toda la Península Ibérica, pero en los lugares adecuados para él: su propia presencia indica, sin ir más lejos, que el hábitat va medianamente bien. Pero hay grandes espacios en blanco, entre unas poblaciones y otras. Los más cercanos, si miramos más allá de los Pirineos, son los de la zona norte de Francia-Bélgica-Alemania. Su piel carece de valor, pero se le acusa históricamente de atacar a las aves de corral, cuando a menudo el culpable es el pariente doméstico o algún ‘asalvajado’. Y por eso ha sido tiroteado y envenenado durante siglos.

Historia identitaria

Para darle algo más de complicación al tema, ni siquiera hay unanimidad acerca de qué incluye exactamente la expresión ‘gato montés’. Expliquémonos algo más: se desconoce qué diferencia decisivamente al gato montés europeo, los similares que pueblan Asia y África y nuestros mismísimos gatos domésticos. Opiniones autorizadas hay para todos los gustos, aunque últimamente, y tras estudios genéticos, la más arraigada es que los cuatro son realmente subespecies del mismo animal. Aunque de aspecto (de color y dibujo del pelaje, por ejemplo) sean muy diferentes. El nombre científico de todos sería Felis silvestris, y en lo que a Europa se refiere coinciden el F.s. silvestris, el montés, y el F.s. catus, el gato de casa. El pelaje del montés europeo se parece más a la común variedad gatuna llamada atigrado listado o tabby: el gato gris con rayas oscuras de toda la vida.

Las aldeas y sus gatos domésticos... peligrosas para el montés.
Las aldeas y sus gatos domésticos… peligrosas para el montés.

En cierto modo, la relación sería como compararnos a nosotros mismos con un verdadero cromañón que hubiese sobrevivido hasta hoy, oculto en las montañas y sin vínculo alguno con nuestra ‘civilización’. Los genes dirán que somos la misma especie, Homo sapiens, pero no podemos quedarnos ahí. Cuestión racial aparte, él sería nuestra versión poderosa, embrutecida, conocedora de todos los recovecos de su entorno y los trucos para sobrevivir como cazador-recolector. Entre otras cosas, el hombre de las cavernas conservaría esa sabiduría que a nosotros se nos olvidó. Con el gato montés es parecido: técnicamente será lo mismo que el que ronronea en nuestro regazo, pero el salvaje tiene que ganarse la vida. En invierno, ni siquiera tiene a mano el motor caliente del coche recién aparcado.

En este parentesco cercano radica otra de las amenazas para la variedad silvestre: la pérdida de pureza. El gato de casa fue domesticado hace muchos miles de años, parece que partiendo de la variedad africana del salvaje. Se aprecian gatos mansos, por ejemplo, en los jeroglíficos y esculturas del antiguo Egipto, aunque la domesticación es anterior, como la del lobo convertido en perro. Y los humanos experimentamos lo indecible con el nuevo animal de compañía, dando lugar al crisol de colores, formas y tamaños gatunos que existen hoy. Razas tan dispares como el de angora, el persa o el siamés. Pero el hosco gato montés no deja de ser la misma especie, y la prueba es que se puede cruzar con el casero dando además descendencia fértil.

Marcando territorio (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Marcando territorio (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

De pequeño leí en alguna parte, o eso creo recordar, que los hijos híbridos de gato montés y doméstico eran fértiles, pero los nietos estériles. Mentira: siguen siendo fértiles, solo que pierden parte de las características únicas del felino altivo y compacto que nos sorprendió en la Montaña Palentina. Cuanto más mezclados estén, menos ‘monteses’ serán, y más difuminada quedará la súper especializada variedad ‘cromañón’. Si los gatos monteses escasean, lo normal es que se acerquen a los domésticos. Y peor aún si son estos últimos los que se asilvestran y huyen del pueblo al bosque, convirtiéndose en los llamados ‘cimarrones’. Pueden hacer que degenere la sangre inalterada de sus parientes puramente salvajes.

¿Has visto alguno?, colabora

Toparse con un gato montés no es fácil. Por eso el testimonio puede ser importante para quienes intentan descubrir los secretos de su anónima vida. Incluso si es un cadáver desgraciadamente atropellado, puede dar pistas importantes a sus estudiosos. Por ejemplo, los biólogos Héctor Ruiz (que gentilmente ha cedido varias de las fotos de esta entrada) y Jorge Falagán han lanzado el ‘Proyecto Gato Montés’. Incluye un blog que sirve como punto de encuentro para aportar datos sobre observaciones. También una pequeña pero sensacional guía ‘online’ para distinguir al gato montés de pura cepa de las variedades domésticas o híbridas con las que se puede confundir:

http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es/2014_03_01_archive.html

Y de paso ofrecen formularios para rellenar, por si uno se ha encontrado con un montés, vivo o muerto. Su intención es crear una base de datos lo más completa posible, y para eso hace falta la colaboración de todo el que pueda. Como reza el nombre del blog, se centran más en la Cordillera Cantábrica, pero sirven vivencias de cualquier punto de España. ¿Algún gatazo soriano? Si tienes la suerte de que la joya te regale un momento, puedes ayudarles. La conservación es tarea de todos.

Illes Medes: se mira, pero no se toca

Vista aérea de las islas prohibidas (FOTO: www.visitestartit.com)
Vista aérea de las islas prohibidas (FOTO: www.visitestartit.com)

Las islas siempre atraen la mirada, y eso consiguen las Medas (Medes, en catalán), cuando uno se sitúa en el turístico puerto de L’Estartit (Costa Brava, Girona). Parecen tan al alcance de la mano que dan ganas de tirarse directamente al agua y echar a nadar. Con algo de entrenamiento previo, llegaríamos. Cuando se llega por la carretera no parecen las islas, sino la punta del pequeño macizo del Montgrí, una punta que se adentrase en el Mediterráneo en forma de península. Pero es cosa de la perspectiva: al llegar a la playa de L’Estartit  es cuando se comprueba que se trata de un pequeño y cercanísimo archipiélago, a un kilómetro aproximadamente de nuestra orilla. También es normal que se confunda: esos peñascos calcáreos son el último coletazo de la sierra, simplemente el mar se metió de por medio.

Las Medes forman el mayor archipiélago de la costa catalana, a pesar de su modestia y cercanía. Son poco más de 21 hectáreas repartidas entre siete islotes. Y casi 19 de esas hectáreas corresponden a la isla más visible, la Meda Gran, que alberga un muy visible faro del siglo XIX cerca de su punto más elevado, a 74 metros sobre el nivel del agua. Le dan para erigirse en impresionante balconada, una meseta desde la que uno sería feliz asomándose.

Meda Gran, en primer término, con el faro
Meda Gran, en primer término, con el faro

Un toque de prismáticos muestra cierta desolación armónica: roca blanquecina, vegetación arbustiva, aves marinas danzando llevadas por sus vientos. Una de las mayores colonias ibéricas de gaviota patiamarilla se asienta en sus farallones, con 7.000 y pico parejas. También crían los cormoranes, e incluso pequeñas garzas en busca de la tranquilidad de la que a menudo no disponen en tierra firme, como la garcilla bueyera y el martinete. Fuera de las aves, reptan por allí lagartijas y salamanquesas, y también se mueven ratones caseros, esos tan asociados a nuestros hogares. Pero en este caso ‘asilvestrados’: marchados los últimos humanos, no les quedó otra que adaptarse a la vida totalmente independiente.

Porque lo que no hay en las Medes es gente. Sí en su entorno, con decenas de embarcaciones llevando a los turistas a bucear o ‘snorkelear’ observando sus privilegiados fondos. Históricamente sí hubo habitantes: pasaron por ellas los griegos, que un poco más al norte, en L’Escala, nos legaron los restos de una de sus mayores ciudades en el Mediterráneo occidental. También se instalaron y abrieron monasterio los caballeros del Santo Sepulcro de Jerusalén (!), básicamente para que no lo hicieran los piratas. Sin embargo, fue nido de piratería durante largo tiempo, consiguiendo que L’Estartit en sí no se asentara hasta mediados del siglo XVIII, cuando desapareció la amenaza que tenían enfrente. Pero desde que marchó el último farero, a principios de los años 30, las Medes están vacías de humanos.

El mero, pez estrella de Medes (FOTO: www.nautilus.es)
El mero, pez estrella de Medes (FOTO: www.nautilus.es)

Y no somos bienvenidos, no se puede desembarcar. El archipiélago lleva protegido desde 1983, pero más estrictamente aún desde 2010, cuando la Generalitat creó el Parc Natural del Montgrí, les Illes Medes i el Baix Ter. De sus 8.192 hectáreas, 2.037 son de reserva subacuática, porque la belleza aquí también está por dentro, o por debajo. El buceo o fondeo, siendo muy comunes, están muy reglamentados y restringidos. Y la parte emergida de las Medes es reserva integral: solo pueden entrar los científicos. Una vez más, el precio justo que hay que pagar para preservar un enclave único.

Están físicamente tan cerca, pero legalmente tan lejos, que su aureola misteriosa crece. Le pregunté por ello al timonel del barco que me llevó a dar una vuelta en torno al archipiélago y a la gloriosa costa acantilada que sigue hacia el norte. “¿Hay alguna forma de entrar en las islas?”. “No-no-no-no-no. Totalmente prohibido. No te digo yo que si alquilas una barca y vas a bucear, no puedas acercarte a la orilla y sentarte un rato. Pero como te metas un poco para adentro, aunque te parezca que estás solo, de pronto tienes allí a los hombres-rana de la Guardia Civil, los Mossos d’Esquadra y todos. Y te meten una multa que se te quitan las ganas. ¡Hasta el Pujol, estará por ahí!”, se rió. Sí que cree recordar que una vez al año “o dos”, hacen alguna visita guiada con los científicos, pero con grupos muy restringidos.

Bañito junto a Les Tres Coves
Bañito junto a Les Tres Coves

Así que ya sabemos a lo que tenemos que limitarnos. En el puerto de L’Estartit, no menos de media docena de empresas de buceo ofrecen planes para todos los gustos y niveles: es uno de los entornos submarinos mejor conservados de esta parte del Mare Nostrum. Precisamente el río Ter, el del último tramo del largo nombre del parque natural, desemboca un poquito más al sur, tras más de 200 kilómetros de viaje desde el Pirineo. Y llena de nutrientes extra el salado líquido que baña las Medes y sus cantiles cercanos. Praderas de posidonia, corales, gorgonias rojas, peces variados –el mero es la figura-, estrellas de mar, cangrejos, incluso tortugas marinas se dan cita por aquí abajo. Recomendación: sobre todo fuera de temporada veraniega, o sea ya, es mejor preguntar antes los horarios de las excursiones, que no son tantas. So pena de quedarte en tierra, como me pasó a mí.

Bueno, no exactamente en tierra porque sí había la posibilidad de dar una pequeña vuelta en barco en torno al archipiélago prohibido y continuando hacia el norte la maravillosa línea costera hacia L’Escala, siguiente y también preciosa población. 10 kilómetros de espectáculo puro. Es el mismo y modesto macizo del Montgrí –apenas supera los 300 metros en sus más elevadas cumbres- que se refresca en el mediterráneo hundiendo sus pies de forma muy vertical, en una difícilmente olvidable sucesión de calas, grutas y acantilados coronados del verde de los pinos.

Pequeña singladura

Interior de una de Les Tres Coves
Interior de una de Les Tres Coves

Nuestro barco, en concreto, nos llevó a la punta de Les Tres Coves, un poco más cerca de L’Escala que de L’Estartit, donde agujeros de pequeño tamaño perforan el paredón que cae al mar. Por turnos, una lancha con focos nos llevó a los pasajeros a introducirnos en una de las covachas, poco profunda pero digna de ser visitada. Mientras tanto, los demás se divertían lanzándose al agua, muy profunda aquí, fresca, mínimamente batida, perfecta. Demasiado oscura para apreciar más allá de plateados pececillos. Habrá que volver mejor equipados, sí: es otra parte del paraíso subacuático.

Se pasa también por una de las curiosidades geológicas más famosas de esta parte de Costa Brava, la Roca Foradada, un túnel natural por donde caben algunos barcos… Por aquí mismo yace un famoso pecio o buque hundido, concretamente el Reggio Messina, un transbordador italiano de 122 metros de eslora que, ya fuera de servicio, se instaló en Barcelona para usos lúdicos. Una vez fuera de servicio, la Generalitat catalana lo compró y lo hundió adrede en la zona, de modo que se convirtiera en arrecife artificial que, poco a poco, va colonizando la vida marina. Y los buceadores.

Roca Foradada, por la que pasan los barcos
Roca Foradada, por la que pasan los barcos

Este mismo recorrido entre L’Escala y L’Estartit se puede hacer también por tierra, por el continuo subebaja de las colinas costeras. Da diferentes perspectivas de todas las atracciones contemplables desde el barco y con ocasionales posibilidades de desviarse a calas inolvidables, como Ferriol o Pedrosa. Esta excursión tiene apenas una decena de kilómetros de dificultad media (subir y bajar, subir y bajar por senderos rocosos), pero recompensa mucho más allá del esfuerzo invertido. Desde L’Escala, se sigue fundamentalmente el recorrido del GR-92 del Mediterráneo, con un desvío cerca del final para completar los últimos kilómetros hacia L’Estartit (el GR se desvía tierra adentro, ahí).

Inspiración de poetas

Si en la ida nuestro vehículo acuático deja simplemente la Meda Gran a la derecha, porque el objetivo es la punta de Les Tres Coves, a la vuelta rodea todo el archipiélago por la ruta opuesta, recreándose mucho más. Parando, incluso, los motores para el silencio contemplativo de nosotros los pasajeros, roto solo por algún grito de gaviota. Siete islotes visitados y fotografiados por miles y miles de personas, pero inalcanzables a la vez, adornados por el marco de una puesta de sol que pinta las nubes de color rosa. Se respira paz. También es bonito que haya rincones que no podamos fagocitar.

Atardece en Medes, con el 'colmillo' del 'Carall Bernat' al este: 70 metros de altura
Atardece en Medes, con el ‘colmillo’ del ‘Carall Bernat’ al este: 70 metros de altura

El pájaro de hojarasca

Un viejo amigo tenía una novia a la que le daba miedo la oscuridad, y él trataba de consolarla así: “No te preocupes, que de noche hay lo mismo que de día, pero sin luz”. Es cierto solo en parte: la fauna, por ejemplo, cambia mucho. Y nosotros somos criaturas hechas para el día, aunque muchos nos empeñemos en desmentirlo con nuestro modo de vida. Empezando por los ojos, somos unos auténticos minusválidos en cuanto el sol se despide. Eso sí, no podemos negar que las tinieblas le dan a todo un aire misterioso, mágico, embrujado. Cualquier ruido poco habitual, cualquier movimiento… nos pone en guardia. Cualquier vivencia es una pequeña aventura.

Cuántas veces se me habrá hecho de noche en el campo, y cuántas sin linterna, porque no estaba previsto pasarse de hora. Unas cuantas de ellas en mis primeras correrías solitarias por los campos zamoranos, donde pasaba como mínimo un mes de cada verano. Allí, en los encinares y pinares de piñonero sobre suelo arenoso, nunca faltaba algo interesante que te sobrevolase o se te escondiese, desde el aguililla calzada hasta el alcotán, desde la culebra bastarda hasta los conejos. Y luego, volver al pueblo cuando oscurece y no se ve mucho te inundaba de sensaciones.

Recuerdo que, en una de esas vueltas tardías, fue la primera vez que me encontré uno de los animales más extraños que existen. Yo era adolescente, y la noche se había echado encima, con la luz de la luna que aún te permitía distinguir el camino. Sonaba a mi alrededor un ¿canto? extrañísimo, monótono, una especie de burbujeo en el agua cuando alguien sopla por una pajita. Pero alguien con una capacidad pulmonar magnífica, porque duraba y duraba. Yo no pensaba mucho, salvo en llegar a casa, pero imaginaba que sería un cigarra rara, o una rana desconocida para mí en algún charco. Y de pronto el ruido paró, a la vez que algo saltaba al aire y volaba desde mis pies, dándome un buen susto, yendo como iba con los sentidos a flor de piel. El miedo a lo invisible y desconocido, que va dentro.

¿Será un murciélago? Sin luz, vete a saber, pero que yo sepa los mamíferos alados no suelen bajar al suelo. Acierto a distinguir que, tras un vuelo bamboleante y absolutamente silencioso, ‘aquello’ se tira a tierra, de nuevo sobre el mismo camino, y vuelve el ruido penetrante, constante: “Crrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr…”, a veces subiendo y bajando un poco el tono, pero sin perder la monotonía. Nada, dejo de andar unos instantes para tratar de fijarme mejor. Me ayudan la luna, el tono claro del suelo de la pista y el tono oscuro del ser. Ya lo tengo: es un pájaro relativamente grande, que está tumbado como si estuviera incubando. Parece un vencejo grande cuando está en el suelo; en cambio cuando vuela, en cortos tramos, casi se mueve como una gaviota. Avanzo, y la historia se repite varias veces: vuelo corto y posado un poco más adelante. Y ese canto innovador.

También se tumba en las ramas (FOTO: www.ornitocultura.com)
También se tumba en las ramas (FOTO: www.ornitocultura.com)

Así fue mi encuentro inaugural con el chotacabras, un ave que ya motiva desde el extraño nombre. Se activa en el crepúsculo, se apaga al amanecer, así que es difícil de ver y de estudiar. Más aún para nuestros antepasados, para los que la noche era a menudo un mundo de horrores y maleantes, y que atribuían maléficas características a todo el que la frecuentase. Fuera bípedo o no.

Incluso ahora que se ha superado algo la era de la superstición, tampoco se sabe muchísimo de los chotacabras, empezando por su situación real: ¿Hay muchos o pocos? ¿Se conservan bien, han decaído? Según los científicos esto último, aunque es difícil hacer un censo. Pero los plaguicidas que minan su fuente de alimentación han tenido que perjudicarle con toda seguridad. Sí que se conoce que pasan nuestros meses más fríos en África tropical, y que vienen a reproducirse en primavera. Empiezan a volver al continente sur ahora, y completarán viaje entre septiembre y octubre. Aunque con el calor que está haciendo últimamente quizá retrasen unos días el viaje, quién sabe.

En España hay dos especies: el chotacabras cuellirrojo o pardo, un poquito mayor y más propio de la mitad sur, y el europeo o gris, que ocupa más bien la mitad norte (y el resto de Europa). Aunque el primero se puede encontrar en algunas zonas de la provincia de Soria, es mucho más común el europeo, pues el pardo gusta más de zonas más cálidas. Es también el gris el que me topaba yo en mis noches zamoranas. Porque aparte del tono del plumaje –más grisáceo o más rojizo, claro-, difícilmente apreciable entre tinieblas, se diferencian en la voz. El canto del chotacabras europeo es el burbujeo que digo yo, descrito por otros también como el traqueteo de un motor en marcha o el ronroneo de un gato, ¿o suena como una carraca? El canto del chotacabras cuellirrojo es un repiqueteo casi metálico, que me recuerda lejanamente a una codorniz.

Contemplar al chotacabras, algo que no han hecho muchos, es toda una experiencia. Adaptado a su actividad nocturna y a la caza de insectos, de desproporcionados ojos negros y boca enorme para lo mínimo que resulta el pico, el plumaje le da un aspecto de invención de literatura fantástica. Siendo real, incluye un puñado de misterios, alguno sin resolver del todo.

Caminos 'chotacabreros' en la provincia de Zamora
Caminos ‘chotacabreros’ en la provincia de Zamora

Misterio 1: nombre legendario

‘Chotacabras’, o Caprimulgus, como se dice ‘en científico’, significa algo así como “que mama de las cabras”. Esto procede de la leyenda pastoril –creída a pie juntillas hasta hace bien poco- de que este animal se acerca al ganado por las noches para alimentarse tirando de ubre, por lo que había gente de campo que lo veía como un ladrón. Esto es una deducción errónea, debida a la costumbre del animal de tumbarse en el suelo cerca de cabras, ovejas y demás. Pero no busca su leche, sino los insectos que siempre proliferan en torno a los rebaños. Otras leyendas atribuyen al chotacabras poderes malignos y mortales, procedentes todas del desconocimiento.

En Sudamérica recibe otros nombres curiosos como ‘dormilón’ o ‘atajacaminos’, por su costumbre de tumbarse en ellos. Por cierto que a veces lo hace en plena carretera, donde los faros de los coches lo deslumbran, con consecuencias trágicas cuando llega la rueda.

Misterio 2: rey de lo críptico 

De tamaño intermedio entre mirlo y paloma, aunque con largas alas y cola, visto con luz el chotacabras parece un pájaro construido con hojas secas y palitroques. Durante el día se tumba entre las plantas, cierra lo único llamativo que tiene (ojos y boca rosada), se echa entre las plantas y duerme: no hay quien lo vea. Solo el macho posee una motas blancas en las alas y la cola. Increíblemente mimético, el chotacabras gris confía plenamente en su treta de camuflaje, y prácticamente hay que pisarlo para que de pronto levante el vuelo y marche asustado por la bota, pero normalmente no muy lejos. Es un vuelo raro, errático, que en horas nocturnas utiliza para cazar. A veces se posa también en los árboles.

Misterio 3: bigotes junto al pico

La cara del chotacabras es un espectáculo. Todo en ella está enfocado a vivir en la oscuridad, o más precisamente a la alimentación nocturna, sobre todo a base de insectos voladores, como las polillas, que se traga también al vuelo. Primero, unos grandes ojos negros que penetran en la negrura y que le ofrecen un panorama infinitamente más claro del que podemos distinguir nosotros sin sol. Después está la bocaza, que puede abrir hasta unos límites casi imposibles, un pozo en el que caen las incautas presas. ¡El finito y mínimo pico no hace sospechar lo que hay detrás!

Primer plano, con las vibrisas ('bigotes') bien visibles (FOTO: http://anillagalicia.blogspot.com.es)
Primer plano, con las vibrisas (‘bigotes’) bien visibles (FOTO: http://anillagalicia.blogspot.com.es)

Y llama la atención una especie de bigotillos que rodean el pico del chotacabras, aparentemente impropios de un ave. Son cerdas llamadas ‘vibrisas’, como también tienen los gatos o zorros: pelillos ultrasensibles a cualquier cambio físico en el entorno inmediato, incluso aquellos tan nimios como el quiebro aéreo de un invertebrado, lo que ayuda al pájaro en su bocado final. Se dice que estas vibrisas se doblan mejor hacia el interior que hacia el exterior, lo que facilitaría también que el atrapado no salga de la boca…

Misterio 4: la uña-peine

Hay que fijarse mucho para descubrir quizá el detalle más artístico del chotacabras, tanto como que hace falta tenerlo en la mano, así que juntémonos con los anilladores… La uña del dedo central está modificada de forma que parece un peine: tronco común y púas. Hay otras aves, como la garza, que presentan una uña parecida, pero en una especie mucho más pequeña como el chotacobras es todo un trabajo de orfebrería natural. ¿Para qué sirve? No hay respuestas del todo seguras, pero parece que para peinarse, precisamente, el plumaje. O los propios ‘bigotes’…

Misterio 5: ¿y el nido?

No hay. Aprovecha cualquier hondonada mínima de su querido suelo para poner sus normalmente dos huevos, que si todo va bien eclosionarán en menos de 20 días. Con alguno de los adultos encima, rodeados de las hojas y ramitas propias de los bosques abiertos donde le gusta vivir al chotacabras… es como si no hubiera nada. Así que, la próxima vez que nos internemos en el campo, atentos al oído y cuidado con nuestras pisadas. El ave más extraña de la noche puede estar muy cerca.

10 días en la enciclopedia (II): el núcleo de África salvaje

Observador observado
Observador observado

Los parques nacionales de Tarangire y el lago Manyara fueron para mí una inmejorable bienvenida a la Tanzania salvaje, en la visita que hice en junio. Pero solo se trataba de los entrantes a la espera de los platos fuertes de la sabana, que me esperaban en el Serengeti y el Ngorongoro, previo desvío al singular lago Natron.

Natron: del lago del infierno al edén vertical

Desolado es poco, para definir el entorno del lago Natron, que mezcla llanura de hierbajos agostados con escarpaduras rocosas del Gran Rift. Mi chófer-guía Mudy, el cocinero Peter y yo nos asentamos en un camping muy cerca, en la Comunidad de Engaresero. Muchos de sus habitantes son masai que viven en sus poblados o ‘boma’, rodeados por una empalizada espinosa y compuestos de chozas de barro, palo y excrementos secos. Allí te ofrecen de todo, desde bailes tribales a excursiones. Prescindo de lo primero, que seguro que es divertido pero no tengo claro que muy auténtico, o muy espontáneo.

No termina de cuadrarme el ‘rollo’ que llevan la mayoría de los masai con los que me topo. Por un lado, presumen de independientes, de conservar sus tradiciones ancestrales, de ser autosuficientes gracias a una vida basada en el pastoreo de cabras y vacas. Pero por otro, en cuanto ven un blanco aparecen al instante a venderte lo que sea, desde pulseras a su propia imagen para las fotos. Y yo me pregunto, ¿por qué tanto ahínco en conseguir dinero, si alardeas de que no lo necesitas…?

El lago Natron, de aguas poco profundas y situado en la frontera con Kenia, parece el negativo del lago Manyara. Casi no hay vida, salvo los flamencos, que aguantan líquido elemento que para otros seres está totalmente envenenado. Es cáustico, contiene disueltos varios tipos de sales y toma a veces extraños colores rojizos, por explosiones de algas que sufre. Caminar por su orilla es un crepitar a cada paso, debido a la costra de materiales químicos secos que allí se acumula. Tiene mucho de sobrecogedor, pero no me parece digno del largo viaje de 150 kilómetros por pista de tierra que nos ha llevado hasta él, pese a la gran y lejana mancha rosa de los flamencos. A los que, como es lógico, no podemos acercarnos.engaresero2

El segundo día por ese entorno es opuesto. Nuestro guía masai, Emuly, es fantástico. Va envuelto en una túnica azul, lleva la característica vara en la mano, la espada corta al cinto (“si me encuentro con algún enemigo, la uso”) y calza unas sandalias artesanales muy de moda entre su tribu: la suela es de rueda de moto, que agarra muy bien y de paso deja huellas graciosísimas. Él nos conduce a las fuentes del río Engaresero, una caminata de mañana entera que para mí constituye la mayor sorpresa positiva de mis tres semanas en África, porque no me esperaba un lugar tan espectacular.

El río es aparentemente el único proveedor de agua fresca y corriente a la zona, aunque su vida es breve: nace, traza un cañón de no más de 5 kilómetros y poco después va a parar al lago Natron. Se trata de remontar el barranco, y el contraste es sublime: altas laderas desérticas a los lados, frescor y saltos de agua en el fondo. Con palmerales de tono esmeralda que se aventuran un poco cuesta arriba, como un oasis vertical que destaca mucho más entre el gris imperante. Dicho cañón termina (o empieza) en un anfiteatro cerrado, un paredón del que mana el agua en varias cascadas. Nunca me habría imaginado todo esto en un rincón del secarral. El baño lo disfruto como nunca.

Y, por la tarde, además de cervezas de marcas bien significativas (‘Kilimanjaro’, ‘Safari’ y ‘Serengeti’), me doy el gustazo de correr un rato por África, mientras los pastores nativos saludan al blanco loco con una sonrisa y un “How are you?”, y los niños salen de sus chozas a decir adiós con la manita. No he visto a nadie correr, solo a mí, y parece que les extraña. Cuando me topo con una pacífica horda de babuinos, disfruto del momento y me vuelvo: estoy cansado, y quizá he ido demasiado lejos.

El Serengeti: metidos en el documental

Viramos hacia el este en el mapa del norte de Tanzania, hacia esa inmensidad llamada Parque Nacional del Serengeti, quizá el espacio natural más famoso de África. La capital mundial de los mamíferos salvajes tiene la forma de una especie de ‘7’ invertido, y el tamaño de la provincia de Burgos… Está plenamente consagrado a la vida silvestre y sus turistas: no viven dentro ni los masai. Sus números son astronómicos: un millón y pico de ñus, casi la misma cantidad de gacelas, 200.000 cebras, miles de leones, antílopes variados, jirafas y elefantes… La quintaesencia de la sabana.

Lobo camp, en el Serengeti: un par de tiendas y el vecino
Lobo camp: un par de tiendas y el vecino

280 impagables kilómetros por pistas descarnadas nos conducen de Natron al Serengeti, donde entramos por la puerta Klein, al noreste. Después, con los pelos como escarpias, nuestro cascado 4×4 se introduce en el paraíso faunístico, unos 15 kilómetros hasta el Lobo camp, donde haremos noche. El paisaje en este sector concreto está salpicado de grandes ‘kopjes’ o rocas graníticas, ecosistemas propios en torno a los que crecen pequeños bosques más cerrados. Algunos se han reído de mí cuando les he dicho que me recordaba muchísimo a Cañada Honda de Valonsadero, pero así es. Lo único es que, en vez de vacas…

Lobo camp es un mínimo cuadrado de pasto segado para montar allí las tiendas, medirá 25 metros cuadrados. Cuenta con una tripleta de edificios: almacén, cocina y, un poco apartado, baño. Las hierbas del entorno superan el metro de altura. Al lado, un ‘kopje’ enorme y frondoso. Las historias de leones que ha vivido Mudy en este mismo lugar me invitan a no moverme esta noche de la tienda, diga lo que diga la vejiga. Y unas extrañas rocas negras asoman por encima de las plantas amarillentas: no me lo puedo creer, ¡son lomos de búfalo! Montañas de carne con cuernos en forma de peluca dieciochesca. Tienen fama de muy malas pulgas, pero se limitan a mirarme mientras rumian, ‘como las vacas al tren’.

Preludios de la gran migración, en el Serengeti
Preludios de la gran migración, en el Serengeti

Por todas partes, cada vez se cruzan más ñus, los amos y líderes de todo esto. Nos cuentan los drivers que llevan más días aquí que parece que se están agrupando y dando vueltas concéntricas cada vez mayores, antes de decidirse a la Gran Migración. Es el mayor movimiento colectivo de mamíferos salvajes que queda en un nuestro mundo, crucificado en los cinco continentes por las infraestructuras humanas. Por unos días no la vamos a pillar. Se supone que entonces el inabarcable ejército de ‘vaquillas’ grises se lanzará a cruzar el río Mara, el de las famosas comilonas de los cocodrilos, para entrar en Kenia en busca de los pastos frescos del Parque Nacional de Masai Mara, prolongación norte del Serengeti. Pero esta temporada seca ha empezado un par de semanas más tarde. Lo justo para que, en vez de la migración, contemplemos solo el calentamiento.

En fin, es imposible contar aquí lo que dan de sí tres días en el Serengeti, arriba y abajo con el coche por caminos polvorientos. Los conductores se avisan entre sí por radio cuando aparece ‘algo gordo’, que suelen ser los félidos: leones, leopardos y guepardos. La nuestra no funciona, pero no hace falta: más de dos vehículos parados en el mismo rincón, sinónimo de que conviene ir allá rápidamente. Como grupo tenemos bastante de patético: en torno al leopardo, lo más precioso que he visto nunca, hay una veintena de todoterrenos cargados de cazadores fotográficos. Y me cuentan que julio y agosto serán peores…

El leopardo y sus 'groupies', en el Serengeti
El leopardo y sus ‘groupies’, en el Serengeti

Los elefantes campan a sus anchas, impresionan siempre. Las jirafas también, como atalayas ambulantes. Los primeros rugidos de león son de un macho y una hembra bien avenidos. Y en parte, lo mejor son los sonidos, por ejemplo los nocturnos en el Nyani camp, en la zona de Seronera, en el mismo corazón del Serengeti. En Lobo camp éramos 3 tiendas, aquí más de 50. Pierde encanto, pero los sentidos siguen a tope. No solo por el mejor firmamento que jamás he contemplado (estamos en mitad de una provincia de Burgos sin luz, algo se tiene que notar), sino porque se escucha una monótona cantinela de fondo. El “gnu, gnu, gnu…”, de los onomatopéyicamente llamados ñus, que no descansan. Y sobre todo impresiona el corto y creciente aullido de las hienas que merodean al lado de las tiendas, “uúÚ, uúÚ…”. Que te hace sentir muy, muy, muy vulnerable.

Encuentros en la sabana
Encuentros en la sabana

Ngorongoro, el corral de los dioses

Otra interminable pista de tierra nos saca del Serengeti por el sureste, por la puerta de Naabi Hill, después de atravesar la parte más plana y desarbolada del parque. Ahora comprendo en su integridad la traducción al español del nombre en suajili: ‘Llanura sin Fin’. En junio, a lo largo de kilómetros y kilómetros apenas hay unas pocas gacelas de Grant y avestruces; en torno a febrero, los ñus paren por aquí, y es también el mayor alumbramiento colectivo del planeta…

Nada más dejas el Serengeti entras en la Zona de Conservación del Ngorongoro, que incluye el famoso cráter. Antes de llegar a éste, surcas planicies y colinas de nuevo muy pobladas por los masai y sus rebaños. Por cierto que a mitad de camino está el publicitado desvío hacia la Garganta de Olduvai, conocida como ‘La Cuna de la Humanidad’, donde se han hallado restos de homínidos de más de un millón de años. No vamos para no castigar más a Mudy, que ha sufrido un bajón repentino: ¡tiene malaria!, al parecer contraída en otro viaje. Pero ahí sigue, al pie del cañón. “No es un caso grave”, asegura que le han dicho los médicos…

Cráter del Ngorongoro, con el lago Makat
Cráter del Ngorongoro, con el lago Makat

El increíble Cráter del Ngorongoro nos espera. Es uno de los mayores del mundo (19 kilómetros de diámetro), y el menos alterado: en su fondo, delimitado por laderas de 600 metros de desnivel, solo hay más sabana, un lago, turistas –medio centenar de vehículos, en mi caso- y animales propios de esos lares. Que además están mucho más aislados que en otras zonas, porque no cualquiera supera semejante escalón. Bajar allí con el Land Rover, desde la maravillosa balconada superior, pone a prueba los frenos.

Es el último día de safari, y aún me falta el ‘quinto grande’, el rinoceronte negro, que a efectos prácticos solo es observable aquí, en todo el famoso norte de Tanzania: el furtivismo lo ha masacrado. Es el máximo objetivo, pero antes se ponen a tiro visual otras joyas, como 30 grullas coronadas juntas, un grupo de enormes antílopes eland, leones más cerca que nunca e incluso 20 minutos de tensa mirada entre un melenudo macho del gran gato y un búfalo, separados entre sí por 10 metros, ante una fila de coches repletos de ‘guiris’ expectantes. Al final, impera el conservadurismo: empate a cero.

Y a última hora, cerca de la despedida, Mudy para el coche y señala un punto despejado, entre la maraña de ñus, cebras y gacelas. “Congratulations”, se limita a decir. En plena siesta, con su aspecto digno del Jurásico, descansa un rinoceronte; como tantas otras veces, lejos para mi cámara, cerca para los prismáticos. Está tumbado en el suelo, a ratos cambia de postura. Es tan miope, tan llamativo, tan anacrónico, que no me explico cómo es que ha logrado esquivar a nuestra especie y seguir existiendo. África no podía darme más en menos tiempo.

La dueña del terreno, a juego con los pastos
La dueña del terreno, a juego con los pastos

10 días en la enciclopedia (I): preludios de la sabana

Aquí en el Lago Manyara tienen preferencia
Aquí en el Lago Manyara tienen preferencia

Aquella Enciclopedia Salvat de la Fauna que tanto me marcó de niño tenía 11 tomos, y los tres primeros se refieren a África. En el primero había un capítulo ‘cero’, una introducción a toda la obra, y el capítulo ‘uno’ se titulaba Las sabanas y estepas africanas. Algo se me quedó dentro desde antes de aprender a leer, contemplando fotos a doble página de la manada de elefantes entre las acacias, los leones mirando al objetivo subidos a una rama, una imagen aérea de lo que parece un reguero de hormigas y son cientos de ñus en ordenada marcha, o el abrevadero donde se aproximan las jirafas. No sé dónde habría ido este junio si la colección hubiese empezado por Asia o Sudamérica.

Así que tenía una cita con la enciclopedia. Y por fin, tres décadas y pico después de todo aquello, en 2014 llegó mi hora. Aproveché también para subir al Kilimanjaro, como ya he contado en el blog, pero el motivo auténtico de mi viaje a Tanzania era ver con mis propios ojos todo aquello que me cautivó en tiempos iletrados. Barajé varios países, pero al final no tenía más remedio que irme a lo típico, por precio –aunque de barato, nada-, por mito de la vida salvaje, porque no sabes cuándo o si vas a poder volver. Y porque es entre el norte de Tanzania y el sur de Kenia (las fronteras son políticas, no naturales) donde se da la mayor migración de mamíferos salvajes del mundo, aproximadamente cuando yo iba a aterrizar allí. Pese a todo prescindí de Kenia, porque se calculaba que los ñus estarían aún en territorio tanzano, y así fue. Limitarme a un solo país me ahorró mucha burocracia, intuyo que irritante.

Mapa del norte de Tanzania (www.brysonadventures.com)
Mapa del norte de Tanzania (www.brysonadventures.com)

Pues sí, han sido 10 días de safari a la carta que me han parecido mes y pico, por la intensidad de las experiencias. Compartidos con el cocinero Peter, que repetía del Kilimanjaro –a estas alturas es mi primo- y sobre todo con el chofer-guía Mudy, un fenómeno de 24 años con más vida ya que 20 europeos juntos; a estas alturas, mi hermano. Partiendo de Arusha, capital de los safaris del norte de Tanzania, hicimos un recorrido aproximadamente circular en sentido contrario a las agujas del reloj, pasando por parques nacionales y parajes naturales que le suenan a cualquiera que haya soñado alguna vez con lo mismo que yo: Tarangire, lago Manyara, lago Natron, Serengeti y Cráter del Ngorongoro (véase mapa).

Nuestro vehículo fue un Land Rover viejo -años 90- y algo destartalado, de techo elevable para viajar de pie y poder asomarte a disparar fotos. Sin aire acondicionado, lo que te da un poco más de ‘arraigo’ con el terreno. Y la época, de mediados a finales de junio pasado, coincidía con el inicio de una de las dos estaciones secas del año en esta zona tan próxima al ecuador: la seca larga. Este año el ciclo ha ido algo más retrasado, cayeron aún cuatro gotas estando yo por allí, lo que en parte me perjudicó para contemplar la gran migración en todo su esplendor. Pero por otro lado esperaba pasar muchísimo más calor.

Los famosos ‘5 grandes’ tuvieron a bien cruzárseme por delante de los prismáticos, además de infinitas variedades más de mamíferos y aves. No sé si será irrepetible para mí, pero nunca dejará de ser mi primera vez. Los únicos que me esquivaron fueron los cocodrilos, que no estaban en los ríos donde ‘debían’ estar, y los perros salvajes o licaones, muy escasos de todos modos en esa zona, más factibles en reservas al sur del país. De todo lo demás, de todos los protagonistas de documental de la sabana, quedé saciado. Y aquí cuento algo de lo que más me gustó de cada lugar.

Cruce de gigantes: baobabs y elefantes, en el Tarangire
Cruce de gigantes: baobabs y elefantes, en el Tarangire

Tarangire: precioso imperio del baobab

Qué espectáculo es el Parque Nacional de Tarangire, el primero de ‘sabana’ en sentido amplio de la palabra que nos tocó visitar. Está a unos 120 kilómetros al suroeste de Arusha, tiene casi el tamaño de la provincia de Álava (en África todo es enorme) y a mí apenas me sonaba un poco, así que la sorpresa fue para mí mayúscula. Es una sabana bien nutrida de arbustos, y sobre todo acacias y enormes baobabs, ese árbol inmenso que impresiona desde el primero que ves, con su proclamado aspecto de estar invertido, con las raíces hacia fuera. Una reserva repleta de animales, empezando por manadas de elefantes, en una de sus mayores densidades del norte del país. Que al lado de los baobabs no parecen tan grandes…

Ya en la carretera perfectamente asfaltada entre Arusha y el parque, suscita la emoción irte topando con grupos de pastores masai, a veces niños minúsculos en edad de no salir de casa, que aquí gobiernan ya cabras o vacas armados de una simple vara. O que de pronto una manada de cebras cruce de lado a lado. Si siguiéramos recto por el asfalto daríamos con la bulliciosa localidad de Mto Wa Mbu, centro de operaciones para Tarangire y para el también cercanísimo Parque Nacional del Lago Manyara, que visitaremos mañana y que solo está a 1 kilómetro de la pequeña ciudad. Hoy nos desviamos muy poco antes, y una pista de tierra con 24 terribles badenes en 5 kilómetros nos conduce al espacio protegido.

Carraca lila, un clásico de la sabana
Carraca lila, un clásico de la sabana

En fin, desde el principio es un espectáculo, al menos en herbívoros es todo un compendio de lo que hace famosos a los safaris africanos. Empezando por ñus y cebras, que en este caso realizan una pequeña migración entre este parque y el Manyara. Elefantes, jirafas, estilizadísimos impalas, monos cercopitecos verdes, impalas, facoceros o jabalíes verrugosos que se alimentan agachados con las extremidades anteriores dobladas… Por cierto que según me cuentan el nombre ‘Tarangire’ significa, en una de las lenguas locales, ‘río de los facoceros’. Y este río así denominado parte en dos el parque, de arriba abajo del mapa: es de las pocas fuentes acuáticas de la región cuando pega la sequía, así que la fauna se concentra allí que da gusto.

Hay tal cantidad de especies de aves que pierdo la cuenta, desde las siempre visibles carracas lilas, posadas en lo alto de cualquier vegetal que destaque, hasta los pájaros tejedores, que adornan las acacias con sus nidos, que parecen bolas amarillentas de un árbol de Navidad. También nos acercamos al lecho del río, en cuyas orillas los elefantes tomaban baños de polvo, y furtivamente contemplamos la siesta de los leones, sin llegar a poder gozarlos porque estaban lejos y bien tapados. En fin, el paisaje recuerda un poco a ciertas zonas de Castilla y de anónimos rincones del Duero, pero con habitantes más espectaculares.

Río Tarangire
Río Tarangire

Hasta los ratos en que el campo se calla y se oculta, disfrutas Tarangire sabiendo que de cualquier matojo puede asomar algo fascinante. Menos atractivos lo son los ‘mordiscos’ que recibes de cuando en cuando. Iba prevenido o más contra la malaria, repleto de mejunjes y mangas largas; el caso es que mosquitos, ni me picaron ni vi. A pesar de que el nombre del cuartel general, Mto Wa Mbu, signifique literalmente ‘río de los mosquitos’… En cambio, hay unos tábanos que en algunos parajes te acribillan, y atraviesan las camisetas sin problemas. “¡Tete flai!”, proclama Mudy, entre risas. O sea, ‘tse-tse fly’, la mosca tse-tse, vector de la terrible enfermedad del sueño. Por suerte aquí hay mosca pero no enfermedad. A Mudy le han picado millones en su vida y nunca le veo perder del todo la sonrisa.

Manyara, el lago de la vida

Mto Wa Mbu es un caos, no tan lejos de lo que en Río de Janeiro llamaríamos favela sin más tapujos. Allí todo el mundo te trata de vender cualquier cosa. Los guías conocen al lugar directamente como ‘Sodoma’. Pero en un simple kilómetro está la entrada principal al Parque Nacional del Lago Manyara, precedida por un conjunto de árboles de decenas de metros de altura, con una cantidad imposible de marabúes –las cigüeñas carroñeras de África- y otras zancudas en la copa. El nombre Manyara procede del de una planta local que usan los masai para construir sus cercas para el ganado.

Este lago salino y poco profundo tiene unos 50×16 kilómetros, y solo el cuadrante noroeste de su orilla está protegido en el parque. Entre el escalón del Gran Valle del Rift y la superficie lacustre corren abundantes arroyos, y crece una preciosa y bien irrigada selva, en otros lugares transformada en sabana. Incluso grandes baobabs se asoman a las laderas, sumando así mayor variedad de ecosistemas que los que se pueden encontrar en Tarangire.DSC_0426

En el Manyara se trata de lo mismo: dar vueltas y revueltas por sus pistas, mejor señalizadas que las carreteras de fuera de las áreas protegidas. La selva alberga monos de varios tipos, como los cercopitecos azules y verdes, o los babuinos, esos primates con hocico de perro que siempre marchan en grandes grupos y llenan el paisaje de un extraño sonido: el de muchas manos hurgando en busca de comida a la vez. Los elefantes no son pocos, y de aquí proceden, sobre todo, las famosas fotos de los leones ‘colgantes’, dormitando entre las ramas. Pero, por lo visto, junio no es la época, o eso me cuentan. Ni rastro de ellos.

Aparte de toda la gran fauna ‘típica’ de todos los parques, el lago en sí –que se ve de lejos y mal- supone sin embargo la posibilidad de hartarte de aves acuáticas, desde los pelícanos a las grullas coronadas o las aves martillo, así llamadas por la insólita forma de su cabeza. Y también la oportunidad de contemplar las primeras manadas de búfalos cafres y los hipopótamos, descritos por todo el mundo como el animal más peligroso del continente. Por las noches, estas moles salen del líquido elemento para pastar tierra adentro, y su aspecto orondo es uno de los más engañosos del mundo: son velocísimos. Me cuentan que poco antes de mi visita, un ranger del parque que buscaba posibles furtivos se topó con un grupo de estos paquidermos, fuera del coche. Al día siguiente encontraron su cuerpo partido en dos…

Grullas coronadas y ave martillo, en el Manyara
Grullas coronadas y ave martillo, en el Manyara

Bonito e interesante, el parque del Manyara no me entusiasma tanto como el de Tarangire. Posiblemente por una única razón: que me pasé por el otro en primer lugar. Cerca de la puerta de entrada y salida, la que da casi directamente al muy distinto mundo de Mto Wa Mbu, existe un mínimo museo con osamentas de elefante, búfalo e hipopótamo. Y vitrinas siempre macabras, de ésas con aves disecadas dentro, amontonadas y a veces hechas literalmente polvo. Sorprende tanta dejadez.

«Nobody knows tomorrow»

Los dos primeros días cunden como varios años intentando bichear por Iberia. Y todavía, se supone, queda lo mejor. Viraremos radicalmente hacia el norte, hasta cerca de la frontera con Kenia, donde encuentra su lecho el áspero lago Natron, casi un opuesto al jolgorio de vida que es el Manyara. Un par de días de excursiones por la zona –una de ellas de montaña, una de las menos olvidables de mi vida- y tiraremos hacia el oeste, para el plato fuerte del safari, hacia la dupla casi sucesiva Serengeti-Ngorongoro. Y en ese menú espero que vengan a la mesa los grandes carnívoros, las estrellas de todo esto. De momento, entre los lagos Manyara y Natron nos esperan 150 kilómetros de pista de tierra sin tregua, en un viaje de más de la mitad del día. Atravesando horizontes cada vez más secos y desolados, dominados por el volcán sagrado (¡y activo!) Ol Doinyo Lengai y un firme progresivamente más repleto de baches, cruces con cauces sin agua, pedruscos y todo lo que no debería catar un coche.

Para amenizar el trayecto, Mudy conecta su archivo de canciones. Creo que escucho 20 veces su preferida, Taste the Money (Testimony), del dúo nigeriano ‘P-Square’, que termina siendo el himno del viaje («safari» significa, precisamente, «viaje»). En algún momento dice “nobody knows tomorrow”. Quién sabe qué deparará el mañana. Por tanto, de momento y por si acaso, procura disfrutar. Así lo hacen todos los tanzanos de a pie, maestros de la supervivencia como los animales salvajes que a muchos les dan de comer.

Continuará…

Los masai, ganaderos desde siempre
Los masai, ganaderos desde siempre

 

Kilimanjaro (II): Libertad, en lo más alto

Día 2, Machame camp-Shira camp: el mundo cambiante

Nos habíamos quedado en el campamento Machame, a 2.850 metros de altura, con un desayuno potente sobre la manta de picnic, buen reconstituyente tras una noche húmeda y fresca. Nos esperaban apenas 9 kilómetros hasta Shira camp, segundo dormitorio del viaje. Bastante más duros, con casi mil metros de desnivel a superar. Pero como siempre iremos ‘pole pole’, despacito, que a partir de hoy el mal de altura puede aparecer en cualquier momento.

Atasco y descanso entre los brezos gigantes
Atasco y descanso entre los brezos gigantes

Serán unas 6 horas de caminata, pero el trámite no se te hace tan largo como sospecharías, con tanto tiempo libre. Amanece en torno a las 6.30 horas, a las 19.00 el sol es historia lejana y no echamos a andar hasta las 8.00 y pico, así que cada día cunde la mitad. Todos los días hay té con palomitas para recibir al ‘mzungu’, al blanco. ¿Herencia británica…? Y muy poco después la cena, siempre apabullante en cantidad y calidad. Tanto que al segundo día ya le digo a Peter, el cocinero, que por mí prescinda de las palomitas… Entre eso, anotar las vivencias de la ruta y leer un poco, la jornada se te pasa en un suspiro.

Esta primera mañana en las faldas del Kilimanjaro es como bucear por un mar de bruma. Da la impresión de que hoy estaremos a todas horas sumergidos en agua de esta forma tan peculiar. El campo Machame es la frontera exacta de la selva. Desde aquí para arriba nos metemos en un sombrío monte de brezos gigantes, más altos que cualquiera de nosotros, a veces en forma de árbol. La humedad es absoluta.

‘Kilimanjaro song’

Hoy es la etapa más concurrida de todas, no sé si en número de montañeros pero sí al menos en apariencia. Ayuda a esa sensación el hecho de que el camino delimitado y ‘oficializado’ con estacas ya no está más, ahora es una senda rocosa, mucho más estrecha y a ratos empinadísima y deslizante. Así que, dependiendo de la velocidad a la que vayamos los ‘guiris’, se forman pequeños atascos.

En unos pasos algo dificultosos el campamento queda muy abajo. El toque exótico extra, y hasta ‘colonial’, lo da una canción que resuena por todo el valle, y que entonan desde más abajo los porteadores de una expedición más numerosa. Un coro inconfundiblemente africano y de ritmo machacón, que dice así, al principio:

– Jambo, jambo bwana! Habari gani?, mzuri sana! Wageni mwakaribishwa! Kilimanjaro, hakuna matata…

Y luego sigue más, con mucho hincapié en ese “hakuna matata” que todos conocemos desde ‘El Rey León’. Sin tener ni idea de suajili, hay palabras que te suenan también de las películas de exploradores (“bwana”). Sinai me lo traduce, aclara que es la ‘Kilimanjaro song’. Esa parte inicial sería algo así como: “¡Hola, hola señor! ¿Cómo estás?, ¡muy bien! ¡Bienvenidos, visitantes! Kilimanjaro, no hay problema…”.

Dendrosenecios gigantes
Dendrosenecios gigantes

Y luego habla de que hay que ir despacio y beber mucha agua… En fin, un conjunto entre entrañable y terrible de tópicos y palabras básicas para los turistas como yo. De vez en cuando, Sinai me enseña algunas otras, las más obvias, y me pide que se las diga en español.

A escasa velocidad vamos ganando metros, entre frío vapor de agua y un firme de roca muy resbaladiza. Nos paramos mucho, y charlamos con otros grupos con los que ya hemos coincidido el primer día. Uno de daneses jovencísimos que están estudiando inglés en la capital tanzana Dar es Salaam, otro de alemanes. Como siempre pasa en la montaña, somos automáticamente grandes amigos; los líderes de los países en guerra deberían marchar juntos de excursión. Más arriba crecen especies vegetales extraordinarias, como los extraños dendrosenecios gigantes (véase la foto), y terminan disminuyendo los brezos y apareciendo otras plantas como las lobelias, que parecen piñas tropicales plantadas en el erial.

Mediado el sector matinal, súbitamente el sol sopla a su manera sobre la cortina de nubes, la descorre y vemos la montaña gigante que pretendemos coronar. Todo entre un “oooh” generalizado de los variopintos expedicionarios, como cuando hay fuegos artificiales. Parece muy cerca, pero no lo está. Tras un collado de vistas sublimes, ya con menos pendiente, atravesamos una parte de roca ya claramente volcánica y vegetación cada vez más baja y leñosa. Emergidos ya del mar de nubes, el paisaje de todo el macizo es fascinante. No tan lejos, destacando sobre ese mismo océano blanco, destaca un islote inmenso hacia el oeste: es el monte Meru (4.566 metros), tercero de Tanzania.

Una pequeña  bajada nos deposita en el Shira camp (3.766 metros), donde ‘the team’ ya ha instalado nuestras casitas de lona. Por cierto que hoy descansamos unos 40 metros por encima del Teide, así que personalmente estoy más alto que nunca antes. Durante un par de jornadas más seguiré ampliando esta simbólica marca personal.

Día 3, Shira camp-Arrow Glacier camp: aparece ‘el mal’

Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás
Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás

La noche en Shira es seca pero fría: el ventarrón no deja de pegar ni un minuto, moviendo la tienda como una vela de barco. Aun así, duermo relativamente bien. Del mal de altura no tengo noticias. ¡Mejor! Ayer por la tarde subimos a un pequeño resalte del terreno (nada, ni 100 metros más de altitud), para aclimatar un poco el cuerpo y dormir tras restar de nuevo esa misma altura: algo habrá contribuido.

La hoja de ruta de hoy indica 8 kilómetros y otros mil y poquito metros más de desnivel positivo. La verdad es que la tercera jornada empieza y termina siendo desagradable para el organismo, maravillosos paisajes al margen. Al principio la ventisca es verdaderamente heladora, choca un poco porque no hay ni rastro de nieve y porque las vistas son más bien propias de un desierto pedregoso, o de un asteroide. Nos rodean rojizas y plúmbeas rocas de todos los tamaños y regueros solidificados de lava, que no disimulan que una vez fueron vomitados por el cráter al que nos dirigimos. Desde hoy, la vida vegetal se limita a meros matojos. Ascendemos a paso cansino, por un sendero apenas marcado y de moderada pendiente, más regular que la de ayer.

La ‘meta volante’ es un picacho inconfundible, el Lava Tower, a unos 4.600 metros de altura. Es punto de referencia, y para nosotros desvío, porque la mayoría de los otros visitantes -hoy todos- bajarán ahora al Barranco camp, más al este, para emprender alguna de las subidas más asequibles, por ejemplo siguiendo la ruta Machame tal cual. Nosotros en cambio viramos al oeste, emprendiendo un tramo que mira mucho más al cielo, para aproximarnos al llamado Arrow Glacier camp. Es éste una nueva explanada donde acampar al pie de la Western Breach, esa ladera radical que nos separa del cráter y prácticamente de la cumbre, y que será trabajo de mañana. Vamos muy, muy despacio. A veces me desespero, pero tengo que aceptar que es y ha de ser así.

A diferencia de ayer mismo, cuando conté no menos de 50 tiendas en Shira camp, hoy en Arrow (4.870 metros) solo hay tres: las nuestras. La única vida animal que se aprecia por el entorno son los enormes cuervos píos africanos, de espalda blanca. Están en todos los campamentos, tratando de conseguir comida, y si no fuera porque esperan algo de nosotros tampoco pasarían por aquí. Por otra parte, cuando me encuentro dando una mínima vuelta en torno al desolado campamento, aparece de pronto el particular ‘hombre del mazo’ de estos viajes. Empiezo a sentirme mal: un poco de dolor de cabeza, algunas náuseas, debilidad repentina… Pequeños contratiempos que, sumados, me dejan tocado. Es mal de altura, pero agudo no. Lo asumible.

Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach
Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach

Negociación en las alturas

Poco antes de la cena tengo una reunión seria con Sinai. Lleva todo el día haciendo hincapié en que lo que nos espera mañana es difícil, “arriesgado”, “pones tu vida en riesgo” y tal, porque la Western Breach es una zona de desprendimientos. Es cierto que en 2006 hubo tres montañeros muertos por ese motivo, y que llegó a estar prohibida por un tiempo; pero también es verdad que muertos hay todos los años en los Pirineos, y nadie deja de ir. Ya me ha advertido mi mentora Marga de que en general ningún nativo quiere subir por ahí. Debido al esfuerzo, más que por el peligro.

La cosa es que, según el plan, mañana escalaremos la ladera fatídica (poco más de 2 kilómetros, pero muy escarpados) y dormiremos en la zona del cráter, ya muy cerca de la cumbre, donde se prevé una noche estándar de no más de 20 grados bajo cero. Pero Sinai sostiene que, para que el resto del equipo suba por ahí y durmamos arriba, tengo que pagar ¡50 dólares extra por cada uno! Son seis, así que 300 dólares. Yo le respondo que ni en broma, que no me he inventado sobre la marcha el camino a seguir, que está todo contratado desde hace meses con la agencia. Pero él no parece entenderlo, o no quiere.

Finalmente llegamos a un acuerdo, que en realidad se traduce en recortar la expedición en un día entero. El guía y yo seremos los únicos que subiremos a la cumbre, y los demás rodearán la montaña para esperarnos más al este y más abajo, en el llamado Millennium camp (3.950 metros). No tendré que abonar ningún extra, pero me pierdo dormir en el cráter, uno de los lugares más mágicos que hay, como me adelantó Marga y como comprobaré. Sin embargo, también me ahorro una noche infernal de frío, y se la evito a los otros seis. Terminaré pensando que hice bien, porque la noche en Arrow Camp ya es toledana ‘clase alta’: frío muy intenso a pesar de ponerme encima todo lo que me he traído, viento que zarandea la lona, pesadez cerebral y moderadas ganas de vomitar que no se me pasan nunca. Apenas duermo, y al amanecer Sinai dice que él tampoco ha pegado ojo.

Western Breach arriba
Western Breach arriba

Día 4, pico Uhuru (5.895 metros): únicos por un rato

Hoy tocamos diana a las 5.30 horas, aún con las estrellas ahí encima. Hay que salir antes que otras veces, vamos a caminar de sol a sol. Sobre todo porque madrugar es una de las reglas de oro de la Western Breach: tratar de subirla cuando el hielo que se asoma a sus cortados está en su momento más compacto y sujeta las piedras, como perfecto pegamento natural. Cuando lo caliente el astro rey se ablandará y aumentará el riesgo de desprendimiento.

Echando un vistazo desde abajo, la Western Breach no parece más que un canchal con muchísima pendiente, que termina en una zona de canal hasta el borde superior del risco último. No tiene tanto misterio. Para empezar, un senderito, con hitos ocasionales, serpentea entre la gravilla y/o los pedruscos. Y hoy sí que avanzamos condenadamente lentos. El mal de altura me ha desaparecido desde los primeros pasos, pero se nota muchísimo que no hay oxígeno. Cualquier sobreesfuerzo, como dar más de seis pasos seguidos, te agota como si te hubieras pegado un sprint de 150 metros a tope. Así que son cinco pasos lentos y parada; cinco pasos lentos y parada; así varias veces, hasta que nos sentamos un rato cada 6-8 minutos. Un avance tipo ‘Al filo de lo imposible’ en el Himalaya. Pole pole.

Sinai, mucho más cargado que yo (¿por qué y para qué, hoy?), parece llevarlo peor. También porta un oxidado y pesado pico a un costado de su vieja mochila rosa; asegura que posiblemente lo necesitemos, pero termina no siendo así, y tampoco veo dónde. Hay tramos, muy breves, donde tenemos que ayudarnos con las manos para ascender, pero sin apenas complicación técnica. Por las alturas, cerca de los riscos finales, estrechas e inmóviles cataratas de hielo embellecen el paisaje. Que solo de vez en cuando apreciamos en todo su esplendor, porque hay mucha nube. Y hace bastante frío.

Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, 'África casi entera'
Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, ‘África casi entera’

Y así se nos pasa la mañana, ahí integrados con la roca. Sufrimos un par de veces el típico efecto de creer que encima del escalón pétreo de turno está ya la explanada del cráter (situada a 5.790 metros), cuando lo que viene es… otro escalón. Y tardamos una eternidad en superar cada 25 metros extra de desnivel. Cerca del ansiado altiplano, escuchamos relativamente cerca un potente crepitar de rocas que se despeñan. Sinai queda unos segundos tensionado por el miedo: “Gracias a dios” es unos metros más para allá, reza. No sé si he sido demasiado inconsciente, pero no he sentido peligro en ningún momento. Seguramente porque no nos tocó la china, tal cual.

Luna y cohete

¡Por fin, la planicie del cráter! Casi 6 horas después de partir. La notamos con los pies y no con los ojos: la niebla es espesa y deja ver poco, pero de pronto el terreno es llano. Cuando el líquido en suspensión da una tregua, apreciamos uno de los lugares más bellos, especiales y espaciales que nunca he visto. Una planicie lunar, de polvo grisáceo, con largos ‘icebergs’ de hielo de varios metros de altura haciendo estrías: los restos de los glaciares, esas ‘nieves del Kilimanjaro’ que inspiraron a Hemingway y que, si todo sigue igual, se comerá el calentamiento global en muy próximas décadas. Aquí íbamos a dormir… Habría sido precioso asomarnos al borde de los cráteres concéntricos Reusch y Ash Pit, pero no hay tiempo.

Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo
Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo

A menos de 1 kilómetro de tregua, aguarda el esfuerzo postrero: los últimos 100 metros de desnivel, como una colinilla, y por primera vez pisando una fina capa de nieve. Tardamos más de una hora en completar el último arreón, porque de pronto caemos en la cuenta de que estamos reventados. Superado el resalte final, un terreno ondulado lleva primero a una precumbre con una cruz, y después a un simple cartel verde con letras amarillas: “Congratulations!”.

Nos informa el texto de que estamos en el Uhuru Peak, 5.895 metros. La traducción en suajili es “Libertad”, quizá por lo que cuesta conseguirla. Y porque, como en toda cumbre, te sientes despojado y dueño de todo a la vez. El sol, que lleva todo el día jugando al escondite, reaparece como para recompensar al sufrido fotógrafo: más impresionantes glaciares a la derecha de la cresta, la selenita explanada del cráter a la izquierda, África por todas partes. Un abrazo con el guía, fotos de rigor y una enorme satisfacción, porque además somos los dos únicos aquí arriba: por un momento, no hay nadie más alto que nosotros en todo el continente, salvo los voladores, claro.

Últimos metros hasta la cumbre
Últimos metros hasta la cumbre

Es ya tarde, empieza la bajada hacia Millennium camp. Polvorienta, empinada, eterna pese a sus 10 kilómetros, con los gemelos pidiendo tregua durante horas. Ésta por la que nostros bajamos es una de las rutas de ascenso más concurridas, pero eso es más temprano, y solo nos cruzamos con cuatro humanos en sentido contrario. Al borde de la puesta de sol, por fin nos reuniremos de vuelta con el pequeño universo de turistas, guías y porteadores. Echando la vista atrás, con el Kibo brillando mientras le pegan los últimos rayos de luz, nos parece mentira haber estado hace tan poco en la cabeza de tan incomparable animal inerte.

Arriba del todo
Arriba del todo

Kilimanjaro (I): plan y salida

El inglés George Mallory fue uno de los primeros en intentar escalar el Everest, allá por los años 20, y no se sabe aún si llegó o no a la cumbre, porque murió en acción. Según la leyenda, a él le hicieron también la pregunta de las preguntas: ¿por qué? Es lo mismo que muchos nos han preguntado y preguntarán a los que corremos o nos subimos a los cerros (“¿cuánto te pagan?”, se interesó mi abuelo cuando supo que me había apuntado a una maratón). Y la respuesta del británico es mítica (¿y real?), no explica nada pero lo dice todo: “Porque está ahí”. Es una razón irrebatible, guste o no. En mi caso, la respuesta de Mallory es literalmente la que me llevó el mes pasado a subir el Kilimanjaro, concretamente al cono volcánico principal (Uhuru Peak o Kibo), el famoso techo de África.

El Kili, desde el Shira camp (3.760 m.)
El Kili, desde el Shira camp (3.760 m.)

Cualquiera hace sus planes vitales, y entre los míos estaba otro: safari (fotográfico, claro) por los parques nacionales del norte de Tanzania. Los primeros tres tomos de la Enciclopedia Salvat de la Fauna se refieren a África, y sus dibujos en blanco y negro están pintarrajeados por mí hace más de tres décadas: perdura en sus páginas una huella ‘inmemorial’, porque apenas me acuerdo de haberlo perpetrado. Es decir, tenía que ir. Pero luego miras el mapa de la región y a la derecha del Serengeti, el Cráter del Ngorongoro y demás, próximo también a la frontera con Kenia, siempre figura un triangulito donde dice ‘Kilimanjaro’ y ‘5.895 m.’. Es que está ahí, tal cual. ¿Con qué valor no vas a aprovechar el viaje, con todos los picachos a los que te has encaramado?

Además, lo cierto es que, si estás acostumbrado a la montaña, de reto extremo tiene poco; de belleza y mito, todo. Uno se lo puede imaginar, solo echando un vistazo a su perfil de gigantesco perro tumbado. También cuando sabes que el ecuador dista apenas 330 kilómetros del gran volcán, lo que se traduce en un clima mucho más benigno del que correspondería a un monte de casi 6.000 metros que estuviera en Europa, por ejemplo. (En junio) no hace falta un equipo muy sofisticado, solo lo que te llevarías a Urbión un día de otoño para hacer noche al aire libre. Mis intuiciones eran ciertas, o al menos eso es lo que he vivido.

Y allí compruebas que el Kilimanjaro y su entorno, también parque nacional, es sobre todo una enorme industria turística. Ayuda o salva económicamente a muchos pobladores de la zona en decenas de kilómetros a la redonda. Si fueras por libre, sin contratar agencia, tendrías que pagar 50 dólares por persona y día, pero además esa libertad no la vas a encontrar. A partir de 4.000 metros de altura es necesario llevar guía oficial, aunque el camino esté perfectamente claro. Pero es que además el guía se lleva a sus colaboradores, que en mi caso fueron un cocinero y ¡cuatro! porteadores para cargar con la comida, las tiendas de campaña y demás. Un ‘mzungu’ (blanco) y seis locales… Me da bastante vergüenza, pero es lo que hay, y ellos lo prefieren así: eso significa más gente ocupada. Te tratan a cuerpo de rey, aunque no lo necesites.

Los porteadores, auténticas estrellas de todo esto
Los porteadores, auténticas estrellas de todo esto

Y hay gente, claro. Me dicen que en julio y agosto, coincidiendo con muchas de las vacaciones europeas, se junta considerablemente más que en junio. Una decena de rutas se suele usar para escalar el coloso, la mayor parte desde la vertiente sur. Aconsejado por Marga, una amiga de una amiga para la que el ‘Kili’ es su segunda casa, elijo la versión más dura para los caminantes, y a la vez más espectacular: la que usa la llamada Western Breach, en la que asciendes a la ‘precumbre’ del altiplano donde está el cráter del volcán por una ladera oeste dura y publicitada como peligrosísima. A mí no me lo parecerá tanto, pero ya lo veremos. Trato de darle así un poco de salsa a la subida, y evitar muchedumbres…

En total son solo unos 40 kilómetros de subida, y salvo en el tramo de la Western Breach relativamente llevaderos. Íbamos a tardar cinco días y medio en subir y bajar; las circunstancias nos harán completar recorrido en cuatro y medio. Es mucho tiempo para tan poca distancia, pero el lema-estandarte de todo el personal que trabaja allí se aprende rápido: “Pole pole”, es decir “despacito”. Técnica no hace falta para ninguna de las variadas formas de hacer cumbre, quitando un pedacito de la Western Breach. Pero se precisa de mucha paciencia. Porque el gran enemigo no es el recorrido, sino el llamado ‘mal de altura’, que puede afectar (o no) a cualquier persona por encima de los 3.000 metros de altitud.

Se debe a la progresiva falta de oxígeno: en la cima, por ejemplo, hay casi la mitad que al nivel del mar… Y para acostumbrar al organismo la clave es no apresurarse, da igual lo en forma que estés. Marga me ha contado de montañeros para los que los Alpes no tienen secretos que han reventado subiendo al Kili, precisamente por ir demasiado rápido. Y el ‘mal de altura’, que se traduce en dolor de cabeza, mareo, etc., puede ser mortal en sus casos más graves. Así que eso, ‘pole pole’.

Mi ruta: entrada por la línea naranja del oeste (Machame route), enlace con la amarilla en Shira huts, para seguir por ahí hacia Arrow Glacier Huts y ascenso al Uhuru por Western Breach. Descenso por Barafu y Millenium Huts (Mweka route). Mapa: www.backtoafricasafaris.com
Mi ruta: entrada por la línea naranja del oeste (Machame route), enlace con la amarilla en Shira huts, para seguir por ahí hacia Arrow Glacier Huts y ascenso al Uhuru por Western Breach. Descenso por Barafu y Millenium Huts (Mweka route). Mapa: www.backtoafricasafaris.com

En definitiva, si nos fijamos en el mapa, nosotros entraremos por la puerta suroeste del parque (‘Machame gate’) y saldremos por otra del sur, más hacia el este (‘Mweka gate’). Éste es el trazado previsto: Machame gate (1.640 m.)-Machame camp (2.850 m., primera noche)-Shira camp (3.766 m., segunda noche)-Arrow Glacier Camp (4.870 m., tercera noche)-Pico Uhuru (5.895 m.)-Millennium camp (3.950 m., cuarta noche)-Mweka gate (1.830 m.).

Día 1, Machame gate-Machame camp: la selva

Menos de una hora de coche, usando una carretera asfaltada por entre las plantaciones de maíz y plátano, te va encarrilando desde la llanura de la ciudad de Moshi hasta la puerta Machame, donde decenas de personas que aspiran a portear aguardan una posible oportunidad. La vida no es fácil en Tanzania: todos hacen de todo. La agencia ya me ha asignado a mi propio equipo. Un par de horas, nos lleva poder echar a andar: mucho papeleo, pero sobre todo reparto de equipaje y prueba de báscula. Hay un hombre del personal del parque nacional con una báscula, para pesar los fardos con los que cargan los porteadores. Porque, según la ley, el máximo es de 20 kilos/persona. Pero ojo: ¡solo pesa los fardos, no los mochilones que también soportan!

Resulta escalofriante ver a estos hombres cargados como mulas, con el fardo sobre los hombros o en inverosímil equilibrio sobre la cabeza, caminando normalmente mucho más rápido que tú. Y todo por cuatro perras, porque las agencias acostumbran a darles entre nada y una miseria. Petición para el que lea esto y vaya: sé generoso con los porteadores, cobran más de la propina que tú les des que de la organización que teóricamente les contrata. O sea, en la práctica es más importante tu ‘regalo extra’ que el supuesto sueldo, y a veces éste ni existe.

Trámite: que nadie pase del fardo de 20 kilos (excluyendo mochilas...)
Trámite: que nadie pase del fardo de 20 kilos (excluyendo mochilas…)

Por fin, en marcha. Salvaremos unos 1.200 metros de desnivel hasta cerca de los 3.000 metros de altura, o sea hasta Machame camp. Eso está a 18 kilómetros de subida constante pero llevadera, atravesando una aparentemente intacta selva oscura, muy nubosa, que nos rodea: de los grandes árboles penden líquenes como misteriosas barbas, crecen a sus pies helechos gigantes y una pequeña flor rojiza, la Impatiens kilimanjari, pone una nota colorística muy exclusiva, pues solo se da aquí. Será fácil contemplar monos, como los cercopitecos azules. Y escuchamos más que vemos ruidosas aves en las copas, llamadas turacos.

El camino empieza siendo una pista de tierra muy amplia por la que cabe un coche, después se estrecha a sendero amplio y muy bien delimitado a base de ramas de árbol, que sirven también para crear escalones. En junio y hasta octubre, en la época seca, no hay problema; antes y después se puede poner impracticable por el barro.

Hay que tomárselo con calma. Sinai, mi guía, es el único de mi despliegue de personal que siempre va conmigo. Los demás siempre se adelantan, solo los veo al final de cada etapa. Charla animadamente en suajili con todo aquel guía o porteador que se encuentra, se nota que todos se conocen. El inglés también es oficial en Tanzania, pero lo usan solo con los ‘guiris’. Y como me vea acelerar un poco más de la cuenta y que tomo demasiados metros, levanta la voz:

– Cessss! Pole pole!

Fabulosa selva de la primera jornada
Fabulosa selva de la primera jornada

Él manda. También te ordena beber muy frecuentemente, es otra de las claves para esquivar el mal de altura. Pero te lo cuenta de un modo más solemne:

– Cessss, drink water! No water, no life.

 Visión nocturna

Varias decenas de tiendas de campañas se agolpan en el reducido claro del Machame camp, en medio de una niebla baja y muy húmeda. Todos los campamentos tienen la misma estructura: las tiendas se montan en torno a una casa de madera, donde habita y/o trabaja el guarda, el ‘ranger’, y donde Sinai y yo tenemos que inscribirnos cada día. Unas casetas de madera con letrina son toda la infraestructura colectiva. Y para cuando llego yo, tengo mi hogar ya montado por los ‘porters’, exquisitamente alegres y educados.

Los otros seis integrantes del equipo duermen apiñados en dos pequeñas tiendas, yo en una donde entraríamos tres personas. Les ofrezco que alguno se venga para que estén más holgados, pero no quieren. Me da la impresión de que tienen muy interiorizado eso de que soy el ‘señorito’ que paga y al que hay que facilitarle todo y no molestar. Se agradece, pero me abruma. Me sentiría más cómodo pareciéndome más a ellos. En realidad, ellos mismos marcan la frontera, no yo.

Tarde húmeda en Machame camp (2.850 metros)
Tarde húmeda en Machame camp (2.850 metros)

A las 19.00 horas es noche cerrada aquí en Tanzania. Y no amanece hasta las 6.30, así que a diario hay tiempo para escribir, leer y dormir mucho. También incluso pasear, con ese gusanillo en el estómago de no saber con qué te puedes encontrar por ahí, al aventurarte al siempre algo apartado baño. Aunque mi guía dice que no, según he leído ‘chui’, el leopardo, puebla estos bosques. Y aunque luego solo habite en mi mente, la sola posibilidad de que ande por ahí suelto traduce toda microexpedición nocturna en sobredosis de adrenalina. Las nubes se abren cuando se oculta el sol, el firmamento es indescriptible, la luna brillantísima y sus rayos reflejan lo que queda de los glaciares del Kibo, que se ve perfectamente pero solo a estas horas.

Ya dentro del saco, la noche sale fresca y húmeda, pero placentera. Por la mañana Peter, el cocinero, prepara un desayuno potente, ‘a la inglesa’, como parece que se lleva aquí (nota: estos días comeré mucho más y mejor que en mi vida cotidiana, algo impensable para mis parámetros montanos). Hoy espera una etapa más corta, apenas 8 kilómetros, donde el volcán lucirá en todo su esplendor y los árboles terminarán desapareciendo. Será como pasar de pantalla en un videojuego que nos tiene que llevar a la cumbre.

Pincha aquí para seguir la ruta.

Safari a la ibérica

El traqueteo del microbús 4×4 sobre el firme irregular se detiene un momento, pero sigue sonando el motor. El guía autóctono suelta el volante con la mano izquierda y señala la amplia llanura que se extiende hasta la siguiente sierra, sin nada más que encinas y alcornoques aquí y allá, y pastos y más pastos. Y ciervas, en pequeños pero constantes grupos. “Ésa debe de tener la cría ahí”, propone el hombre, mientras el puñado de turistas miramos con ojos potenciados por los prismáticos. Le cuesta irse, a la cuadrúpeda. Y sí, unos orejones asoman entre las altas hierbas. Ahí está tumbado el primer ‘Bambi’, pintado con sus manchas blancas. Parece que lo hubieran contratado para nosotros, para decirnos ‘¡bienvenidos!’.

No hace ni tres minutos que arrancamos. Es raro: se nota que no estamos en África oriental, pero se le da un aire. Flota una sensación como de película, más bien de documental de sobremesa de ‘La 2’ sobre la sabana africana. La única vez que me he subido a un vehículo como éste fue aquí mismo en Cabañeros, y hace como un lustro. De hecho creo que el chófer-guía era el mismo. No es precisamente negro, ni va a acercarnos a cebras, elefantes o leones, pero aceptemos el atractivo de todo esto: en pocos lugares de la UE vamos a poder realizar un safari entre fauna salvaje. Porque la idea es la misma. Con fauna más modesta, pero eso no es culpa de nadie.

Ciervas, a tiro de cámara y prismáticos desde el vehículo
Ciervas, a tiro de cámara y prismáticos desde el vehículo

Qué morbosos me resultan los espacios en blanco de los mapas. Éste de la provincia de Ciudad Real es uno: 40.000 hectáreas de finca, cruzada por una carretera y poco más. Un desierto demográfico de sierras perdidas y dehesas interminables. Una zona que durante siglos dependió directamente de la ciudad de Toledo (en mitad, no en vano, de los ‘Montes de Toledo’), donde debido a ello los lugareños no podían meter mano con demasiada alegría. Ni pueblos había, de modo que los pastores, agricultores y carboneros que visitaban esto construían típicas cabañas cónicas, peculiares y transitorias, para no pasar la época de faena al raso. De ahí lo de Cabañeros, por todo lo anterior un espacio de otros tiempos, poco alterado.

Reconstrucción de típica cabaña cónica, de la que procede el nombre
Reconstrucción de típica cabaña cónica, de la que procede el nombre

El hoy Parque Nacional de Cabañeros es, junto al de Monfragüe (Cáceres), el ideado para proteger una representación de la fauna y la flora del monte mediterráneo en España. Declarado en 1995, no mucho antes, a principios de los 80, el Ministerio de Defensa pretendió instalar allí un campo de tiro para los aviones de la OTAN… La oposición ciudadana y ecologista fue afortunada e inesperadamente enorme, tanto que pasó de espacio bombardeable a parque natural, en 1988, y a nacional poco después. Y allí residen, sin estruendos de reactores y explosiones, algunas de las joyas vivas máximas de Europa.

Hoy, Cabañeros sigue bastante solo, porque se trata de uno de los menos visitables espacios protegidos españoles. Obviamente no se caza, lo que ha multiplicado por mil la población de ciervos, ni tampoco se molesta así a la enorme colonia de buitres negros –más de 150 parejas, tenida por la segunda del planeta- y otras joyas orníticas como el águila imperial o la cigüeña negra. Pero eso se traduce en que las posibilidades para el turista bienintencionado son pocas. Son un puñado de rutas cortas a pie, algunas fuera de los límites protegidos, otras obligatoriamente con guía. O el ascenso al pico Rocigalgo, en el pequeño sector protegido que se interna en la provincia de Toledo. Es el techo de ese territorio, así que alguna vez figurará en el blog Las 45 Cimas.

Pero hay aquí otra oportunidad, extrañísima en Iberia: el ‘safari’ en 4×4, previa inscripción y pago. La única manera de recorrer el auténtico corazón de Cabañeros es en estos vehículos con conductor-guía, bien a la africana: tanto por el monte, donde lógicamente se ve menos bicherío, como por la raña o llanura adehesada, en su día dedicada a la agricultura de subsistencia y hoy tomada por los pastos y sus consumidores, los cérvidos. Cambiemos acacias por encimas y ya tenemos la promoción perfecta de reminiscencia tanzana: ‘El Serengueti ibérico’, así lo llaman a Cabañeros. Dichosos los biólogos que, justificadamente, cuentan con salvoconducto para moverse solos por aquí.

Casa Palillos, 7.00 horas

Conductor y guía del autobús 4x4
Conductor y guía del autobús 4×4

Nuestra ruta parte de Casa Palillos, el principal centro de visitantes del parque. Cabañeros tiene forma de ‘L’, aunque con la base más larga que la altura, y el pequeño aparcamiento y el centro de interpretación se hallan abajo a la derecha, en el sureste, a mitad de camino entre los pequeños núcleos habitados de Santa Quiteria y Pueblonuevo del Bullaque. Quedamos a las 7.00, o sea que el centro aún no está abierto. Solo somos dos parejas y el veterano guía Federico con su vehículo. Éste, vestido de color caqui y con visera, nos dice que es de otro de los pueblos del entorno, Horcajo de los Montes, al suroeste. No ha tenido que aprender nada, ha mamado todo esto. Seremos sus pasajeros durante 3 horas aproximadamente.

Si algo destaca en Cabañeros son los ciervos, sí. Nada más echamos a andar por los caminos de la raña tiene lugar la escena del primer párrafo. De hecho, nos dice el guía, como no se cazan hay demasiados, el doble de lo ideal. No puedo resistirme a preguntarle por el lobo, y responde que los últimos de los que se tuvo noticia por allí desaparecieron (fueron exterminados) en los años 70. Sin entrar en palabras gruesas, añade que allí no lo quiere nadie. Que eso de El Hombre y la Tierra es un cuento, que estaba todo preparado –eso es verdad-, que en la vida real el lobo se lanza a por las ovejas y punto.

Me muerdo la lengua porque no he venido a discutir, pero me sorprende que lo diga el personal de un espacio protegido. Hace media década hice este mismo viajecillo –por cierto que ‘safari’, en suajili, significa precisamente “viaje”- e hice la misma pregunta. El guía de aquella ocasión, quizá el mismo, me dijo directamente que si alguien soltaba lobos allí, los de las fincas de los alrededores le pegaban fuego al monte. Habría que preguntarle qué comía entonces el gran cánido cuando no existían las ovejas, pero no me parece momento de una discusión que lleva décadas en marcha sin consensos. Por lo demás, nuestro conductor es irreprochable.

Antiguo muro de adobe y piedra, que separaba el monte de la 'sabana'
Antiguo muro de adobe y piedra, que separaba el monte de la ‘sabana’

Teme el chófer que no se mueva mucho bicherío aéreo hoy, porque venimos de un par de jornadas húmedas y ha llovido esta noche. Hay nubarrones, está fresco fuera del vehículo, pero no vuelve a caer, y al final vemos mucho más de lo que nos temíamos. Perdices se mueven unas cuantas a un lado y al otro del camino, cantan y revolotean las calandrias, se eleva el águila culebrera cerca pero solo la vemos desde la cola. Nos paramos también para contemplar desde cerquísima el sisón, esa especie de pequeña avutarda de las llanuras, que nos deleita además con su extraño vuelo, con las alas muy bajas.

Galería de vecinos

Nos metemos en una zona más de jara, “a ver si cruza el jabalí”, pero no hay suerte. Solo alcanzamos a distinguir uno que corre lejos, entre los pastos. El guía acelera como nunca, haciendo bambolearse al 4×4, porque intuye que es la única oportunidad de observar al ‘cochino’: sus parientes se retiran a pasar el día en lugares más resguardados. Al final tampoco lo vemos más que cruzar, así como algún zorro lejano. En definitiva, en cuanto a mamíferos, no observamos nada que no pueda suceder en cualquier comarcal soriana. Pero está todo más concentrado. Y sin asfalto.

Le pregunto a Federico por el lince, presente en los folletos y trípticos de casi todos los espacios naturales montunos de la mitad sur de España; también en los de Cabañeros. Es que vende mucho, pero que yo sepa solo vive seguro en Doñana y Sierra Morena de Jaén. Su respuesta es un enigmático “alguno hay”, y también proyectos para reforzar o directamente reintroducir al conejo, algo parados por esa falta de fondos que extiende sus tentáculos por todos los ámbitos posibles. Efectivamente, es un plan del Organismo Autónomo de Parques Nacionales, con cercados protegidos incluso por pastores eléctricos para que el orejudo mamífero prolifere con tranquilidad, y sirva de base alimenticia para el lince. Es un primer paso.

Buitres negros y leonados, a través del telescopio
Buitres negros y leonados, a través del telescopio

Llega la primera parada, en mitad de un camino, para estirar las piernas. En una hondonada medio lejana hay un posadero de águila imperial, que hoy no aparece; pero también es donde “los jueves” echan de comer a los buitres. Tenía miedo el guía de que hoy viernes no estuvieran, porque la falta de sol no les ayuda a desperezarse y volar; pero terminan aterrizando a decenas. Viene Federico armado con un telescopio, así que los contemplamos muy bien: buitres negros y también leonados, juntos en uno de sus puntos predilectos.

Patrimonio escondido

Poco después continúa nuestro safari cruzando un muro de piedra y adobe, medio derruido pero que es parte del paisaje. Nos cuenta nuestro monitor que atraviesa el parque durante decenas de kilómetros, y que en su día servía para separar la raña –antaño cultivada- del monte. El cambio de vegetación se nota enseguida. Nos dirigimos al pie de un arroyo, rodeado de bosque de imponentes robles rebollos además de encinas y alcornoques. Aquí está el Molino del Brezoso, del ¡siglo XV!, rehabilitado hace 3 años. Aprovechaba el agua para moler grano, en un mecanismo reconstruido dentro que denota la mucha sabiduría que se ha ido al traste.

Un interesante audiovisual y varios paneles detallan rehabilitación y proceso perfectamente, salvo porque está todo, absolutamente todo –incluidas las explicaciones del guía- exclusivamente en castellano. Y como nuestros acompañantes fortuitos son holandeses, tenemos que intentar traducirles al inglés ‘semibalbuceado’ lo que surge ante sus ojos, igual que en el centro de interpretación. Nos parece tercermundista, pero es lo que hay.

Tramo de sendero de 700 metros, entre el bosque de encina y roble melojo
Tramo de sendero de 700 metros, entre el bosque de encina y roble melojo

Otro ‘safari’ en el horizonte

Después del rato en el molino, Federico marcha con el 4×4 y los otros cuatro tenemos la oportunidad de reencontrarnos con él más adelante, tras un breve sendero de 700 metros por un frondoso bosque. Huye ante nuestras narices pero muy ocultos por la maleza un rebaño de cuadrúpedos grandes que no veo bien, pero no me parecen ciervos, sino cabras. Más tarde leo que hay cabras monteses aquí en Cabañeros, y ni lo sabía ni lo esperaba. De vuelta al vehículo, el último tramo de la visita es volver a surcar la enorme planicie primigenia. Nos acercamos a una cabaña cónica de ésas que dan nombre al lugar: nadie las construye ya, pero está bien para hacernos una idea.

Por lo demás, hay tantos grupillos de hembras cervunas que ya casi nos dan igual. Los machos están en la sierra, dice el guía, aunque hacia el final encuentra unos cuantos. Perdieron hace no mucho la cuerna, son menos distinguibles de sus féminas de lo habitual. Pero ya asuman sus incipientes armas, esas que entrechocarán en otoño. Tiene que ser un espectáculo inigualable aquí en un espacio tan abierto, tan sereno, tan en manos de sus legítimos poseedores naturales. Así que invitados quedamos para otro ‘safari’ en la berrea. No será la gran migración de los ñus, pero suena a inolvidable.

Llanura herbácea, árboles de copa ancha, ungulados... 'El Serengueti ibérico'
Llanura herbácea, árboles de copa ancha, ungulados… ‘El Serengueti ibérico’

Soria recóndita (III): circular de Rello, por el GR-86

Barranco de la Hocecilla, inicio de trayecto
Barranco de la Hocecilla, inicio de trayecto

Mis primeras prácticas de Periodismo fueron en Soria, y no por decisión propia. Necesitaba un verano activo, así que hice lo habitual: mandar currículum, o en ese momento ‘ruego’, a todos los medios de España. No hubo que elegir: solo me llamaron de Soria. No tenía ningún vínculo familiar ni personal, jamás había conocido a nadie de aquí, ni siquiera había pasado cerca. Y yo me la había imaginado siempre como un infinito campo de trigo y cebada. Y sin gente: según las estadísticas era uno de los rincones más despoblados de Europa. Lo aprendimos muchos en la eliminatoria copera Numancia-Barça de la temporada 95-96.

Media vida más tarde, es la tierra que más me he pateado, de lejos además. Siguiendo ante todo el Sendero Ibérico Soriano GR-86 comprobé que había lugares como los que decía mi prejuicio, sí, pero no solo. Sobre todo, Soria alberga una variedad inmensa, altas montañas boscosas y otras peladas, cañones preciosos y solitarios. Y de lo otro, lo de la despoblación, pues era verdad. Pero yo al menos tengo más amigos por kilómetro cuadrado que en cualquier otro sitio. Da gusto volver.

El caso es que, como ya dije alguna otra vez, hace unos años que la Diputación Provincial de Soria amplió ese GR-86 de marcas blanquirrojas por la frontera sur, un tramo que no existía cuando yo vivía en la provincia. Y mi idea es ir haciendo esas etapas, sin estrés. Hace unos días, pude: con mi amigo Mario, nativo él, nos plantamos en Rello, uno de los pueblos más injustamente desconocidos, con intención de recorrer el trecho hasta Alpanseque. Surcando de paso la Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) de los Altos de Barahona, una sucesión de eriales y cultivos que, esperaba yo, sí cuadrara con mis imaginaciones presorianas. Pero esta provincia siempre, siempre sorprende.

Hacia su final, el cañón de la Hocecilla se estrecha
Hacia su final, el cañón de la Hocecilla se estrecha

Desde Rello esperan 15 kilómetros hasta Alpanseque. En realidad, la ruta contempla dos posibilidades: Rello-Barahona-Alpanseque, la nuestra; o bien Rello-Marazovel-Alpanseque, casi 18 kilómetros. Comparten ambas los primeros 5 kilómetros por el barranco llamado ‘de la Hocecilla’, tras el cual ya habría que decantarse. Optamos por hacer la ‘variante Barahona’, y para volver, dios proveerá.

La idea era retornar mezclando sendero y asfalto, sin hacerle ascos al autostop. Es que empezamos medio tarde, no estamos muy en forma y en estos lares rurales los conductores suelen parar más que en la hiperindividualista urbe. No contábamos con un pequeño detalle: en los 6,5 kilómetros de carretera que terminaremos recorriendo, no pasará ni un solo coche en nuestro sentido. ¡Para eso están las botas! Al final, 28 kilómetros caminados, más o menos. Realizamos la ruta en sábado, el de la final de la Champions League, y hasta Marazovel apenas nos topamos con 3 ó 4 paisanos.

El risco amurallado

Cada vez que hago de cicerone por Soria, si hay tiempo llevo al turista a Rello. No entiendo que no se conozca más: es tan medieval, tan imponente ahí subido en su peana de roca, tan dado a que mentalmente viajemos siglos atrás…. Declarado Bien de Interés Cultural, es el conjunto amurallado mejor conservado de la provincia: la pared multicentenaria sigue dándole la vuelta entera. Tras el paseo de rigor, disfrutando también de lujosas vistas, tendremos que bajar por el acceso principal (donde está el miniparking), coger hacia la derecha la carretera que rodea al pueblo y, en unos metros, encontraremos un camino amplio que sale hacia la izquierda, inconfundible porque hay paneles del GR: línea de salida.

Si hacemos la ruta circular, aquí está la disyuntiva: derecha o izquierda
Si hacemos la ruta circular, aquí está la disyuntiva: derecha o izquierda

Lo cierto es que esta etapa tiene muy poca pérdida y está en general muy bien marcada. Quien desee seguir nuestros pasos, que empiece descendiendo por ese camino de tierra durante unos pocos cientos de metros más, y enseguida lo dejará en el primer desvío a mano derecha. Además de buenísimas vistas del encaramado Rello, nos dirige ese camino al citado barranco de la Hocecilla, no tan cerrado como otros pero igualmente agradable, tranquilo.

Son unos 5 kilómetros de cañón, con las paredes muy separadas al principio, tanto que está cultivado en su fondo durante un buen trecho. Es posible que unas cuantas señales se hayan perdido precisamente debido a la actividad agrícola, pero no pasa nada: se trata simplemente de seguir recto por la parte baja, ya sea caminando por los límites entre el cultivo y la ladera, o por el regato con matojos de la zona central. Un desvío también en forma de cañón, a nuestra derecha, nos puede hacer dudar un momento. Ni caso: sigamos por la ‘general’.

Y atentos al festival avifaunístico, los prismáticos nunca deben faltar. Nosotros nos topamos al principio con el águila real posada en uno de los bordes de la hoz, nada menos que la ‘reina de las aves’, que tuvo que dejar su trono -¿preludio de abdicación?- hostigada por un córvido. Un par de águilas culebreras, varios buitres, las abubillas con corona de plumas a lo jefe sioux, los mirlos y un largo etcétera impidieron todo amago de aburrimiento.

Campos de Castilla

Y de pronto, campos hasta el infinito
Y de pronto, campos hasta el infinito

Llega un momento en que el lecho y la parte elevada del barranco se van acercando, tanto a lo ancho como a lo alto, y súbitamente emergeremos de él y daremos con un poste del GR, con indicaciones casi a lo rosa de los vientos: a la derecha, Marazovel; a la izquierda, Barahona. Tomemos esta última posibilidad, y el mundo cambiará. En unos pasos, nos asomaremos a un ‘collage’ de campos de distintos colores, dependiendo de si el protagonista está cultivado (verde, cuando fuimos nosotros), solo labrado (rojizo) o intocado (pardogrisáceo claro). Aparte del cereal que ha sembrado el labriego, crecen plantas poco llamativas, espinosas, austeras, típicas de aquí, como la aulaga merina, de flores amarillas. O el erizón o ‘cojín de monja’, de aspecto acogedor para sentarse, pero solo eso, aspecto.

El arado se ha comido un poco de camino, justo donde los pasos nos llevan un poco para abajo, pero internándonos en el maremágnum a donde nos lleva la lógica enseguida hallaremos una pista ‘oficial’ y nuestras señales blancas y rojas. No hay pérdida, es todo avanzar hacia Barahona, durante 6 kilómetros. De tediosos, nada: increíblemente o no, a nosotros nos saltó un corzo de entre unos arbustos, casi de los pies, como si fuera una liebre. Nuestra imaginación, una vez más, lo habría situado en lo más profundo del bosque. Otro tópico roto.

Sorprendente habitante del erial
Sorprendente habitante del erial

Si antes disfrutamos de las rapaces en la Hocecilla, nosotros no tuvimos tanta suerte con las aves esteparias, las que básicamente han provocado que estos páramos sean ZEPA y LIC (Lugar de Interés Comunitario). Siempre ven muchos aláudidos, esos pájaros pequeños y de color tierra tan bien adaptados a los tonos camperos, como las cogujadas y alondras. Y el gran valor ornitológico de los Altos de Barahona es precisamente una alondra muy especial y amenazada, la conocida como ricotí o de Dupont, que dentro de Europa solo vive en España, y cuenta con algunas de sus mejores poblaciones en Soria. Según leemos, es de por sí difícil de observar, se mueve más en las horas matutinas y vespertinas, y le molesta mucho el viento. En esos momentos era mediodía y soplaba bien, así que no se nos cruzó, o eso creemos.

Brujas y guerreras

Barahona queda atrás
Barahona queda atrás

Por esta ruta, una modesta laguna, la de La Cerrada, antecede a Barahona, o Baraona, que también veremos el nombre así escrito. Su pequeña plaza es cuando menos curiosa, y la explanada elevada donde está la iglesia de San Miguel Arcángel, que mezcla prado y bancos, es perfecta para comer algo y mirar mucho, porque miles y miles de hectáreas se divisan desde ese altozano. Muy a lo lejos, el sistema Ibérico, por ejemplo. Pero sobre todo campos, y campos, y campos. Extraña y conmovedora belleza. Se ven muchas estrechas carreteras hacia todos los puntos cardinales, así como caminos agrícolas; pero vehículos pocos, solo algún tractor y muy escasos coches.

El Camino del Cid, reza una instalación, también pasa por ahí. Y en otro panel se explica el posible porqué del nombre completo usado en algunas ocasiones, ‘Barahona de las Brujas’, versión de Gumersindo García Berlanga. La primera parte viene de  la leyenda de María Pérez de Villanañe, noble alavesa literalmente de armas tomar, que se unió al llamamiento de Alfonso VII de Castilla para combatir a su homónimo Alfonso I ‘El Batallador’ de Aragón. Combatieron en este entorno en el siglo XII, y Pérez capturó al monarca maño con tal valor que éste se asombró de su arrojo supuestamente varonil que ostentaba (“no como una débil mujer”, según el monarca, de una época de todo menos igualitaria). Desde entonces María y sus descendientes pasarían a llamarse ‘Varona’…

En cuanto a la segunda parte, históricamente estaría comprobado que hubo más de un proceso inquisitorial contra supuestas hechiceras aquí mismo, y Barahona quedó instalada en el imaginario provincial como una especie de Zugarramurdi soriano.

Sorpresa forestal

No queda mucho: tras cruzar el pueblo, busquemos la carretera a Alpanseque, caminemos por ella apenas unos metros y dejémosla a la izquierda: un camino sin pérdida nos aproximará al pueblo de al lado, de nuevo por esos campos infinitos que se contemplaban desde la iglesia. Aunque hacia el final también hallaremos partes adehesadas, con encinas, y planicies pedregosas.

El amurallado Rello, principio y final
El amurallado Rello, principio y final

Lo dicho: nuestro retorno a Rello discurrió mitad por sendero, mitad por carretera. Pero la parte de sendero fue una sorpresa mayúscula. Quien quiera seguir nuestros pasos debe hacerlo así: hay que salir de Alpanseque por la breve ruta que en 2,5 kilómetros muere en la CL-101, imitando básicamente al GR, que también va por la mayor parte de este trecho de asfalto. Cruzaremos la carretera principal y, desde la cuneta de enfrente, seguiremos recto por un camino claro que, unos cientos de metros más adelante, se une al del GR. Y prácticamente ahí se mete en un sorprendente monte de encina y roble, absolutamente inesperado en este imperio estepario.

Internándonos por tramos auténtica y preciosamente boscosos, alcanzaremos una zona de majadas y sus bajos pero abundantes muretes, antes de que en sentido descendente demos con Marazovel, otra localidad de reminiscencia árabe en la denominación. Si fuéramos estrictos con el Sendero Ibérico Soriano, aquí deberíamos seguir camino, para cerrar círculo en el final del barranco de la Hocecilla, desandar por él y retornar a Rello. Nosotros usamos la carretera, que es más corto (4 kilómetros en vez de 9) y ya habíamos tenido bastante. Además, desde esta orientación obtenemos, quizá, la mejor perspectiva para contemplar de nuevo la pequeña localidad amurallada. La amplia curva que asciende de vuelta hasta el parking se hace dura, pero no importa: en la imaginación, ésa con nubes y claros, pone ‘meta’.