Un mes por los Pirineos

El recorrido (MAPA: www.euro-senders.com)
El recorrido (MAPA: www.euro-senders.com)

En unos meses se cumplirá una década de mi viaje más espectacular, la Transpirenaica. Por una mezcla de vocación y necesidad, un domingo 22 de mayo eché a andar desde el cabo Higer, bañado por el Cantábrico en Hondarribia (Gipuzkoa). Y 28 días después, cuatro semanas exactas, mis ya descuajaringadas botas y yo alcanzamos el extremo opuesto del cabo Creus (Girona), en el Mediterráneo; era el sábado18 de junio de 2005. Entre uno y otro, unos 750 kilómetros arriba y abajo siguiendo las marcas blanquirrojas del GR-11 por mitad de los Pirineos. Para siempre serán mis montañas mágicas, como las de tantos otros. Perdí 10 kilos; gané ocho carretes de fotos, y tantas imágenes no inmortalizadas y experiencias que me apetece dejar algunas aquí.

Cinco años antes, de excursión por la selva de Garajonay, en La Gomera, me encontré con Jan ‘el inspirador’, un joven esloveno mucho más arrojado que yo. Solo convivimos algunas horas de una tarde, pero esas charlas me marcaron: venía de subir el Teide partiendo de la costa, lo que yo emularía con unos cuantos en el futuro. Pero además se había pateado los Alpes de cabo a rabo, y sin embargo su sueño era cruzar los Pirineos. “Son mucho más salvajes”, argumentó. Y me quedé con la copla. También me enteré de que existía un Gran Recorrido marcado que me podría guiar.

Bajando por el lado oscense de Peña Ezkaurre: comienza el auténtico Pirineo
Bajando por el lado oscense de Peña Ezkaurre: comienza el auténtico Pirineo

En realidad lo de 2005 era una revancha. Porque dos años antes, en 2003, fracasé en el primer intento. Hice varias cosas mal, y también tuve mala suerte. Cogí vacaciones a mediados de junio, así que salí prácticamente cuando llegué la otra vez. Además se me cruzó una ola de calor que me aplastó, unida al exceso de equipaje. Por si fuera poco, el GR-11 estaba nefastamente marcado en Navarra (con lo frustrante que es perderse cuando vas cargado como mula) y me metí demasiada caña en las primeras dos etapas, destrozándome los pies. A los seis días, en el camping del precioso pueblo navarro de Otsagabia, me pregunté qué hacía allí sufriendo, y abandoné. Fueron unas vacaciones frustrantes.

Ahí me quedó esa enorme espina. Y difícil de extraer, porque hay que tener moral y tiempo para dedicar un mes de tu vida –o sea, las vacaciones de un año- a caminar y caminar. Pero no como en la Ruta Jacobea, rodeado de gente y posibilidades: tú solo. Porque es difícil que alguno de tus conocidos se apunte a derrochar tiempo así, y menos aún que coincida en fechas. En mi caso, pese a todo, un amigo estaba dispuesto a acompañarme la primera semana o diez días. Duró uno y medio, porque la falta de costumbre machacó sus pies. Por otro lado, los meses veraniegos pueden ser demasiado calurosos, y durante buena parte del resto la nieve puede hacerse un incordio terrible, salvo que vayas muy bien equipado.

Segunda oportunidad. A pesar de todo ‘el destino’, en el que no creo, me dio una segunda oportunidad solo dos años más tarde del abandono. Vivía en Soria, estaba en el paro, se me olvidó sellar un papelito y me sancionaron con un mes sin prestación. Así que, pensé, ¿dónde mejor para ahorrar que lejos de los gastos…? Me quedaba poco dinero, lo justo para dejar pagado un mes en el piso compartido y en comprarme una tienda de campaña de 960 gramos (por 3 kilos que pesaba la de 2003), inmune al agua. Sigue siendo la mejor compra de mi vida.

El tamaño y peso del saco de dormir lo bajé en parecida proporción. Me sirvieron los errores del pasado. Y al ataque. Con el muerto encima, que era el nombre oficial del mochilón. Equipaje reducido al mínimo posible que pesaba entre 10 y 14 kilos, depende de si era antes o después de cargarlo de víveres. De un hombro izquierdo llevaba colgada una cámara reflex, analógica pero buena, prestada por una amiga. Del otro los prismáticos, claro. Y en los pies las botas, el único calzado que me llevé, para no apretar la mochila más todavía. También me llevé un cuaderno grisáceo, de tapas duras, en el que ir apuntando mis encuentros y reflexiones. Lo he releído entero estos días, por primera vez.

El valle navarro del Baztán y sus 'pottokas', desde el collado de Iñaberri
El valle navarro del Baztán y sus ‘pottokas’, desde el collado de Iñaberri

28 días sumergido en la naturaleza, rodeado de paisajes increíbles y variadísimos, de soledad y de profundas conversaciones de solo unos segundos, dan para infinidad de ‘posts’. Como solo va a ser uno, me voy a quedar en pinceladas. Mejor, ¿no…? Que libros y webs exhaustivas sobre esta macroexcursión por capítulos hay unos cuantos. Quizá le sirva esto a alguien.

La ruta y sus exigencias. ¿De oeste a este o al contrario? Imagino que da un poco igual, pero en mi caso, por cuestiones biográficas, se daba la circunstancia de que uno de los extremos –cabo Higer, Gipuzkoa- cae a menos de 30 kilómetros de mi pueblo. Habría sido bonito llegar allí procedente del otro lado, pero por logística me venía mejor pertrecharme con ayuda de mis padres. Además, la guía que compré describía el camino en ese sentido oeste-este. Y cuando ya has abandonado una vez, la inseguridad tarda en quitársete: si pasaba de nuevo, ese lado me caía más cerca de la familia y/o de Soria… Y una vez decidido eso, montaña a tope.

En principio estaba estipulado sobre el papel hacer el recorrido en unos 35 días. En mi caso coincidía teóricamente con mi tope, porque justo entonces tenía una boda irrenunciable en el calendario. Finalmente tardé 28 días, porque vas cogiendo ritmo y tienes ganas de llegar. En mi caso, he de admitir que desde la séptima u octava jornada para adelante se me hizo especialmente duro mentalmente. Cada vez que pasaba una semana, me hacía una autofoto con el número de dedos correspondiente, y soñaba con la siguiente. Me encanta la montaña, pero fue una auténtica sobredosis. La parte central de los Pirineos, cuando los picos empiezan a subir largamente de los 2.000 y pico metros, no llegó hasta el sexto día de marcha. En realidad las altas cumbres son cosa de las dos semanas centrales de las cuatro totales. Antes se sube progresivamente –pero no sin desniveles- desde las costas, primero por los montes guipuzcoanos y después por valles navarros excelsos como el Baztán, Erro o el Roncal.

La foto no hace justicia al alucinante Achar de Aguas Tuertas, Huesca: meandros a 1.600 metros, entre riscos
La foto no hace justicia al alucinante Achar de Aguas Tuertas, Huesca: meandros a 1.600 metros, entre riscos

En el GR-11, el auténtico Pirineo empieza en Peña Ezkaurre, en los confines entre Navarra y Huesca. Y termina en las agujas en torno al santuario de Nuria, en Girona. Incluso antes de estas últimas hay unos kilómetros de llanura –casi como el Campo de Gómara- en torno a Puigcerdá. Después de la nueva elevación de Nuria, queda otra semana de verdadero descenso por las comarcas de Garrotxa y Alto Ampurdán hasta que el paisaje, cerca del Mediterráneo, parece Sierra Morena. Abruptamente se meterá en el agua salada, al fin.

Respeté el recorrido del GR al 90 ó 95%; por circunstancias no pude evitar trampearlo con algún Pequeño Recorrido o tramo de asfalto. El cambio más radical fue que me salté el Collado del Infierno, entre Sallent de Gállego y el Balneario de Panticosa, Huesca; ya venía en la guía que era indispensable el piolet incluso en verano, y el hombre del albergue de Sallent fue claro: “¿Vas sin equipo de nieve? Ni lo intentes…”. Así que lo hice por abajo, siguiendo la orilla del río Gállego, para luego subir a los Baños por la carretera.

Lo mejor de lo mejor. La colección de paisajes de museo que desfilaron ante mis ojos es imposible de narrar, e incluso de recordar. Pero algunos me impactaron especialmente.

En la primera etapa, con final en Bera de Bidasoa, ya sales de la pequeña y bonita Gipuzkoa. En Navarra, destacaría la preciosidad de bosques y praderas inclinadas en el valle del Baztán; y el sorprendente hayedo-abetal de Irati. En Huesca, me apasionó el mágico Achar de Aguas Tuertas, una planicie a más de 1.600 metros de altura donde el río Aragón Subordán –enseguida bravísimo- traza meandros como si estuviera al pie de la costa; yo me lo encontré con las orillas tapizadas de un manto de flores amarillas… También me gustaron mucho el magnífico circo sin aparente salida que hay que subir entre Candanchú y los ibones de Anayet; los ibones helados en torno a Panticosa; y por supuesto el aterrazado y sin igual valle de Ordesa, fabuloso y distinto a cualquier otro, así como todo el Macizo del Monte Perdido.

Bordeando el Lac de Rius (valle de Arán, Lleida)
Bordeando el Lac de Rius (valle de Arán, Lleida)

En Cataluña, mil paisajes destacables y elevados en el valle de Arán y Aigüestortes. Los pueblos pizarrosos de Lleida, como Tavascan y Aineto. La mayor cantidad de blancos abedules –mi árbol preferido- que he visto nunca, entre el propio Tavascan y Boldís Sobirà, aunque fueran de porte casi raquítico. El santuario de Nuria, con su tren cremallera. La exuberancia de la comarca volcánica de La Garrotxa, ya bajando hacia el Mare Nostrum. Los alcornoques descorchados del Ampurdán. Y las calas perfectas del entorno de Cap de Creus. Por cierto que cruzas un país entero en apenas un día, Andorra. Cómo no, posee parajes preciosos, pero en general no me gustó. Me pareció que había demasiado asfalto y telesilla, que era montaña demasiado doméstica.

Bicherío encontré poco, quizá porque iba más pendiente de dónde ponía los pies. El quebrantahuesos me deleitó tres veces, todas en Huesca. Cerca de Puigcerdá, Girona, una pareja de águilas reales miraban para el lado contrario al mío, posadas a 30 metros y a mi altura, y durante unos segundos ni repararon en mí presencia. Marmotas y rebecos sí fueron vecinos habituales. En las cumbres de Nuria, vi mi primera –y única- pareja de perdiz nival. Y buitres, sorprendentemente, distinguí un puñado en todo el mes…

Obstáculos en el camino. La Transpirenaica va por valles, puertos y collados; no toca picos, pero te pone en algunos puntos por encima de los 2.700 metros de altura. No sé cuál será el desnivel acumulado (25.000 metros de positivo, he leído por ahí), pero puedo garantizar que es una buena paliza, y más yendo bien cargado. Porque a nadie le sorprenderá que cruzar longitudinalmente la cordillera supone el siguiente plan: subir-bajar-subir-bajar-subir-bajar… Y así todos los días. Con la dura sensación de que todos esos metros que tanto te cuesta ascender, los vas a perder rápidamente para bajar al siguiente valle. Me salió una media de 28 kilómetros por jornada, con un máximo de 42 en la sexta etapa (Otsagabia-Zuriza, la de entrar en Huesca y los verdaderos ‘Piris’). Y un mínimo de 11, en la 12ª etapa entre el refugio de Góriz y el de Pineta: Ordesa es Ordesa, quise disfrutarlo.

Uno mismo y su casa encima, camino al refugio de Góriz en Ordesa, el valle de los valles
Uno mismo y su casa encima, camino al refugio de Góriz en Ordesa, el valle de los valles

Después estaba la nieve. Aquel invierno había caído a base de bien, y a principios de junio aún quedaba bastante. Casi matemáticamente, y salvo en el último tramo elevado de Nuria –cerca ya del Mediterráneo-, había mucha cada vez que pasaba de los 2.000 metros de altura. Es decir, era diaria en las dos semanas centrales. A veces dificultaba por blanda, con el típico hundimiento que puede ir desde el tobillo hasta la cadera. Pero el mayor problema era que las señales blanquirrojas –normalmente pintadas sobre piedras- quedaban debajo, y orientarse se complicaba mucho.

En aquella época al menos, el GR-11 como sendero marcado estaba destruido en Navarra y algunos puntos de Cataluña. En la Comunidad Foral había incluso carteles de la Federación regional de montañismo pegados sobre los paneles de inicio de etapa, advirtiendo de que, por falta de apoyo público, no habían podido renovar las marcas y perderse era fácil. Y es muy angustioso tirar por un camino cuando llevas muchos kilos encima y no estás seguro de si es por ahí. Por suerte, mi frustrado intento de 2003 me ayudó, porque ya entonces faltaban señales: el haberme perdido antes en determinados puntos fue clave para no volver a hacerlo.

Lo peor, sin duda, fue una desorientación cerca de Tavascan (Lleida), nada más salir del Parque Nacional de Aigüestortes y sus abetales. Tan cerca que sorprendía un entorno tan parecido a Tierras Altas de Soria como el que me encontré. Por falta de señalización, terminé intentando atrochar por un retamar, y fue mucho peor el remedio. Dos horas estuve allí empantanado, agotado, luchando contra arbustos más altos que yo y sin saber realmente hacia dónde iba.

Tavascan (Lleida), uno de esos pueblos de piedra del Pirineo catalán
Tavascan (Lleida), uno de esos pueblos de piedra del Pirineo catalán

Comer y dormir. El anglicismo low cost aún no se usaba apenas, pero se ajusta al espíritu económico de mi viaje. Me gasté 300 euros en casi un mes, mi plusmarca histórica por lo bajo. Ahora se entenderá cómo. No llevaba ni hornillo –para no cargarme mucho, en parte-, así que solo comí sándwiches y bocadillos de embutido y tomate, además de fruta. Para el desayuno, galletas de chocolate, zumos y batidos. Entre eso y estar todo el día en marcha, así se me terminaron marcando las costillas. Pero de hambre, nada. Compraba cada tres o cuatro días… cuando era posible.

Y solo de lugares variopintos donde dormí podría hacer un libro. Aproximadamente la mitad de los días lo hice en la tienda de campaña e incluso vivac, ya cerca del Mediterráneo; alguna vez en camping, pero las menos. Y la otra mitad de las veces bajo otro techo más ‘oficial’, de los de vigas y tejas. El más lujoso, un hostal en Elizondo (Navarra), en la segunda noche. Llegué tan machacado de la falta de costumbre y las heridas en los pies que me pareció necesario pagar 25 euros, que sería mi tope. Después, usé todo tipo de habitáculos: desde algunos de los refugios guardados que salpican la cordillera (precio estándar de la época: 11 euros) hasta cabañas de pastores, alguna con goteras. Da igual: siempre dormí como un bendito.

Unas anécdotas de dormideros curiosos. El refugio de Góriz, en Ordesa, no tiene nada de especial, salvo sus barracones con literas comunales de tres pisos. Me tocó en uno para 75 personas, y los otros 74 eran gritones adolescentes belgas con sus profesores. Lo fascinante es que, al despertarme, solo quedaba yo. Así estaba de fosilizado, nunca he vivido nada igual. Camino a la aldea de Dòrria, Girona, me diluvió; calado hasta los huesos, toqué la puerta de la casa de la familia Rovira, que me encendió la chimenea para que me secara. Y me indicó un garaje de la casa de al lado (“son de Barcelona, no vienen casi nunca”) para encontrarme con Morfeo. También en Girona, los simpatiquísimos abuelos de la masía de ‘Can Batlle’ me dejaron un cobertizo para maíz y alfalfa.

Atardecer inolvidable en el ibón de Estanés, Huesca
Atardecer inolvidable en el ibón de Estanés, Huesca

En el impactante Parc Natural de l’Alt Pirineu (Lleida) un cartel prohibía expresamente plantar la tienda por debajo de los 2.000 metros, así que yo lo hice un poco más arriba, en el aparentemente paradisíaco Pla d’Arcalís, junto a un riachuelo cantarín y entre coníferas. Nunca he pasado tanto frío en mi vida: por la mañana había escarcha en las paredes internas de la tienda…

En Albanyà, Girona, los vecinos me invitaron a dormir bajo los arcos de la casa consistorial, que -eso sí- estaba más bien en las afueras; fue un lugar perfecto. Y en La Jonquera, otra de las últimas jornadas, lo nunca visto: me dicen que tienen un albergue para montañeros, solo por 3 euros. Yo era el único, y la Policía Local me da las llaves: “Sigue la cuesta, y arriba del todo”. ¡Era el castillo! ¡Todo para mí!

Aquellos pies prehistóricos. En esa época soriana andaba mucho por el monte, pero no un día tras otro y con tanto desnivel. Así que al segundo día tenía los pies crucificados. Una preocupantísima colección de rozaduras y ampollas que tardó en desaparecer, y que a diario tenía que limpiar meticulosamente con Betadine y proteger con tiritas. Sobre todo al principio, temía mucho que las heridas me mandasen a casa antes de tiempo, otra vez.

Un atardecer tras otro, antes de dormir, procedía a la rutina diaria de la cura. Pero en la 14ª jornada, cuando estaba en plena faena junto a un ibón, al pie del Macizo de Madaleta… caí en la cuenta de que no hacía falta más, de que mis pies se habían vuelto de piedra. Toda la planta y los dedos eran como de armadura de cuero, los probé sobre las rocas y podía andar perfectamente. Pisé hierba y ramitas, y lo mismo.

Era el famoso callo, sin parangón en mi vida. Comprendí por qué los cromañones podían perseguir a los bisontes corriendo a todo meter entre la maleza. Y me sentí un superhéroe de tobillos para abajo. Ojalá se me hubiesen quedado así para siempre, pero eran producto de un uso radical: cuando terminé la ruta, dos semanas después la armadura desapareció, y me volvieron los delicados pies de chichinabo. Nunca he dejado de añorarlos.

Soledades en el valle de Ara, Huesca
Soledades en el valle de Ara, Huesca

Rutina y filosofía. Más de uno me dijo: “Joder, un mes andando tú solo, ¡te habrá dado tiempo a inventar una teoría sobre el Universo!”. Pues no. Aunque parezca mentira, no tuve tiempo. Mis pensamientos eran todos de este estilo: ¿Me dará tiempo a llegar al collado tal antes de comer? ¿Irá por esta ladera la ruta, o me vuelvo a equivocar? ¿Habrá dónde comprar comida en tal aldea? ¿Tendrá agua la fuente que viene marcada 10 kilómetros después? Y ahí se me iban todas las neuronas. Cansado no sueles estar como para pensar.

Normalmente me levantaba a las 6.00, y me echaba a dormir a las 22.00. Las ocho horas de sueño eran de tirón, bien aprovechadas. Echaba a andar en torno a las 7.30, tras desayunar y recoger, y hacia las 19.00 ó 20.00 terminaba de patear. Pero aún quedaban cosas que hacer: cenar, lavar ropa si se podía –la mochila en marcha podía funcionar de tenderete al día siguiente-, escribir el diario del que rescato algunos de estos datos y, como digo más arriba, curarme los pies.

La soledad no fue llevadera. Hubo días enteros sin nadie delante, aunque los fines de semana el Pirineo sí está repleto. La montaña y este tipo de viajes te vuelven dicharachero: cualquiera con quien te toparas era un buen motivo de charla y broma. Sobre todo los alter ego que me crucé, casi siempre gente que hacía mi viaje en sentido contrario: fueron cuatro o cinco, pero cada uno tenía valiosa información que aportar al otro sobre lo que le quedaba por delante.

Tocamos mar: El Port de la Selva, Girona
Tocamos mar: El Port de la Selva, Girona

Por fin, agua. Se me complicó terminar. Cuando ya estaba todo hecho, cuando apenas restaban un par de jornadas cómodas y mediterráneas, se torció todo peligrosamente. El jueves 16 de junio me salió trabajo veraniego en Soria, que empezaba el lunes 20. No había problema: el sábado 18 tenía previsto llegar a Cap de Creus, y desde ahí arreglármelas para volver a la ciudad del Duero entre dedo, autobús y tren. Así pasó, pero por poco.

Ese jueves, bebí sin saberlo de aguas contaminadas, y mi estómago reventó. Me acosté a vivaquear a 36 kilómetros de esa meta que tanto había soñado, en una ladera desde la que la costa se notaba marcada por una hilera de luces. Creyendo de veras que por la mañana debería buscar un médico y abandonar. Me fui por arriba una y otra vez; por suerte nunca por abajo, todo un detalle para el optimismo. No dormí nada, pero mejoré y pude terminar, casi arrastrándome, especialmente el viernes. La penúltima jornada cubrí 20 kilómetros y llegué con lo justo a El Port de la Selva, ya en la Costa Brava. Y la última, bastante recuperado pero lejos del 100%, los últimos 16 miles de metros hasta la punta final del viaje de mi vida. Allí me di el mejor baño de siempre, inmortalizado por unos pescadores, y luego en el bar del faro me tomé la cerveza que mejor me ha sentado nunca, fotografiado el momento por la camarera. Desde entonces, me resulta inevitable enorgullecerme cuando veo un mapa de una cordillera entera que atravesé paso a paso.

Cap de Creus: cuatro dedos, uno por semana desde la partida
Cap de Creus: cuatro dedos, uno por semana desde la partida

Llamada desde las nubes

Sucedió hace escasos días, muy poco antes del último temporal que dio inicio al invierno puro. Me fui a dar una vuelta junto al Soto de Viñuelas, un enorme encinar sobre terreno arenoso al norte de Madrid capital. Y digo ‘junto’, y no ‘por’, debido a que es territorio fortificado. Desde tiempos inmemoriales es una propiedad privada de unas 3.000 hectáreas, rodeada por un muro de piedras, de 42 kilómetros de perímetro. Solo una autovía (M-607) lo separa del muy parecido y también prohibido Monte de El Pardo, propiedad de Patrimonio Nacional; el Soto de Viñuelas no es más que su prolongación. Dentro hay un castillo para celebrar eventos, quien pueda permitírselo. Y se organizan monterías desde hace siglos. Triste o no, eso le salvó.

Así que los mortales nos tenemos que conformar con el lado exterior de la rudimentaria pared, ésa que separa a un sector de la Iberia primigenia del siglo XXI, poco más o menos. En algunos puntos se asegura que, frontera adentro, hay sensores de movimiento, así que cuidado con vulnerar las normas. Habría que probar si es verdad; un militar me dijo que, en El Pardo, es totalmente cierto. Y habría que probarlo porque, en uno de mis pisos compartidos también teníamos una aviso en la puerta, advirtiéndole al posible intruso de que todas las alarmas del mundo se activarían como osase dar un paso de más. Era solo una pegatina, por supuesto, pero ahí quedaba la duda.

Patrullando los dominios (FOTO: eco13.net)
Patrullando los dominios (FOTO: eco13.net)

Si no fuera por su exclusividad, la muralla es fácilmente salvable. Pero por si acaso, nos podemos limitar a asomarnos a la reserva. Son las 10 de la mañana, no se ve mucho movimiento. Por fuera sí: la vuelta al Soto de Viñuelas es un clásico de la mountain bike madrileña, al alcance de todos los públicos además. Es lunes y me cruzo con no menos de 30 ciclistas, casi siempre de uno en uno. Pero lo bueno del cielo es que ahí no puedes poner vallas. Y, aunque extramuros hay cultivos o bosquetes bastante más cascados, las aves vienen y van. Me encuentro muchos córvidos, urracas y rabilargos, y sobre todo un montón de palomas torcaces. El ‘piuuuuuu…’ del busardo ratonero (prefiero la vieja denominación de ‘ratonero común’) llega a mis oídos, y la rapaz sale del bosque cercado y se mete hacia la campiña. Bajo las nubes sí que hay movimiento.

Cuando algo llama desde arriba, precisamente en un punto del camino en que las copas de las encinas se entrelazan para formar un techo casi opaco. ‘Gua, gua’, algo más grave de lo que parece al escribirse. A veces tres: ‘Gua, gua, gua’. Tiene un aire de cuervo, pero suena potente, y está encima. Solo hay que alejarse unos pasos para llegar a un claro aéreo y observar un ave rapaz enorme, oscurísima. Color chocolate ‘noir’, así se ve desde el suelo, pero con la melena clara, de color avellana y, sobre todo, sendos manchurrones blancos en los hombros, que la hacen inconfundible. ¡El águila imperial ibérica! Ella era el principal motivo de este paseo. La gran rapaz del bosque mediterráneo, que anida en árboles grandes como los del Soto.

Menos de mil de estas aves pueblan el mundo, mientras nosotros hemos dejado atrás la cifra 7.000 millones de humanos. Se distribuyen por el cuarto suroeste de ‘La piel de toro’, y la inmensa mayoría anidan del lado español. Es curioso que aquí no se le dé mucha bola, pero me he encontrado con viajes organizados desde Inglaterra solo para verla, porque es una variedad única. Es un gusto verla dar círculos en el cielo sin mover una pluma, mientras canta, marca territorio. Y no es pequeño: la media, dicen los que saben, es de 30.000 hectáreas por pareja: mucho más que el Soto.

A mi águila vociferante, de pronto, se le une otra aún mayor, deduzco que una hembra, que en las rapaces siempre es visiblemente más grande que el macho. Pero es de otro color, tirando a rojizo. Se trata de una joven, pues hasta el sexto año de vida la imperial no adquiere absolutamente el plumaje adulto definitivo. Sin embargo, ya desde los 3 años se pueden reproducir, y están en plena época de amoríos. Así que probablemente formen la pareja. A la que el viento termina llevándose hacia quién sabe dónde.

Monfragüe, una de las capitales del bosque mediterráneo
Monfragüe, una de las capitales del bosque mediterráneo

Emoción ancestral

Estará mal eso de hacer con los animales diferenciaciones indeseables para los humanos. Pero el que salga al campo con los prismáticos al cuello y diga que para él es lo mismo ver un petirrojo que un águila, miente. De hecho, yo no he llegado a escucharlo. Las águilas irradian energía, dominio, soberbia. Parecen no tener límites y ser las que más alto vuelan, así que en multitud de culturas han sido símbolo de poder, por ejemplo estandartes de las legiones romanas. Son habitualmente esquivas, se suelen mover solas o en dúos, patrullan enormes extensiones y no son tan fáciles de ubicar, salvo que localices el nido o algún posadero. Cuando miras un punto en el cielo y resulta ser un águila, parece como que todo lo demás pase a otro plano.

Y, por si no bastase todo esto, el apellido les da a las más grandes una aureola extra. En Iberia coinciden dos enormes: la ‘real’, la llamada por muchos ‘reina de las aves’;  y la ‘imperial’. Pasa en otros animales magníficos: si hay uno especialmente grande y emblemático, se le añade el título regio, para darle como más caché. Pero si además existe otro parecido y no menos deslumbrante,  le corresponde el otro adjetivo incluso más solemne, de ‘rey de reyes’. No deja de ser todo un poco ridículo, pero había que nombrarlas.

Por tanto, la referencia al imperio en nuestra rapaz ibérica no tiene nada que ver con ‘el aguilucho’ de la bandera franquista. Y si los ideólogos del NO-DO quisieron que una solemne imperial planease sobre el globo terráqueo, mientras sonaba la conocida melodía, en realidad enfocaron a un buitre. Que otra cosa no tendrá, pero vuelo majestuoso y pausado le sobra más que al águila. Eso sí, demostraron sus conocimientos de biología, y les salió un simbolismo medio raro.

Por una vez, éxito rotundo

Se han hecho mal muchas cosas en materia ambiental, muchas especies se están yendo de las manos o no mejoran al ritmo que debieran, pero el éxito con el águila imperial ibérica (Aquila adalberti) es indiscutible. Existe una estrategia de conservación nacional, más otras autonómicas. Ha supuesto cambiar tendidos eléctricos en las zonas más sensibles, porque la electrocución era uno de sus grandes agujeros negros. Se ha potenciado también la persecución allí del veneno y la caza furtiva, la mejora de las poblaciones de conejo –su principal fuente de alimento-, etcétera. Y si en el primer censo anual (1999) salieron 132 parejas, en 2013 fueron 407.

Rapaz inigualable (FOTO. www.finanzas.com)
Rapaz inigualable (FOTO. www.finanzas.com)

No creo que semejante subidón tenga precedentes, por muy críticos que queramos y debamos ser. Hace pocos años, Birdlife International recatalogó su estado de conservación como ‘Vulnerable’, cuando casi tradicionalmente era ‘En Peligro’. Es solo una decisión humana, pero en el fondo el hecho es digno de descorchar champán.

Las imperiales existentes están circunscritas a Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha y Castilla y León. En esta última autonomía, cría en Ávila y Segovia. Pero como la población crece a un ritmo del 4% anual, quién sabe si recolonizará otras provincias ¿como Soria? Las parejas reproductoras más cercanas de Segovia no están lejos, y los jóvenes aguiluchos son bastante viajeros. Eso sí, parece que la colonización tiende más hacia el oeste, hacia Zamora y Salamanca. Sin embargo, en su día los dominios de la imperial incluían toda la Península, quitando la franja norte, e incluso zonas de Marruecos. O sea, allá donde crecía el portentoso bosque mediterráneo, también en su versión adehesada.

Choque fortuito

En Viñuelas ha sido fácil: ir, tocar y volver. Pero yo creo que hace solo unos años no me habría resultado tan sencillo. El águila imperial siempre me cayó a desmano, norteño yo y sobre todo sureña ella. Y de pequeño pensaba que se me iba a extinguir antes de conocerla, y que solo quedaría en las fotos. Me preocupé cuando escuché a Félix Rodríguez de la Fuente decir en la tele aquello de “unas 50 ó 60 parejas, es todo cuanto queda del águila imperial”. Y para cuando me llegaron esas imágenes él estaba muerto, pero se emitieron por primera vez en los años 70. ¡50 ó 60 parejas! Era una estimación de 100 bichos… Por suerte, de momento le va ganando a la extinción.

Tardé años en observar una en condiciones, porque me he movido más por otras zonas donde no existe, y porque no me dedico a esto, ni siquiera como primera afición. Mi primera excursión a Monfragüe (Cáceres), hace ya décadas, fue un fracaso en ese sentido. Un amigo experto señaló una mancha en el cielo que, según él, era la imperial, Para mí y mis prismatiquillos, un punto. Otras incursiones en territorio imperial sumaron más intentos frustrados.

Sí tengo una observación casual y enorme de hace años, pero poco disfrutada. Fue recorriendo longitudinalmente la perdida Sierra de San Pedro, en los límites entre Cáceres y Badajoz, un mes de abril. Surcando durante 3 días esos montes infestados de alambradas de cotos que proliferan en la mitad sur. Un nido enorme lucía en una rama, justo sobre la pista forestal ligeramente ascendente por la que caminaba. Di por hecho que tenía que estar abandonado, ¡colgaba encima de una ancha pista de todoterrenos! Unos pasos después de dejarlo atrás, miré para ver el hueco y no había tal, sino un águila imperial incubando, mirándome con pavor. Un segundo después, salí de ahí a la carrera. Fue un encuentro inocente, pero no seré yo quien moleste en plena cría a una de las aves más escasas del mundo. Para mi alivio, ella no se movió. Más adelante Monfragüe, en otra visita, ya saciaría mis ansias ornitológicas en este aspecto.

Volando junto al buitre leonado, que es más grande, y exhibiendo hombros bien blancos
Volando junto al buitre leonado, que es más grande, y exhibiendo hombros bien blancos

Elucubraciones en torno a la exclusividad

“Y es española, profundamente ibérica”, aseguraba con vehemencia Félix, para recalcar la importancia de lo que se estaba perdiendo. Y eso que, en la época en que se emitieron esos capítulos de El Hombre y la Tierra, curiosamente todavía se consideraba al águila imperial ibérica una subespecie del águila imperial ‘genérica’. Porque entre Europa del Este y China también tienen otra, y esa sí que me ha pillado siempre verdaderamente a desmano.

Para desmitificar un poco, digamos que no está clara la exclusividad del águila imperial. De pequeñito, recuerdo que los libros decían que la ibérica era la subespecie occidental del águila imperial o Aquila heliaca; a la española se la conocía por entonces Aquila heliaca adalberti. Es así en honor a Adalberto de Baviera, príncipe germano al que le quiso dedicar el animal su primer catalogador, el naturalista teutón Reinhold Brehm (1861). Pero, ya cerca del siglo XXI, los análisis de ADN condujeron a la división en dos especies, Aquila heliaca la imperial oriental –más abundante, aunque solo sea porque vive en más países- y Aquila adalberti la ibérica.

Eso es lo más aceptado, pero la discusión no parece haber terminado del todo. Como relata Luis Mariano González en su monografía sobre la imperial ibérica, en cualquier caso se sabe que ésta procede de la oriental, y que la diferenciación entre las dos habría empezado hace 10.000 años, ayer por la tarde en términos biológicos. Si miras dos fotos, yo las veo casi iguales, salvo que el manchurrón blanco de los hombros de la nuestra está más bien en la espalda de la otra. Otra de las principales diferencias es que la oriental emigra, y la ibérica no, y que es más bien esteparia y no tan forestal. ¿Es suficiente?

Una vía intermedia, recogida también por González,  propone otra versión. Dado que empezaron a diferenciarse hace tan poco tiempo, la ibérica sería aún lo que se llama ‘semiespecie’: una especie en proceso de formación que aún no ha concluido, ya que hacen falta miles de años. Como en algún momento lo fuimos todas. Y también hay quien opina que en realidad influye demasiado la pura política: si albergan una joya única en el mundo, se le da un valor extra a los ecosistemas propios. Un valor turístico, incluso.

Posiblemente nunca esté del todo claro. Y qué duda cabe, tener unos miles de ejemplares más de población le da oxígeno a un animal. Pero sea más exclusiva o menos, nosotros la querremos igual. ¿Qué más le da a ella, que está en los cielos?