Curiosidades del Turia

A solo 10 kilómetros de Valencia capital.
A solo 10 kilómetros de Valencia capital.

Si vas a Valencia y no tienes mucho tiempo, consigue una bicicleta, métete por el antiguo cauce del río Turia en sentido contrario al mar y llegarás al llamado Parque de Cabecera, junto al famoso Bioparc. Síguelo entero por cualquiera de sus caminos, que terminan confluyendo, y cuando lo termines, junto a un edificio de la Policía Local encontrarás una amplia pista de tierra y un cartel que te dará la bienvenida al Parc Fluvial del Túria. Estamos donde queríamos.

El Parc Fluvial es básicamente la ruta acondicionada que sigue al más famoso de los ríos valencianos durante 30 kilómetros, desde aquí (confines de la capital de la Comunidad Valenciana) hasta el centro de visitantes de Vilamarxant. Todo este tramo bajo y casi terminal del Turia está protegido desde 2007 en el Parque Natural del Turia. 4.652 hectáreas de ‘pulmón verde’ de la tercera mayor urbe de España, pero con una zona de influencia de más del doble de extensión, que engloba 15 municipios distintos. Dependiendo de lo que digan tus piernas y tu reloj, puedes marcarte una excursión preciosa sobre dos ruedas, a pie e incluso a caballo, que también de esto hay oferta. Y disfrutar de una naturaleza inesperada entre tanto edificio y polígono. No existen muchos espacios protegidos que a la vez estén absolutamente centrados en un curso de agua, durante tantos kilómetros, y sean tan cómodamente recorribles.

Pasarela '0' que se mete en el Turia, en la zona donde se desvía el cauce natural del nuevo cauce sur.
Pasarela ‘0’ que se mete en el Turia, en la zona donde se desvía el cauce natural del nuevo cauce sur.

El parque fue socialmente reivindicado sobre todo desde el incendio que afectó al bosque de La Vallesa en 1994. Ha servido para que podamos conocer de forma fácil un río machacado incluso en su trazado, como veremos enseguida. Pero que ha mejorado mucho con las actuaciones, tanto en sus riberas como en sus aguas. Recordemos que nace el Turia en la Muela de San Juan (Sierra de Albarracín, Teruel), al principio con el nombre de Guadalaviar, y que recorre unos 280 kilómetros pasando también por la provincia de Cuenca, para desembocar en el Mediterráneo, en Valencia mismo.

Lo curioso es que sus últimos 12 kilómetros no son los originales. Aproximadamente donde empieza nuestra peculiar ‘vía verde’, desde los años 70 el Turia fue desviado de su cauce original, que pasaba por mitad de la ciudad, ‘como dios manda’. Se debió a la catastrófica riada de 1957, que dejó 81 muertos y pérdidas multimillonarias, inundando casi toda la capital de Levante. Típica crecida de los ríos mediterráneos, pero más destructiva que nunca. Años de obras canalizaron el río en una especie de circunvalación por el sur, que es por donde va ahora. Es cierto que la sucesión de parques, jardines y zonas deportivas en las que se transformado el viejo cauce ha quedado fantástica, pero también que es triste recluir de esa manera a la naturaleza.

De puente a puente

Las pasarelas, casi en 'arco de medio punto'
Las pasarelas, casi en ‘arco de medio punto’

El caso es que, antes de eso, el segmento del Parc Fluvial sí guarda el trazado original. Y no tiene más complicación que meterse a la vera de la corriente y acompañarlo por los tranquilos parajes que atraviesa su curso bajo, cruzándolo una y otra vez por puentes de madera. Son muy arqueados, se supone que para evitar problemas cuando las aguas bajan crecidas y arrastran de todo. Va el río por la llanura, pero los últimos reductos del Sistema Ibérico ése tan soriano alcanzan hasta aquí, con colinas incluidas también en el espacio protegido. De lo que más nos empaparemos es de ecosistema fluvial, por ejemplo con las altas cañas comunes, que en algunos sectores son casi árboles; y luego troncos de verdad, como álamos blancos, chopos, sauces e incluso olmos. En las orillas no faltarán las aves acuáticas, como las garzas (reales y, con algo de suerte, imperiales), y cormoranes grandes que nos pasarán volando por encima.

Además, surcaremos campos de típicos naranjos, y veremos a lo lejos bosques también incluidos en el parque natural, como el citado de La Vallesa o Les Rodanes. Si hay tiempo, hacia el final –en el entorno de Vilamarxant- hay por ejemplo un sendero señalizado, el PR-CV 175, que recorre este último, basado en el pino carrasco plantado por aquí hace medio siglo. La ruta a pie, de 13,6 kilómetros y de poco más de 4 horas de tiempo estimado, incluye cumbres como la Rodanda del Pic (321 metros) y la Rodana Gran (345), de llamativas panorámicas. Y no es la única senda similar en el entorno.

Huellas vivas de la Historia

En fin, que este parque es un lujo para una zona tan humanizada como esta, tan antropizada (transformada por el hombre) desde hace milenios. No solo la naturaleza, también la historia circunda el Turia final, por ejemplo con el yacimiento visigodo de Valencia la Vella, situado en un cerro no lejos del cauce, o unas trincheras de la Guerra Civil que nos miran desde un pequeño cortado. Pero si hay una cultura ha marcado Valencia durante siglos ha sido la árabe. Ya en el siglo VIII cayó en manos de los invasores islámicos, y allí aguantaron estos hasta el siglo XIII, cuando Jaime I de Aragón recristianizó el territorio.

El Turia, delante de unas colinas con trincheras de la Guerra Civil
El Turia, delante de unas colinas con trincheras de la Guerra Civil

La cuestión es que la huella musulmana persiste, por ejemplo, en muchos topónimos de poblaciones y lugares que empiezan por ‘Al’ (Algemesí, Albufera, Alcácer, Alcira), por ‘Ben’ (Benimaclet, Benifaió, Benimámet), etcétera. Incluso el propio Turia, en su curso alto, se conoce con el citado término de Guadalaviar, siendo ‘Guad’, precisamente, sinónimo de río. Y más allá de monumentos, el rastro de los árabes sigue incluso en el paisaje. Por ejemplo, fueron ellos los que trajeron al Mediterráneo español la caña común, que puebla profusamente buena parte de las riberas del río valenciano. Y también se sabe que introdujeron en estos lares uno de los mamíferos más discretos y desconocidos de la fauna ibérica, el erizo moruno. Que lleva un apellido que lo delata, y vive precisamente en estas comarcas de la excursión propuesta de hoy.

Será difícil que veamos uno de estos insectívoros con púas, en cambio muy populares. Son fundamentalmente nocturnos, se mueven con parsimonia, y lo más normal es encontrarse a alguno destripado sobre el asfalto, pues tienen en nuestras infraestructuras uno de los grandes enemigos. Ante las ruedas y cientos de kilos poco pueden hacer con su táctica milenaria de defensa, la que le había servido contra todos menos nosotros: hacerse bola inexpugnable, repleta de pinchos, y dejar que el agresor dimita por aburrimiento. Pero si tenemos la mala suerte de encontrar uno atropellado, también será complicado –si no somos expertos- distinguir al erizo moruno del erizo común o europeo, que también habita aquí, en las comarcas de Camp del Túria y L´Horta, por donde pasa el Parc Fluvial.

¿Autóctono o foráneo?

El erizo moruno es un poquito más pequeño que el europeo: estamos hablando de unos 25 centímetros de longitud, y menos de un kilo de peso. Su coloración general es de un marrón más blanquecino, tiene las orejas y el fino hocico algo más diferenciados, y prefiere los terrenos más secos que su pariente común, poblando rara vez hábitats por encima de los 400 metros de altura. Parece que el europeo es más de monte y el moruno más de matorrales, huertas y campos de frutales.

El erizo moruno, difícil de detectar (FOTO: bdb.cma.gva.es)
El erizo moruno, difícil de detectar (FOTO: bdb.cma.gva.es)

El caso es que ha pasado tanto tiempo desde que el erizo moruno pisara Iberia que ya es uno más. Aunque durante mucho tiempo se pensó que era una especie autóctona de España, ahora se tiene a los almohades (siglo XII) como ‘culpables’ de la presencia aquí del erizo moruno, originalmente norteafricano. Lo mismo se supone que sucedió con la gineta, por ejemplo. La carne de erizo era para ellos una delicia, al parecer, y también se le atribuían propiedades medicinales. Hoy el moruno está distribuido por toda la costa ibérica del Mare Nostrum, desde Cataluña hasta Andalucía, y los dos archipiélagos españoles. Sin embargo, no es una distribución continua. El estado de su población es desconocido, pero no parece que vaya a más, y en Andalucía está catalogado directamente como ‘en peligro de extinción’.

En este caso, su presencia no parece haber causado ningún desastre, a diferencia por ejemplo del visón americano, colonizador de las últimas décadas, a partir de las granjas peleteras de las que se escapó. También habita estos lares, y los animales ‘de aquí’ y de su rango no están preparados para combatirle. Pero, si el erizo moruno causó algún trastorno, a estas alturas no se nota. Ahí está el dilema. Si tanto combatimos para que otras variedades animales foráneas no se instalen en nuestros ecosistemas, ¿qué deberíamos hacer ahora con el erizo moruno? ¿Se puede llamar invasora a una especie que lleva con nosotros no lejos de un milenio? Ahora mismo no solo no da guerra alguna, sino que está plenamente adaptado y protegido, como su pariente, así que lo deseable es que no desaparezca. Además le toca luchar contra otra amenaza: la hibridación con el erizo enano africano, especie ‘artificial’ propia de tiendas de mascotas, que a veces termina también abandonada en los campos. Los caminos de la biología también son inescrutables.

Las ratas gigantes del Bidasoa

Si hubiera una máquina del tiempo con un solo viaje disponible, otros se irían a ver la Revolución Francesa o a Jesucristo. Yo preferiría los dinosaurios. Pero si tuviera más posibilidades, una de las que me encantarían es San Sebastián, mi ciudad, unos siglos atrás. Metería en el cacharro unos prismáticos, porque me imagino la bahía perfecta que todos conocemos, con su islita en mitad; pero además un río Urumea desparramándose por ahí, sin paredes que lo encaucen ni paseos marítimos que lo constriñan. Es en la frontera entre la tierra y el mar, en la unión entre el agua dulce y la salada, donde más alegremente bulle la vida, al menos cuando nosotros no estamos.

Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)
Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)

Las marismas prácticamente no existen en la costa guipuzcoana. Repitiendo el mismo ejemplo donostiarra, se las tragó el asfalto en la mayoría de las desembocaduras de los pequeños ríos cantábricos. Esos ecosistemas más o menos conservados en otros puntos como Galicia o por supuesto el Guadalquivir, fueron tapadas y tapiadas en la mayor parte de mi provincia. Y el mejor ejemplo que se conserva, Txingudi, está en un entorno tan sumamente alterado que no se parece en nada a esas imágenes idílicas que se me vienen a la cabeza. Es el tramo terminal del famoso río Bidasoa, que marca la línea fronteriza con Francia. Todos los aficionados a la ornitología de mi tierra hemos pasado muchas veces por allí, entre otras cosas porque no hay muchas más.

Txingudi tiene importancia internacional como descansadero para las aves migratorias: casi 300 especies viven o paran aquí. Pero a mí me deja una sensación entre placentera y deprimente: no puede haber lugar más encorsetado por la civilización. El Bidasoa da al mar en lo que hoy es un ultrahumanizado triángulo de localidades pegadas. Lo forman Hondarribia (al oeste, localidad turística y marinera), Hendaia (al este, similar y vascofrancesa) e Irún (más comercial, al sur de las otras dos). Esta última es la segunda población de Gipuzkoa, solo detrás de la capital.

En ese espacio de escasísimos kilómetros cuadrados conviven un puñado de sectores marismeños, como Plaiaundi, en Irún (23 hectáreas) o la regata de Jaizubia, estrecho afluente del Bidasoa que ocupa unas 70 hectáreas en territorio hondarribitarra. Rodeando estos dos espacios de este lado de la frontera, separados entre sí solo por la pequeña ría, conviven unas 80.000 personas. Y, para terminar de hacernos a una idea del rompecabezas, cabe señalar que entre uno y otro hay un campo de rugby con pistas de atletismo y un aeropuerto: el de San Sebastián, que está ahí. Hace mucho que las aves acuáticas ya ni se asustan de los pájaros de metal.

Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/<vesdelariadoburgo.blogspot.com.es).
Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/avesdelariadoburgo.blogspot.com.es).

En los últimos años las instituciones, por ejemplo el Gobierno Vasco o la Diputación, están metiendo dinero –también de fondos europeos- para recuperar este cascadísimo entorno. Y se ha notado para bien. Hace menos de dos semanas pude volver, y como ya no estoy cerca habían pasado años desde mi última visita. La verdad es que ha mejorado mucho: en los 90, cuando más lo frecuentaba, había hasta pequeños poblados chabolistas por allí. Y ahora, en el exiguo pero variado sector irundarra de Plaiaundi, donde más te lucen los prismáticos, hay una pequeña red de senderos (2 kilómetros) y observatorios por entre las lagunas, prados y pequeños sotos. Incluso un flamante centro de información, un señor edificio.

Pregunta sobre un extraño

Aún hacía ese extraño calor de verano apoltronado que hace poco se disipó. Así que por un lado había más gente que en la guerra y, por otro, escaso bicherío. Bueno, yo siempre disfruto con el blanco purísimo de esa gran zancuda llamada garceta grande; o con la enorme variedad de limícolas de diverso porte y calibre de pico. Había patos como los ánades reales, cuchara y frisos, incluso un ganso muy solo. Y las gaviotas, que no falten. Pero preguntando a la chica que atendía la casa del ‘ecoparque’, confirmo que no he llegado en el mejor día: tan alta temperatura tiene mareados a los pájaros, y además días atrás se fue un grupo de espátulas que repostó por aquí, y al alba se escaparon las grullas que pararon anoche. Por la ría, cerca del aeropuerto, lleva un tiempo un águila pescadora. Pero ya se sabe, “igual vas y hoy está por otro lado”. Eso debió de ser.

Completé el recorrido, y empecé a tirar para Hondarribia, para meterme por la regata de Jaizubia. Existe un proyecto para que haya una pasarela que cruce la ría y puedas pasar a pie, en un suspiro, desde la orilla de Irún, pero no sé si por la crisis o no, aún no se ha materializado. Por tanto, hay que meterse de vuelta a la cercana civilización y dar un rodeo de unos minutos. Sin embargo, me acordé de algo y volví sobre mis pasos, a preguntar algo a la especialista: “¿Sigue habiendo coipú por aquí?”. Parece un poco sorprendida por la pregunta, y responde: “Hay unos pocos, pero están controlados”, porque en cuanto baja la vigilancia, prolifera y destruye la vegetación palustre autóctona, que sirve para que se oculten las aves acuáticas nidificantes. El coipú, o rata-nutria, o ‘falsa nutria’, es un gran roedor sudamericano que, un buen día, se asentó en Francia. Y no fue una buena noticia. Tampoco vino cruzando el Atlántico, claro.

Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)
Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)

Nunca olvidaré cuando me encontré con el primero. Fue un día cualquiera aquí mismo, en la entonces mucho más deslavazada Plaiaundi de finales de los 90 o principios de este siglo. Para mí resultó impactante, y eso que estaba muerto: me interné por entre unos carrizos que daban a un mínimo arenal, y tirado en el suelo yacía el cadáver de una rata gigantesca y marrón, casi del tamaño de un zorro. Me llamó mucho la atención la cola, tan larga como el cuerpo pero fina y cilíndrica, como las ratas de alcantarilla; y sobre todo esos dientes naranjas, enormes, que le salían por la boca. Internet no estaba en pañales, pero casi, y no había llegado a mi casa, así que de vuelta al hogar eché mano de la guía de mamíferos europeos y encontré lo que era aquello.

Historia de un invasor

Este mamífero de 6 a 10 kilos de peso, absolutamente vegetariano y excelente nadador, recuerda un poco al castor. Su hábitat natural son los humedales tropicales y subtropicales de Argentina, Brasil, Chile o Paraguay. Su piel lo trajo a Europa: en su día cotizada, fue criado durante décadas en granjas peleteras francesas que, allá por los 70, cerraron. Y muchos de sus pobladores forzosos quedaron libres. El caso es que, salvo si hay inviernos gélidos y prolongados, puede vivir también en los entornos europeos más parecidos a los suyos originales. En el sur de Francia, por ejemplo, es muy habitual, y en otros países europeos también. En un viaje en coche de medio centenar de kilómetros, entre Milán y Pavía (Italia), el asfalto parecía una guerra: encontramos múltiples cadáveres aplastados en la carretera, de lo que mi cicerone llamaba “nutrias”. En Reino Unido, una millonaria lucha sin cuartel de un decenio hizo falta para extinguirlo. En teoría, al menos.

Pasó lo de siempre: si trasplantamos un animal a un lugar que no es el suyo, pero las condiciones ambientales no lo matan, lo que hace es expandirse destructivamente, pues faltan los enemigos naturales que lo mantenían a raya, como pasa con cualquier especie. En cambio, los animales autóctonos sufren por una competencia súbitamente ‘caída del cielo’. El coipú está considerado una de las 100 especies invasoras más perjudiciales del planeta, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Y hace no tantos años cruzó la frontera política –evidentemente no natural- y se estableció al oeste del Bidasoa, en territorios propicios de Gipuzkoa y Navarra. También hay poblaciones en Cataluña, y de vez en cuando se encuentran ejemplares en otros puntos de Iberia, aunque ahí no se puede hablar de poblaciones asentadas.

Regenerada regata de Jaizubia.
Regenerada regata de Jaizubia.

El coipú suele ser discreto y nocturno, pero sus consecuencias se notan: la costumbre que tiene de construir la madriguera en las orillas blandas de las riberas, y su alimentación a base de plantas –salvajes y cultivadas-, han causado estragos ambientales en varios estados. Lo pagan todos los que precisan de esa vegetación ‘talada’ por los incisivos de la rata-nutria para comer o esconderse. Porque, por si fuera poco, se reproduce ‘como una rata’, o casi: en torno a 5 crías por camada, que pueden ser perfectamente dos por año si todo va bien. Su longevidad no es alta, apenas dura 4 ó 5 en la naturaleza, pero las hembras ya son fértiles en el primer año de vida.

Inocente pero perseguido

Por eso, la batalla se centra en controlarlo. A escopetazo limpio, y a base de trampas, los técnicos de la Diputación de Gipuzkoa han eliminado a unos cuantos centenares en los últimos dos lustros. También se controlan en Navarra, incluso a base de radioseguimiento para que el ejemplar marcado guíe a los exterminadores oficiales a su guarida, donde pueden caer más miembros de la familia. Pero saben los expertos que la lucha es en vano: mientras en Francia no se controle a la especie, y eso parece lejos o directamente inasumible ahora mismo, no es más que retrasar un poco el desembarco mayor. Lo normal sería que siguiera la lenta conquista.

Y mientras tanto, la solución (provisional, puntual) están siendo los disparos. La misión es deshacer lo que nosotros mismos provocamos. Se habla de capturarlos vivos, pero ¿y luego qué? Los pacíficos y deslocalizados coipúes, que simplemente escaparon y/o fueron soltados y se buscaron la vida fuera, son una especie a exterminar a este lado del charco. No tienen la culpa, pero en las guerras siempre pagan justos por pecadores.