Pasado y futuro, en un animalillo

Cudillero en tarde húmeda
Cudillero en tarde húmeda

El agua es fuente de vida, y la lluvia de algunos seres extraordinarios. Muchos buscamos cobijo cuando jarrea, pero unos pocos expresan su alegría a su manera. Hace poco se me cruzaron algunos de estos últimos. Estuve en Cudillero, pintoresco pueblo de mar de Asturias. A mí me parece un lugar precioso, con su laberinto de callejuelas verticales y escalerillas sin orden. Muy turístico, pero no era el día para visitas, con aquella cortina gris en el cielo, muy oscura, de la que manaba mucho, mucho líquido. Como uno se puede esperar del Principado. De fondo el Cantábrico, esta vez poco bravo, y el pequeño puerto.

Todo muy bonito, pero sin alegría. Hasta que la vimos a ella, o a la primera, caminando tranquilamente por las vacías calles. Las personas estaban a buen recaudo, en sus casas; fuera paseaban las salamandras. Esos batracios con cuerpo de lagarto –cola incluida- y cara un poco a lo rana, de ojos saltones, que se mueven reptando, sin prisa ninguna. En este caso, parece que eran de la norteña subespecie llamada ‘bernardezi’, pequeña pero muy chillona. Es sobre todo amarilla con rayas y manchas negras, cuando en otras variedades salamandrinas suele pasar al revés, con predominio negro y el amarillo como mero complemento. El ambiente plomizo que nos rodeaba tenía su contrapunto en esas criaturas húmedas y brillantes, de aspecto algo viscoso, que se arrastraban discretamente.

A las salamandras siempre se las ve así, en mitad del aguacero. Porque si no lo hay, lo suyo es la noche, y ahí nuestros ojos lo tienen más difícil. El día más húmedo de mi vida lo tengo automáticamente asociado a otro par de ellas. Recuerdo visualmente poco, aparte de una pista forestal entre el pinar, en mitad de un tormentón sin igual, a media tarde. Pista muy embarrada, de esas que parece que quieren convertirse en río, y mis botas chapoteando rápida y rítmicamente cuesta abajo, en busca del pueblecito de Dòrria (comarca del Ripollés, Pirineo de Girona), espoleadas por la incertidumbre de dónde pasar la noche. Mi capa de agua había sido ampliamente vencida desde un par de horas atrás, y me sentía calado como nunca, hasta lo más profundo de la ropa.

Salamandra 'fastuosa', en Cudillero
Salamandra ‘fastuosa’, en Cudillero

Y por supuesto, ni un alma animal por ninguna parte, salvo yo mismo. Ahí, en lo más desolado del diluvio, se me cruzó un soberbio ejemplar, más grande y oscuro que los de Cudillero, igual de ajeno a la tempestad. Caminaba conservando la compostura, moviéndose con una parsimonia impactante. Daba la impresión de estar en su salsa, y además así era. Más abajo, otro. No se me olvidará, porque he visto muy pocas. Ni tampoco que una familia de Dòrria me abriera su casa y prendiera la chimenea en pleno junio, para que aquel desconocido se calentase y secase algo sus prendas. Los anfibios eran otros.

El agua, nunca muy lejos

Antediluviana, pero amante de los chubascos. Así es la salamandra, que necesita humedad, como todos sus parientes anfibios: ranas, sapos, tritones. Hace unos 350 millones de años que la vida dejó de ser solo acuática  para este gran grupo de vertebrados, el primero que se aventuró fuera del caldo original, donde ya habitaban los peces, y buscó aventura en tierra firme. Su evolución daría lugar posteriormente a los reptiles, y de ahí a las aves y los mamíferos, o sea nosotros mismos. Mirando con perspectiva, todos somos parientes; no deberíamos olvidarlo.

Sin embargo, los anfibios que siguieron su historia como tales nunca se han alejado mucho del agua. Como mínimo la necesitan para reproducirse, porque ahí viven sus larvas antes de metamorfosear y convertirse en adultos plenamente formados. La salamandra es un caso especial, porque no pone sus huevos allí como los otros, sino que la madre deposita en el medio acuático precisamente larvas ya previamente desarrolladas dentro de su cuerpo: ‘ovovivípara’, la llaman los biólogos. Es más, subespecies como la nombrada variedad ‘bernardezi’ van a menudo más allá, y alumbran jóvenes ya perfectamente adaptados desde su primera luz a la vida en tierra. Muy grande.

Aunque la protagonista de hoy sea una de las especies de anfibias más emancipadas del agua, secarse sería la muerte para ella. Por eso, y aunque no sea muy abundante en general, existe en la húmeda franja norte peninsular, entre Cataluña y Galicia. De ahí para abajo, solo en las cadenas montañosas que le ofrezcan ambientes propicios, como arroyos y regatos, prados frescos o sombrías barranqueras. Asimismo resulta misterioso, también, que en las montañas del Sistema Ibérico se extinguieran o sean escasísimas, ya que también las hay más al sur dentro de nuestra Península. Al parecer se debió a una enfermedad causada por un hongo.

Precisamente, la revista ‘Science’ acaba de publicar que el coleccionismo de batracios ha traído a Europa otro hongo llamado Batrachochytrium salamandrivorans. El apellido es significativo, “devorador de salamandras”, ya que le causa heridas letales en la piel, que es por donde fundamentalmente respira el animal. Procede de anfibios asiáticos, inmunes a su presencia, pero amenaza con destruir las poblaciones de las salamandras y tritones del ‘Viejo Continente’: se ha comprobado que ha causado estragos ya en Holanda, y que ha saltado a Bélgica. Se teme que se propague mucho más aún.

Territorio muy salamandrero
Territorio muy salamandrero

Mitos y magia

Mientras confío en que la nueva peste no invalide la siguiente frase, siempre me he preguntado cómo han hecho las modestas salamandras para llegar hasta nuestros días. Su librea negriamarilla es sumamente fanérica, que es lo contrario que críptica: llama la atención. Si un miope como yo es capaz de detectarlas a simple vista, qué no harán los predadores de todos los tamaños que comparten hábitat con ellas. Además estos urodelos –anfibios de pinta ‘lagartijoide’, con cola- carecen de velocidad alguna para la escapada. Y no solo no pueden saltar lejos, como los anuros (sapos y ranas), sino que además no nadan especialmente bien y tampoco les resulta una buena vía de escape.

Una de las claves está en las glándulas parótidas que luce la salamandra a ambos lados de la cabeza, bien visibles, y las dos hileras de más poros glandulares en el dorso. Segrega por estos generadores un líquido pegajoso y claro, que expulsa cuando siente el peligro. Y que es tóxico, sumamente irritante si entra en contacto con los ojos o las mucosas del agresor, pongamos un zorro. Si un carnívoro prueba salamandra por primera vez, no lo olvidará y no le quedarán ganas de repetir nunca más. Ahí está la clave de los llamativos colores, que comparte con muchos seres venenosos del mundo: precisamente esas pinturas tan tropicales refuerzan la memoria del enemigo, sirven para decir eh, cuidado. Que, como te atrevas a comerme…

Multitud de leyendas y supersticiones se asocian a este batracio, quizá por su extraño proceder, por su habitual nocturnidad o por sus chocantes tonos. Durante siglos se ha dicho que su líquido podía dejarle a uno calvo instantáneamente, o envenenar riachuelos que pasaban a matar a cualquier incauto que bebiera de ellos: trascendió la falsedad de que el ejército de Alejandro Magno, nada menos, sufrió pérdidas de miles de soldados y caballos por haber bebido estos de un río ‘contaminado’ por la salamandra. O se decía que su saliva producía heridas mortales a las personas, o dejaba sin fruta a los árboles a los que se acercaba… Lo cierto es que basta con lavarnos para que se nos pase el picor que provoca su ‘leche’ defensiva, dado que nosotros no nos la vamos a meter a la boca.

Mucho que aprender

Salamandra madrileña, en Navacerrada
Salamandra madrileña, en Navacerrada

Es cierto que son animales de sangre fría, pero se llegó a creer incluso que se podía apagar las llamas con ellas. O que eran ignífugas, por lo que eran capaces vivir dentro del fuego. Infundios dignos del demonio: mejor matarla o, mejor aún, no tenerla muy cerca.

Sin embargo, lo más extraordinario de este animal no es una invención, sino una realidad que parece divina más que diabólica. Hemos escuchado a menudo que la lagartija suelta la cola para despistar al depredador que la persigue, y que le vuelve a crecer, aunque más corta y menos perfecta. Pues bien: la frágil salamandra reproduce también sus patas, e incluso ¡parte del corazón!, si sufre alguna pérdida.

Si le arrancan una extremidad, que es más normal que el corazón, en uno o dos meses aproximadamente le brota otra idéntica, con todos sus dedos. Primero desarrolla sobre el muñón una protuberancia llamada blastema, de la que con el tiempo brotará una copia del miembro perdido. Y además puede repetir esta operación más veces, y por si fuera poco no deja cicatriz. Se convierte así en otra leyenda cristiana con patas, la del Santo Grial, el cáliz de Cristo capaz de sanar las heridas más graves. Según investigaciones recientes, en parte ese milagro se consigue gracias a las células madre que circulan por la sangre del urodelo, prestas a actuar allá donde se las necesite, pues pueden dar lugar a células de otros tipos.

El mecanismo, desde luego, es muy complejo. Así que la ciencia sigue investigando a las aparentemente insignificantes salamandras. ¿Qué impacto tendría su milagrosa capacidad autorregenerativa, aplicada a humanos? Y sobre todo, ¿cómo ‘enseñar’ a nuestro cuerpo a hacer lo mismo? ¿Es factible aplicárnoslo de alguna manera, alcanzaremos alguna vez tanta maestría técnica como para conseguirlo? Ya se verá, pero impacta que estos secretos los porte consigo, reptando, un pacífico bichito.

El Sella y sus pequeños buzos

Si te gusta la naturaleza y estás en Asturias, afortunado tú: no te quejes, que más no puedes pedir. Cumbres y playas, bosques intactos y prados con vacas, fauna que no queda ya en casi ningún sitio… ¡hasta palmeras, en las casas de indianos! Y otra de las posibilidades son las aguas de interior. Si paras en el Principado y es cerca de Arriondas, casi te sientes en la obligación de cambiar por un día las botas por las palas de remar. El río Sella suena a Descenso Internacional, ese multitudinario que lleva en marcha desde 1930 y trae consigo en su entorno una fiesta de las que marcan época. La consecuencia es que piraguas vas a encontrar allí por todas partes, y no hay mejor manera de conocer un curso fluvial. Que, por cierto, es una gozada.

El río bello
El río bello

El Sella nace en los cercanísimos Picos de Europa, en el municipio leonés de Oseja de Sajambre, y tiene vida corta, 65 kilómetros aproximadamente. Pero intensa, como todos los ríos que dan al Cantábrico. Enseguida traza, por ejemplo, el magnífico desfiladero de Los Beyos, flanqueado por la carretera N-625. Se mete plenamente en Asturias, lo cruza el famoso y celebrado puente medieval de Cangas de Onís –con la cruz de la bandera asturiana colgando, bien grande- y poco después alcanza Arriondas. Desde aquí, en el curso medio, quedan unos 20 kilómetros hasta el puente de la ría de Ribadesella, que es el tramo que realizan los fenomenales palistas federados cada primer sábado de agosto. Y metros después, el Sella se hace uno con el mar.

A nosotros los desacostumbrados nos dejan hacer un buen tramo, de todas formas: los 16 kilómetros desde la propia Arriondas hasta el puente ferroviario de San Román, en la localidad de Llovio, a unos 4 kilómetros de la meta de los profesionales. A ritmo de paseo agradable se tardan 4 horas o menos, dependiendo de lo que te esmeres o te pares a contemplar. Las parejas ganadoras de palistas ‘de verdad’ completan sus 20 kms. en hora y pocos minutos, para que nos hagamos una idea. Además, las múltiples empresas con embarcaciones de la comarca te suelen dar oportunidad de retirarte antes si quieres, en nuestro caso el puente de Toraño (kilómetro 7) y la pasarela peatonal de La Uña (kilómetro 11), y allá donde les cites irán a buscarte en furgoneta. También tienes bidón estanco con bocata, fruta y agua, neopreno, etcétera. Y hasta hay puntos de venta de sidra y cervezas…

Muy dominguero, sí, pero dudo que haya muchos que se salgan del río antes de tiempo. Porque durante la mayor parte de este tramo ribereño, el Sella es una maravilla de aguas oscuras y frondosos sotos, que se interna por la rocosa y casi costera Sierra del Sueve. Yendo fuera de temporada, como ahora mismo, el nivel de piraguas es perfectamente soportable, y aunque el agua se descuelgue hacia el mar rodeado de civilización (entre la carretera N-634 y el tren de vía estrecha de FEVE), nos encontraremos trechos perfectamente pintorescos y solitarios. Tampoco hay pescadores, porque la vía fluvial está cerrada a la pesca de agosto a marzo. Estamos en un río truchero y salmonero, aunque para ver alguno de estos últimos subiendo a desovar va a hacer falta un poco de suerte, o más.

'Rápidos' sin más complicación que no embarrancar
‘Rápidos’ sin más complicación que no embarrancar

La dificultad de la travesía es nula, solo tendremos que ayudar un poco a la corriente. Apenas hay tablas o superficies totalmente planas, pero tampoco rápidos de entidad: el peligro es inexistente, y la prueba es que no te dan ni casco. La profundidad en estos momentos, nos dijeron, es bastante parecida a la que había en agosto, cuando el Descenso. O sea, no llega a cubrir a una persona mediana en los tramos más profundos. Y en los menos, necesitaremos suerte o habilidad para no encallar. En estos trozos, los ‘buenos’ cargan al hombro con la barca y siguen corriendo hasta que haya caudal. Nosotros podemos tomárnoslo con más tranquilidad.

Figuras para un cuadro

Piragüear no requiere de botas, y en este caso tampoco de prismáticos. Estorbarían, se podrían caer y desaparecer. Y lo bueno es que, integrados en la corriente, remando como durante décadas lleva haciendo mucha gente por allí, los animales ni te dan importancia. Pasas por encima de infinidad de peces, en nuestro caso múgiles que habrían remontado desde el curso bajo. Esa desembocadura que en ningún momento llegamos a intuir, aunque se supone que nos desplazamos por los cursos medio y bajo, y nos quedamos a 5 kilómetros del Cantábrico. Pero llaman más la atención las aves.

Las preciosas garcetas comunes, de blanco plumaje, patas negras y pies graciosamente amarillos, buscan cazar algún incauto ser en las orillas, con su aspecto de arpón preparado para el disparo. También hay una pariente gris y grandota, la garza real. Huyen estrepitosos los cormoranes, graznan escandalosamente las cornejas que cruzan por el aire, de orilla a orilla, sin necesidad de las pasarelas que de vez en cuando comunican los dos lados. ¡Quién fuera volador! Hay decenas de ánades reales, que dejan una estela como la nuestra al deslizarse sobre el líquido elemento. Tan comunes que nos hemos olvidado de que también son preciosos.

El ánade real, una constante
El ánade real, una constante

Pero bueno, cada cual tiene sus preferencias en todos los aspectos de la vida. Y, entre los seres que ocupan los puestos altos de mi ranking de satisfacción, figura uno que en el Sella se me presentó delante. Disfruté el doble, porque por desgracia nunca he vivido habitualmente cerca de ríos limpios y a tramos relativamente salvajes como éste. De pronto, en una parte un poco más rápida, de cantos rodados que amenazaban con hacernos embarrancar, una especie de paloma pequeña parecía darse un baño. Se metió unos segundos bajo el agua, salió, se trepó a una piedra, flexionó unas cuantas veces las piernas haciendo que el cuerpo entero subiera y bajara como si tuviera muelles, y ahí lo vi bien, con su color chocolate y un amplio ‘babero’ blanco. ¡Un mirlo acuático! Uno de los pájaros más extraordinarios de Europa.

En España, es más frecuente donde más arroyos y riachuelos hay como los que a él le gustan, es decir limpios y de notable corriente. Eso pasa sobre todo en toda la húmeda franja norte, de Galicia a Cataluña. En el centro y el sur de la Península se concentra sobre todo en las montañas, por ejemplo las del norte de Soria.

Único en su clase

Me apasiona este mirlo acuático, otro bicho con superpoderes. Será la atracción que suscita lo especial. No es el único emplumado que vive de cara a las aguas. Hay flechas vivas como los alcatraces, que se tiran desde el aire al agua, como proyectiles, para capturar por sorpresa los peces que han identificado desde arriba. En cierto modo, el colorista martín pescador también funciona así. Pero son como nadadores humanos que se lanzaran desde el trampolín, y terminado el impulso volvieran a la superficie. Otros pájaros pescadores, como los cormoranes o algunos patos, bucean impulsados por sus patas palmípedas, se desplazan como nuestros hombres-rana. Pero el pajarillo rechoncho de las corrientes es otra cosa, puede hacer algo para lo que no están capacitados los demás: se sumerge, ‘vuela’ bajo el manto líquido aleteando con gracia y ¡hasta camina por el fondo! Sería el equivalente a los buzos ‘de escafandra’.

El mirlo acuático, un visitante siempre bienvenido
El mirlo acuático, un visitante siempre bienvenido

Desde que me encontré con el primero fue un amor a primera vista. Uno diría que se acercó a la orilla a ver el agua pasar, o a ver su imagen reflejada. Y de pronto, salta dentro del charco y tarda un rato en salir, prácticamente intacto, con el plumaje bien protegido por el aceite que lo impermeabiliza. Lo produce una glándula cerca de la cola, que él extiende luego con el pico. Se calcula que puede permanecer 30 segundos bajo el agua, aunque normalmente sus inmersiones son breves pero muy abundantes. En aves de su tamaño, no hay nada ni medio parecido. Y se mueve, se mueve mucho. No da pie al aburrimiento.

Ahí abajo, se vale de su fino pico, mínimamente curvado hacia arriba, para levantar guijarros en busca de su alimento: insectos subacuáticos y pequeños moluscos y crustáceos de río. Una de las preguntas que surge al verlo en acción es, ¿cómo lo hace? Porque su hábitat predilecto es de fuertes y límpidas corrientes, y el animal es poca cosa. En cambio, ha desarrollado una técnica depurada, con la cabeza inclinada para abajo, de modo que la propia corriente pase por encima de su cuerpo y lo pegue al fondo. Además, una membrana cierra los agujeros del pico en esos instantes ‘fuera de elemento’.

Sinónimo de pureza

Normalmente, esta ave sin par vive más arriba de donde me lo encontré, en los arroyos montunos de cierto caudal. Pero cuando no hay mucha agua, como después del verano, o cuando el invierno congela esas zonas, a veces tiran un poco más para abajo si el río reúne condiciones –se ve que el Sella sí-, y hasta llega a los estuarios. Si esta especie anda por ahí, suele ser buena noticia ambiental, ya que necesita aguas poco alteradas, porque allí es donde proliferan los bichillos de los que se nutre. Por esto, también, se nota que su número decrece en las últimas décadas: la contaminación es uno de sus grandes enemigos.

En esta parte de Asturias se encuentran a gusto, o eso da a entender su presencia en el Sella. Porque después del primer ejemplar, a medio camino entre salida y meta, otro nos dedica ese vuelo pegado al espejo, con el que se aleja de nosotros los curiosos. Y poco más adelante, tres juntos coinciden en pequeña bandada, raro en unos bichos tan territoriales. ¿Papá, mamá y un hijo adolescente? A saber. En años buenos pueden realizar dos e incluso tres puestas. Está bien como despedida, a saber cuándo será el siguiente encuentro. Al fondo, el enrejado azul del puente de San Román, inconfundiblemente ferroviario, anuncia tras la última curva que el paseo se termina. Ha sido recomendable, repetible y con premio.

Prodigio de las corrientes (FOTO: naturalezaypicosdeuropa.blogspot.com.es)
Prodigio de las corrientes (FOTO: naturalezaypicosdeuropa.blogspot.com.es)

Ronroneos secretos

Pocos territorios ibéricos hay más impactantes que la Montaña Palentina, para mí la belleza más desconocida de España. Es que la provincia de Palencia es engañosa. Alargada y estrecha como una columna, hunde su base en la Tierra de Campos, el imperio de la llanura cerealística hasta el infinito. No se diferencia en nada de todo lo que le rodea, administrativamente Valladolid, Burgos y León. Realmente trigo, cebada y tierra de secano por doquier, ya desde los romanos. Si empezamos a recorrer íntegramente la provincia de sur a norte, se mantienen estas características durante decenas de kilómetros, durante el 90% del trayecto. Y de pronto, al fondo, en el extremo norte, alcanzamos el capitel de la columna. Un capitel ‘corintio’, ornamentado: increíbles montañas, frondosos bosques caducifolios. Maravillas.

Cuando nadie podía imaginárselo, un murallón rocoso y privilegiado corona Palencia. Casi íntegramente protegido por el llamado ‘Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre-Montaña Palentina’, nada menos. Nacen aquí los ríos Carrión (ya lo dice el nombre del parque) y Pisuerga, que se descuelgan paralelos desde las alturas, regando toda la llanura de punta a punta. Hasta que, según se dice, el palentinísimo Carrión ‘se suicida’: desemboca en el Pisuerga justo antes de cruzar la frontera con Valladolid, solo ‘por no ser pucelano’.

El caso es que, volviendo al norte, mientras miles y miles de turistas se deleitan en las limítrofes montañas de Asturias, León y Cantabria, las de Palencia están relativamente olvidadas. Y eso que son igual de espectaculares, o más. Sus atractivas cumbres no son mucho más bajas que las de los Picos de Europa, con hitos como el Curavacas (2.520 metros), el Espigüete (2.450) o Peña Prieta (2.539), cuya cumbre está en Cantabria pero por poquito. Todo parece pensado para caminar y trepar.

El día ‘G’

La gente es poca por allí, sobre todo fuera de temporada. Y hace varios años, una fresca y luminosa mañana de otoño muy avanzado, un grupo de amigos y yo nos movíamos en coche por alguna de las reviradas y montunas carreteras en torno a Velilla del Río Carrión. Solo muy de tarde en tarde nos cruzábamos con algún otro coche a la salida de alguna curva. El paisaje era sencillamente magnífico: arboledas majestuosas pero ya bastante peladas, prados de verde esmeralda reluciendo cuando más lo hacen (al salir el sol, justo después de que las nubes hayan descargado), grandes neveros que convertían esos herbazales como en un pelaje de vaca frisona ‘pop art’.

Posado invernal (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Posado invernal (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

Y de pronto, que es como más disfrutas los encuentros felices, tras la enésima curva un gatazo ‘cachas’ corretea para ponerse a salvo. Baja por la cuneta, se mete en la hierba, para un momento y nos mira. Una mirada impactante, de ojos entre verdosos y amarillentos. Poseía una cabezota casi desproporcionada, con bigotes que tiraban hacia abajo, como caídos; un grueso pelaje como de auténtico abrigo, grisáceo con bandas más oscuras; y, sobre todo, una cola de anillos negros, tan gorda que era más ancha que sus mismas patas. Frené, y los cinco ocupantes del coche –cuatro de ellos con bastante menos interés faunístico que el otro- nos quedamos petrificados con idéntica unanimidad: todos hemos tratado con millones de gatos, pero nunca con uno así. Esto es otra cosa.

Solo son un par de segundos: el bicho retoma su andar soberbio, como el de un león con la cabeza alta, y desaparece tras los arbustos. ¡El gato montés! Nunca lo había visto antes, y nunca lo he vuelto a ver. He hecho unas cuantas esperas para observar el lobo, el oso pardo, el lince, y colateralmente ves muchos más animales. Me he pateado infinidad de senderos, a menudo solo y callado, que es cuando más fácil es que algo importante te suceda. Horas, y horas, y horas ‘perdidas’ en el monte, pero jamás se me ha cruzado esta pequeña fiera. Apareció cuando quiso él. He leído en más de un blog naturalístico que, quien ve un gato montés, no lo olvida. Estoy de acuerdo, y alguna vez he comprobado que ninguno de esos cinco lo hemos olvidado. “¿Te acuerdas cuando el gato…?”.

Misterios

Poco se sabe aún del gato montés, príncipe de la discreción. Ni siquiera la situación real de sus poblaciones. Habitualmente actúa de noche, y solo en invierno se mueve algo más por el día, a lo que atribuyo que nos lo encontráramos aquel día junto al asfalto, porque ‘allí arriba’ era invierno ya. Durante las horas de sol descansa en agujeros del terreno o los árboles. A diferencia del gato doméstico, huye de la compañía, incluso de sus propios congéneres. Vive normalmente en lo más profundo del bosque, no llama la atención. Ni se le ve ni se le siente. Doblemente fascinante, o más.

El único momento en que estos félidos socializan más es en la época de apareamiento. Pero es por poco tiempo: las hembras son ‘madres solteras’ que cuando dan a luz (abril o mayo y 3-4 cachorros, normalmente) defienden con más ahínco si cabe el territorio. Dotado de unos sentidos máximos, como todo lo salvaje, es hábil procurándose el pan. Sus presas favoritas son pequeños roedores, pero en realidad caza cualquier cosa que se le ponga a tiro y entre en su rango de tamaño.

Campeando, con garza detrás (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Campeando, con garza detrás (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

Y poco más se puede decir. En Europa occidental falta desde hace decenios de países enteros. Desapareció de Inglaterra, por ejemplo, aunque sí lo hay en Escocia. Se distribuye por toda la Península Ibérica, pero en los lugares adecuados para él: su propia presencia indica, sin ir más lejos, que el hábitat va medianamente bien. Pero hay grandes espacios en blanco, entre unas poblaciones y otras. Los más cercanos, si miramos más allá de los Pirineos, son los de la zona norte de Francia-Bélgica-Alemania. Su piel carece de valor, pero se le acusa históricamente de atacar a las aves de corral, cuando a menudo el culpable es el pariente doméstico o algún ‘asalvajado’. Y por eso ha sido tiroteado y envenenado durante siglos.

Historia identitaria

Para darle algo más de complicación al tema, ni siquiera hay unanimidad acerca de qué incluye exactamente la expresión ‘gato montés’. Expliquémonos algo más: se desconoce qué diferencia decisivamente al gato montés europeo, los similares que pueblan Asia y África y nuestros mismísimos gatos domésticos. Opiniones autorizadas hay para todos los gustos, aunque últimamente, y tras estudios genéticos, la más arraigada es que los cuatro son realmente subespecies del mismo animal. Aunque de aspecto (de color y dibujo del pelaje, por ejemplo) sean muy diferentes. El nombre científico de todos sería Felis silvestris, y en lo que a Europa se refiere coinciden el F.s. silvestris, el montés, y el F.s. catus, el gato de casa. El pelaje del montés europeo se parece más a la común variedad gatuna llamada atigrado listado o tabby: el gato gris con rayas oscuras de toda la vida.

Las aldeas y sus gatos domésticos... peligrosas para el montés.
Las aldeas y sus gatos domésticos… peligrosas para el montés.

En cierto modo, la relación sería como compararnos a nosotros mismos con un verdadero cromañón que hubiese sobrevivido hasta hoy, oculto en las montañas y sin vínculo alguno con nuestra ‘civilización’. Los genes dirán que somos la misma especie, Homo sapiens, pero no podemos quedarnos ahí. Cuestión racial aparte, él sería nuestra versión poderosa, embrutecida, conocedora de todos los recovecos de su entorno y los trucos para sobrevivir como cazador-recolector. Entre otras cosas, el hombre de las cavernas conservaría esa sabiduría que a nosotros se nos olvidó. Con el gato montés es parecido: técnicamente será lo mismo que el que ronronea en nuestro regazo, pero el salvaje tiene que ganarse la vida. En invierno, ni siquiera tiene a mano el motor caliente del coche recién aparcado.

En este parentesco cercano radica otra de las amenazas para la variedad silvestre: la pérdida de pureza. El gato de casa fue domesticado hace muchos miles de años, parece que partiendo de la variedad africana del salvaje. Se aprecian gatos mansos, por ejemplo, en los jeroglíficos y esculturas del antiguo Egipto, aunque la domesticación es anterior, como la del lobo convertido en perro. Y los humanos experimentamos lo indecible con el nuevo animal de compañía, dando lugar al crisol de colores, formas y tamaños gatunos que existen hoy. Razas tan dispares como el de angora, el persa o el siamés. Pero el hosco gato montés no deja de ser la misma especie, y la prueba es que se puede cruzar con el casero dando además descendencia fértil.

Marcando territorio (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)
Marcando territorio (FOTO: Héctor Ruiz / http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es)

De pequeño leí en alguna parte, o eso creo recordar, que los hijos híbridos de gato montés y doméstico eran fértiles, pero los nietos estériles. Mentira: siguen siendo fértiles, solo que pierden parte de las características únicas del felino altivo y compacto que nos sorprendió en la Montaña Palentina. Cuanto más mezclados estén, menos ‘monteses’ serán, y más difuminada quedará la súper especializada variedad ‘cromañón’. Si los gatos monteses escasean, lo normal es que se acerquen a los domésticos. Y peor aún si son estos últimos los que se asilvestran y huyen del pueblo al bosque, convirtiéndose en los llamados ‘cimarrones’. Pueden hacer que degenere la sangre inalterada de sus parientes puramente salvajes.

¿Has visto alguno?, colabora

Toparse con un gato montés no es fácil. Por eso el testimonio puede ser importante para quienes intentan descubrir los secretos de su anónima vida. Incluso si es un cadáver desgraciadamente atropellado, puede dar pistas importantes a sus estudiosos. Por ejemplo, los biólogos Héctor Ruiz (que gentilmente ha cedido varias de las fotos de esta entrada) y Jorge Falagán han lanzado el ‘Proyecto Gato Montés’. Incluye un blog que sirve como punto de encuentro para aportar datos sobre observaciones. También una pequeña pero sensacional guía ‘online’ para distinguir al gato montés de pura cepa de las variedades domésticas o híbridas con las que se puede confundir:

http://gatomontescantabrico.blogspot.com.es/2014_03_01_archive.html

Y de paso ofrecen formularios para rellenar, por si uno se ha encontrado con un montés, vivo o muerto. Su intención es crear una base de datos lo más completa posible, y para eso hace falta la colaboración de todo el que pueda. Como reza el nombre del blog, se centran más en la Cordillera Cantábrica, pero sirven vivencias de cualquier punto de España. ¿Algún gatazo soriano? Si tienes la suerte de que la joya te regale un momento, puedes ayudarles. La conservación es tarea de todos.