Kilimanjaro (II): Libertad, en lo más alto

Día 2, Machame camp-Shira camp: el mundo cambiante

Nos habíamos quedado en el campamento Machame, a 2.850 metros de altura, con un desayuno potente sobre la manta de picnic, buen reconstituyente tras una noche húmeda y fresca. Nos esperaban apenas 9 kilómetros hasta Shira camp, segundo dormitorio del viaje. Bastante más duros, con casi mil metros de desnivel a superar. Pero como siempre iremos ‘pole pole’, despacito, que a partir de hoy el mal de altura puede aparecer en cualquier momento.

Atasco y descanso entre los brezos gigantes
Atasco y descanso entre los brezos gigantes

Serán unas 6 horas de caminata, pero el trámite no se te hace tan largo como sospecharías, con tanto tiempo libre. Amanece en torno a las 6.30 horas, a las 19.00 el sol es historia lejana y no echamos a andar hasta las 8.00 y pico, así que cada día cunde la mitad. Todos los días hay té con palomitas para recibir al ‘mzungu’, al blanco. ¿Herencia británica…? Y muy poco después la cena, siempre apabullante en cantidad y calidad. Tanto que al segundo día ya le digo a Peter, el cocinero, que por mí prescinda de las palomitas… Entre eso, anotar las vivencias de la ruta y leer un poco, la jornada se te pasa en un suspiro.

Esta primera mañana en las faldas del Kilimanjaro es como bucear por un mar de bruma. Da la impresión de que hoy estaremos a todas horas sumergidos en agua de esta forma tan peculiar. El campo Machame es la frontera exacta de la selva. Desde aquí para arriba nos metemos en un sombrío monte de brezos gigantes, más altos que cualquiera de nosotros, a veces en forma de árbol. La humedad es absoluta.

‘Kilimanjaro song’

Hoy es la etapa más concurrida de todas, no sé si en número de montañeros pero sí al menos en apariencia. Ayuda a esa sensación el hecho de que el camino delimitado y ‘oficializado’ con estacas ya no está más, ahora es una senda rocosa, mucho más estrecha y a ratos empinadísima y deslizante. Así que, dependiendo de la velocidad a la que vayamos los ‘guiris’, se forman pequeños atascos.

En unos pasos algo dificultosos el campamento queda muy abajo. El toque exótico extra, y hasta ‘colonial’, lo da una canción que resuena por todo el valle, y que entonan desde más abajo los porteadores de una expedición más numerosa. Un coro inconfundiblemente africano y de ritmo machacón, que dice así, al principio:

– Jambo, jambo bwana! Habari gani?, mzuri sana! Wageni mwakaribishwa! Kilimanjaro, hakuna matata…

Y luego sigue más, con mucho hincapié en ese “hakuna matata” que todos conocemos desde ‘El Rey León’. Sin tener ni idea de suajili, hay palabras que te suenan también de las películas de exploradores (“bwana”). Sinai me lo traduce, aclara que es la ‘Kilimanjaro song’. Esa parte inicial sería algo así como: “¡Hola, hola señor! ¿Cómo estás?, ¡muy bien! ¡Bienvenidos, visitantes! Kilimanjaro, no hay problema…”.

Dendrosenecios gigantes
Dendrosenecios gigantes

Y luego habla de que hay que ir despacio y beber mucha agua… En fin, un conjunto entre entrañable y terrible de tópicos y palabras básicas para los turistas como yo. De vez en cuando, Sinai me enseña algunas otras, las más obvias, y me pide que se las diga en español.

A escasa velocidad vamos ganando metros, entre frío vapor de agua y un firme de roca muy resbaladiza. Nos paramos mucho, y charlamos con otros grupos con los que ya hemos coincidido el primer día. Uno de daneses jovencísimos que están estudiando inglés en la capital tanzana Dar es Salaam, otro de alemanes. Como siempre pasa en la montaña, somos automáticamente grandes amigos; los líderes de los países en guerra deberían marchar juntos de excursión. Más arriba crecen especies vegetales extraordinarias, como los extraños dendrosenecios gigantes (véase la foto), y terminan disminuyendo los brezos y apareciendo otras plantas como las lobelias, que parecen piñas tropicales plantadas en el erial.

Mediado el sector matinal, súbitamente el sol sopla a su manera sobre la cortina de nubes, la descorre y vemos la montaña gigante que pretendemos coronar. Todo entre un “oooh” generalizado de los variopintos expedicionarios, como cuando hay fuegos artificiales. Parece muy cerca, pero no lo está. Tras un collado de vistas sublimes, ya con menos pendiente, atravesamos una parte de roca ya claramente volcánica y vegetación cada vez más baja y leñosa. Emergidos ya del mar de nubes, el paisaje de todo el macizo es fascinante. No tan lejos, destacando sobre ese mismo océano blanco, destaca un islote inmenso hacia el oeste: es el monte Meru (4.566 metros), tercero de Tanzania.

Una pequeña  bajada nos deposita en el Shira camp (3.766 metros), donde ‘the team’ ya ha instalado nuestras casitas de lona. Por cierto que hoy descansamos unos 40 metros por encima del Teide, así que personalmente estoy más alto que nunca antes. Durante un par de jornadas más seguiré ampliando esta simbólica marca personal.

Día 3, Shira camp-Arrow Glacier camp: aparece ‘el mal’

Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás
Subiendo hacia Lava Tower (la roca grande de fondo) y el Uhuru Peak, más atrás

La noche en Shira es seca pero fría: el ventarrón no deja de pegar ni un minuto, moviendo la tienda como una vela de barco. Aun así, duermo relativamente bien. Del mal de altura no tengo noticias. ¡Mejor! Ayer por la tarde subimos a un pequeño resalte del terreno (nada, ni 100 metros más de altitud), para aclimatar un poco el cuerpo y dormir tras restar de nuevo esa misma altura: algo habrá contribuido.

La hoja de ruta de hoy indica 8 kilómetros y otros mil y poquito metros más de desnivel positivo. La verdad es que la tercera jornada empieza y termina siendo desagradable para el organismo, maravillosos paisajes al margen. Al principio la ventisca es verdaderamente heladora, choca un poco porque no hay ni rastro de nieve y porque las vistas son más bien propias de un desierto pedregoso, o de un asteroide. Nos rodean rojizas y plúmbeas rocas de todos los tamaños y regueros solidificados de lava, que no disimulan que una vez fueron vomitados por el cráter al que nos dirigimos. Desde hoy, la vida vegetal se limita a meros matojos. Ascendemos a paso cansino, por un sendero apenas marcado y de moderada pendiente, más regular que la de ayer.

La ‘meta volante’ es un picacho inconfundible, el Lava Tower, a unos 4.600 metros de altura. Es punto de referencia, y para nosotros desvío, porque la mayoría de los otros visitantes -hoy todos- bajarán ahora al Barranco camp, más al este, para emprender alguna de las subidas más asequibles, por ejemplo siguiendo la ruta Machame tal cual. Nosotros en cambio viramos al oeste, emprendiendo un tramo que mira mucho más al cielo, para aproximarnos al llamado Arrow Glacier camp. Es éste una nueva explanada donde acampar al pie de la Western Breach, esa ladera radical que nos separa del cráter y prácticamente de la cumbre, y que será trabajo de mañana. Vamos muy, muy despacio. A veces me desespero, pero tengo que aceptar que es y ha de ser así.

A diferencia de ayer mismo, cuando conté no menos de 50 tiendas en Shira camp, hoy en Arrow (4.870 metros) solo hay tres: las nuestras. La única vida animal que se aprecia por el entorno son los enormes cuervos píos africanos, de espalda blanca. Están en todos los campamentos, tratando de conseguir comida, y si no fuera porque esperan algo de nosotros tampoco pasarían por aquí. Por otra parte, cuando me encuentro dando una mínima vuelta en torno al desolado campamento, aparece de pronto el particular ‘hombre del mazo’ de estos viajes. Empiezo a sentirme mal: un poco de dolor de cabeza, algunas náuseas, debilidad repentina… Pequeños contratiempos que, sumados, me dejan tocado. Es mal de altura, pero agudo no. Lo asumible.

Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach
Arrow Glacier camp, al pie de la Western Breach

Negociación en las alturas

Poco antes de la cena tengo una reunión seria con Sinai. Lleva todo el día haciendo hincapié en que lo que nos espera mañana es difícil, “arriesgado”, “pones tu vida en riesgo” y tal, porque la Western Breach es una zona de desprendimientos. Es cierto que en 2006 hubo tres montañeros muertos por ese motivo, y que llegó a estar prohibida por un tiempo; pero también es verdad que muertos hay todos los años en los Pirineos, y nadie deja de ir. Ya me ha advertido mi mentora Marga de que en general ningún nativo quiere subir por ahí. Debido al esfuerzo, más que por el peligro.

La cosa es que, según el plan, mañana escalaremos la ladera fatídica (poco más de 2 kilómetros, pero muy escarpados) y dormiremos en la zona del cráter, ya muy cerca de la cumbre, donde se prevé una noche estándar de no más de 20 grados bajo cero. Pero Sinai sostiene que, para que el resto del equipo suba por ahí y durmamos arriba, tengo que pagar ¡50 dólares extra por cada uno! Son seis, así que 300 dólares. Yo le respondo que ni en broma, que no me he inventado sobre la marcha el camino a seguir, que está todo contratado desde hace meses con la agencia. Pero él no parece entenderlo, o no quiere.

Finalmente llegamos a un acuerdo, que en realidad se traduce en recortar la expedición en un día entero. El guía y yo seremos los únicos que subiremos a la cumbre, y los demás rodearán la montaña para esperarnos más al este y más abajo, en el llamado Millennium camp (3.950 metros). No tendré que abonar ningún extra, pero me pierdo dormir en el cráter, uno de los lugares más mágicos que hay, como me adelantó Marga y como comprobaré. Sin embargo, también me ahorro una noche infernal de frío, y se la evito a los otros seis. Terminaré pensando que hice bien, porque la noche en Arrow Camp ya es toledana ‘clase alta’: frío muy intenso a pesar de ponerme encima todo lo que me he traído, viento que zarandea la lona, pesadez cerebral y moderadas ganas de vomitar que no se me pasan nunca. Apenas duermo, y al amanecer Sinai dice que él tampoco ha pegado ojo.

Western Breach arriba
Western Breach arriba

Día 4, pico Uhuru (5.895 metros): únicos por un rato

Hoy tocamos diana a las 5.30 horas, aún con las estrellas ahí encima. Hay que salir antes que otras veces, vamos a caminar de sol a sol. Sobre todo porque madrugar es una de las reglas de oro de la Western Breach: tratar de subirla cuando el hielo que se asoma a sus cortados está en su momento más compacto y sujeta las piedras, como perfecto pegamento natural. Cuando lo caliente el astro rey se ablandará y aumentará el riesgo de desprendimiento.

Echando un vistazo desde abajo, la Western Breach no parece más que un canchal con muchísima pendiente, que termina en una zona de canal hasta el borde superior del risco último. No tiene tanto misterio. Para empezar, un senderito, con hitos ocasionales, serpentea entre la gravilla y/o los pedruscos. Y hoy sí que avanzamos condenadamente lentos. El mal de altura me ha desaparecido desde los primeros pasos, pero se nota muchísimo que no hay oxígeno. Cualquier sobreesfuerzo, como dar más de seis pasos seguidos, te agota como si te hubieras pegado un sprint de 150 metros a tope. Así que son cinco pasos lentos y parada; cinco pasos lentos y parada; así varias veces, hasta que nos sentamos un rato cada 6-8 minutos. Un avance tipo ‘Al filo de lo imposible’ en el Himalaya. Pole pole.

Sinai, mucho más cargado que yo (¿por qué y para qué, hoy?), parece llevarlo peor. También porta un oxidado y pesado pico a un costado de su vieja mochila rosa; asegura que posiblemente lo necesitemos, pero termina no siendo así, y tampoco veo dónde. Hay tramos, muy breves, donde tenemos que ayudarnos con las manos para ascender, pero sin apenas complicación técnica. Por las alturas, cerca de los riscos finales, estrechas e inmóviles cataratas de hielo embellecen el paisaje. Que solo de vez en cuando apreciamos en todo su esplendor, porque hay mucha nube. Y hace bastante frío.

Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, 'África casi entera'
Minisiesta de Sinai en Western Breach y, abajo, ‘África casi entera’

Y así se nos pasa la mañana, ahí integrados con la roca. Sufrimos un par de veces el típico efecto de creer que encima del escalón pétreo de turno está ya la explanada del cráter (situada a 5.790 metros), cuando lo que viene es… otro escalón. Y tardamos una eternidad en superar cada 25 metros extra de desnivel. Cerca del ansiado altiplano, escuchamos relativamente cerca un potente crepitar de rocas que se despeñan. Sinai queda unos segundos tensionado por el miedo: “Gracias a dios” es unos metros más para allá, reza. No sé si he sido demasiado inconsciente, pero no he sentido peligro en ningún momento. Seguramente porque no nos tocó la china, tal cual.

Luna y cohete

¡Por fin, la planicie del cráter! Casi 6 horas después de partir. La notamos con los pies y no con los ojos: la niebla es espesa y deja ver poco, pero de pronto el terreno es llano. Cuando el líquido en suspensión da una tregua, apreciamos uno de los lugares más bellos, especiales y espaciales que nunca he visto. Una planicie lunar, de polvo grisáceo, con largos ‘icebergs’ de hielo de varios metros de altura haciendo estrías: los restos de los glaciares, esas ‘nieves del Kilimanjaro’ que inspiraron a Hemingway y que, si todo sigue igual, se comerá el calentamiento global en muy próximas décadas. Aquí íbamos a dormir… Habría sido precioso asomarnos al borde de los cráteres concéntricos Reusch y Ash Pit, pero no hay tiempo.

Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo
Explanada del cráter y restos glaciares: como de otro mundo

A menos de 1 kilómetro de tregua, aguarda el esfuerzo postrero: los últimos 100 metros de desnivel, como una colinilla, y por primera vez pisando una fina capa de nieve. Tardamos más de una hora en completar el último arreón, porque de pronto caemos en la cuenta de que estamos reventados. Superado el resalte final, un terreno ondulado lleva primero a una precumbre con una cruz, y después a un simple cartel verde con letras amarillas: “Congratulations!”.

Nos informa el texto de que estamos en el Uhuru Peak, 5.895 metros. La traducción en suajili es “Libertad”, quizá por lo que cuesta conseguirla. Y porque, como en toda cumbre, te sientes despojado y dueño de todo a la vez. El sol, que lleva todo el día jugando al escondite, reaparece como para recompensar al sufrido fotógrafo: más impresionantes glaciares a la derecha de la cresta, la selenita explanada del cráter a la izquierda, África por todas partes. Un abrazo con el guía, fotos de rigor y una enorme satisfacción, porque además somos los dos únicos aquí arriba: por un momento, no hay nadie más alto que nosotros en todo el continente, salvo los voladores, claro.

Últimos metros hasta la cumbre
Últimos metros hasta la cumbre

Es ya tarde, empieza la bajada hacia Millennium camp. Polvorienta, empinada, eterna pese a sus 10 kilómetros, con los gemelos pidiendo tregua durante horas. Ésta por la que nostros bajamos es una de las rutas de ascenso más concurridas, pero eso es más temprano, y solo nos cruzamos con cuatro humanos en sentido contrario. Al borde de la puesta de sol, por fin nos reuniremos de vuelta con el pequeño universo de turistas, guías y porteadores. Echando la vista atrás, con el Kibo brillando mientras le pegan los últimos rayos de luz, nos parece mentira haber estado hace tan poco en la cabeza de tan incomparable animal inerte.

Arriba del todo
Arriba del todo

Kilimanjaro (I): plan y salida

El inglés George Mallory fue uno de los primeros en intentar escalar el Everest, allá por los años 20, y no se sabe aún si llegó o no a la cumbre, porque murió en acción. Según la leyenda, a él le hicieron también la pregunta de las preguntas: ¿por qué? Es lo mismo que muchos nos han preguntado y preguntarán a los que corremos o nos subimos a los cerros (“¿cuánto te pagan?”, se interesó mi abuelo cuando supo que me había apuntado a una maratón). Y la respuesta del británico es mítica (¿y real?), no explica nada pero lo dice todo: “Porque está ahí”. Es una razón irrebatible, guste o no. En mi caso, la respuesta de Mallory es literalmente la que me llevó el mes pasado a subir el Kilimanjaro, concretamente al cono volcánico principal (Uhuru Peak o Kibo), el famoso techo de África.

El Kili, desde el Shira camp (3.760 m.)
El Kili, desde el Shira camp (3.760 m.)

Cualquiera hace sus planes vitales, y entre los míos estaba otro: safari (fotográfico, claro) por los parques nacionales del norte de Tanzania. Los primeros tres tomos de la Enciclopedia Salvat de la Fauna se refieren a África, y sus dibujos en blanco y negro están pintarrajeados por mí hace más de tres décadas: perdura en sus páginas una huella ‘inmemorial’, porque apenas me acuerdo de haberlo perpetrado. Es decir, tenía que ir. Pero luego miras el mapa de la región y a la derecha del Serengeti, el Cráter del Ngorongoro y demás, próximo también a la frontera con Kenia, siempre figura un triangulito donde dice ‘Kilimanjaro’ y ‘5.895 m.’. Es que está ahí, tal cual. ¿Con qué valor no vas a aprovechar el viaje, con todos los picachos a los que te has encaramado?

Además, lo cierto es que, si estás acostumbrado a la montaña, de reto extremo tiene poco; de belleza y mito, todo. Uno se lo puede imaginar, solo echando un vistazo a su perfil de gigantesco perro tumbado. También cuando sabes que el ecuador dista apenas 330 kilómetros del gran volcán, lo que se traduce en un clima mucho más benigno del que correspondería a un monte de casi 6.000 metros que estuviera en Europa, por ejemplo. (En junio) no hace falta un equipo muy sofisticado, solo lo que te llevarías a Urbión un día de otoño para hacer noche al aire libre. Mis intuiciones eran ciertas, o al menos eso es lo que he vivido.

Y allí compruebas que el Kilimanjaro y su entorno, también parque nacional, es sobre todo una enorme industria turística. Ayuda o salva económicamente a muchos pobladores de la zona en decenas de kilómetros a la redonda. Si fueras por libre, sin contratar agencia, tendrías que pagar 50 dólares por persona y día, pero además esa libertad no la vas a encontrar. A partir de 4.000 metros de altura es necesario llevar guía oficial, aunque el camino esté perfectamente claro. Pero es que además el guía se lleva a sus colaboradores, que en mi caso fueron un cocinero y ¡cuatro! porteadores para cargar con la comida, las tiendas de campaña y demás. Un ‘mzungu’ (blanco) y seis locales… Me da bastante vergüenza, pero es lo que hay, y ellos lo prefieren así: eso significa más gente ocupada. Te tratan a cuerpo de rey, aunque no lo necesites.

Los porteadores, auténticas estrellas de todo esto
Los porteadores, auténticas estrellas de todo esto

Y hay gente, claro. Me dicen que en julio y agosto, coincidiendo con muchas de las vacaciones europeas, se junta considerablemente más que en junio. Una decena de rutas se suele usar para escalar el coloso, la mayor parte desde la vertiente sur. Aconsejado por Marga, una amiga de una amiga para la que el ‘Kili’ es su segunda casa, elijo la versión más dura para los caminantes, y a la vez más espectacular: la que usa la llamada Western Breach, en la que asciendes a la ‘precumbre’ del altiplano donde está el cráter del volcán por una ladera oeste dura y publicitada como peligrosísima. A mí no me lo parecerá tanto, pero ya lo veremos. Trato de darle así un poco de salsa a la subida, y evitar muchedumbres…

En total son solo unos 40 kilómetros de subida, y salvo en el tramo de la Western Breach relativamente llevaderos. Íbamos a tardar cinco días y medio en subir y bajar; las circunstancias nos harán completar recorrido en cuatro y medio. Es mucho tiempo para tan poca distancia, pero el lema-estandarte de todo el personal que trabaja allí se aprende rápido: “Pole pole”, es decir “despacito”. Técnica no hace falta para ninguna de las variadas formas de hacer cumbre, quitando un pedacito de la Western Breach. Pero se precisa de mucha paciencia. Porque el gran enemigo no es el recorrido, sino el llamado ‘mal de altura’, que puede afectar (o no) a cualquier persona por encima de los 3.000 metros de altitud.

Se debe a la progresiva falta de oxígeno: en la cima, por ejemplo, hay casi la mitad que al nivel del mar… Y para acostumbrar al organismo la clave es no apresurarse, da igual lo en forma que estés. Marga me ha contado de montañeros para los que los Alpes no tienen secretos que han reventado subiendo al Kili, precisamente por ir demasiado rápido. Y el ‘mal de altura’, que se traduce en dolor de cabeza, mareo, etc., puede ser mortal en sus casos más graves. Así que eso, ‘pole pole’.

Mi ruta: entrada por la línea naranja del oeste (Machame route), enlace con la amarilla en Shira huts, para seguir por ahí hacia Arrow Glacier Huts y ascenso al Uhuru por Western Breach. Descenso por Barafu y Millenium Huts (Mweka route). Mapa: www.backtoafricasafaris.com
Mi ruta: entrada por la línea naranja del oeste (Machame route), enlace con la amarilla en Shira huts, para seguir por ahí hacia Arrow Glacier Huts y ascenso al Uhuru por Western Breach. Descenso por Barafu y Millenium Huts (Mweka route). Mapa: www.backtoafricasafaris.com

En definitiva, si nos fijamos en el mapa, nosotros entraremos por la puerta suroeste del parque (‘Machame gate’) y saldremos por otra del sur, más hacia el este (‘Mweka gate’). Éste es el trazado previsto: Machame gate (1.640 m.)-Machame camp (2.850 m., primera noche)-Shira camp (3.766 m., segunda noche)-Arrow Glacier Camp (4.870 m., tercera noche)-Pico Uhuru (5.895 m.)-Millennium camp (3.950 m., cuarta noche)-Mweka gate (1.830 m.).

Día 1, Machame gate-Machame camp: la selva

Menos de una hora de coche, usando una carretera asfaltada por entre las plantaciones de maíz y plátano, te va encarrilando desde la llanura de la ciudad de Moshi hasta la puerta Machame, donde decenas de personas que aspiran a portear aguardan una posible oportunidad. La vida no es fácil en Tanzania: todos hacen de todo. La agencia ya me ha asignado a mi propio equipo. Un par de horas, nos lleva poder echar a andar: mucho papeleo, pero sobre todo reparto de equipaje y prueba de báscula. Hay un hombre del personal del parque nacional con una báscula, para pesar los fardos con los que cargan los porteadores. Porque, según la ley, el máximo es de 20 kilos/persona. Pero ojo: ¡solo pesa los fardos, no los mochilones que también soportan!

Resulta escalofriante ver a estos hombres cargados como mulas, con el fardo sobre los hombros o en inverosímil equilibrio sobre la cabeza, caminando normalmente mucho más rápido que tú. Y todo por cuatro perras, porque las agencias acostumbran a darles entre nada y una miseria. Petición para el que lea esto y vaya: sé generoso con los porteadores, cobran más de la propina que tú les des que de la organización que teóricamente les contrata. O sea, en la práctica es más importante tu ‘regalo extra’ que el supuesto sueldo, y a veces éste ni existe.

Trámite: que nadie pase del fardo de 20 kilos (excluyendo mochilas...)
Trámite: que nadie pase del fardo de 20 kilos (excluyendo mochilas…)

Por fin, en marcha. Salvaremos unos 1.200 metros de desnivel hasta cerca de los 3.000 metros de altura, o sea hasta Machame camp. Eso está a 18 kilómetros de subida constante pero llevadera, atravesando una aparentemente intacta selva oscura, muy nubosa, que nos rodea: de los grandes árboles penden líquenes como misteriosas barbas, crecen a sus pies helechos gigantes y una pequeña flor rojiza, la Impatiens kilimanjari, pone una nota colorística muy exclusiva, pues solo se da aquí. Será fácil contemplar monos, como los cercopitecos azules. Y escuchamos más que vemos ruidosas aves en las copas, llamadas turacos.

El camino empieza siendo una pista de tierra muy amplia por la que cabe un coche, después se estrecha a sendero amplio y muy bien delimitado a base de ramas de árbol, que sirven también para crear escalones. En junio y hasta octubre, en la época seca, no hay problema; antes y después se puede poner impracticable por el barro.

Hay que tomárselo con calma. Sinai, mi guía, es el único de mi despliegue de personal que siempre va conmigo. Los demás siempre se adelantan, solo los veo al final de cada etapa. Charla animadamente en suajili con todo aquel guía o porteador que se encuentra, se nota que todos se conocen. El inglés también es oficial en Tanzania, pero lo usan solo con los ‘guiris’. Y como me vea acelerar un poco más de la cuenta y que tomo demasiados metros, levanta la voz:

– Cessss! Pole pole!

Fabulosa selva de la primera jornada
Fabulosa selva de la primera jornada

Él manda. También te ordena beber muy frecuentemente, es otra de las claves para esquivar el mal de altura. Pero te lo cuenta de un modo más solemne:

– Cessss, drink water! No water, no life.

 Visión nocturna

Varias decenas de tiendas de campañas se agolpan en el reducido claro del Machame camp, en medio de una niebla baja y muy húmeda. Todos los campamentos tienen la misma estructura: las tiendas se montan en torno a una casa de madera, donde habita y/o trabaja el guarda, el ‘ranger’, y donde Sinai y yo tenemos que inscribirnos cada día. Unas casetas de madera con letrina son toda la infraestructura colectiva. Y para cuando llego yo, tengo mi hogar ya montado por los ‘porters’, exquisitamente alegres y educados.

Los otros seis integrantes del equipo duermen apiñados en dos pequeñas tiendas, yo en una donde entraríamos tres personas. Les ofrezco que alguno se venga para que estén más holgados, pero no quieren. Me da la impresión de que tienen muy interiorizado eso de que soy el ‘señorito’ que paga y al que hay que facilitarle todo y no molestar. Se agradece, pero me abruma. Me sentiría más cómodo pareciéndome más a ellos. En realidad, ellos mismos marcan la frontera, no yo.

Tarde húmeda en Machame camp (2.850 metros)
Tarde húmeda en Machame camp (2.850 metros)

A las 19.00 horas es noche cerrada aquí en Tanzania. Y no amanece hasta las 6.30, así que a diario hay tiempo para escribir, leer y dormir mucho. También incluso pasear, con ese gusanillo en el estómago de no saber con qué te puedes encontrar por ahí, al aventurarte al siempre algo apartado baño. Aunque mi guía dice que no, según he leído ‘chui’, el leopardo, puebla estos bosques. Y aunque luego solo habite en mi mente, la sola posibilidad de que ande por ahí suelto traduce toda microexpedición nocturna en sobredosis de adrenalina. Las nubes se abren cuando se oculta el sol, el firmamento es indescriptible, la luna brillantísima y sus rayos reflejan lo que queda de los glaciares del Kibo, que se ve perfectamente pero solo a estas horas.

Ya dentro del saco, la noche sale fresca y húmeda, pero placentera. Por la mañana Peter, el cocinero, prepara un desayuno potente, ‘a la inglesa’, como parece que se lleva aquí (nota: estos días comeré mucho más y mejor que en mi vida cotidiana, algo impensable para mis parámetros montanos). Hoy espera una etapa más corta, apenas 8 kilómetros, donde el volcán lucirá en todo su esplendor y los árboles terminarán desapareciendo. Será como pasar de pantalla en un videojuego que nos tiene que llevar a la cumbre.

Pincha aquí para seguir la ruta.