Acueducto y rapaz para el frío amortiguado

Acueducto romano de Peña Cortada, versión 'puente'
Acueducto romano de Peña Cortada, versión ‘puente’

Para los que no gusten mucho de la nieve y las ventiscas, es agradable aprovechar los meses más fríos para visitar esos parajes que en verano resultan poco soportables. Nunca se puede acertar del todo ni con las previsiones económicas (ya se ha notado) ni con el tiempo. Pero en febrero es más fácil encontrar una temperatura llevadera para la caminata en Valencia que en Burgos…

Así que, ahí va una sugerencia levantina: la de excursionear para encontrarnos con una de las obras romanas menos conocidas de la Península Ibérica, el acueducto romano de Peña Cortada, tan poco promocionado –quizá por montuno- que parece increíble. De paso otearemos el cielo en busca del águila perdicera, una de nuestras rapaces más amenazadas, que prefiere también esas tierras de clima más benigno que las mesetarias.

Para conocer esta nueva demostración de ingeniería hidráulica de hace un par de milenios deberemos situarnos en la localidad valenciana de Chelva. Estaremos allí en las estribaciones de la Sierra de Javalambre, fundamentalmente turolense, que prolonga el tan soriano Sistema Ibérico hacia el sureste, hasta meterse en la Comunidad Valenciana por esta zona, ya muy cercana a la provincia de Castellón. Muy accidentada (comarca de Los Serranos, se llama) y más bien seca, pero ideal para una preciosa y campestre marcha. Las marcas blancas y amarillas del sendero PRV-92 nos ayudarán.

No hay pérdida: desde Chelva los carteles conducen a una pista de tierra que termina en explanada de aparcamiento. De ahí nace una senda, ya marcada, que serpentea entre los espacios pétreos y desemboca en la zona alta y más impresionante de la construcción de la antigüedad. Es la parte ‘puente’ de la obra, la más parecida a la típica imagen que tenemos del acueducto de Segovia. Tres enormes arcos de medio punto se sostienen sobre la misma roca, para unir dos orillas minerales separadas por casi 40 metros, y que se levantan otros 33 del fondo del barranco de la Cueva del Gato sobre el que se yergue. Y por encima, por donde marcamos nuestros pasos… es por donde iba el agua. Parece más vertiginoso desde fuera que a sus lomos, pues tiene un par de metros de anchura.

Acueducto romano de Peña Cortada, versión 'túnel'
Acueducto romano de Peña Cortada, versión ‘túnel’

El pariente escondido

Deleitémonos, porque el de Peña Cortada –así llamado por un gran tajo vertical en la propia roca- es uno de los cuatro acueductos romanos más importantes de España, junto con el citado de Segovia, el de Los Milagros (Mérida) y el de Les Ferreres (Tarragona). Pero sin duda estos restos valencianos son los más recónditos.

Este cachito monumental es solo una porción de lo que se ha conservado: si continuamos senda, nos toparemos con otro sector de varios túneles rocosos consecutivos, algunos destechados y otros no, en ocasiones con pintorescos ventanucos desde donde se aprecia el paisaje. Era también cauce artificial del líquido elemento. Se han encontrado huellas de su trazado a lo largo de 28 kilómetros, y se sabe su origen (las aguas del azud del río Tuéjar) pero no su destino: algunos entendidos hablaban de la costera Sagunto, otros el riego de los campos de Llíria. A saber.

‘Vía rambla’

Continuando el recorrido, que es circular, se retornaría a Chelva dando la vuelta por el cercano pueblo de Calles, con una estimación de unas 5 horas de marcha. El paisaje es fascinante en cualquier caso, y además encontraremos dos variantes a lo largo del recorrido. Una, la posibilidad de ascender a la pequeña cumbre del Torre Castro (611 metros), con restos de una atalaya ibérica, de excepcionales vistas.

La 'vía rambla', cuando el agua la complica
La ‘vía rambla’, cuando el agua la complica

Y también, si simplemente seguimos adelante, hallaremos una sugerencia en forma de cartel: retornar al punto de origen, el espacio aparcable cerca de Chelva, por un camino distinto, más salvaje que desandar lo andado, muy recomendable. Se trata de la variante o según algunos ‘vía Rambla’, que simplemente discurre por la llamada Rambla de Alcotas y pasa junto a la base de la parte ‘puente’ del acueducto. Pero ojo  con épocas muy húmedas, no es apta para cualquiera. A veces requiere de rudimentario ‘barranquismo’.

La pequeña garganta se estrecha mucho, y a ratos habrá que superar obstáculos con manos y pies –“escalando”- escarpes de hasta 3 metros de altura. La única vez que un servidor la transitó, junto a un amigo, su irregular arroyo llevaba bastante agua, y hubo que meterse hasta la cintura y treparse los pequeños resaltes conviviendo con las cascadas que formaba éste. Ideal y fascinante, si no hubiera estado anocheciendo. Mejor de día, claro. Se tarda hora y media… dependiendo de las condiciones.

Y los prismáticos, siempre al cuello

Quien tenga la fortuna de realizar esta ruta en próximas semanas debería estar atento a sus cielos. Dice la teoría que por estos pequeños cantiles nidifica al menos una pareja de águila perdicera, una de las más preciosas rapaces de la fauna ibérica, por estética y situación. Es un ave inolvidable, de vuelo rápido, de uñas larguísimas, proporcionalmente más potentes que la más grande y famosa águila real. Marrón por encima, blanca con finas y alargadas motas castañas por debajo, si la observamos volando sobre nuestras cabezas –o sea, lo normal- distinguiremos esa claridad inferior general, que contrasta mucho con que las alas son irregularmente oscuras.

Aunque es verdad que no he frecuentado mucho los lugares donde aún vive, yo no he sido capaz de distinguir una desde los años 90. Estaba posada sobre un árbol en Picos de Europa, allá en mi exilio voluntario y dorado en la aldea asturiana de San Esteban de Cuñaba. Oteando por el telescopio, desde un mirador sobre el valle, se la veía de lujo. No muchos años después, un par de ellas pasaron raudas junto a un cantil plagado de buitres leonados en el Parque de Monfragüe, Cáceres. Y ahí terminó todo mi contacto con ella.

Perdicera en vuelo coronado (FOTO: Borja Martín / www.bioarchivo.com)
Perdicera en vuelo coronado (FOTO: Borja Martín / www.bioarchivo.com)

Me consuela una frase que he leído en el monográfico sobre el último censo nacional de la especie en 2005, editado por la Sociedad Española de Ornitología (SEO): “Cuando se visita un territorio en plena época de celo (…) es relativamente fácil observarlas, pero fuera de este período existen numerosas parejas que son realmente invisibles”. Confío en que sea eso, que no he estado en el lugar preciso y en la época adecuada. Que no se deba ni a mi ‘ceguera’ ni a su desaparición. Porque ésta ha sido una de las más dramáticas de las fieras aladas españolas.

Adiós a las más norteñas

Distribuida inicialmente y sobre todo por las montañas de los países del Mediterráneo y Asia, datos asiáticos y africanos sobre la especie no hay muchos. Y en lo que a Europa se refiere, se calculan unas 950 parejas reproductoras para todo el continente, y el 80% de ellas (unas 750) son españolas. Para que, una vez más, sepamos lo que nos traemos entre manos. El caso es que hasta hace un par de décadas su área de distribución era mucho, mucho más amplia en Iberia misma. En algunas provincias de la zona más norteña ha caído a plomo, y por ejemplo en Soria habría desaparecido. Según los censos, en 1987  y 1990 se contabilizaron entre 2 y 3 parejas en la provincia. Desde el censo de 2000, el resultado es cero, aunque alguna pareja se podría colar desde provincias limítrofes.

Estribaciones valencianas de la Sierra de Javalambre
Estribaciones valencianas de la Sierra de Javalambre

Así que, hoy por hoy, salvo en las zonas circunmediterráneas y Extremadura, su presencia es entre anecdótica y nula. Y en las más pobladas, o baja o solo se mantiene, como las en torno a 45 parejas de la Comunidad Valenciana. Aunque en esta estadística puede influir mucho que los censos –cuando hay medios para hacerlos- cada vez son más precisos y rigurosos, y encuentran más ejemplares ‘complicados’ que antes, lo que deviene en un falso crecimiento de la población. El caso es que mientras otras aves amenazadísimas como el águila imperial van a mejor desde que están protegidas (siguen siendo escasísimas pero casi se han triplicado en 3 décadas), no parece que pase igual con la más misteriosa y amante del calor de nuestras grandes rapaces.

Ironías climáticas

¿Qué le habrá pasado al águila perdicera? Se habla de electrocuciones o choques contra tendidos eléctricos como algunas de sus principales razones de mortalidad: según un estudio valenciano, de las 46 halladas muertas allí en la franja temporal 1999-2006, 25 lo fueron por esa causa. Y 15 por acción humana (disparos, venenos, etcétera). En general, la merma de su alimento, de caza menor que come el Aquila fasciata (conejos, palomas… o perdices, evidentemente) puede haber influido en su declive. Así como la destrucción progresiva del entorno de los roquedos, grandes o pequeños, donde construye el nido, normalmente a baja altura sobre el nivel del mar. Pero todos esos factores deberían haber incidido igual sobre otras rapaces. ¿Por qué le habrá ido peor a ella?

Mirada de águila (FOTO: www.ree.es)
Mirada de águila (FOTO: www.ree.es)

La clave para su particular ‘reconquista’ (en el sentido opuesto a la medieval, o sea de sur y este a centro y norte) está en la reintroducción, o en que los jóvenes que se dispersan colonicen los viejos territorios perdidos. Al menos los que sean viables, que en muchos ya no encontrarán la imprescindible tranquilidad de antaño. Pero atención, un nuevo factor puede favorecerle, inopinada e irónicamente: el calentamiento global. Si funcionan las previsiones, puede venirles bien a especies poco amantes del frío como ésta. Y quizá se atrevieran con territorios vedados ahora mismo por las bajas temperaturas.

Pero por ahora, todo eso no son más que proyecciones teóricas a muchos años vista: el calorcito está en climas suaves como el de Levante, y es allí donde la perdicera nos puede deleitar con una rápida pasada. Esperemos que no se haga de rogar.

¿Un plan invernal?, Fuerteventura

El mejor trabajo que me han insinuado en mi vida me iba a haber llevado a Lanzarote y Fuerteventura. Un amigo bien relacionado me llamó para escribir una guía de rutas de senderismo ornitológico por las dos islas Canarias más orientales, lo que evidentemente implicaba irme a vivir allí. Iban a ser unos meses de botas y prismáticos a tope, mandé el proyecto y todo mientras me frotaba las manos. Pero, como al final de Cien años de soledad, vino un viento y se lo llevó todo. La crisis.

Lo que no se llevó fueron mis ganas de pasarme por allí. Lanzarote (la más al este de las siete) ya la conocía, Fuerteventura no. Y sabía que iba a impactarme, porque no hay una solo isla canaria que no lo haga. Me la habían descrito como un desierto rodeado de mar, lo que se traducía en inmensas y solitarias playas. En parte es así, pero hay mucho más.

Cima de la Caldera de Lobos; al fondo Fuerteventura, con las dunas de Corralejo
Cima de la Caldera de Lobos; al fondo Fuerteventura, con las dunas de Corralejo

Ahora que las nieves y hielos están por todas partes, me apetece recomendar Fuerteventura, porque una escapada allí nunca defrauda, aunque solo sea por el solecito, la temperatura agradable y el baño garantizado. Fui un enero, como siempre gélido en la Península. Y demasiado placentero allí, a menos de 100 kilómetros de las costas africanas.  Efectivamente hizo falta lo que siempre es necesario en esas latitudes: buena provisión de agua y crema solar, además de gorro. La sombra solo la produciremos nosotros mismos.

Solo fueron dos días y medio, como viajamos los mileuristas con demasiados planes y que a la vez seguimos dependiendo de nuestro trabajo. Como de costumbre intenté abarcar más de lo que se estira el tiempo, pero fue un gustazo. Y lo primero que hice tras aterrizar en Puerto del Rosario es alquilar coche y tirar derecho al noreste, a Corralejo. Ahí confluyen dos parajes insólitos, separados por poco más de un par de kilómetros de azul en el mapa: las mayores dunas del archipiélago y el islote de Lobos, casi perfectamente virgen. Formaban el mismo parque natural, entre 1982 y 1994, y ahora siguen protegidos pero por separado. Como marca el mar.

Corralejo, paraíso dunar... ¿o lunar...?
Corralejo, paraíso dunar… ¿o lunar…?

La Luna en Tierra

En aquel viaje tenía las horas contadas. Y también la intención de acercarme al extremo majorero opuesto, a península Jandía, de la que ya contaré algo alguna otra vez. Así que poco me pude detener en ese inmenso arenal de las Dunas de Corralejo, situado técnicamente en el municipio de La Oliva. Son 8 kilómetros en línea de desierto paralelo al Atlántico, casi 2.700 hectáreas. Sus playas, ideales para el windsurf y sus variantes. Y hacia el interior, colinas eternas formadas por restos de moluscos literalmente hechos polvo.

La experiencia de patear por este material milenario en movimiento no tiene precio. Solo que no se puede uno salir mucho de los caminos ahora en invierno-primavera, cuando muchas aves están criando. Y se ha de tener siempre mucho cuidado con la exclusivísima vegetación adaptada a la arena y la sal. Si se penetra en este paraje al anochecer, o plenamente iluminados por los rayos de la Luna, la impresión es de no estar en nuestro planeta, sino precisamente en el blanco satélite. O en cualquier película de caravanas de dromedarios.

‘Delicatessen’ insular

Sí que dediqué más tiempo a Isla de Lobos, casi un día entero, y estuve lejos de arrepentirme: el que pueda, que vaya ya. Es un resalte en el estrecho de la Bocaina, brazo de Atlántico de 15 kilómetros que separa Fuerteventura de Lanzarote. El islote lobuno apenas dista unos 3 kilómetros de la espigada Fuerteventura, y unen ambas ínsulas varios ferris diarios de ida y vuelta, menos frecuentes en invierno y entre semana. Hay algunos fenómenos humanos que lo alcanzan nadando desde Corralejo. Si no somos Tarzán, escojamos el barco. Así llegaron hasta allí los romanos, como ha sido demostrado recientemente: abrieron un asentamiento para fabricar tinte púrpura a base de moluscos, cotizadísimo.

El Puertito: mirarlo es bañarse
El Puertito: mirarlo es bañarse

No se puede pernoctar en Lobos, salvo permiso previo del Cabildo insular y en un área delimitada para acampar. Al llegar nos toparemos con un pequeño muelle, donde nos saludará el busto verde de una señora de semblante serio y grandes gafas: es Josefina Pla, nacida allí en 1903, y que con los años sería un referente en la literatura paraguaya. Y muy cerca está El Puertito, mínima aldea de pescadores situada en una ensenada natural de aguas idílicas, sede del único restaurante. No hay nada más en las 470 hectáreas de isla, salvo un faro. O bueno, todo lo posible: nos moveremos a golpe de maravilla.

Para hacernos una idea, el perímetro isleño es de 13,5 kilómetros. Una red de senderos recorre buena mayor parte de los parajes de Lobos. Especialmente uno de punta a punta, hasta el faro de Martiño, en el extremo opuesto, mirando para Lanzarote. Son unos 10 kilómetros ida y vuelta, cruzando todo el ‘malpaís’ (una de mis palabras favoritas, que solo he escuchado en Canarias), o campo de pedruscos volcánicos erosionados. Visitaremos de paso la preciosa playita de La Concha, casi al salir, o el paraje marismeño de Las Lagunitas, buen observatorio de aves acuáticas.

Pero lo mejor de todo es el ascenso a la Caldera, claramente un volcán, techo del islote con 127 metros. Supone una hora tranquila en un desvío a mano izquierda, perfectamente marcado desde el camino principal hacia el faro. La panorámica desde la cima es difícilmente igualable, tanto de Fuerteventura (y ese nítido ‘espacio en blanco’ de las dunas de Corralejo) como de Lanzarote. Y apreciaremos de un vistazo tanto el interior como los límites de la deshabitada isleta, formado este último por pequeñas bahías y calas, a menudo inaccesibles.

¿Lobos… en Canarias?

Subida a la Caldera de Lobos, por todo el 'malpaís'
Subida a la Caldera de Lobos, por todo el ‘malpaís’

Tanto desde la Caldera como a pie de costa se advierte claramente que este mar es privilegiado, y se intuye que el gran ‘plus’ de estos enclaves se oculta a nuestros ojos. En estos fondos marinos laberínticos, llenos de cuevas y túneles, la fauna submarina es riquísima.

Y llegó la hora de empezar por el principio. ¿Por qué llamaron Lobos a esta isla? El Canis lupus, el popular carnívoro de los aullidos, nunca existió aquí. Pero la referencia es meridiana. Ocurre que quien pusiera este nombre no se refería a cánidos terrestres, sino a mamíferos oceánicos, a veces llamados ‘lobos de mar’. Concretamente, así denominaban los antiguos a la foca monje del Mediterráneo (Monachus monachus), que antaño pobló tanto el arco del ‘Mare nostrum’ como la costa atlántica noroeste de África. Y en Lobos, claro, tenía una de sus principales colonias.

‘Tenía’, otra vez ese maldito tiempo verbal. Sí, se extinguió. La extinguimos, en este caso y sobre todo porque los pescadores la consideraban competencia, aunque curiosamente las mejores poblaciones piscícolas se dan donde viven las focas. Pero ellos solo terminaron la escabechina, a principios del siglo XX. Desde mucho antes, los marineros cuyos barcos hacían escala en las ‘islas afortunadas’ con vistas a singladuras mucho mayores se aprovisionaban de carne y grasa de foca antes de emprender su incierto viaje. El apellido faunístico ‘monje’ se puede deber a cierto parecido de su pelaje con el tono de algunos hábitos, pero también a su gusto por las costas perdidas y rocosas, ‘desiertos’ poblacionales como aquellos que acogen muchos monasterios. El caso es que… las encontraron.

Su casa les espera

Foca monje o 'lobo marino' (Foto: Association Nature Initiative)
Foca monje o ‘lobo marino’ (Foto: Association Nature Initiative)

Ahora mismo, la foca monje mediterránea cuenta con una población mundial de unos 500 ejemplares, y se la considera uno de los 10 mamíferos más amenazados del mundo, además del pinnípedo que sufre mayor peligro. Esta superfamilia zoológica incluye lo que comúnmente llamamos focas, es decir las otarias (se les ven las pequeñas orejas y se manejan bastante bien en tierra), focas en sí como la nuestra (no se les ven y son más torpes fuera del agua) y la morsa. Hay dos zonas de cría en el Mediterráneo como tal (Grecia-Turquía y Marruecos-Argelia) y otras dos en el Atlántico (islas de Madeira y zona Sahara Occidental-Mauritania). Esta última es la más nutrida, con unos 300 animales, y va a más en los últimos años.

En España, después de la explosión inmobiliaria y costera de hace unas décadas, quedan pocos y anecdóticos rastros. En Canarias fueron abundantísimas pero desaparecieron, las últimas de Baleares sucumbieron en los 50 y de la Península en los 60, en la zona del Cabo de Gata (Almería). Algunas se dejan ver aún en las islas Chafarinas, territorialmente españolas pero pegadas a la costa de Marruecos, procedentes de la colonia argelino-marroquí. Ahí vivía el popular ‘Peluso’, un viejo individuo cuya vida peligraba por un aro metálico con el que se enganchó y que le comprimía el cuerpo. En una mediática operación fue capturado y liberado de su curioso yugo, pero se le perdió la pista en los 90. Y en 2008 se fotografió una foca monje en Calvià (Mallorca), medio siglo después de la última cita balear.

Éste es el triste resumen. En la Isla de Lobos solo queda su memoria en forma de topónimo. Pero el reto es que las ‘manadas’ retornen, para lo cual hay proyectos de reintroducción en marcha en varios puntos de Canarias como éste: protegidos, de fondos marinos idílicos y tranquilos, donde realmente solo faltan las focas. La idea es conseguir que con el tiempo haya continuidad entre las poblaciones de Cabo Blanco (Mauritania, extremo sur de su distribución) y Madeira (al norte de Canarias), aprovechando que la primera está registrando récords reproductivos. Es la guinda que le falta a este pequeño y desértico paraíso insular: que su verdadero dueño y razón nominal retorne a sus calas.

Isla de Lobos, desde Fuerteventura
Isla de Lobos, desde Fuerteventura