Urbasa: duendecillos codiciados, soldados cautivos

La sierra de Urbasa, en Navarra, es buen lugar para esconderse. El euskera, que se perdió hace decenios en buena parte de su cara sur, es muy descriptivo de lo natural, y aquí también: ‘Ur’(agua)+‘basa’ (bosque). El bosque húmedo. En sus faldas, centenares y centenares de hectáreas cubiertas de hayas, robles, quejigos y encinas; en su parte alta –que no cumbres, pues se trata más bien de una meseta de unos mil metros de altitud-, prados, monte y caliza, mucha caliza por todas partes. Que filtra el agua de lluvia y se agujerea en cuevas y simas. De vez en cuando, un socavón se abre como una escotilla entre la hojarasca, a los pies de un haya: es el corazón asaetado de Urbasa, todo un sótano pétreo.

Eulate, en el valle de Améscoa Alta: a la izquierda, 'Peñera' de Urbasa; al fondo, sierra de Lóquiz
Eulate, en el valle de Améscoa Alta: a la izquierda, ‘Peñera’ de Urbasa; al fondo, sierra de Lóquiz

En los límites navarros con Álava, esta sierra es el telón de fondo de la A-1 por la derecha, yendo de Madrid a Irún. En Olazagutia, en torno al nudo de comunicaciones de Alsasua, un abrupto puerto de montaña sube al altiplano, lo recorre y desciende por el otro lado. Antes del final de la bajada, sale una nueva carretera hacia la derecha, hacia el oeste, que bordea la ladera sur (paralela a la A-1, por tanto): estamos en el valle de las Améscoas, rincón tranquilo que invita a jornadas y jornadas de excursiones. Lo recorre el río Uyarra, en una llanada enmarcada por Urbasa al norte y la más picuda sierra de Lóquiz al sur.

Hasta esa zona conduje hace pocos días, al pueblecito de Eulate. Me esperaba mi amigo donostiarra David, cuyo padre es de allí mismo. Hace tiempo que teníamos una pateada pendiente por esos pagos. Vamos tarde para lo que me gustaría, ahora contaré por qué. Pero llevo un buen ‘sherpa’, que desde la infancia ha explorado esos rincones; si no se tiene tanta suerte, es mejor armarse con un buen mapa o GPS. Senderos marcados no abundan allí.

Las peñas que dominan Eulate por el norte (‘la Peñera’, lo llaman los autóctonos) son más imponentes que insuperables: en unos minutos de empinada subida por el robledal primero y el hayedo después, de pronto todo es planicie alta, hasta donde alcanza la vista. Y, sobre todo, hayas y hayas. Las nevadas han caído ya, pero han dejado pocos restos por ahora.

Bosque mágico de Urbasa: subiendo al altiplano
Bosque mágico de Urbasa: subiendo al altiplano

Aquí arriba de la Peñera (buen lugar para los parapentistas), por encima del valle, todo invita a andar, a correr o pedalear. Es el ‘Monte de las Limitaciones’, y ¡desde 1412, al menos! pertenece a los vecinos de las Améscoas, tras normativa confirmada por los Reyes de Navarra y que ha pervivido básicamente desde el medievo. Se nota, entre otras peculiaridades, en que solo los autóctonos pueden subir allí en coche, o que tienen una especie de ‘suerte de leña’, derecho a hierbas y pastos, etcétera. Una murallita de piedra delimita aún parte de esos territorios.

Para pintar el paisaje hace falta una atractiva paleta: gris para troncos y rocas, rojizo para las hojas caídas, verde para el musgo, varios tonos de blanco para las nubes y neveros, azul de cielo. Este entorno es una mezcla entre lo natural y lo disimuladamente moldeado por el hombre: hay estrechas vías asfaltadas o de tierra, bordas pastoriles, puestos para la escopeta. Se mueven por allí, en 4×4, los pastores de oveja latxa, y de esta zona son algunos de los quesos Idiazabal más premiados. Dos carneros nos obsequian con un sonoro e impresionante combate a testarazos. No lejos, los buitres leonados esperan posados en los árboles junto a las cabañas, pues al parecer ‘saben’ que cualquier baja en el nutrido rebaño significa comida automática.

Buitre leonado posado en árbol, siempre cerca de las cabañas de pastores...
Buitre leonado posado en árbol, siempre cerca de las cabañas de pastores…

Dice David que, cuando hace bueno, está todo lleno de bípedos. Pueden convivir con los pastores gentes dedicadas a otros oficios, como cazadores y sus perros, mirando a tierra y aire; turistas y lugareños, de senderismo; buscadores de setas, en otoño; y madereros, ahora mismo.

Los troncos apilados, de diámetro brillante, alertan de su presencia. Su maquinaria convierte en lodazales algunos caminos, y su actividad transforma en desigual un bosque que desde lejos parecería uniforme: en algunas partes solo perviven hayas jóvenes y estrechas, como si les hubieran arrancado a sus mayores cuando más necesitaban sus consejos. Da el aspecto del cabello que ha pasado por ese mal peluquero que deja ‘escalones’ capilares.

El rey de la siesta

Las mejores hayas terminan muchas veces en el aserradero. Y es un problema para los duendes grises del bosque. Sí, a veces parece vacío y silencioso, en pleno diciembre. Pero sabemos que en alguna oquedad de algún árbol grande que resiste a la motosierra, o entre sus raíces, pervive aún el precioso lirón gris, conocido como ‘mitxarro’ en esta comarca. Este roedor de notable tamaño, y de aspecto simpático y bastante ardilloide, es un típico habitante de Urbasa, y en general de los buenos bosques de la franja norte peninsular –sistema Ibérico incluido-, así como de buena parte de Europa y Asia. Con menos árboles de porte, lo tiene cada vez más difícil.

Lirón gris, el 'mitxarro' de Urbasa (FOTO: www.online-utility.org)
Lirón gris, el ‘mitxarro’ de Urbasa (FOTO: www.online-utility.org)

Nunca he tenido la suerte de ver uno. Sí el famoso y más sureño lirón careto, de colores más llamativos y ‘antifaz’ en la mirada. Aquella vez se acercó él mismo, una noche, en busca de pipas que le colocaba estratégicamente un visitante de la sierra de Andújar. Fue un espectáculo, cualquiera de sus movimientos transmitía viveza, tanteo, velocidad presta para explotar. Me gustaría repetirlo con su otro pariente norteño: tiene pelaje plateado, por arriba, y blanquecino en las partes inferiores. Ojos oscuros y vivarachos, y  llamativa y muy poblada cola, tan larga como el cuerpo.

Aunque no se vean, sabemos que los tenemos cerca, pero ya es tarde. Octubre era la mejor época, dice David, cuando los duendecillos estaban preparando todo para el gran sueño. Porque mucha gente no ha visto un lirón –muy campestre, de costumbres crepusculares o nocturnas-, ni lo verá jamás; ni siquiera conoce qué aspecto tiene; pero sabe perfectamente, por la magia del lenguaje, lo mucho que duerme…

Efectivamente, desde noviembre e incluso hasta mayo, que se dice pronto, los lirones proceden a una de las más magníficas de las costumbres animales: capear el duro, gélido y largo invierno del bosque montano entrando en letargo. Aunque durante su estado ‘on’ se refugia más en grietas y agujeros de los grandes árboles, a menudo hiberna “enterrándose en la tierra”, como dice el padre de David, en galerías excavadas en el suelo y/o las raíces. Y rebaja sus constantes vitales a la mínima expresión, llegando a respirar hasta una sola vez cada tres minutos. Ahorro energético máximo.

El manjar de Améscoas

Nos acercamos al árbol donde mi guía vio al mitxarro una vez. A estas alturas, a saber dónde estará. Habrá que volver en otra época. En las proximidades existe otra haya monumental, tanto que Navarra la tiene catalogada como ‘Monumento Natural nº 33’: el ‘Haya de Limitaciones’, de más de 2,6 metros de diámetro y 32 metros de altura. Parece constar de varios ejemplares unidos, y presenta, según el catálogo, “oquedades con claros síntomas de albergar algún tipo de fauna en su interior”. Y algunas otras similares persisten también, pero son las menos.

Haya potencialmente perfecta para albergar un lirón, agujero inclusive
Haya potencialmente perfecta para albergar un lirón, agujero inclusive

Hace bien el curioso roedor en buscar un lugar discreto para cerrar los ojos y olvidarse de las penas hasta que suene el despertador biológico. Como me comentan por allí, en esta zona comer lirón es tradicional, y era considerado un manjar. Cuando el equilibrista arbóreo está activo, no deja de alimentarse de bellotas, avellanas, hayucos, castañas… precisamente para engordar y generar una reserva de ‘michelines’ para aguantar meses sin probar bocado durante toda la hibernación. Eso da a su carne un carácter “aceitoso”, dice el padre de David, que a muchos gusta. Y también es muy valorada su grasa para funciones tan diversas como tratar problemas articulares -¡en las castigadas manos de los pelotaris, por ejemplo!- o cuidar el cuero.

La costumbre de su captura se fue perdiendo, de hecho ahora está prohibida: Urbasa y su prolongación oriental, la sierra de Andía, son Parque Natural y Lugar de Interés Comunitario (LIC). Pero hay furtivos, se sabe de gente de estos pueblos que sigue degustando lirón ‘bajo manga’. Usaban y usan humo y ganchos especiales para sacar a la criatura de su guarida y matarla. Es la pirámide ecológica, dirán algunos. El superdepredador, es lo que tiene.

El mitxarro quedará para otra vez, le restan aún unos meses de asueto físico y mental. Seguimos ruta circular por el monte, haciendo sonar las hojas secas, las botas chapoteantes en los charcos al sol y crepitantes en los de las umbrías, plenamente congelados. Pero mi ‘monitor’ me tenía reservada una sorpresa, o yo no recordaba que formara parte del plan: hubo tiempos en los que no solo los pequeños mamíferos se ocultaban en Urbasa…

Cobijos o cementerios… para humanos

Unos minutos antes de volver a descender hacia Eulate, cerca de la más bella parte de la floresta de hoja caduca por la que pasaremos, otra haya luce raíces monumentales, como las garras de una gigantesca ave mitológica que señalase, allí posada, la entrada secreta al inframundo cavernícola.

Entrada a la 'Cueva de los Cristinos'
Entrada a la ‘Cueva de los Cristinos’

Es la ‘Cueva de los Cristinos’, que no de los cristianos, porque se refiere a los liberales o seguidores de María Cristina de Borbón, la reina regente de España en la Primera Guerra Carlista. Estamos hablando de la década de los 30 del siglo XIX: los ‘cristinos’ trataron de atacar al general carlista Tomás de Zumalacárregui (‘el lobo de las Améscoas’) en su propio terreno, y en este remoto paraje se ocultaron, ¿o fueron encarcelados?, ¿o acaso fusilados? ¿o acaso fueron los carlistas quienes allí se resguardaron de ellos?

Quién sabe. El caso es que las oquedades de madera quedan para el mitxarro, y éstas en el ‘karst’, para el humano que huye de uno u otro bando, o que fue encerrado allí. Sí, es un auténtico pozo relativamente ancho, al que se desciende por unos rudimentarios escalones. Abajo espera una auténtica maravilla geológica, y no hace falta más que un poco de precaución para no trastabillar y algo de luz artificial para visitarla. Una vez a nivel del suelo rupestre, nos dirigimos hacia la oscuridad profunda, agachamos la cabeza, traspasamos una portezuela abierta y entramos en una increíble y amplia sala natural con un laguito transparente y clásicas formaciones provocadas por el goteo prehistórico de agua con caliza disuelta en su seno. Que va solidificando para ningunear a los artistas ‘sapiens’…

'Cueva de los Cristinos': sala de las maravillas, con poca luz
‘Cueva de los Cristinos’: sala de las maravillas, con poca luz

Si entramos por allí, juguemos a ver a qué se parece cada columna, cada estalactita y estalagmita. Es triste comprobar cómo los vándalos se han llevado algunas de cuajo. Pero si vamos a ser respetuosos, corramos: está abierta, es preciosa. Algún día, quizá con razón, la cerrarán. Ya no podremos ir libremente a refugiarnos del mundanal ruido, a desaparecer en las tinieblas por un rato. Emulando la tranquilidad de los duendes grises.

‘Guadalquivir’, botas y prismáticos desde la butaca

Presume Joaquín Gutiérrez Acha, director de Guadalquivir. El gran viaje de un superviviente, de haber creado el primer largometraje documental sobre naturaleza española que se estrena en el cine. Ya de por sí supone un hito, aunque parta de 18 exiguas copias para todo el país, y de momento sus proyecciones se centren en un puñado de salas de Madrid, Barcelona… y Andalucía, claro. Ya veremos si comercialmente le va bien. Yo os puedo adelantar algo: debería.guadalquivircartel

Se estrenó el viernes, día 13 de diciembre. El domingo fui a verla, con las más altas expectativas derivadas del tráiler, y se cumplieron: sus 88 minutos me engancharon desde el principio hasta el final. Una hembra de zorro de la sierra de Cazorla, cuna del río andaluz de los ríos, sigue el camino del agua huyendo del hambre y de la competencia con los de su especie, en frenética carrera hacia ninguna parte. Ése es el fino hilo conductor, la excusa para mostrarnos muy buena parte de lo mejor de la fauna y los paisajes de Andalucía, que es lo mismo que decir de España o de Europa. En un despliegue continuo de imagen y lirismo textual que rara vez había visto antes. Desde el detalle de las libélulas y las flores hasta enormes tomas aéreas de paisajes inabarcables.

Poesía, también, o prosa poética. Porque mientras el pequeño cánido se mueve e interactúa con todo tipo de especies, o al menos cruza por sus territorios, la andalucísima voz de la cantaora Estrella Morente mece y complementa sus andanzas, poniéndole sonido humano a un texto bello y solemne. La letra es obra de Fernando López-Mirones, otro clásico de los documentales ibéricos. “Es un número uno en los guiones de naturaleza en España”, definía Gutiérrez Acha en una entrevista que le escuché el mismo viernes por la noche en el programa ‘De Película’ de ‘RNE’. Esta vez “se lo hemos pedido así”, más “poético”. Lo reclamaban el tema y el tono, y complementa espectacularmente unas imágenes que de todos modos, en pleno silencio, seguirían siendo cautivadoras.

Gutiérrez Acha y su equipo han empleado “casi dos años de intenso trabajo” para este osado largometraje. Más de dos décadas lleva haciendo documentales de naturaleza -“que es mi vida”- para compañías tan reputadas como ‘Canal +’ o ‘National Geographic’. Y ahora el autor del también precioso Las montañas del lobo, y toda su ristra de colaboradores y patrocinadores (produce José María Morales para ‘Wanda Visión’), se la han jugado en esta aventura incierta pero placentera en la gran pantalla. Incierta porque estas obras no dan el perfil de arrastrar masas. Placentera, porque se intuye lo que han disfrutado haciéndola. De momento, que les quiten lo bailao.

Cinco provincias, tres ecosistemas

Más de 650 kilómetros mide el río Guadalquivir, ‘El Río Grande’ en su nombre original en árabe. Es el quinto más largo de España, y recorre Andalucía de este a oeste cruzando sucesivamente las provincias de Jaén, Córdoba, Sevilla, Huelva y Cádiz. Cinco de las ocho de la región.

Y básicamente se luce a lo largo de tres grandes ecosistemas, que son en los que se fijan las cámaras: las inmensas extensiones de pinares de laricio y peñas de la agreste Sierra de Cazorla, donde nace y produce fenomenales saltos y cascadas; el olvidado encinar-alcornocal de Sierra Morena, ya con un Guadalquivir más calmado y embalsado; y el despliegue marismeño de Doñana, donde el líquido elemento se expande superando su teórico cauce e inundando la llanura en el punto de mayor biodiversidad de Europa. Finalmente, va a dar al Atlántico en un estuario amplio, con la urbanizadísima Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) en la orilla este, y las playas desiertas, dunas y pinares de pino piñonero del Parque Nacional de Doñana en la oeste. De un lado al otro es como un viaje en el tiempo de siglos.

El Guadalquivir, a su paso por Sevilla
El Guadalquivir, a su paso por Sevilla

Estos tres grandes espacios naturales y sus habitantes son los que muestra el documental. Poco aparece la figura del hombre, ya que no es la materia de estudio: mariscadores en los kilométricos arenales de Matalascañas, cazadores en Sierra Morena, y ya. Pero sí muestra la obra su hábitat, tres poblaciones de las muchas que baña el río: Montoro (Córdoba), la propia capital cordobesa y Sevilla, hasta donde en su día “llegaba el mar”, narra Morente, ya que era navegable desde la desembocadura hasta la ciudad de la Giralda.

Vagabundo ribereño

El zorro, sí, puebla los tres ecosistemas descritos en la obra. Aparte del curso fluvial, justifica Gutiérrez Acha, para darle otro empaque a la historia “necesitábamos otro personaje” que pudiera “invadir otros lugares más allá del río”, y este cánido de suave piel y mirada inteligente, el arquetipo de la astucia, fue el elegido. “El zorro es un superviviente, un vagabundo” capaz de esquivar la muerte comiendo “cualquier cosa”, y realmente “capaz de hacer un viaje así”. Evidentemente, o al menos para los acostumbrados a documentales de animales, no todas las escenas las asume el mismo ejemplar: algunos de los zorros filmados son salvajes, pero “había un zorrito” amaestrado “que hizo algunos planos especiales y se portó de maravilla”.

El zorro: cualquier paisaje, cualquier alimento, le son afines
El zorro: cualquier paisaje, cualquier alimento, le son afines

Elegido el pretexto, la cámara acompaña al cánido de amplias orejas a visitar a un ancho abanico de maravillas de muchas especies, y la mayoría evidentemente silvestres, con la carga de esperas eternas que conlleva obtener tan espléndidas escenas. Por ejemplo, en Cazorla, los excitados ciervos en plena berrea; la cabra montés, haciendo equilibrios imposibles en los riscos; las luchas fratricidas entre los mismos zorros por la carroña, pistoletazo de salida del viaje iniciático de la zorra; o el águila real y su vuelo que hace callar al bosque. Brutal, una escena ultra-ralentizada de un despegue de la ‘reina de las aves’.

En las dehesas y alcornocales, toman el relevo manchados y sigilosos carnívoros como el lince ibérico y la jineta, en pos de conejos y ratones; las bandadas de grullas en busca de las nutritivas bellotas; y la tenebrosa intromisión humana en forma de montería. En las llanuras intermedias, el despliegue multicolor de los abejarucos, que realizan sus nidos y se posan en un talud arenoso que a la vez es yacimiento de vasijas romanas; o el fascinante concierto de las orquídeas. En el propio río, anfibios cantarines, escasísimos salinetes (peces capaces de aguantar a la vez agua salada y dulce), cigüeñas negras dando de beber a sus retoños agua del protagonista… Y en la marisma… no dan las palabras. Zancudas de todo tipo, el águila imperial, las ‘pajareras’, la dualidad calma-relámpago del camaléon. De todo.

Compensa, seguro

He leído la crítica de algún experto del celuloide que, sin restarle mérito, no queda conforme del todo con ‘Guadalquivir’. Se alega, por ejemplo, que la guía zorruna es demasiado frágil, y que termina convertida en un mero surcador de parajes sin mucho más sentido que el de situar allí a las cámaras. Y que finalmente resulta un álbum de imágenes impactantes, un poco ‘naif’, sin ton ni son. No me parece para tanto. Hilar argumentalmente comportamientos de decenas de especies faunísticas no tiene que ser fácil. A mí el hilo me llevó bien, quizá porque soy muy fácil. Y aunque fuera malo, todo lo demás me compensó tanto que, quizá, no lo noté.

Playas atlánticas de Doñana: final de trayecto
Playas atlánticas de Doñana: final de trayecto

Es verdad que el marco de las estaciones del año que se intenta usar al principio parece un poco forzado, y que da la impresión en un primer y único visionado de que incluso hay algún extraño salto temporal. También pienso que eso son minucias.

Y el texto me pareció sobresaliente. Así como la elección de Estrella Morente como narradora, actividad en la que debuta. Por más que el Guadalquivir no pase por su Granada, la artista del cante rebosa Andalucía por los cuatro costados, y eso es, en esencia, este río. El director, aparte de ponerla por las nubes, cuenta que al principio trataba de ‘oficializar’ demasiado su acento espontáneo, de ‘mejorar’ su pronunciación. Pero con el tiempo se dio cuenta de que era un error, y “la dejamos ser ella”. Me encanta el resultado, y también el único momento en que se lanza a cantar, que se echaba de menos: lo hace con el breve, pero sentido, poema de uno que también pasó por tierras sorianas. Se llama Oh, Guadalquivir, lo escribió Antonio Machado, y en cuerdas vocales maestras suena así de bien.

En fin. Si quieren viajar y observar cómodamente instalados, más allá de su mayor o menor afición a bichos, plantas y horizontes, no duden en asomarse a estas orillas. ¿El curso cinematográfico de esta obra se fusionará con el Duero en Soria? Quién sabe, por ahora parece que no, y quizá la respuesta sea «nunca». Si puede, por si acaso, aproveche su visita a las grandes ciudades y entre al cine, no se arrepentirá.

Renacer de las cenizas

De jovenzuelo, delante de mi bloque de edificios había un hueco grande y rectangular. Fue así: un constructor se largó con el dinero, mucho antes de la burbuja inmobiliaria, y dejó varias pequeñas torres sin terminar. La de mis padres sí tenía la estructura completa, el esqueleto, y fue una de las primeras que concluyó y sacó a la venta otra empresa heredera del proyecto. Pero en el solar de al lado solo estaba ese agujero pensado para asentar unos cimientos; quedaba casi todo por hacer, y tardaron más en animarse.

El caso es que, a base de lluvias vascas y poca permeabilidad, en esa especie de gran cajón hundido se formó una modesta charca. No creo que pasara de cinco dedos de profundidad ni 10 metros de diámetro, pero era poco accesible, unos metros por debajo del nivel del caminante. Rápidamente le brotaron plantas acuáticas, y un día de aburrimiento que miraba por mi ventana noté movimiento: pequeñas y negras aves de pico rojigualdo nadaban sobre esa mínima superficie, dándole una alegría inesperada.

Eran gallinetas o pollas de agua, seres emplumados de lo más común y que me resultan muy simpáticos. Sus parientes poblaban el río, pero para llegar desde allí hay que atravesar todo el pueblo, sin escalas, y son de poco volar. Hacia el otro lado, mucho tráfico y montes, nada de humedales. Mi pregunta siempre fue, ¿de dónde habrán venido? ¿Quién les dio el aviso de que tenían aquí un ‘miniflat’a estrenar? Simplemente, ‘aparecieron’.

Dame una charca y te daré una gallineta (FOTO: www.online-utility.org)
Dame una charca y te daré una gallineta (FOTO: www.online-utility.org)

Hace pocos días que he refrescado esta historieta en mi memoria. Lo he hecho de la mano de una noticia que he leído: que la Fundación Global Nature, dedicada durante dos décadas a la restauración de humedales españoles, recibió el 20 de noviembre un premio de ecología de otra un poco más pudiente, la del BBVA. Y que uno de sus hitos, apuntaba la información, ha sido recuperar las lagunas de Villacañas (Toledo), sobre todo limpiarlas de basura, depurar sus aguas y plantar la vegetación autóctona que protegía sus orillas. Financiado todo ello por un proyecto LIFE de la UE.

La Naturaleza es agradecida, siempre. A poco que la vuelvas a poner sobre el carril del que la quitaste, tiende a circular a buen ritmo en poco tiempo. El complejo lagunar de Villacañas es un ejemplo: creadas las condiciones, se ha llenado él solito de acuáticas. No sabía ni que existían estos parajes, así que el martes me di un salto-relámpago por allí.

‘Zonas insalubres’

Hasta hace muy pocas décadas, las lagunas, marismas, ciénagas, pantanos, marjales y similares estaban considerados malos lugares. No solo inútiles, por imposibles de labrar, sino incluso peligrosos, porque el mosquito de la malaria, ya erradicada, podía proliferar en ellos. Más de la mitad de estos ecosistemas han sido arrasados en la España del siglo XX.

Y las que más han sufrido han sido las lagunas interiores, importantísimas para el descanso o la cría de las aves en mitad del secarral. Como las que forman, por ejemplo, la llamada ‘Mancha Húmeda’, Reserva de la Biosfera de la UNESCO desde 1981, a la vez que Lugar de Interés Comunitario (LIC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA). Fue un hervidero de vida coral, que salpicaba el mapa del centro peninsular en forma de múltiples manchas azules.

A esa difusa pero interconectada región líquida pertenece el sistema de Villacañas, por el que por cierto pasa la Cañada Real Soriana. Son tres lagunas principales (Larga, Peña Hueca y Tirez) y otras dos más pequeñas (La Redondilla y La Gramosa), para un conjunto de unas 380 hectáreas. Lo cierto es que solo la Larga es laguna como tal todo el año; las otras dos grandes permanecen secas buena parte de la temporada, desde la primavera tardía… hasta que llueva.

Cuidados al enfermo

Costra creciente de sal en la laguna de Peña Hueca
Costra creciente de sal en la laguna de Peña Hueca

Esa sequedad es lo que me encuentro en Tirez y Peña Hueca, por otra parte más saladas que el propio océano. Tirez, a 7 kilómetros de Villacañas, es una de las lagunas más hipersalinas de la Península. Fue convertida en una triste escombrera, trauma del que ya ha podido olvidarse. Pero ahora mismo, tras el verano, su aspecto es de una planicie grisácea y vacía. Cuando aún conserva humedad, crecen en su lecho plantas carnosas que recuerdan mucho a las de las dunas costeras. Y en su entorno las llamadas ‘acelgas saladas’, que expulsan el compuesto blanco por la hojas, formando artísticos cristalillos.

Peña Hueca, a 9 kilómetros del núcleo poblacional, presenta un aspecto más animado, porque conserva algo de líquido elemento. Pero son charcos a los que está venciendo la costra de sal, que se comercializó a toneladas hasta hace pocas décadas. Y el observatorio de aves de la Pagaza Piconegra sirve de bien poco ahora mismo, aparte de para elevarse sobre el brillante espacio blanquecino. En primer lugar porque las pagazas, escasas golondrinas de mar adaptadas al interior, se encuentran ahora mismo en África. Se escuchan grullas, y un par de ‘damas grises’ aterrizan lejos. Pero de movimiento, poco más.

Sé que la laguna Larga va a ser mi preferida. Allí sí abunda el líquido elemento, y tiene que estar la vida. Es mucho menos salada que las otras dos, pero la flora sigue vinculada a ese compuesto, omnipresente en la comarca. Con esas plantas adaptadas al entorno se ha trabajado en las márgenes: forman una escueta pero importantísima empalizada verde que impide, por ejemplo, que la gran charca se colmate, o sea que sea sepultada poco a poco por la tierra que arrastran las lluvias.

Visión parcial de la laguna Larga de Villacañas
Visión parcial de la laguna Larga de Villacañas

Todo tipo de tropelías, ha soportado la Larga, usada en su día como puro vertedero (de líquidos y sólidos) de la cercana localidad, contaminándola hasta cambiarle el color al agua. Ha sido humillada, hasta el punto de que llegaba a practicarse el motocross en su entorno, en carreras sobre vegetación de importancia planetaria… Todo eso se ha corregido poco a poco, depuración de aguas inclusive, y ahora luce limpia y entretenida. Vuelve a ser mucho de lo que fue.

La estrella rosada

Una pista de tierra bordea la parte de la laguna más pegada a Villacañas. Nada más aproximarnos al espejo acuático, multitud de seres nadadores saltan a la vista. Se trata de centenares de anátidas, ahora en diciembre representadas sobre todo por ánades reales y patos cuchara, estos últimos de pico enorme y con forma de gran cucharón invertido. Dice la teoría que integran este gran grupo invernante algunas malvasías cabeciblancas, de precioso pico azul claro, uno de los patos más amenazados. No las encuentro. Lo mejor es el nombre de la caseta de avistamiento de aves: ‘El Flamenco’, como una promesa. Dentro, asegura un panel que esa increíble especie frecuenta la zona sobre todo entre junio y octubre. Se ve que vamos un poco tarde.

Tres protagonistas, con Villacañas al fondo
Tres protagonistas, con Villacañas al fondo

Aunque la lámina de agua somera está lejos, porque hídricamente no es el mejor mes, echamos un vistazo desde allí, antes de seguir bordeando la charca. De pronto se mueve el bicherío, rompen a volar varias decenas de alas, con ese brioso batir que tienen los ánades. La respuesta está arriba: planea solemne el aguilucho lagunero, sinónimo de pavor. Pero no todos le tienen tanto respeto. En la orilla de enfrente destaca la inmovilidad de tonos rosas de un puñado de flamencos. ¡Están aquí!

Museo ambulante de peculiaridades

Aprovecho, porque nunca me cansaré de mirar a los flamencos, y tantas oportunidades no he tenido, será la quinta de mi vida. Todo en ellos es demasiado exagerado, casi caricaturesco. Tan pacíficos, tan tímidos, tan pausados, tan ornamentales. Todo patas -del grosor de una caña de carrizo- y cuello, hasta poner la cabeza cerca de metro y medio de altura. Un cuello que junto al pico forma una gigantesca ‘S’ radicalizada, a punto de ser casi un ‘9’.

Porque el pico es lo más extraño que se ha inventado: empieza normal, hacia delante, y en su segundo tramo dobla de pronto hacia abajo, casi en 90º. Se trata de uno de los instrumentos más fascinantes del mundo animal. A la hora de alimentarse, siempre en aguas poco profundas, el flamenco deja colgar la cabeza hasta el lecho enfangado, y el ave ‘rastrilla’ el terreno, mueve la cabeza de lado a lado, mientras toma y expulsa lodo de la boca, ayudado por una dura lengua carnosa que, por cierto, los romanos consideraban un manjar gastronómico.

En ese fango habitan los pequeños crustáceos y algas de los que se nutre, y que ‘criba’ en el momento expulsión del fango, mediante unas laminillas que tienen sus mandíbulas, las ‘lamelas’. Así separa, digamos, el grano de la paja. Y por cierto que el tono blanco rosado que presentan los adultos, incluso rojo carmín en las plumas cobertoras de las alas, se debe a pigmentos orgánicos que contienen sus alimentos y que pasan de engullido a devorador. Cuanto más rosa esté, más sano se le supone. ¡Fascinante!

En España, gracias a su protección, la zancuda va criando en más zonas de la mitad sur y la costa mediterránea, habitualmente con núcleo principal en la malagueña laguna de Fuente de Piedra. Se habla de varios miles de parejas reproductoras, más allá de que dependen espectacularmente de las condiciones meteorológicas de cada temporada y las molestias que sufran -que pueden ser gravísimas en una especie tan huidiza- para elegir un lugar u otro, y para que tengan mayor o menor éxito masivo.

Caminando sobre las aguas
Caminando sobre las aguas

El Ave Fénix.

Mi cabeza siempre situó al flamenco en las zonas húmedas integradas con el mar, como Doñana o el Delta del Ebro. Desperté una vez que viajaba en coche por La Mancha. No iba con mucho tiempo, pero me tuve que parar cuando vi una gran charca de aspecto artificial pegada a la carretera, y varias decenas de zancudas rosadas. Pues sí, no les importa hacer vida sin vistas a la costa. Si se dan las condiciones, ahí que recalan. En esta región, por ejemplo, se suele reproducir en la Laguna Salada de Pétrola (Albacete). ¿Y en Villacañas? Según el panel del observatorio, volvió a verse animales allí desde las inundaciones de 1997, y se cuentan hasta 300 ejemplares. Pero de momento no hay descendientes, aunque lo han llegado a intentar sin éxito.

Esperemos que la reconquista culmine, porque seguro que, hace siglos, los ancestros de los flamencos de hoy criaron en estos pagos. Al fin y al cabo, eso de llamarlo científicamente Phoenicopterus (‘alas rojas’), tiene su simbolismo. Es un guiño a los antiguos griegos, que vinculaban al flamenco con el ‘Ave Fénix’, esa criatura mitológica capaz de revivir tras entrar en combustión. A las bandadas de flamencos las veían volar al atardecer, con el sol arrancando destellos flamígeros de sus plumas carmesíes, como si ardiesen; y retornaban intactos, ¿renacidos?, al día siguiente. ‘Resurgían de sus propias cenizas’. Como las lagunas manchegas.

Adornando las marismas del Guadalquivir
Adornando las marismas del Guadalquivir