Que termine la guerra milenaria

«La vida se abre camino”, afirma solemnemente Ian Malcolm, científico de la película ‘Jurassic Park’. Muchos recordamos esa frase, más allá de la calidad y temática del filme. “Si la dejamos”, podríamos añadir. Malcolm se refiere a que los dinosaurios revividos y retenidos en aquella isla-parque temático, teóricamente todos hembras, se están reproduciendo y no saben el porqué. Sin llegar a semejante dilema, algo de común hay: el lobo, la especie más vapuleada, el enemigo número uno, ha vuelto a criar al sur de la sierra de Guadarrama, en la Comunidad de Madrid. Con los rascacielos de Plaza de Castilla de lejano fondo. La vida se abre camino.

Antes, en los 90, el Canis lupus recuperó la provincia de Segovia: llevaba unos lustros criando en la vertiente norte serrana, y lanzándose a secretas incursiones dentro de los límites madrileños. Hace un mes que el personal del gobierno de la región obtuvo mediante el fototrampeo –como con el oso de las colmenas zamoranas- la prueba oficial: diversas imágenes, fijas y en movimiento, de un grupo compuesto por una pareja ‘alfa’, un joven macho y tres cachorros del año. Confirman otras extraoficiales ya conseguidas en 2011 por los ecologistas de la asociación Sierra Carpetania.

Lobo 'fototrampeado' (Foto: FAPAS)
Lobo ‘fototrampeado’ (Foto: FAPAS)

¡Una manada se está formando! Inmejorable publicidad, además, para el recién nacido Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, a caballo entre Segovia y Madrid. En territorio madrileño no sucedía desde los años 40. Si nos portamos bien, es de esperar que crucen más. Según relató a ‘El País’ el gran experto en lobos Juan Carlos Blanco, autor del censo lobero de 1988, el 30% del territorio madrileño reúne condiciones para ser repoblado: poca gente –fines de semana al margen- y buenos bosques.

Y no es más que justicia, que alguien retorne al lugar que dominó y del que fue echado. Pero el camino ha sido tortuoso, y está muy lejos de concluir. Hay que sellar la paz.

Breve historia de una aversión

Existen animales más escasos, más caros de ver. No los hay más emocionantes. El lobo es otra cosa. La más completa representación europea de lo salvaje. Tan inteligente, tan adaptable, tan social y generoso con los suyos, que hubo un prehistórico día en que compitió con el hombre para dominar el mundo, al menos el hemisferio norte.

Valle del Lozoya, territorio reconquistado por el lobo.
Valle del Lozoya, territorio reconquistado por el lobo.

Eran los dos superdepredadores, los que luchaban por quedarse con la cúspide de la pirámide. Con el paso de los milenios, está claro quién la conquistó. Pero en la tradición quedó ese pavor irracional, esas exageraciones sobre quien desde siempre había sido el máximo rival. Y multitud de topónimos y frases hechas, muchas basadas en la ignorancia.

Porque el Homo sapiens volvió a faltar al honor de su propio apellido, y actuó como siempre ha hecho con sus propios congéneres del país o la tribu enemistada de al lado: señalarlos como culpables de todos sus males, habitual sostén argumental de las guerras. Y después, ganada por el hombre la batalla inmemorial, repitió asimismo lo que históricamente ha hecho con sus propios derrotados: no basta con imponerse, hay que eliminarlos de la faz de la tierra.

Se quedó el bípedo, además, con peculiares ‘rehenes’. Asimiló al lobo en forma de perro, a la larga diversificado en un inmenso abanico de variedades. Hace pocos meses, la revista ‘Nature’ publicó un estudio que demostraría que el perro (científicamente Canis lupus familiaris) se diferencia del lobo puro en parte por su mayor capacidad genética para asimilar féculas vegetales. De ahí arroja la hipótesis de que, en su día, los cánidos salvajes se acercaron a comer restos agrícolas del hombre, y terminaron domesticados. Usados, en suma paradoja, hasta para defender sus rebaños del ataque del modelo original.

Persecución y remontada

Ésa es la justificación que también esgrime el siempre contradictorio Homo: el enemigo ataca su carne, su almacén de proteína viva y mansa a la vez. Condensada en otras derivaciones domésticas de animales salvajes, como son ovejas, vacas o cabras. Meros productos de siglos y siglos de rudimentaria ingeniería genética, mediante la cual han perdido toda capacidad de autodefensa o huída, y dependen por entero del amo. Presa fácil, así, del rey de la naturaleza silvestre, despojado a menudo de presas naturales por el propio hombre, que le pone en bandeja nuevos y sencillos bocados.

El ganado doméstico, base del conflicto
El ganado doméstico, base del conflicto

Entre este delito -¡robarle al autoproclamado dueño del planeta!- y la mala fama, todo ha valido contra el lobo: balazos, cepos, venenos. Así desapareció de casi todos sus dominios en enormes regiones como Estados Unidos o Europa occidental. Después de lo narrado, lo extraño es que no se haya terminado del todo. La población ibérica de lobos, el Canis lupus signatus (“marcado”, por unas características marcas en las mejillas, además de marcas oscuras en las patas delanteras, la cola, y el lomo), quedó confinada en las montañas del noroeste, tocando fondo en los años 60 y 70, cuando no restaban sino unos pocos cientos de ejemplares.

En esto se cruzó Félix, como afortunadamente les pasó a otras muchas especies faunísticas en trance de adiós. Repicado por la pantalla única de la época, se atrevió convocar a los lobos usando aullidos, y lanzarles pedazos de carne a los supuestos demonios, que brincaban a su alrededor de puro júbilo. “Sí, son lobos”, confirmaba el divulgador. Evidentemente no salvajes, pero estaba dado el primer y más impactante paso, el del cambio en la conciencia: va a resultar que el diablo no lo es tanto.

El lobo pasó de alimaña a erradicar a especie a conservar: como pieza de caza al norte del Duero, lo que implica algunas normas; y estrictamente protegida al sur. Comenzó así el pago de daños al ganadero perjudicado, y caló poco a poco, en suma, esa realidad evidente pero tan olvidable: que nuestro mundo también le pertenece. Con el tiempo, como demuestra el celebrado retorno a Madrid, hay más lobos que antes. Lo que no significa que sean muchos. Juan Carlos Blanco estima la subespecie ibérica en unas 320 manadas (260 de ellas en territorio español), un mínimo de 2.000 ejemplares; pero el último censo serio y masivo es aquél suyo de 1988.

Hora de alimentarse (Foto: FAPAS)
Hora de alimentarse (Foto: FAPAS)

Galicia y el oeste de Castilla y León siguen siendo el eje central del lobo en España. A Soria, de donde fue exterminado entre los 50 y los 60, ha ido volviendo desde Burgos y La Rioja, y probablemente nunca se fue del todo; pero ha actuado tan discretamente que hasta el atropello de una hembra en Valdenarros, a principios de siglo, no fue evidente.

Fuera del núcleo duro, también cría el lobo en Asturias, Cantabria, Euskadi o La Rioja. Las antiguas poblaciones relícticas de Sierra Morena (Andalucía) y Sierra de San Pedro (Extremadura) no se salvaron, o poco queda de ellas. Hay noticias de lobo en Cataluña, aunque parece que se trata de individuos viajeros de la subespecie… ¡italiana!

Cara a cara con el mito

Y en el oeste continental, la zona lobera por excelencia es la Sierra de la Culebra, en Zamora, con una de las máximas densidades del continente. Paisajísticamente, nada que ver con el cercano Lago de Sanabria y sus montañas: se trata de una cadena modesta en altura (1.243 metros máximo, en Peña Mira), poco estética en algunas zonas, con laderas fundamentalmente de pinares de repoblación, robledales o comunidades de brezales y turberas. Pero faunísticamente, de lo máximo: grandes herbívoros en abundancia (ciervos, corzos, jabalíes) y, por encima de todo… lobos.

Sierra de La Culebra.
Sierra de La Culebra.

Ahí tiene su centro de operaciones mi amigo Javier Talegón, de Toro, el mismo pueblo zamorano de mis ancestros. A su manera, es lo más parecido a un superhéroe que me he encontrado: ha vivido y vive con coherencia, y no conozco mayor experto en su amado lobo ibérico; si los hay, cabrán todos en los dedos de una mano. Con él aprendí a que los carnívoros no se los encuentra uno pateando el monte: se los espera, ocultos.

El 95% de las veces que he visto al lobo ha sido guiado por Javier. La mejor fue en agosto de 2008, en un anónimo y secreto lugar. El imaginario colectivo sitúa al predador en lo más profundo del bosque, pero un animal que come de todo y es capaz de recorrer decenas de kilómetros el mismo día no necesita más que alimento, agua y habilidad para ocultarse de miradas indiscretas.

En esa ocasión, los ‘voyeurs’ tuvimos suerte, porque intentarlo no es sinónimo de conseguirlo, por mucho que te acompañe el mejor. Al atardecer, estratégicamente situados con telescopios tras un tupido arbusto, pudimos recreamos con una pareja de adultos de corto pelaje veraniego, flacos y cabezones como si los hubieran tirado a un barreño; y ¿sus? 4 cachorros del año, que jugueteaban en una hondonada. Con las ópticas precisas, un espectáculo. Para Javier, una observación más. Para mí, con el corazón a mil, la jornada de mayor éxtasis faunístico de mi vida.

¿El Yellowstone español?

Precisamente tiene Javier en La Culebra una empresa de ecoturismo, Llobu, desde donde no solo guía a los interesados en el avistamiento del gran cánido, sino que contextualiza a la especie en su biología, su ecosistema, y su problemática. Al lobo, para amarlo, también hay que entenderlo.

Espera lobera en La Culebra.
Espera lobera en La Culebra.

Y aquí puede estar la solución para la supervivencia del gran cánido. La Culebra empieza a ganar en popularidad como destino de los que buscan esas emociones. Llegan también del extranjero, en busca de algo que ellos ya no tienen. Se calcula que en 2012 los trofeos de caza del animal dejaron unos 36.000 euros en la comarca; pero solo entre el alojamiento y la manutención de los visitantes loberos que ocupan las casas rurales, la zona habría ganado unos 500.000. La balanza dicta sentencia.

Ése fue, en parte, el espíritu de Yellowstone (EEUU), el primer parque nacional del mundo: proteger el medio natural y, para financiarlo, ofrecer sus atractivos a los turistas. Siempre bajo control, eso sí, porque lo prioritario sigue siendo proteger. En ese rincón de Zamora, la clave está en que la población autóctona deje de percibir al lobo como un estorbo y se dé cuenta de que, como dice Javier, “vivo vale más que muerto”. El bolsillo tampoco viene mal para ayudar a cambiar una eternidad de infamias.

Sonarán cornetas en el cielo

Mi novia, como yo, le da mucho a la radio. La noche del domingo pasado, 6 de octubre, me comentó que había oído que se celebraba el Día Mundial de las Aves. Y yo, metido en otros asuntos, ni lo sabía. Lo he mirado después: sí, es una fiesta de concienciación de BirdLife Internacional, federación de ONGs pajareras de 120 países, entre ellas la Sociedad Española de Ornitología. Aquí ha habido más de medio millar de actos en 47 provincias, excursiones inclusive. También en Soria.

Ha sido una oportunidad perdida. Porque las aves han marcado mi vida. Sin ir más lejos porque mi primer gran amor, aparte de mis padres –mi hermana no existía aún-, fue una de ellas. ‘El Pipi’, un precioso canario verde y amarillo. Me lo regalaron cuando tenía un año. Dicen, no sé si fue así, que yo le puse el nombre: ‘Pipi’ era una pura onomatopeya, el comienzo de la agradable y repetida retahíla de trinos con la que nos regalaba los oídos varias veces al día.

Vivió siempre enjaulado, pero es que ya nació allí. Alguna vez nos dejamos abierta la portezuela de alambre que lo separaba de la libertad, y nunca se fue. Yo me quedaba prendado de cómo defendía todo lo que quedaba dentro de su pequeño mundo, como un verdadero león. Respondía con una ráfaga de picotazos a cualquier dedo que osase colarse entre los barrotes, lo veía ofensivo…

El primer gran susto que recuerdo en mi vida fue una tarde de viento huracanado. Se nos olvidó meterlo, ¡imperdonable!, y una inexplicable racha sacó su jaula de la alcayata que la sostenía a la pared del balcón. La empujó al vacío, ante mis horrorizados ojos, aunque otro instantáneo soplido en sentido contrario la devolvió dentro y la estampó contra el suelo de la terracita. Él, intacto. Murió con 13 años, lo que viene a ser un humano centenario, y lo enterré con la solemnidad y la inmensa pena de quien ha perdido a su amigo primigenio.

La sonoridad del verano

Para entonces ya tenía una mirada más amplia sobre las aves, que de la mano de ‘El Pipi’ me cautivaron. Devoraba libros y documentales de animales, y me fijaba en las silvestres, claro. Con eso de que vuelan, son los vertebrados más fáciles de admirar. Por ejemplo, en el pueblo, Toro (Zamora), seguía a las máquinas de cortar el viento que son los vencejos. Afilados, imparables. Dando interminables vueltas en círculo sobre la plaza, en grupos, emitiendo su corto y agudo chillido característico. El olfato es el sentido de la evocación, y yo que no lo tengo lo suplo con el sonido: cada vez que escucho un vencejo tengo 10 años, es agosto y estoy en la plaza mayor de Toro.

Bandada de vencejos, como cuchillos cortando el aire (Foto: www.online-utility.org).
Bandada de vencejos, como cuchillos cortando el aire (Foto: www.online-utility.org).

Me pasa en menor medida con los trinos y gorjeos de las golondrinas, que se posaban en la antena de televisión de casa de los abuelos y daban su recital desde allí. En el futuro una parienta suya, creo que la especie llamada golondrina cejiblanca, tuvo a bien anidar en la caja de la persiana de mi habitación, en mi época en Posadas (norte de Argentina). Nunca más la usé, yo prefería a los pájaros.

Vencejos y golondrinas, puro sabor a verano. Porque ya de pequeño me di cuenta de que, las veces –menos- que íbamos a Toro en Navidades, gélido en esos meses, ya no estaban. Ni, por aquel entonces, tampoco las cigüeñas. ¡Se esfumaron! Las migraciones, fascinante costumbre de algunas aves con más posibilidades que ‘El Pipi’. Pero, comido por servido: unas se van a África, otras llegan huyendo de las ventiscas del norte de Europa.

Escuadrones en ‘V’

Estén atentos a lo que pasa sobre sus cabezas: uno de los más fabulosos acontecimientos de la naturaleza está a punto de volver a suceder. Están al caer las grullas, semana arriba o semana abajo. Se supone que a partir de mediados de octubre, más en noviembre. Si nos despistamos, ellas mismas nos llamarán: lejanos trompeteos llevarán nuestra mirada hacia el cielo, surcado por las bandadas de estas espectaculares zancudas. Imponentes: 1,4 metros de altura máxima, 2 metros de envergadura alar. Habitualmente en formación de ‘V’, totalmente aerodinámica, en la que los miembros del equipo se relevan y protegen unos a otros del rozamiento, como los ciclistas en un ‘abanico’.

Grullas en la laguna de Gallocanta
Grullas en la laguna de Gallocanta

Y no son media docena: de hecho, sea porque los censos son más completos que antes o por lo que fuere, parece que cada vez vienen más. En el viaje de vuelta, ¡135.000! fueron contabilizadas en febrero de este 2013 en la laguna aragonesa de Gallocanta, tradicional zona de paso y, cada vez más, de invernada; dicen que las primeras ya están por allí. Es un movimiento colectivo colosal. Imagínense toda la población de Soria y otra mitad desplazándose miles de kilómetros dos veces al año, sin dejar a nadie en casa y con los hijos de la mano.

Las grullas viven y se reproducen en pantanos de Escandinavia, Rusia y Centroeuropa, básicamente. En octubre, antes de que la nieve, el frío y la oscuridad conviertan su hogar en todo lo contrario a ‘dulce’, se juntan a miles y empiezan a volar hacia el sur, en busca de un clima más asequible y alimento más fácil. Las de la población occidental (Noruega, Finlandia, parte de Suecia, Estonia, Alemania, Polonia) sobre todo van a parar al paraíso extremeño. Hay unos 3.000 kilómetros de distancia…

Grullas a pie, todo parsimonia, todo elegancia (Foto: www.online-utility.org).
Grullas a pie, todo parsimonia, todo elegancia (Foto: www.online-utility.org).

En su día criaban en Iberia, pero la última noticia data de 1954, en la desecada laguna de la Janda (Cádiz). Antes se extinguió de las marismas del Guadalquivir. ¿Eran demasiado tímidas para las incursiones humanas? ¿Y aquéllas, no migraban? Hoy, ¿no les saldría más rentable vivir en Doñana y no en Suecia? Ellas son quienes deberían dar explicaciones.

La aventura es extraordinaria. Se juntan en grupos que pueden variar entre unas docenas y unos cientos, y cruzan Europa en unos pocos días o semanas. Paran en zonas húmedas francesas -donde en los últimos años se van quedando cada vez más-, cruzan los Pirineos, habitualmente por el pasaje más bajo, más cerca del Cantábrico. Y de allí, previa escala en Gallocanta o el también aragonés embalse de la Sotonera, siguen fundamentalmente la tendencia suroeste.

La orquesta fantasma

Durante el viaje desembarcan a descansar, a veces a miles. A mediados de los 90, cuando estudiaba en Pamplona, una noche otoñal salí a correr por una carretera poco transitada que lleva a la vecina localidad de Noain, donde está el aeropuerto. Noté algo raro a mi alrededor, una especie de amago generalizado de inicio de concierto, como si la parte de viento de una orquesta sinfónica fantasma calentase para una función entre las sombras. Al día siguiente lo entendí: la foto de portada de ‘Diario de Navarra’, diurna, inmortalizaba desde un cerro la carretera que luego pisé yo, y los campos repletos de centenares de ‘damas grises’, que pasaron un par de días por allí.

La grulla, armonía pura (Foto: www.online-utility.org).
La grulla, armonía pura (Foto: www.online-utility.org).

Qué característico, es ese sonido de la grulla. Onomatopéyico también, como el nombre de mi canario: Grus grus, es el nombre científico de la grulla común. “¡Grrúu, grrúu!”, diríamos que suena, comunicando a sus individuos con una potencia descomunal, audible hasta a 5 kilómetros, muy útil, por ejemplo, en estas grandes odiseas. Su instrumento es una tráquea inmensa, tanto que le gana terreno al esternón y se convierte en toda una corneta de heraldo medieval.

Pasan por Soria, por supuesto. Algunas se detienen, por ejemplo en el Campo de Gómara y las lagunas en torno a Aldealafuente. Y cruzan muchas otras provincias, a veces en trayectorias ilógicas que en cambio van a morir fundamentalmente a las dehesas de Cáceres, Badajoz y, en menor medida, Córdoba, que concentran el grueso de la población occidental de la especie. Para mí, otro misterio. Las grullas orientales, que bajan por Hungría, terminan entre Egipto y Eritrea.

Invierno sosegado

Lo cierto es que, entre diciembre y enero, apenas se mueven. Pasan el día en las llanuras de árboles dispersos, comiendo, sobre todo vegetales –raíces, semillas, bellotas, aceitunas, tubérculos…-, pero también algún animalillo desprevenido, como caracoles, insectos y lo que se ponga a tiro. Al atardecer, vuelo corto de pocos kilómetros y a descansar en zonas más tranquilas, aunque sean llanuras peladas como la de Noain. Si pueden metidas en charcas, donde merced a sus zancos pueden dormir de pie, a salvo de muchos peligros.

Acercarse a cualquier dehesa extremeña en diciembre o enero es una delicia para cualquiera que lleve unos catalejos, o mejor un telescopio. Aunque sean muy huidizas, la óptica nos aproximará a esas damas estiradas, vestidas de gris claro, de andares pausados y elegantes. Nos acercará a la mancha blanca de las mejillas, sobre fondo negro, o ese penacho también oscuro que parecen lucir en la cola, que no son otras que las descomunales plumas de las alas, ahora plegadas, que sobresalen. El cogote es rojo pasión, pero no se trata de plumas: aunque no se note, ¡son calvas!, y ese color es producto de la circulación sanguínea; como cuando nos ruborizamos, pero a tope.

Típica formación en 'V' de las grullas en vuelo (Foto: www.online-utility.org).
Típica formación en ‘V’ de las grullas en vuelo (Foto: www.online-utility.org).

La vida se mueve en círculos

Entre las parejas, que son estables, advertiremos individuos más bajitos y menos llamativos, habitualmente uno máximo por dúo de adultos. Se trata de los jovenzuelos, nacidos en la última primavera. Con escasos meses de vida han superado la primera prueba de fuego, como demuestra su mera presencia: el incierto viaje desde sus lejanas tierras natales. Aprenderán el recorrido, lo codificarán y recordarán, como hicieron sus antepasados, como harán sus descendientes.

Y también el de vuelta: a finales de enero, pero sobre todo en febrero y principios de marzo, los escuadrones de damas grises nos abandonarán. Más de golpe de lo que vinieron en otoño, porque hay cierta prisa por volver a los humedales bálticos, ya más acogedores con el alargue de los días: hay que elegir territorio, construir el nido, poner un par de huevos, continuar el ciclo. Las dehesas aparecerán en parte tristes, en parte alegres con el primaveral retorno de los viajeros africanos. Pero que haya fe: pasado el verano, una tarde cualquiera, como una señal divina, sonarán cornetas en el cielo. 

(Dedicado a mi Txabalita)