Explorar nunca cansa

Las distancias del siglo XXI ya no se miden en kilómetros, sino en tiempo y en dinero. Nunca he tenido del segundo y cada vez tengo menos del primero, así que me da para recorrer pocos kilómetros. Por eso, hace unos meses, me dio la impresión de que no me quedaba nada que contar.

El domingo pasado por la tarde, de pronto, me reencontré conmigo. Porque en eso consistió la vivencia: en redescubrir una sensación olvidada hace muchos años, la del explorador ignorante, ingenuo y de bolsillo. No me pasó en ningún espacio en blanco de los mapas, perdido y sin catalogar; sino en Quincoces de Yuso, comarca de las Merindades, valle de Losa, noreste de la provincia de Burgos. Tenía unas cuatro horas, unas botas y unos prismáticos. Y allí muy al fondo, la mayor inspiración posible para quien goce del campo: las montañas. Se veían tres picos de formas muy variadas, magnéticos. Y, para mí, desconocidos.

En busca de las montañas desconocidas

En busca de las montañas desconocidas

Lo que más disfruté: que solo sabía mi origen. No dónde iba, ni por dónde se iba, ni cómo se llamaban aquellas cimas, ni qué se vería desde allí. Ni siquiera si me iba a dar tiempo a llegar. Para la vuelta casi estaba garantizado que me tocaría correr, como en los viejos tiempos, para que no cayera la noche encima. Así pasó. Es la esencia de la libertad, aunque sea recortada y de contrarrelojista: ir allá, porque está ahí. También es bonito el después: terminar la etapa y sosegadamente dedicarte a buscar por dónde anduviste, en los libros y en la red.

Así eché a andar, bajo nubes y claros, y con el objetivo bien visible en el horizonte. Subiendo muy progresivamente, mezclando caminos y campo a través, cruzando bosques bajos de encina y quejigo intercalados con cultivos de cereal. A veces adornados estos últimos con pacas de paja en forma de rodaja gigante, que según he aprendido ahora mismo se llaman ‘rotopacas’. Otra de las enseñanzas a posteriori ha sido que el valle de Losa toma su nombre de que a menudo pisas afloramientos de roca caliza, de un gris muy claro, que forman un embaldosado natural.

Termina el bosque, empieza la roca

Termina el bosque, empieza la roca

Me encuentro  entonces con un pueblecito, que luego sabré que se llama Lastras de la Torre. Por allí discurre un sendero de Gran Recorrido, el GR-85, que me sirve básicamente para salir de nuevo hacia el campo y que después pierdo. Improvisando sobre pedregales despejados, me topo con un cementerio mínimo en medio de la nada, y más arriba con una granja en cuyo interior se escuchan las ovejas. Se ven tejados rojizos unos metros más a la izquierda: es el siguiente núcleo, que más tarde encontraré que se llama Villabasil. Ahí comienza la verdadera subida, al pico más ancho y cercano, no el más escarpado. Miro el reloj: parece que dará tiempo, aunque nunca sobre.

Salto un alambrado de espino por donde más fácil parece, operación que siempre te acelera porque el miniequilibrismo también es inestable. Toda la falda serrana es un espeso y oscuro pinar, y parece lo lógico bordearlo por la derecha, siguiendo un empinadísimo prado, y escalar la cresta caliza superior por una franja más despejada, donde los pinos pasan a ser hayas durante unos metros. Ahí me sucede lo típico: cuando superas un escalón de piedra no estás en la cima, sino que hay otros metros más de prado, brezo y pinchos hasta otro escalón, que te tapa el siguiente. Así tres veces.

Por fin, una hendidura en la roca deja entrever el otro lado: también hay pueblos, bosques y campos allí abajo, mucho más abajo. Y unos metros por encima, emerge la siempre reconfortante figura del vértice geodésico común. Convive con un buzón de montaña y otra especie de adorno con la plaquita plateada que dice lo que necesitaba saber: ‘Peñalba. 1.244 metros’.

Por ahí se entrevé el valle de Mena

Por ahí se entrevé el valle de Mena

Lo que se puede otear desde allí es simplemente magnífico, como era de esperar. A mi espalda, al sur, queda el valle de Losa, de donde vengo. Y como me dirán los mapas, estoy encaramado al impresionante anfiteatro calcáreo que forman tres sierras sucesivas y hermanadas, de oeste a este: Montes de la Peña (donde me encuentro), Sierra de Carbonilla y Sierra Salvada; esta última apenas se aprecia desde mi posición, y ya limita con Álava. Lo que tengo inmediatamente abajo, al norte, es el más húmedo, verde y hundido valle burgalés de Mena, que toca con Cantabria. Me contarán luego que, en días despejados, desde Peñalba se ven perfectamente Santander y el Mar Cantábrico.

Y la magia de la aventura inesperada contribuye a conmoverme, como se emocionaría cualquiera con un regalo de la naturaleza. Por si el lugar no resultara suficientemente inolvidable de por sí, la niebla empieza a trepar desde la vertiente norte hacia la sureña, mientras los rayos del sol juguetean con ella, filtrándose desde las nubes más altas. Es como espuma que adorna esta gigantesca ola pétrea, que se levanta suave desde Losa y se desploma hacia Mena con vértigo, en un paredón de cerca de mil metros de desnivel: no parece que se pueda seguir avanzando. Un hachazo brusco, tajante, como fue el final de estos relatos tan autobiográficos. Hasta la vista.

Pues esto era: Peñalba (1.244 metros)

Pues esto era: Peñalba (1.244 metros)

Valle de Losa, con Quincoces muy chiquitito

Valle de Losa, con Quincoces muy chiquitito

Mirando al oeste: la niebla se mete hacia San Mamés y Peña Mayor, sobre el valle de Mena.

Mirando al oeste: la niebla se mete hacia San Mamés y Peña Mayor, sobre el valle de Mena.

Mirando al este: Tres Dedos, Complacedera (iluminada por el sol) y, en la sierra de Carbonilla, el Castrogrande.

Mirando al este: Tres Dedos, Complacera (iluminada por el sol) y, en la sierra de Carbonilla, el Castrogrande.

Explorar recompensa

Explorar recompensa

Un mes por los Pirineos

El recorrido (MAPA: www.euro-senders.com)

El recorrido (MAPA: www.euro-senders.com)

En unos meses se cumplirá una década de mi viaje más espectacular, la Transpirenaica. Por una mezcla de vocación y necesidad, un domingo 22 de mayo eché a andar desde el cabo Higer, bañado por el Cantábrico en Hondarribia (Gipuzkoa). Y 28 días después, cuatro semanas exactas, mis ya descuajaringadas botas y yo alcanzamos el extremo opuesto del cabo Creus (Girona), en el Mediterráneo; era el sábado18 de junio de 2005. Entre uno y otro, unos 750 kilómetros arriba y abajo siguiendo las marcas blanquirrojas del GR-11 por mitad de los Pirineos. Para siempre serán mis montañas mágicas, como las de tantos otros. Perdí 10 kilos; gané ocho carretes de fotos, y tantas imágenes no inmortalizadas y experiencias que me apetece dejar algunas aquí.

Cinco años antes, de excursión por la selva de Garajonay, en La Gomera, me encontré con Jan ‘el inspirador’, un joven esloveno mucho más arrojado que yo. Solo convivimos algunas horas de una tarde, pero esas charlas me marcaron: venía de subir el Teide partiendo de la costa, lo que yo emularía con unos cuantos en el futuro. Pero además se había pateado los Alpes de cabo a rabo, y sin embargo su sueño era cruzar los Pirineos. “Son mucho más salvajes”, argumentó. Y me quedé con la copla. También me enteré de que existía un Gran Recorrido marcado que me podría guiar.

Bajando por el lado oscense de Peña Ezkaurre: comienza el auténtico Pirineo

Bajando por el lado oscense de Peña Ezkaurre: comienza el auténtico Pirineo

En realidad lo de 2005 era una revancha. Porque dos años antes, en 2003, fracasé en el primer intento. Hice varias cosas mal, y también tuve mala suerte. Cogí vacaciones a mediados de junio, así que salí prácticamente cuando llegué la otra vez. Además se me cruzó una ola de calor que me aplastó, unida al exceso de equipaje. Por si fuera poco, el GR-11 estaba nefastamente marcado en Navarra (con lo frustrante que es perderse cuando vas cargado como mula) y me metí demasiada caña en las primeras dos etapas, destrozándome los pies. A los seis días, en el camping del precioso pueblo navarro de Otsagabia, me pregunté qué hacía allí sufriendo, y abandoné. Fueron unas vacaciones frustrantes.

Ahí me quedó esa enorme espina. Y difícil de extraer, porque hay que tener moral y tiempo para dedicar un mes de tu vida –o sea, las vacaciones de un año- a caminar y caminar. Pero no como en la Ruta Jacobea, rodeado de gente y posibilidades: tú solo. Porque es difícil que alguno de tus conocidos se apunte a derrochar tiempo así, y menos aún que coincida en fechas. En mi caso, pese a todo, un amigo estaba dispuesto a acompañarme la primera semana o diez días. Duró uno y medio, porque la falta de costumbre machacó sus pies. Por otro lado, los meses veraniegos pueden ser demasiado calurosos, y durante buena parte del resto la nieve puede hacerse un incordio terrible, salvo que vayas muy bien equipado.

Segunda oportunidad. A pesar de todo ‘el destino’, en el que no creo, me dio una segunda oportunidad solo dos años más tarde del abandono. Vivía en Soria, estaba en el paro, se me olvidó sellar un papelito y me sancionaron con un mes sin prestación. Así que, pensé, ¿dónde mejor para ahorrar que lejos de los gastos…? Me quedaba poco dinero, lo justo para dejar pagado un mes en el piso compartido y en comprarme una tienda de campaña de 960 gramos (por 3 kilos que pesaba la de 2003), inmune al agua. Sigue siendo la mejor compra de mi vida.

El tamaño y peso del saco de dormir lo bajé en parecida proporción. Me sirvieron los errores del pasado. Y al ataque. Con el muerto encima, que era el nombre oficial del mochilón. Equipaje reducido al mínimo posible que pesaba entre 10 y 14 kilos, depende de si era antes o después de cargarlo de víveres. De un hombro izquierdo llevaba colgada una cámara reflex, analógica pero buena, prestada por una amiga. Del otro los prismáticos, claro. Y en los pies las botas, el único calzado que me llevé, para no apretar la mochila más todavía. También me llevé un cuaderno grisáceo, de tapas duras, en el que ir apuntando mis encuentros y reflexiones. Lo he releído entero estos días, por primera vez.

El valle navarro del Baztán y sus 'pottokas', desde el collado de Iñaberri

El valle navarro del Baztán y sus ‘pottokas’, desde el collado de Iñaberri

28 días sumergido en la naturaleza, rodeado de paisajes increíbles y variadísimos, de soledad y de profundas conversaciones de solo unos segundos, dan para infinidad de ‘posts’. Como solo va a ser uno, me voy a quedar en pinceladas. Mejor, ¿no…? Que libros y webs exhaustivas sobre esta macroexcursión por capítulos hay unos cuantos. Quizá le sirva esto a alguien.

La ruta y sus exigencias. ¿De oeste a este o al contrario? Imagino que da un poco igual, pero en mi caso, por cuestiones biográficas, se daba la circunstancia de que uno de los extremos –cabo Higer, Gipuzkoa- cae a menos de 30 kilómetros de mi pueblo. Habría sido bonito llegar allí procedente del otro lado, pero por logística me venía mejor pertrecharme con ayuda de mis padres. Además, la guía que compré describía el camino en ese sentido oeste-este. Y cuando ya has abandonado una vez, la inseguridad tarda en quitársete: si pasaba de nuevo, ese lado me caía más cerca de la familia y/o de Soria… Y una vez decidido eso, montaña a tope.

En principio estaba estipulado sobre el papel hacer el recorrido en unos 35 días. En mi caso coincidía teóricamente con mi tope, porque justo entonces tenía una boda irrenunciable en el calendario. Finalmente tardé 28 días, porque vas cogiendo ritmo y tienes ganas de llegar. En mi caso, he de admitir que desde la séptima u octava jornada para adelante se me hizo especialmente duro mentalmente. Cada vez que pasaba una semana, me hacía una autofoto con el número de dedos correspondiente, y soñaba con la siguiente. Me encanta la montaña, pero fue una auténtica sobredosis. La parte central de los Pirineos, cuando los picos empiezan a subir largamente de los 2.000 y pico metros, no llegó hasta el sexto día de marcha. En realidad las altas cumbres son cosa de las dos semanas centrales de las cuatro totales. Antes se sube progresivamente –pero no sin desniveles- desde las costas, primero por los montes guipuzcoanos y después por valles navarros excelsos como el Baztán, Erro o el Roncal.

La foto no hace justicia al alucinante Achar de Aguas Tuertas, Huesca: meandros a 1.600 metros, entre riscos

La foto no hace justicia al alucinante Achar de Aguas Tuertas, Huesca: meandros a 1.600 metros, entre riscos

En el GR-11, el auténtico Pirineo empieza en Peña Ezkaurre, en los confines entre Navarra y Huesca. Y termina en las agujas en torno al santuario de Nuria, en Girona. Incluso antes de estas últimas hay unos kilómetros de llanura –casi como el Campo de Gómara- en torno a Puigcerdá. Después de la nueva elevación de Nuria, queda otra semana de verdadero descenso por las comarcas de Garrotxa y Alto Ampurdán hasta que el paisaje, cerca del Mediterráneo, parece Sierra Morena. Abruptamente se meterá en el agua salada, al fin.

Respeté el recorrido del GR al 90 ó 95%; por circunstancias no pude evitar trampearlo con algún Pequeño Recorrido o tramo de asfalto. El cambio más radical fue que me salté el Collado del Infierno, entre Sallent de Gállego y el Balneario de Panticosa, Huesca; ya venía en la guía que era indispensable el piolet incluso en verano, y el hombre del albergue de Sallent fue claro: “¿Vas sin equipo de nieve? Ni lo intentes…”. Así que lo hice por abajo, siguiendo la orilla del río Gállego, para luego subir a los Baños por la carretera.

Lo mejor de lo mejor. La colección de paisajes de museo que desfilaron ante mis ojos es imposible de narrar, e incluso de recordar. Pero algunos me impactaron especialmente.

En la primera etapa, con final en Bera de Bidasoa, ya sales de la pequeña y bonita Gipuzkoa. En Navarra, destacaría la preciosidad de bosques y praderas inclinadas en el valle del Baztán; y el sorprendente hayedo-abetal de Irati. En Huesca, me apasionó el mágico Achar de Aguas Tuertas, una planicie a más de 1.600 metros de altura donde el río Aragón Subordán –enseguida bravísimo- traza meandros como si estuviera al pie de la costa; yo me lo encontré con las orillas tapizadas de un manto de flores amarillas… También me gustaron mucho el magnífico circo sin aparente salida que hay que subir entre Candanchú y los ibones de Anayet; los ibones helados en torno a Panticosa; y por supuesto el aterrazado y sin igual valle de Ordesa, fabuloso y distinto a cualquier otro, así como todo el Macizo del Monte Perdido.

Bordeando el Lac de Rius (valle de Arán, Lleida)

Bordeando el Lac de Rius (valle de Arán, Lleida)

En Cataluña, mil paisajes destacables y elevados en el valle de Arán y Aigüestortes. Los pueblos pizarrosos de Lleida, como Tavascan y Aineto. La mayor cantidad de blancos abedules –mi árbol preferido- que he visto nunca, entre el propio Tavascan y Boldís Sobirà, aunque fueran de porte casi raquítico. El santuario de Nuria, con su tren cremallera. La exuberancia de la comarca volcánica de La Garrotxa, ya bajando hacia el Mare Nostrum. Los alcornoques descorchados del Ampurdán. Y las calas perfectas del entorno de Cap de Creus. Por cierto que cruzas un país entero en apenas un día, Andorra. Cómo no, posee parajes preciosos, pero en general no me gustó. Me pareció que había demasiado asfalto y telesilla, que era montaña demasiado doméstica.

Bicherío encontré poco, quizá porque iba más pendiente de dónde ponía los pies. El quebrantahuesos me deleitó tres veces, todas en Huesca. Cerca de Puigcerdá, Girona, una pareja de águilas reales miraban para el lado contrario al mío, posadas a 30 metros y a mi altura, y durante unos segundos ni repararon en mí presencia. Marmotas y rebecos sí fueron vecinos habituales. En las cumbres de Nuria, vi mi primera –y única- pareja de perdiz nival. Y buitres, sorprendentemente, distinguí un puñado en todo el mes…

Obstáculos en el camino. La Transpirenaica va por valles, puertos y collados; no toca picos, pero te pone en algunos puntos por encima de los 2.700 metros de altura. No sé cuál será el desnivel acumulado (25.000 metros de positivo, he leído por ahí), pero puedo garantizar que es una buena paliza, y más yendo bien cargado. Porque a nadie le sorprenderá que cruzar longitudinalmente la cordillera supone el siguiente plan: subir-bajar-subir-bajar-subir-bajar… Y así todos los días. Con la dura sensación de que todos esos metros que tanto te cuesta ascender, los vas a perder rápidamente para bajar al siguiente valle. Me salió una media de 28 kilómetros por jornada, con un máximo de 42 en la sexta etapa (Otsagabia-Zuriza, la de entrar en Huesca y los verdaderos ‘Piris’). Y un mínimo de 11, en la 12ª etapa entre el refugio de Góriz y el de Pineta: Ordesa es Ordesa, quise disfrutarlo.

Uno mismo y su casa encima, camino al refugio de Góriz en Ordesa, el valle de los valles

Uno mismo y su casa encima, camino al refugio de Góriz en Ordesa, el valle de los valles

Después estaba la nieve. Aquel invierno había caído a base de bien, y a principios de junio aún quedaba bastante. Casi matemáticamente, y salvo en el último tramo elevado de Nuria –cerca ya del Mediterráneo-, había mucha cada vez que pasaba de los 2.000 metros de altura. Es decir, era diaria en las dos semanas centrales. A veces dificultaba por blanda, con el típico hundimiento que puede ir desde el tobillo hasta la cadera. Pero el mayor problema era que las señales blanquirrojas –normalmente pintadas sobre piedras- quedaban debajo, y orientarse se complicaba mucho.

En aquella época al menos, el GR-11 como sendero marcado estaba destruido en Navarra y algunos puntos de Cataluña. En la Comunidad Foral había incluso carteles de la Federación regional de montañismo pegados sobre los paneles de inicio de etapa, advirtiendo de que, por falta de apoyo público, no habían podido renovar las marcas y perderse era fácil. Y es muy angustioso tirar por un camino cuando llevas muchos kilos encima y no estás seguro de si es por ahí. Por suerte, mi frustrado intento de 2003 me ayudó, porque ya entonces faltaban señales: el haberme perdido antes en determinados puntos fue clave para no volver a hacerlo.

Lo peor, sin duda, fue una desorientación cerca de Tavascan (Lleida), nada más salir del Parque Nacional de Aigüestortes y sus abetales. Tan cerca que sorprendía un entorno tan parecido a Tierras Altas de Soria como el que me encontré. Por falta de señalización, terminé intentando atrochar por un retamar, y fue mucho peor el remedio. Dos horas estuve allí empantanado, agotado, luchando contra arbustos más altos que yo y sin saber realmente hacia dónde iba.

Tavascan (Lleida), uno de esos pueblos de piedra del Pirineo catalán

Tavascan (Lleida), uno de esos pueblos de piedra del Pirineo catalán

Comer y dormir. El anglicismo low cost aún no se usaba apenas, pero se ajusta al espíritu económico de mi viaje. Me gasté 300 euros en casi un mes, mi plusmarca histórica por lo bajo. Ahora se entenderá cómo. No llevaba ni hornillo –para no cargarme mucho, en parte-, así que solo comí sándwiches y bocadillos de embutido y tomate, además de fruta. Para el desayuno, galletas de chocolate, zumos y batidos. Entre eso y estar todo el día en marcha, así se me terminaron marcando las costillas. Pero de hambre, nada. Compraba cada tres o cuatro días… cuando era posible.

Y solo de lugares variopintos donde dormí podría hacer un libro. Aproximadamente la mitad de los días lo hice en la tienda de campaña e incluso vivac, ya cerca del Mediterráneo; alguna vez en camping, pero las menos. Y la otra mitad de las veces bajo otro techo más ‘oficial’, de los de vigas y tejas. El más lujoso, un hostal en Elizondo (Navarra), en la segunda noche. Llegué tan machacado de la falta de costumbre y las heridas en los pies que me pareció necesario pagar 25 euros, que sería mi tope. Después, usé todo tipo de habitáculos: desde algunos de los refugios guardados que salpican la cordillera (precio estándar de la época: 11 euros) hasta cabañas de pastores, alguna con goteras. Da igual: siempre dormí como un bendito.

Unas anécdotas de dormideros curiosos. El refugio de Góriz, en Ordesa, no tiene nada de especial, salvo sus barracones con literas comunales de tres pisos. Me tocó en uno para 75 personas, y los otros 74 eran gritones adolescentes belgas con sus profesores. Lo fascinante es que, al despertarme, solo quedaba yo. Así estaba de fosilizado, nunca he vivido nada igual. Camino a la aldea de Dòrria, Girona, me diluvió; calado hasta los huesos, toqué la puerta de la casa de la familia Rovira, que me encendió la chimenea para que me secara. Y me indicó un garaje de la casa de al lado (“son de Barcelona, no vienen casi nunca”) para encontrarme con Morfeo. También en Girona, los simpatiquísimos abuelos de la masía de ‘Can Batlle’ me dejaron un cobertizo para maíz y alfalfa.

Atardecer inolvidable en el ibón de Estanés, Huesca

Atardecer inolvidable en el ibón de Estanés, Huesca

En el impactante Parc Natural de l’Alt Pirineu (Lleida) un cartel prohibía expresamente plantar la tienda por debajo de los 2.000 metros, así que yo lo hice un poco más arriba, en el aparentemente paradisíaco Pla d’Arcalís, junto a un riachuelo cantarín y entre coníferas. Nunca he pasado tanto frío en mi vida: por la mañana había escarcha en las paredes internas de la tienda…

En Albanyà, Girona, los vecinos me invitaron a dormir bajo los arcos de la casa consistorial, que -eso sí- estaba más bien en las afueras; fue un lugar perfecto. Y en La Jonquera, otra de las últimas jornadas, lo nunca visto: me dicen que tienen un albergue para montañeros, solo por 3 euros. Yo era el único, y la Policía Local me da las llaves: “Sigue la cuesta, y arriba del todo”. ¡Era el castillo! ¡Todo para mí!

Aquellos pies prehistóricos. En esa época soriana andaba mucho por el monte, pero no un día tras otro y con tanto desnivel. Así que al segundo día tenía los pies crucificados. Una preocupantísima colección de rozaduras y ampollas que tardó en desaparecer, y que a diario tenía que limpiar meticulosamente con Betadine y proteger con tiritas. Sobre todo al principio, temía mucho que las heridas me mandasen a casa antes de tiempo, otra vez.

Un atardecer tras otro, antes de dormir, procedía a la rutina diaria de la cura. Pero en la 14ª jornada, cuando estaba en plena faena junto a un ibón, al pie del Macizo de Madaleta… caí en la cuenta de que no hacía falta más, de que mis pies se habían vuelto de piedra. Toda la planta y los dedos eran como de armadura de cuero, los probé sobre las rocas y podía andar perfectamente. Pisé hierba y ramitas, y lo mismo.

Era el famoso callo, sin parangón en mi vida. Comprendí por qué los cromañones podían perseguir a los bisontes corriendo a todo meter entre la maleza. Y me sentí un superhéroe de tobillos para abajo. Ojalá se me hubiesen quedado así para siempre, pero eran producto de un uso radical: cuando terminé la ruta, dos semanas después la armadura desapareció, y me volvieron los delicados pies de chichinabo. Nunca he dejado de añorarlos.

Soledades en el valle de Ara, Huesca

Soledades en el valle de Ara, Huesca

Rutina y filosofía. Más de uno me dijo: “Joder, un mes andando tú solo, ¡te habrá dado tiempo a inventar una teoría sobre el Universo!”. Pues no. Aunque parezca mentira, no tuve tiempo. Mis pensamientos eran todos de este estilo: ¿Me dará tiempo a llegar al collado tal antes de comer? ¿Irá por esta ladera la ruta, o me vuelvo a equivocar? ¿Habrá dónde comprar comida en tal aldea? ¿Tendrá agua la fuente que viene marcada 10 kilómetros después? Y ahí se me iban todas las neuronas. Cansado no sueles estar como para pensar.

Normalmente me levantaba a las 6.00, y me echaba a dormir a las 22.00. Las ocho horas de sueño eran de tirón, bien aprovechadas. Echaba a andar en torno a las 7.30, tras desayunar y recoger, y hacia las 19.00 ó 20.00 terminaba de patear. Pero aún quedaban cosas que hacer: cenar, lavar ropa si se podía –la mochila en marcha podía funcionar de tenderete al día siguiente-, escribir el diario del que rescato algunos de estos datos y, como digo más arriba, curarme los pies.

La soledad no fue llevadera. Hubo días enteros sin nadie delante, aunque los fines de semana el Pirineo sí está repleto. La montaña y este tipo de viajes te vuelven dicharachero: cualquiera con quien te toparas era un buen motivo de charla y broma. Sobre todo los alter ego que me crucé, casi siempre gente que hacía mi viaje en sentido contrario: fueron cuatro o cinco, pero cada uno tenía valiosa información que aportar al otro sobre lo que le quedaba por delante.

Tocamos mar: El Port de la Selva, Girona

Tocamos mar: El Port de la Selva, Girona

Por fin, agua. Se me complicó terminar. Cuando ya estaba todo hecho, cuando apenas restaban un par de jornadas cómodas y mediterráneas, se torció todo peligrosamente. El jueves 16 de junio me salió trabajo veraniego en Soria, que empezaba el lunes 20. No había problema: el sábado 18 tenía previsto llegar a Cap de Creus, y desde ahí arreglármelas para volver a la ciudad del Duero entre dedo, autobús y tren. Así pasó, pero por poco.

Ese jueves, bebí sin saberlo de aguas contaminadas, y mi estómago reventó. Me acosté a vivaquear a 36 kilómetros de esa meta que tanto había soñado, en una ladera desde la que la costa se notaba marcada por una hilera de luces. Creyendo de veras que por la mañana debería buscar un médico y abandonar. Me fui por arriba una y otra vez; por suerte nunca por abajo, todo un detalle para el optimismo. No dormí nada, pero mejoré y pude terminar, casi arrastrándome, especialmente el viernes. La penúltima jornada cubrí 20 kilómetros y llegué con lo justo a El Port de la Selva, ya en la Costa Brava. Y la última, bastante recuperado pero lejos del 100%, los últimos 16 miles de metros hasta la punta final del viaje de mi vida. Allí me di el mejor baño de siempre, inmortalizado por unos pescadores, y luego en el bar del faro me tomé la cerveza que mejor me ha sentado nunca, fotografiado el momento por la camarera. Desde entonces, me resulta inevitable enorgullecerme cuando veo un mapa de una cordillera entera que atravesé paso a paso.

Cap de Creus: cuatro dedos, uno por semana desde la partida

Cap de Creus: cuatro dedos, uno por semana desde la partida

Llamada desde las nubes

Sucedió hace escasos días, muy poco antes del último temporal que dio inicio al invierno puro. Me fui a dar una vuelta junto al Soto de Viñuelas, un enorme encinar sobre terreno arenoso al norte de Madrid capital. Y digo ‘junto’, y no ‘por’, debido a que es territorio fortificado. Desde tiempos inmemoriales es una propiedad privada de unas 3.000 hectáreas, rodeada por un muro de piedras, de 42 kilómetros de perímetro. Solo una autovía (M-607) lo separa del muy parecido y también prohibido Monte de El Pardo, propiedad de Patrimonio Nacional; el Soto de Viñuelas no es más que su prolongación. Dentro hay un castillo para celebrar eventos, quien pueda permitírselo. Y se organizan monterías desde hace siglos. Triste o no, eso le salvó.

Así que los mortales nos tenemos que conformar con el lado exterior de la rudimentaria pared, ésa que separa a un sector de la Iberia primigenia del siglo XXI, poco más o menos. En algunos puntos se asegura que, frontera adentro, hay sensores de movimiento, así que cuidado con vulnerar las normas. Habría que probar si es verdad; un militar me dijo que, en El Pardo, es totalmente cierto. Y habría que probarlo porque, en uno de mis pisos compartidos también teníamos una aviso en la puerta, advirtiéndole al posible intruso de que todas las alarmas del mundo se activarían como osase dar un paso de más. Era solo una pegatina, por supuesto, pero ahí quedaba la duda.

Patrullando los dominios (FOTO: eco13.net)

Patrullando los dominios (FOTO: eco13.net)

Si no fuera por su exclusividad, la muralla es fácilmente salvable. Pero por si acaso, nos podemos limitar a asomarnos a la reserva. Son las 10 de la mañana, no se ve mucho movimiento. Por fuera sí: la vuelta al Soto de Viñuelas es un clásico de la mountain bike madrileña, al alcance de todos los públicos además. Es lunes y me cruzo con no menos de 30 ciclistas, casi siempre de uno en uno. Pero lo bueno del cielo es que ahí no puedes poner vallas. Y, aunque extramuros hay cultivos o bosquetes bastante más cascados, las aves vienen y van. Me encuentro muchos córvidos, urracas y rabilargos, y sobre todo un montón de palomas torcaces. El ‘piuuuuuu…’ del busardo ratonero (prefiero la vieja denominación de ‘ratonero común’) llega a mis oídos, y la rapaz sale del bosque cercado y se mete hacia la campiña. Bajo las nubes sí que hay movimiento.

Cuando algo llama desde arriba, precisamente en un punto del camino en que las copas de las encinas se entrelazan para formar un techo casi opaco. ‘Gua, gua’, algo más grave de lo que parece al escribirse. A veces tres: ‘Gua, gua, gua’. Tiene un aire de cuervo, pero suena potente, y está encima. Solo hay que alejarse unos pasos para llegar a un claro aéreo y observar un ave rapaz enorme, oscurísima. Color chocolate ‘noir’, así se ve desde el suelo, pero con la melena clara, de color avellana y, sobre todo, sendos manchurrones blancos en los hombros, que la hacen inconfundible. ¡El águila imperial ibérica! Ella era el principal motivo de este paseo. La gran rapaz del bosque mediterráneo, que anida en árboles grandes como los del Soto.

Menos de mil de estas aves pueblan el mundo, mientras nosotros hemos dejado atrás la cifra 7.000 millones de humanos. Se distribuyen por el cuarto suroeste de ‘La piel de toro’, y la inmensa mayoría anidan del lado español. Es curioso que aquí no se le dé mucha bola, pero me he encontrado con viajes organizados desde Inglaterra solo para verla, porque es una variedad única. Es un gusto verla dar círculos en el cielo sin mover una pluma, mientras canta, marca territorio. Y no es pequeño: la media, dicen los que saben, es de 30.000 hectáreas por pareja: mucho más que el Soto.

A mi águila vociferante, de pronto, se le une otra aún mayor, deduzco que una hembra, que en las rapaces siempre es visiblemente más grande que el macho. Pero es de otro color, tirando a rojizo. Se trata de una joven, pues hasta el sexto año de vida la imperial no adquiere absolutamente el plumaje adulto definitivo. Sin embargo, ya desde los 3 años se pueden reproducir, y están en plena época de amoríos. Así que probablemente formen la pareja. A la que el viento termina llevándose hacia quién sabe dónde.

Monfragüe, una de las capitales del bosque mediterráneo

Monfragüe, una de las capitales del bosque mediterráneo

Emoción ancestral

Estará mal eso de hacer con los animales diferenciaciones indeseables para los humanos. Pero el que salga al campo con los prismáticos al cuello y diga que para él es lo mismo ver un petirrojo que un águila, miente. De hecho, yo no he llegado a escucharlo. Las águilas irradian energía, dominio, soberbia. Parecen no tener límites y ser las que más alto vuelan, así que en multitud de culturas han sido símbolo de poder, por ejemplo estandartes de las legiones romanas. Son habitualmente esquivas, se suelen mover solas o en dúos, patrullan enormes extensiones y no son tan fáciles de ubicar, salvo que localices el nido o algún posadero. Cuando miras un punto en el cielo y resulta ser un águila, parece como que todo lo demás pase a otro plano.

Y, por si no bastase todo esto, el apellido les da a las más grandes una aureola extra. En Iberia coinciden dos enormes: la ‘real’, la llamada por muchos ‘reina de las aves’;  y la ‘imperial’. Pasa en otros animales magníficos: si hay uno especialmente grande y emblemático, se le añade el título regio, para darle como más caché. Pero si además existe otro parecido y no menos deslumbrante,  le corresponde el otro adjetivo incluso más solemne, de ‘rey de reyes’. No deja de ser todo un poco ridículo, pero había que nombrarlas.

Por tanto, la referencia al imperio en nuestra rapaz ibérica no tiene nada que ver con ‘el aguilucho’ de la bandera franquista. Y si los ideólogos del NO-DO quisieron que una solemne imperial planease sobre el globo terráqueo, mientras sonaba la conocida melodía, en realidad enfocaron a un buitre. Que otra cosa no tendrá, pero vuelo majestuoso y pausado le sobra más que al águila. Eso sí, demostraron sus conocimientos de biología, y les salió un simbolismo medio raro.

Por una vez, éxito rotundo

Se han hecho mal muchas cosas en materia ambiental, muchas especies se están yendo de las manos o no mejoran al ritmo que debieran, pero el éxito con el águila imperial ibérica (Aquila adalberti) es indiscutible. Existe una estrategia de conservación nacional, más otras autonómicas. Ha supuesto cambiar tendidos eléctricos en las zonas más sensibles, porque la electrocución era uno de sus grandes agujeros negros. Se ha potenciado también la persecución allí del veneno y la caza furtiva, la mejora de las poblaciones de conejo –su principal fuente de alimento-, etcétera. Y si en el primer censo anual (1999) salieron 132 parejas, en 2013 fueron 407.

Rapaz inigualable (FOTO. www.finanzas.com)

Rapaz inigualable (FOTO. www.finanzas.com)

No creo que semejante subidón tenga precedentes, por muy críticos que queramos y debamos ser. Hace pocos años, Birdlife International recatalogó su estado de conservación como ‘Vulnerable’, cuando casi tradicionalmente era ‘En Peligro’. Es solo una decisión humana, pero en el fondo el hecho es digno de descorchar champán.

Las imperiales existentes están circunscritas a Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha y Castilla y León. En esta última autonomía, cría en Ávila y Segovia. Pero como la población crece a un ritmo del 4% anual, quién sabe si recolonizará otras provincias ¿como Soria? Las parejas reproductoras más cercanas de Segovia no están lejos, y los jóvenes aguiluchos son bastante viajeros. Eso sí, parece que la colonización tiende más hacia el oeste, hacia Zamora y Salamanca. Sin embargo, en su día los dominios de la imperial incluían toda la Península, quitando la franja norte, e incluso zonas de Marruecos. O sea, allá donde crecía el portentoso bosque mediterráneo, también en su versión adehesada.

Choque fortuito

En Viñuelas ha sido fácil: ir, tocar y volver. Pero yo creo que hace solo unos años no me habría resultado tan sencillo. El águila imperial siempre me cayó a desmano, norteño yo y sobre todo sureña ella. Y de pequeño pensaba que se me iba a extinguir antes de conocerla, y que solo quedaría en las fotos. Me preocupé cuando escuché a Félix Rodríguez de la Fuente decir en la tele aquello de “unas 50 ó 60 parejas, es todo cuanto queda del águila imperial”. Y para cuando me llegaron esas imágenes él estaba muerto, pero se emitieron por primera vez en los años 70. ¡50 ó 60 parejas! Era una estimación de 100 bichos… Por suerte, de momento le va ganando a la extinción.

Tardé años en observar una en condiciones, porque me he movido más por otras zonas donde no existe, y porque no me dedico a esto, ni siquiera como primera afición. Mi primera excursión a Monfragüe (Cáceres), hace ya décadas, fue un fracaso en ese sentido. Un amigo experto señaló una mancha en el cielo que, según él, era la imperial, Para mí y mis prismatiquillos, un punto. Otras incursiones en territorio imperial sumaron más intentos frustrados.

Sí tengo una observación casual y enorme de hace años, pero poco disfrutada. Fue recorriendo longitudinalmente la perdida Sierra de San Pedro, en los límites entre Cáceres y Badajoz, un mes de abril. Surcando durante 3 días esos montes infestados de alambradas de cotos que proliferan en la mitad sur. Un nido enorme lucía en una rama, justo sobre la pista forestal ligeramente ascendente por la que caminaba. Di por hecho que tenía que estar abandonado, ¡colgaba encima de una ancha pista de todoterrenos! Unos pasos después de dejarlo atrás, miré para ver el hueco y no había tal, sino un águila imperial incubando, mirándome con pavor. Un segundo después, salí de ahí a la carrera. Fue un encuentro inocente, pero no seré yo quien moleste en plena cría a una de las aves más escasas del mundo. Para mi alivio, ella no se movió. Más adelante Monfragüe, en otra visita, ya saciaría mis ansias ornitológicas en este aspecto.

Volando junto al buitre leonado, que es más grande, y exhibiendo hombros bien blancos

Volando junto al buitre leonado, que es más grande, y exhibiendo hombros bien blancos

Elucubraciones en torno a la exclusividad

“Y es española, profundamente ibérica”, aseguraba con vehemencia Félix, para recalcar la importancia de lo que se estaba perdiendo. Y eso que, en la época en que se emitieron esos capítulos de El Hombre y la Tierra, curiosamente todavía se consideraba al águila imperial ibérica una subespecie del águila imperial ‘genérica’. Porque entre Europa del Este y China también tienen otra, y esa sí que me ha pillado siempre verdaderamente a desmano.

Para desmitificar un poco, digamos que no está clara la exclusividad del águila imperial. De pequeñito, recuerdo que los libros decían que la ibérica era la subespecie occidental del águila imperial o Aquila heliaca; a la española se la conocía por entonces Aquila heliaca adalberti. Es así en honor a Adalberto de Baviera, príncipe germano al que le quiso dedicar el animal su primer catalogador, el naturalista teutón Reinhold Brehm (1861). Pero, ya cerca del siglo XXI, los análisis de ADN condujeron a la división en dos especies, Aquila heliaca la imperial oriental –más abundante, aunque solo sea porque vive en más países- y Aquila adalberti la ibérica.

Eso es lo más aceptado, pero la discusión no parece haber terminado del todo. Como relata Luis Mariano González en su monografía sobre la imperial ibérica, en cualquier caso se sabe que ésta procede de la oriental, y que la diferenciación entre las dos habría empezado hace 10.000 años, ayer por la tarde en términos biológicos. Si miras dos fotos, yo las veo casi iguales, salvo que el manchurrón blanco de los hombros de la nuestra está más bien en la espalda de la otra. Otra de las principales diferencias es que la oriental emigra, y la ibérica no, y que es más bien esteparia y no tan forestal. ¿Es suficiente?

Una vía intermedia, recogida también por González,  propone otra versión. Dado que empezaron a diferenciarse hace tan poco tiempo, la ibérica sería aún lo que se llama ‘semiespecie’: una especie en proceso de formación que aún no ha concluido, ya que hacen falta miles de años. Como en algún momento lo fuimos todas. Y también hay quien opina que en realidad influye demasiado la pura política: si albergan una joya única en el mundo, se le da un valor extra a los ecosistemas propios. Un valor turístico, incluso.

Posiblemente nunca esté del todo claro. Y qué duda cabe, tener unos miles de ejemplares más de población le da oxígeno a un animal. Pero sea más exclusiva o menos, nosotros la querremos igual. ¿Qué más le da a ella, que está en los cielos?

La Albufera que nos dejaron

Agua, cañas, patos: la Albufera

Agua, cañas, patos: la Albufera

La clásica mentalidad humana ha dictado mirar el entorno como posesión económica: si produce, se explota; si no, no sirve. Aquí y en la China. Particularmente, estas ideas cerriles han sido una catástrofe para las costas y los humedales. A menudo fueron vistos como lugares misteriosos, casi patógenos, que si no tenían una función muy clara –como la pesca o la caza- fueron arrasados sin contemplaciones. Ha pasado desde siempre, pero durante el Franquismo se pisó el acelerador a tope, con nefastas consecuencias ambientales.

No hay ninguna zona húmeda natural que mejorase durante la dictadura (solo crecieron los embalses), y algunas incluso fueron tapadas para siempre, por ser consideradas lugares insalubres e inútiles. Ejemplos: la Laguna de la Nava, en Palencia, conocida como ‘Mar de Campos’ (!) y aniquilada en los 50, hoy mínimamente recuperada. La Laguna de Duero, en Valladolid, ubicada donde la localidad homónima, hoy reducida al absurdo. O la Laguna de la Janda, en la costera Tarifa (Cádiz), sepultada en los años 60. Qué decir de las Tablas de Daimiel, cuyos manantiales básicos fueron desviados al regadío. De vez en cuando, en temporadas excepcionalmente lluviosas, todas ellas resurgen en parte y por un rato. Como los espectros que recorren sus antiguos palacios.

Nos cruzamos con un pescador activo

Nos cruzamos con un pescador activo

A la Albufera de Valencia, célebre laguna salobre pegada a la capital del Turia, no le fue tan mal como para extinguirse, pero sufrió de otra manera. Siguió viva, porque ahí sí había una rentabilidad de bolsillo: la pesca casi proverbial de especies como la anguila o la lubina. En realidad las mordidas que la desmembraron empezaron mucho antes, pues desde que los árabes trajeron el arroz había ido siendo enterrada a plazos, con vistas a generar campos de cultivo. Más aún a partir del siglo XIX. Si hace pocos milenios tuvo 30.000 hectáreas de extensión (un verdadero ‘pequeño mar’, que es lo que significa su nombre en árabe), hoy mide unas 2.400, rodeada de una inmensidad de arrozales. Pero seguía siendo fuente de peces, y salvó su versión reducida. Desde 1986 encabeza un variado Parque Natural de 21.120 hectáreas.

El gran golpe reciente llegó por otro flanco: el del espectacular desarrollo industrial y turístico del entorno, también durante el Franquismo. Las aguas de esta laguna comunicada con el vecino Mediterráneo se contaminaron. Se debió a los vertidos impunes de las empresas y las urbanizaciones turísticas vecinas, e incluso a los pesticidas y abonos más potentes e incontrolados que se usaron en ‘el marjal’, lo que hoy son los arrozales. En pocos años, la base de la vida –el agua- se envenenó. Los peces disminuyeron tanto que incluso la pesca ha perdido sentido, hoy día.

Jaume con el palo, que usa solo por si acaso o a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel

Jaume con la percha, que usa a petición del fotógrafo; hoy las barcas van a diesel

“Hasta los años 60, esto era un paraíso”, corrobora Jaume Bru, nuestro barquero. Es de El Palmar, pueblecito situado en la esquina sureste del lago y muy enfocado al turista que viene a conocer esta laguna singular: ‘espejo del sol’, dicen que la rebautizaron los árabes. Jaume, llamado como el rey aragonés que precisamente venció a los musulmanes, recuerda pasadas grandezas de la charca gigante. No solo nos guía, también rememora con varios puntos de nostalgia lo que fue la Albufera antes del caos. Pasó muchos años en Madrid, ya veterano retornó a sus raíces y ahora da paseos en barca a los visitantes. Ha comprobado en primera persona el gigantesco declive del lugar.

La mejor manera de conocer algo es meterse, claro, así que vayamos dentro. Algunos se aproximan al lago atraídos por el mito literario –y luego televisivo- Cañas y barro, novela del valenciano Vicente Blasco Ibáñez (1902) que usa la pesca en El Palmar de telón argumental de fondo.  Otros, como yo, nos acercamos en busca de lo que queda de los últimos espacios naturales. En este caso, uno de los principales humedales del país, aun con todas sus miserias.

Excursión por la lámina de agua

Nuestro paseo por la Albufera de Valencia iba a durar en torno a una hora. Pero ir fuera de temporada, y también fuera de fin de semana, y también fuera del atardecer, tiene sus ventajas: solo somos cuatro visitantes, y el siempre sonriente Jaume es un hombre simpático. Total, prácticamente se duplica el tiempo del viajecito. En su barca caben, bien apretujados, unos 30 clientes, así que vamos holgados. En tiempos las embarcaciones de El Palmar las movía Eolo, que soplaba sus velas latinas, o si no la tracción humana. Se usaban largas perchas para impulsarlas pinchando en el fondo, pues normalmente no está a mucho más de medio metro de profundidad, dos como máximo. Hoy ya se desplazan a motor, pero las varas están a la vista: como parte del atrezzo y por si falla la ingeniería diesel.

La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción

La barraca valenciana, a su modo también en peligro de extinción

Partimos del embarcadero municipal de la localidad, donde aún perviven algunas barracas, casas típicas valencianas de tejado vegetal exageradamente empinado. Es bueno para ayudar a desalojar el agua del cielo, pues las trombas también son típicas aquí. Nos alejamos del pueblo a través de una especie de avenida entre plantas adaptadas al agua como carrizos, masiegas y eneas. Hay días, como el que nos toca, de líquido y aire casi absolutamente dormidos. Nos cuenta Bru que, cuando se mete el viento a saco, se mueve un oleaje casi marino.

El tran-tran del motor nos acompaña unos minutos mientras salimos de la orilla este. De pronto la avenida se abre, como en una gigantesca plaza color marrón verdoso, que es el que actualmente exhibe la superficie acuática; hace solo medio siglo era perfectamente transparente. Nuestro sencillo viaje nos dirige a la isleta de La Manseguerota, bastante céntrica, que no levanta apenas del nivel del agua pero se distingue por la jungla palustre que la cubre.

Propietarios alados

Unas decenas de metros antes de la ínsula, una barrera de grandes estacas espaciadas marca la frontera donde no pueden entrar las embarcaciones. Casi todas lucen su correspondiente y oscuro cormorán, algunos con sus alas solemnemente abiertas para secar las plumas. Tienen el plumaje húmedo tras sus buceos, y así no pueden volar directamente. Por eso, informa el barquero, cuando se espantan han de tirarse al agua para corretear unos pasos sobre la superficie, como los basiliscos, aprovechando la carrerilla para tomar impulso desde abajo y despegar. Y, dentro del santuario, cientos y cientos de patos. Han aprendido que no podemos entrar, y hay muy pocos fuera. También deben de saber que en la laguna no se permite la caza, mientras en los arrozales del entorno (22.000 hectáreas) sí, por épocas.

Prohibido que entren barcas desde la línea de estacas hacia la isla de La Manseguerota; es dominio de patos y cormoranes

Isla de La Manseguerota: patos y cormoranes

Entre lo más evidente que se aprecia en el pelotón nadador están el ánade real –sobre todo-, el pato cuchara y el pato colorado. En invierno se pueden juntar aquí más de 25.000 anátidas, y varios miles más de garzas, limícolas y gaviotas de especies variadas. Según un completísimo estudio de varios ornitólogos, las especies de aves observadas en la Albufera son unas 350, entre las nidificantes, invernantes y las que la disfrutan en sus pasos. Algunas no las han visto ni ellos, porque han recopilado citas antiquísimas.

Tras rodear parcialmente La Manseguerota, vamos a una zona despejada de la ‘plaza’ y paramos allí, en mitad de la nada. Jaume apaga el motor y se sienta para contarnos la historia física y hasta política de la Albufera, en medio de la paz más absoluta. Nos habríamos quedado allí el día entero.

Gajo del Mediterráneo

Un vistazo a nuestro alrededor ya revela lo llano que es todo esto: algunos edificios, a lo lejos, son lo más alto que se ve, aparte de sierras más en tercer plano. Como relata el barquero, la Albufera por antonomasia, con mayúsculas, es un espectacular ejemplo de albufera en sentido amplio: dícese de laguna litoral que en su día era parte del propio mar. Esto era una bahía que se fue cerrando, gracias a los lodos que transportaron y descargaron durante milenios dos ríos. Son famosos, de los de retahíla escolar, y desembocan aquí cerca, separados por poco más de 30 kilómetros: el Turia, al norte, y el Júcar, al sur.

¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?

¿Es o no es la garza real la auténtica señora de los humedales?

Su callada labor fluvial de siglos edificó una restinga o estrecho cordón de tierra que terminó separando al Mare Nostrum del nuevo lago, inicialmente salado como papá. La restinga es hoy un bosque de pinos y arbustos sobre sustrato arenoso, la Dehesa del Saler; después vienen el cinturón de dunas y la playa. Dicen que esa división Mediterráneo/Albufera no se hizo definitiva hasta tiempos de los romanos, aunque nunca fuera absoluta. Gran mar y ‘pequeño mar’ conservan comunicación por varios pasillos líquidos, las ‘golas’, un tanto canalizadas hoy día por necesidades del guión agrícola. Pero poco a poco, a base de arroyos y torrentes del entorno o manantiales (conocidos como ullals), el lago pasó a ser de agua salobre, más bien dulce.

La de Valencia es uno de los grandes ejemplos ibéricos de este fenómeno de las albuferas, aunque hubo varias más –hoy desaparecidas- en la propia costa valenciana y otros puntos del Mediterráneo. Aún quedan algunas en Mallorca y Menorca, y el machacadísimo y murciano Mar Menor también lo es. Su restinga es la célebre y hormigonada Manga, base donde se asienta un ejército de apartamentos que regaló el Un, dos, tres.

Estas singulares condiciones hicieron de la Albufera de Valencia un enclave de lujo para la pesca. Hicieron. Aún pasamos junto a las barquichuelas casi monoplaza de los pescadores, o al lado de los pequeños cercos de mornells, nasas muy alargadas que sirven para atrapar la anguila. Pero la captura de esta y otras especies ya no es negocio.

En los 60, cuando Jaume era niño, trabajaban aquí unos 300 pescadores. Ahora, tras apenas unas décadas de polución galopante, quedan “57 en activo”, pocos con dedicación exclusiva. Y dos de ellos mujeres, hijas de Carmen Serrano, una Juana de Arco de El Palmar. Ella encabezó en los 90 una encomiable batalla por los derechos femeninos, ya que la tradición del pueblo otorgaba derecho de pesca solo a los hijos varones de los autóctonos (“a mí me parece troglodita”). El pueblo se dividió entre los conservadores, que no querían cambiar este ejemplo centenario de machismo, y los renovadores. Ganaron estos últimos, o sea ellas, pero las heridas no se han curado.

Valencia hispanica

No, no un eslogan nacionalista ni de la ‘Marca España’. Valencia hispanica es el nombre científico del samaruc, escasísimo pececillo de aguas dulces o un poco salobres de las costas mediterráneas, que a escala global prácticamente se circunscribe a la Comunidad Valenciana, como queda claro desde el latín. Es otra víctima de la contaminación. Por supuesto, existía en la Albufera, pero ya es casi relíctico. Habiendo desaparecido casi todo su hábitat, apenas quedan poblaciones fuera de los criaderos y ciertos regatos secretos.

Así lo analiza Bru: el paraíso que él conoció también era “un verdadero bosque” de vegetación subacuática, arrasado por la misma polución y la opacidad del líquido. Aunque haya mejorado algo la calidad de las aguas, todavía estamos muy lejos de unas décadas atrás. Simplemente el animal “no tiene dónde ocultarse. Los crían en viveros, pero si los sueltan no tienen refugio” y “se los comen los pájaros”. La misma contaminación hace languidecer a los invertebrados de los que se alimenta, y por los recursos compiten también especies exóticas. Mal panorama.

Peces que ya no están. Aguas que se volvieron opacas. Una laguna reducida a menos del 10% de lo que fue. Y todavía derrocha encanto, todo aquello. Lástima que hay que volver a puerto. Ha sido bonito, pero redescubro cuánto añoro la máquina del tiempo, y eso que no está inventada, que sepamos. Si alguna vez existe, supongo que no solo tendrá marcha atrás, sino también marcha adelante. Cuando caiga en mis manos una, ¿quién se apunta a otro viaje a la Albufera? Pero hacia el futuro, que siempre es arriesgado. Con la esperanza de que las aguas, como en el pasado, vuelvan a mostrar sus entrañas boscosas y animadas.

'Espejo del sol'

‘Espejo del sol’

La otra Cebollera y su reliquia botánica

A la izquierda, la meta

A la izquierda, la meta

Aunque no hubiera nada arriba, que no es el caso, siempre llamaría la atención subir a un pico llamado ‘Tres Provincias’. El nombre lo dice todo, tiene que ser un lugar especial. El último fin de semana, concretamente el domingo 11 de enero, un amigo y yo nos encaramamos a uno de los que hay repartidos por la geografía ibérica, exactamente el del vértice del mapa de la Comunidad de Madrid. En su cima confluyen también los territorios de Segovia y Guadalajara. Los mapas nos los hemos inventado los humanos, pero psicológicamente no es una subida cualquiera, es como si puntuara más de lo normal.

No es el único, ya lo hemos dicho. Sin ir más lejos, está el propio Tres Provincias de Urbión, donde se juntan Soria, La Rioja y Burgos. O el Mojón de las Tres Provincias de la Cordillera Cantábrica, selecto apretón de manos entre Palencia, León y Cantabria. O la pirenaica Mesa de los Tres Reyes, donde según la leyenda podían sentarse a negociar los monarcas medievales de Francia, Aragón y Navarra sin abandonar ninguno de ellos su respectivo territorio. Pero de todos estos, el Tres Provincias de Somosierra (2.129 metros) es el único donde no solo se juntan provincias o reinos, sino también autonomías: Madrid y las dos que empiezan por Castilla.

Enfrente, el chorro de Somosierra

Enfrente, el chorro de Somosierra

Es curioso asimismo que tanto en Soria como en Somosierra haya dos picos llamados igual, y que esto se repita con el segundo nombre del madrileño: Cebollera, más concretamente Cebollera Vieja. Más allá de divisorias políticas sobre el papel, físicamente está ubicado en el extremo oeste de la Sierra de Ayllón, que hacia el lado opuesto toca también con Soria y la Sierra de Pela. Todo me produce indirectas reminiscencias sorianas, potenciadas por el hecho de que me acompaña un nativo de la capital del Alto Duero.

Evidentemente, al Cebollera Vieja se puede ascender por varias de sus vertientes, pero nosotros usamos la vía más habitual, desde el mínimo pueblo también llamado Somosierra, el más alto de la región madrileña (1.433 metros). A pesar de la ruidosa cantinela de la autovía A-1 que pasa al lado, este rincón en torno al puerto homónimo –que comunica las dos mesetas- es magnífico. Sobre todo a la orilla este de la carretera, donde se encuentra la cumbre. En poquísimos kilómetros cuadrados coincide un puñado de maravillas. Por ejemplo, el nacimiento del tan segoviano río Duratón (ladera oeste del Tres Provincias), en sensacional cascada; el afloramiento del río Jarama (ladera sureste), tan madrileño; dos de los hayedos más al sur de Europa, el de Montejo y el de Tejera Negra; y unas vistas generales de escándalo. Vale la pena acercarse, mucho más allá de la anécdota geográfica.

Primer desvío: a la izquierda

Primer desvío: a la izquierda

En dos horas y media, hecho

Eso, unos 150 minutos tranquilos pero sin paradas, es lo que nosotros tardamos en alcanzar el vértice geodésico tripartito. Es una marcha apta para todos los públicos, que tiene la meta 700 metros más arriba que la salida. Con descansos, especialmente válidos en el único kilómetro verdaderamente empinado, saldría algo más de tiempo, pero no muchísimo más. Para el descenso, si es por el mismo camino, haría falta poco más de hora y media extra, para un total de 4. Íbamos con cierta expectación, sin poder calcular la cantidad de nieve que nos podíamos encontrar. Es que semanas antes tuve una buena dosis en la Cebollera sorianoriojana. Sorprendentemente o no, apenas había nada, salvo en zonas muy sombreadas y los últimos minutos hasta la cúspide. Para ser invierno, me pareció hasta preocupante.

Las instrucciones son sencillas, porque la Sierra de Ayllón está llena de tajazos en forma de caminos forestales, algunos muy altos. La subida empieza tras dejar el coche en la gasolinera de Somosierra, y tomar la hormigonada pista con una verja de hierro que empieza ahí, ascendiendo con cierta fuerza en ese primer tramo. Pronto pasaremos junto a un depósito de aguas, y el firme se convertirá en tierra ‘para siempre’.

Inicio medio escondido del sendero empinado que comunica con la cuerda

Inicio medio escondido del sendero empinado que comunica con la cuerda

En la ladera de enfrente, rocosa y que queda a nuestra izquierda, vemos la parte superior de las citadas cascadas de Litueros o de Somosierra. Esta chorrera, considerada la más alta de Madrid, la forma el arroyo del Caño, que instantáneamente va a morir en el de arroyo de las Pedrizas, formando el nacimiento del Duratón. Desde Somosierra pueblo también se llega a su base enseguida, siguiendo simplemente por la vieja carretera nacional, en menos de un kilómetro de descenso; hay un caminito a la derecha que nos deja en el agua.

Volvamos a la subida. Tras otra verja nos internamos en un pinar de pino silvestre, de repoblación. Ya habremos advertido que todo el monte está aterrazado, hasta muy, muy arriba; en algunos puntos hay coníferas plantadas. En otros nada, y las terrazas están tomadas por los arbustos. Tras unos metros, damos con la primera de las pocas bifurcaciones: desembocamos en otra pista que tomamos hacia la izquierda, y que un rato después se vuelve a dividir. Esta vez seguiremos la opción de la derecha, más empinada. Por ahí saldremos del pinar y encontraremos algunas curvas de herradura que nos van haciendo ganar metros.

Buscando la 'pista de arriba'; abajo, puerto de Somosierra y planicie segoviana

Buscando la ‘pista de arriba'; abajo, puerto de Somosierra y planicie segoviana

Un rato de exigencia

Tras otro pequeño bosquete, la pista se convierte en llana y recta, y avanza hacia nuestra izquierda, dirigiéndose directamente hacia el Cebollera Vieja. En algo más de un kilómetro, atentos a nuestra derecha: un sendero no muy claro y muy radical, marcado en el suelo por mínimos hitos, sale en busca de más altas cotas (véase foto). Por si nos pasáramos de largo, solo unos pasos después del desvío encontraríamos el arroyo de las Pedrizas y una curva bastante clara hacia la izquierda. Así que, si nos topamos con esto, media vuelta y a buscar mejor.

El sendero empinado, que nosotros probamos con nieve helada, sube en perpendicular a las terrazas de la ladera durante unos cientos de metros, y tiene una especie de menhir o ‘colmillo gigante’ a la mitad. Por fin, da a otra pista ancha, que seguiremos hacia la izquierda. Cuando ésta se extinga, en una zona de afloramientos rocosos, tranquilamente iremos monte a través en busca del lomo del cordal, arriba a nuestra derecha, y allí hay otra pista amplia que conduce hacia la suave cima en otra media hora.

Veleidades del agua gaseosa

Veleidades del agua gaseosa

Si no abandonamos ese camino, rodearemos la cumbre y, cuando la pista baja unos metros, otro desvío a mano derecha nos lleva arriba del todo en un par de minutos. Primero encontraremos una roca con una placa en homenaje a los agentes forestales, con los escudos de las tres provincias que allí se unen, y unos pasos más arriba el vértice geodésico, que el domingo 11 de enero aún cobijaba en un hueco un pequeño belén.

Justo ahí arriba nos tocó niebla espesa, a pesar de que durante toda la jornada disfrutamos casi siempre de sol. Por eso, las mejores vistas las obtuvimos un rato antes, por el cordal. Guadarrama entera al oeste, la meseta castellana al norte, y hacia el este la espectacular cuerda que enlaza con el alcarreño Pico del Lobo, muy salvaje y que es reserva natural. Lástima que el día sea aún tan corto, porque nos queda pendiente una excursión hacia allí. El Lobo es el techo de Guadalajara (2.274 metros), y por cierto que el Cebollera Vieja es otro de los punteros de la provincia castellanomanchega.

Sorpresa boscosa

Ahí está el cilindro

Ahí está el cilindro

Para volver, lo previsto por nosotros era desandar lo andado. Preparándolo mejor, podríamos haber bajado hacia las cascadas, que es una clásica ruta circular. Pero improvisamos, sin mapas, ni GPS, ni nada. Inventarte la vuelta sobre la marcha suele ser agradecido, si la visibilidad es máxima como nos tocó a nosotros. Simplemente, empezamos a retornar sobre nuestros pasos, pero cuando llegó el desvío lo ignoramos. Seguimos unos kilómetros esa misma y ancha pista que va por todo el descendente cordal, hacia el sur. Es alucinante, pero las cuatro torres de Madrid capital se ven también desde allí, a 90 kilómetros, convertidas por el efecto óptico en único y enorme monolito. También se apreciaba la famosa ‘boina’ de mierda flotante de la urbe, especialmente nutrida últimamente.

Cuando nos pareció, en una parte de la cuerda ya mucho más baja y flanqueada por un pequeño muro de piedra, nos metimos hacia la derecha (oeste), monte a través. El pueblo se veía lejos, pero parecía accesible. El objetivo: cruzar aquel universo de piorno, retama y pinar y dirigirnos a explorar un bosque caducifolio claramente distinguible del resto, en una ladera que muere en la vieja N-I, ya cerca de las casas. Lo más parecido a la vegetación autóctona que se intuye en muchos kilómetros a la redonda.

Al llegar a él, estaba alambrado, pero con ‘puntos débiles’. No nos imaginábamos la maravilla que nos topamos. Sobre todo está formado por robles, pero también hay muchos abedules, quizá mi árbol favorito, con ese tronco blanco, habitualmente fino y salpicado de una especie de llagas negras. El suelo sonaba, tapizado de todas las hojas secas posibles; y el toque verde lo aportaban grandes y tupidas matas de acebo, como delegaciones de Garagüeta.

Abedul de siglo y medio, en la Dehesa Boyal de Somosierra

Abedul de siglo y medio, en la Dehesa Boyal de Somosierra

Y de pronto, una especie de mojón de carretera nos sorprendió en mitad de la floresta. Está colocado al lado de un grueso tronco, y lleva un cartelito, donde dice ‘Betula alba. Árbol singular de la Comunidad de Madrid. Nº 17’. Es el nombre científico del abedul, y fijándonos mejor descubrimos que el arbolaco es de esta especie. Es que parecía un roble, porque su tronco está grisáceo, por la vejez y los líquenes. Tiene unos 150 años, según el catálogo que consultaré luego en casa.

Sin darnos cuenta, nos habíamos metido en la Dehesa de Somosierra, Dehesa Boyal o ‘Dehesa Bonita’, uno de los más preciosos bosques de Madrid, poco conocido y donde durante siglos han pastado vacas y caballos, como sigue sucediendo. Relíctico, las condiciones climáticas parecen haber trasplantado un cachito de bosque atlántico aquí, tan al sur. Internet dice que hay otros cuatro árboles singulares en este entorno: dos mostajos, otro abedul y un acebo inmenso.

Finamente tuvimos que superar una cancela, cerrada a conciencia con cuerdas bien atadas, para dar con la antigua N-I y comprobar que efectivamente el núcleo urbano estaba ahí al lado. La casualidad nos había puesto delante solo a uno de los cinco árboles singulares, aunque los de alrededor, más modestos, forman un conjunto sin desperdicio. Otro plan que queda para explorar en el futuro, con más conocimiento.

Usuarios del bosque mágico

Usuarios del bosque mágico

Cotorras en la urbe: ¿y ahora qué?

Parque del Paraíso, Madrid este; al fondo, las cuatro torres y Guadarrama

Parque del Paraíso, Madrid este; al fondo, las cuatro torres y Guadarrama

Últimamente me ha dado por mirar a esos animales que saltan a la vista y el oído, pero no deberían. A las llamadas ‘especies exóticas invasoras’, como si se hubiesen organizado ellas solas y lanzado a conquistarnos, al estilo de los hunos. Una de ellas me la encuentro todos los días: es la cotorra argentina o monje (Myiopsitta monachus), que hace tiempo que en Madrid es parte indisoluble del paisaje urbano, dándole un toque cromático y sonoro a las zonas verdes. En grandes parques como la Casa de Campo forma auténticas hordas. Se va extendiendo, y no se sabe hasta dónde puede llegar.

Mi recorrido cotidiano hacia el trabajo incluye el tranquilo y longilíneo parque del Paraíso, a la derecha en el mapa de la capital de España. Está en mitad de una zona residencial, fuera de la circunvalación M-30, a medio camino entre la Puerta del Sol y el Aeropuerto de Barajas. Lo que vendría a ser un lugar silencioso, si no estuvieran ellas. Emerjo de las profundidades en la parada de metro ‘Simancas’, en la frontera misma de esa zona ajardinada, y lo primero que escucho según piso los últimos peldaños son los chillidos de los pequeños loros verdes, que siempre se mueven en grupos.

A primera vista, la verdad es que gustan. Lucen tono general verde brillante, cara y pecho grises, plumas azules en las alas, faz simpática y vivaracha, típica habilidad loruna para coger objetos con las patas o colgarse de las ramas… Pero dicen que en las distancias cortas empeoran, sobre todo por sus chirriantes voces, repetidas muy a menudo y en coro. Un soniquete que no apetece, si es junto a tu ventana. En cambio, no han venido volando desde el otro lado del Atlántico: alguien le facilitó las cosas a esta ave propia de la mitad sur de Sudamérica, y ya sabemos cómo se llama. En la vida natural, cada vez que llega un extraño a un ecosistema, como bajado de un platillo volante… malo.

Toque exótico en España

Toque exótico en España

¡Cotorras en Madrid! Suena de otro mundo, de un cuento de piratas y viajes magníficos, desde luego de regiones más cálidas. Pero el caso no es nuevo, y hace décadas que las primeras empezaron a vivir por sus propios medios en España. Según la Sociedad Española de Ornitología (SEO), la primera cita de esta especie en el territorio nacional se produjo en Barcelona, en 1975. En 1985 se la cita en Madrid, y en 1993 se comprueba que ya se reproduce en ese parque inmenso llamado Casa de Campo. Hoy día cría también en parques y jardines de varias urbes del Mediterráneo, y algunos puntos de Castilla y León, Castilla-La Mancha, Navarra, Galicia, Zaragoza, Canarias o Baleares. Es difícil saber cuántas son exactamente, pero sí está claro que son cada vez más.

¿Qué hay de Soria?

Revisando datos relativamente antiguos, de principios del siglo XXI, los mapas muestran un punto en Soria capital, como lugar de presencia de la ‘invasora’ cotorra argentina. Desde la sección soriana de la SEO, efectivamente Juan Luis Hernández afirma que entre 1999 y 2001 se vio una pareja de estos alados seres por la pequeña ciudad, sobre todo en torno a la Dehesa pero también por otros rincones como las orillas del Duero. “La cuestión es que no comprobamos que nidificara y, a partir de 2002, esa pareja desapareció. Y hasta aquí. No ha habido más citas”.

El frío puede limitar la expansión del lorito, que quizá no pueda superar demasiados de los gélidos inviernos sorianos de forma consecutiva. A la orilla del Manzanares los meses invernales no son tan crudos, y prolifera. Sin embargo, tampoco es precisamente el Mediterráneo. ¿Qué se puede esperar? Hernández no cree que llegue a asentarse en Soria. “Viendo el empuje que tienen las cotorras argentinas en Madrid y en Zaragoza”, que están cerca de la primera capital del Duero, “podría pensarse en una pronta colonización. Pero yo no lo contemplo. Por cuestiones climáticas pero, también, porque la cotorra es muy de grandes espacios humanizados y ajardinados y eso, Soria, pues no lo tiene”.

Así se crea un problema

En cualquier caso, la expectación es grande entre los interesados en la biología, y en los departamentos medioambientales de los municipios y autonomías donde se está multiplicando la cotorra, o puede hacerlo en los próximos años. ¿Hasta dónde llegará? ¿Podemos frenarla? ¿Qué hacer con los ejemplares de un animal que no tiene culpa de existir, y que nosotros mismos hemos convertido en problema?

'Nido de nidos'

‘Nido de nidos’

Entre fascinante y lamentable, resulta indagar un poco en los porqués de esta conquista. Ya en su tierra de origen, donde la cotorra monje puede ocupar zonas ajardinadas pero también campos, está considerada una plaga que puede arrasar con los cultivos. Precisamente por eso, cuando en las últimas décadas del siglo XX llegó aquí el ‘boom’ de importación de mascotas de otros continentes, la cotorrita argentina triunfó, si podemos llamar así a su particular esclavitud de jaula. Reúne algunos requisitos intermedios importantes: es pequeña, aproximadamente del tamaño de un mirlo; se le puede enseñar a imitar la voz humana; y, debido a su abundancia, resultaba muchísimo más barata de conseguir y exportar que otros parientes más cotizados.

Pero claro, el marketing solo te pinta los lados positivos. En primer lugar, a veces resulta más arisca de lo que su afable aspecto suele hacer pensar. Y fundamentalmente, no todos los oídos y paciencias están preparados para aguantar las emisiones gárrulas (chirriantes) de un ave que no destaca por su discreción. Meter un no calculado incordio en casa resultó insoportable para unos cuantos. Cometieron el segundo error, después de la compra en sí: soltar a su suerte a sus de pronto indeseados animales de compañía, que a diferencia de otras aves enjauladas reaprenden a volar al instante. Además la operación se repitió bastante y simultáneamente, en aquella época de moda. Se dice incluso que la inteligencia de este polifacético emplumado le ha llevado a escaparse a menudo, abriendo la puerta de su prisión en un descuido del vigilante…

En definitiva, las cotorras se juntaron con sus congéneres y, como se ve, se adaptaron a su nuevo hábitat, miles de kilómetros al este de su continente de origen, y a una vida en libertad en las ciudades de algunos países europeos. Tras un período de asentamiento, ha empezado a realizar sus primeras expansiones ‘voluntarias’, sus pequeñas migraciones cuando el parque de turno se satura. Estoy prácticamente seguro de que ‘mi’ núcleo del parque del Paraíso no tiene el embrión en ninguna jaula, sino de misiones de exploración y expansión a partir de la Casa de Campo u otro jardín mayor de la ciudad.

Pandilla recaudando ramitas para el nido

Pandilla recaudando ramitas para el nido

El dilema

Pueden ser molestas también al aire libre, porque esta especie es gregaria, se junta en pequeños clanes -de un puñado a unas decenas de ejemplares- y se hace notar. De hecho, tiende a apiñar tanto sus nidos, construidos a base de ramitas y palitroques, que el resultado es un súper nido, en realidad un conjunto de otros más pequeños entrelazados. La estructura es bien visible para cualquier peatón que les siga el rastro durante unos segundos, y puede pesar en torno a 50 kilos. En el Paraíso, están fundamentalmente situados en los cedros. Sobre todo, precisan de un aporte constante de material. Evidentemente, éste procede de las especies vegetales más próximas, y pueden dañarlas mucho, porque esta cotorra usa el hogar todo el año, no solo cuando cría. Dentro, se supone, el frío no es tan evidente, como pasa en los iglúes.

Y sí, el pequeño lorito chillón es un problema ambiental, no solo para los árboles y arbustos. Porque además, una vez que se establece se convierte automáticamente en más bocas que alimentar: es competencia directa para las aves autóctonas como gorriones, palomas, urracas y demás. Carente prácticamente de enemigos naturales en las urbes, se supone que no puede hacer otra cosa que subir. Como se cita en esta noticia de 2013, publicada en ‘El País’, un censo de un grupo de biólogas de la Universidad Complutense eleva el número de ejemplares salvajes de Myiopsitta monachus a 1.768 solo en Madrid capital, distribuidos por 15 parques. Y ojo, que de momento no se ha ‘atrevido’ a moverse a zonas un poco más rurales, a los cultivos que supuestamente ataca en sus países de origen.

Se verá. La Comunidad de Madrid, por su parte, autoriza desde ese mismo año a su eliminación, siempre por parte de las autoridades competentes. Y no es la única región que ha tomado medidas similares, para echar a las cotorras o para que no lleguen nunca. ¿Demasiado tarde? ¿Vale la pena? ¿Es lícito, es éticamente sostenible, a estas alturas? ¿No debería ser Dios el único competente para esas decisiones? ¿Existe? Y si existe, ¿seguro que somos nosotros?

La Cebollera, cara ‘B’

Ermita de Lomos de Orios: inicio y final

Ermita de Lomos de Orios: inicio y final

Miro las montañas que hacen límite entre provincias como quien mira la luna: la ladera cercana es la familiar, la conocida. Pero por el otro lado está la cara oculta, como en nuestro satélite, que me parece mucho más lejana e inaccesible solo porque no se ve. Así me ha pasado siempre con el pico Cebollera, uno de los más altos de Soria (2.141 metros), que domina la comarca de El Valle. Dos de mis mejores amigos sorianos son precisamente de esta preciosa porción territorial, así que en mi lustro en la ciudad del Duero subí allí más de una vez y de dos. Pero siempre desde Soria, por Molinos de Razón y la Laguna Cebollera; nunca desde La Rioja.

Es que padezco un extraño síndrome, y creo que no soy el único: el de los mapas. No, a las hojas de ruta en sí no les hago mucho caso, ni sé usar el GPS -debería-. Me refiero a que los mapas son creaciones humanas que entre otras cosas marcan fronteras sobre el papel, y mi cerebro, inconscientemente, se las cree y las asume. En mi piso compartido de Soria teníamos uno muy completo colgado en la sala, obra de la Diputación Provincial. Pero todo ese derroche de detalle, al menos en la parte ‘física’, no era tanto a partir de la fina raya negra que separaba Soria de los territorios limítrofes, que también figuraban parcialmente. De las otras provincias apenas venían los ríos, nada de los montes: era como si las tierras sorianas estuvieran en mitad de una planicie.

Y hete aquí que la tendida pero alta Sierra Cebollera está precisamente repartida con La Rioja. Y sin darme cuenta, o sin darle yo importancia, ese mapa de la pared me invitaba a usar las botas y los prismáticos sobre todo por la que en ese momento era ‘mi tierra’, ignorando otras posibilidades casi igual de cercanas o atractivas. Lo mismo me pasó, pero en menor medida, con Urbión o el Moncayo, también fronterizos. Mi cabeza nunca contempló la ascensión desde la otra vertiente: es como si lo del otro lado fueran territorios bárbaros, como si la montaña solo fuera la mitad más a mano. Una estupidez con la que el pasado fin de semana terminé, al menos en lo que a la Cebollera se refiere.

Otro viejo conocido: el Moncayo

Otro viejo conocido: el Moncayo

Curiosamente, el único parque natural riojano protege justo su parte de esta sierra, un sector del Sistema Ibérico de unos 30 kilómetros, entre los puertos de Piqueras y Santa Inés, cuyas cumbres no son tan abruptas como parecería corresponder a sus más de 2 kilómetros de altura sobre el nivel del mar. Hacia el sur, hacia Soria, el agua que mana, cae o se derrite desde la Cebollera va a parar al Duero, por medio de ríos como el Razón o el Razoncillo. Y la que prefiere bajar hacia la vertiente de La Rioja, en la zona de Camero Nuevo, irá a parar al Ebro, fundamentalmente canalizada por el Iregua. Como curiosidad, y según la web especializada en montañismo www.mendikat.net, el nombre de la cadena viene de la planta llamada asfódelo, gamón o ‘cebollero’.

El viernes pasado era el día de la ascensión. Para la ruta más clásica hay que ir al pueblo serrano de Villoslada de Cameros, donde está el centro de interpretación del parque; allí me informaron bien. Existen unos cuantos senderos señalizados, pero para recorrer los valles, no hacia los picos; según el personal del espacio protegido, se quiere evitar así que se anime ‘cualquiera’ sin experiencia a mirar a lo más alto. Sí que me mostraron sobre plano la ruta más lógica, que puede hacerse circular, y es lo que escogí: empezar en la célebre ermita de Lomos de Orios, desviarse uno por un amplio cortafuegos hacia el este, encaramarse a la cuerda de cumbres, hacer cima y bajar en busca de una pista forestal que nos devuelve al templo.

Cortafuegos entre el pinar; al fondo a la izquierda, Urbión

Cortafuegos entre el pinar; al fondo a la izquierda, Urbión

¿Cuánto se tarda? “Eso es relativo”, me respondieron. Tanto por el estado de forma que tuviera como por la cantidad de nieve que presumiblemente iba a encontrarme ahí arriba, que ya podía ser importante. Y, más o menos, lo fue. Sí que me aseguraron que toda la vuelta son 21 kilómetros. Partes de 1.415 metros de altura, donde la ermita, y llegas a los citados 2.141 del pico Cebollera, pasando incluso por alguna elevación unos metros más arriba. Porque, ¡no es la altura máxima de la excursión! Resulta que el pico Cebollera es el más prominente, quizá el más bonito de la sierra, pero solo es el más elevado desde el punto de vista soriano. Metida hacia el lado riojano de la misma sierra está la Mesa de Cebollera (2.163 metros), una auténtica planicie con cortado, que desde algunos puntos de vista recuerda al pico Frentes. E incluso pasaremos por la casi inapreciable Mesa Sur (2.162 metros), en la misma cuerda hacia nuestro destino.

En Villoslada, enfrente del centro de visitantes, una señal te mete hacia una pista asfaltada que, en 9 kilómetros, te deja en la ermita de Lomos de Orios, en mitad de un precioso hayedo. Desde el santuario para arriba prácticamente todo el arbolado será pino silvestre. Luce preciosa la amplia escalinata de este santuario, uno de los más destacados de España si unimos celebridad, belleza y carácter montuno. Dejamos el coche aquí, y empieza el viaje. Sencillo, pero espectacular. Y, durante los próximos meses, muy blanco.

Ya en la cuerda, como en Canadá

Ya en la cuerda, como en Canadá

Subiendo.

Desde el propio parking de la ermita, a la derecha de los peldaños, sale la pista forestal que nos encamina inicialmente. Un poste indica que por allí se va hacia la ‘Majada de las Disecadas’, senda nº 4 del parque. Ascendemos por la pista durante unos minutos, y cuidado porque en menos de un kilómetro, en una cerrada curva hacia la izquierda, deberemos dejarla para tomar un cortafuegos de buena pendiente. Digo cuidado debido a que las características de la curva no dejan ver que justo lo tenemos encima, y podríamos pasarnos de largo, como me sucedió a mí. Tampoco hay problema porque no mucho después hallaremos un cartel de la ruta marcada, con una advertencia como no he visto nunca en mi vida (‘¡¡Atención!! Ha sobrepasado el desvío a las cascadas de Fuente Ra. Retroceda 50 metros’). Ahí mismo, sube entre los pinos, a la izquierda, una pequeña senda que conecta nuestra pista con el cortafuegos.

Los siguientes minutos serán de empinado ascenso por esta amplia ‘avenida’ entre el bosque, en dirección a la cuerda. Atrás, no excesivamente lejos, vislumbraremos una montaña de perfil conocido, Urbión. Yo me encontré algo de nieve desde el principio (momento de colocarse las polainas), y en el tramo superior ya me hundía unos centímetros a cada pisada. Huellas de venados, jabalíes y pequeños carnívoros cruzaban una y otra vez, porque la nieve es así de indiscreta.

Casi arriba del todo el pinar se cierra en torno al cortafuegos, como un callejón sin salida. Pero con resquicios, porque afortunadamente nos podemos seguir moviendo entre los troncos. Con un poco de suerte identificaremos los hitos que siguen hasta la cresta. Fue para mí el tramo más complicado, con buena capa de nieve que hacía complicado avanzar, y sucesivos hundimientos hasta la rodilla.

Hacia la cumbre, con el alambrado limítrofe

Hacia la cumbre, con el alambrado limítrofe

Un grupo de rocas –evidentemente tapadas de blanco, como un montículo de azucarillos desmoronado- nos indicará que estamos en la cuerda, concretamente en el alto de Cueva Grande (2.081). Como no se veía camino lógico y estaba todo atestado de nieve, lo que hice yo fue rodearlo, dejando la cima a la derecha y encaramándome poco a poco usando las piedras como escalones: es todo un descanso, eso de no hundirse. Arriba, la cuerda de la Cebollera es casi una llanura ondulada, con un impactante aire siberiano de estepa salpicada de coníferas que han retenido la nieve y parecen de hielo. También nos podemos asomar a El Valle, y a lo lejos la mole del Moncayo emerge inconfundible: efectivamente se asemeja a ‘Los Urales’, papel del macizo ibérico en la película rodada en Soria Doctor Zhivago.

‘Llaneando’.

El día que me tocó resultó soleado y de algo de ventisca, pero ya tan arriba el ‘terreno de juego’ estaba duro y apenas había hundimientos, agilizando mucho la marcha. No hay más misterio que seguir caminando hacia el sur, o sea hacia la derecha desde que alcanzamos la línea de cumbres, dejando abajo el valle por donde va la pista forestal que tomamos inicialmente. Aunque prácticamente no se noten, porque no son cimas abruptas, en unos 5 kilómetros pasaremos por los altos de La Gamella (2.102 metros), Mesa Sur (2.162) y La Chopera (2.135 metros).

Mástil en el mar helado

Mástil en el mar helado

Bajando desde ésta hacia el último collado tendremos ya delante una cumbre mucho más empinada que el conjunto, y una línea de alambrado –oxidado y yacente- a nuestra izquierda: ahí está el pico Cebollera, con el vértice geodésico bien visible, como un mástil desesperado en medio de las olas antárticas que forma el hielo. Está hecho, ya. Si no me han informado mal, la alambrada marca el límite entre Soria y La Rioja y, ya que hay que cruzarlo para dar los últimos pasos, la pura cima de este monte rayano estaría del todo en tierras sorianas. Da igual, ya quedamos que las fronteras son invenciones nuestras, por lo menos en casos así. Tardé tres horas y medias desde Lomos de Orios, sin apenas paradas.

Las vistas son esplendorosas hacia las dos vertientes. Suerte poder contemplarlas: recuerdo mi primer intento –frustrado- de subir aquí, desde Soria: había tanta nieve y tanta niebla que no sabía por donde ir, solo se veía blanco por todas partes. Eso sí, tuve la mágica y nunca repetida sensación de estar metido en una caja absurda. Por suerte, mis propias huellas me sirvieron para deshacer camino hacia a la civilización.

La cumbre y su melena blanca

La cumbre y su melena blanca

Bajando.

Me quedaban dos horas de luz natural, y es lo que tardé en volver al coche, totalizando unas 5 horas y media para todo el recorrido. Lo más fácil es lo que hice: descolgarse hacia el norte, es decir hacia el lado riojano, por un bonito circo glaciar que forma parte de los genéricamente llamados ‘Hoyos del Iregua’. Son praderas con lagunillas de las que nacen los riachuelos que se unirán en el inmediato río de ese nombre. En concreto, al pie del pico Cebollera está el ‘Hoyo Mayor’, desde el que mana el arroyo de Puente Ra. El descenso es vertiginoso, en parte porque la supuesta senda que hay no se ve por la nieve, pero aquí ésta sí que ayuda a bajar ‘a saco’, sin problemas. Ya en el Hoyo apenas se intuye el riachuelo, tapado por el manto blanco.

Bajamos un poco más y nos juntamos con nuestra vieja pista forestal pero unos miles de metros después, que da toda la vuelta a este valle. Simplemente la seguimos hacia la derecha durante media docena de kilómetros, predominantemente hacia abajo (atentos a los ciervos que pueden cruzársenos), no hay pérdida. Alcanzaremos de nuevo el desvío al cortafuegos, que evidentemente ignoramos y, en breve, la ermita y el pequeño aparcamiento. Con un aire más cautivador aún, cuando las luces se apagan.

Curiosidades del Turia

A solo 10 kilómetros de Valencia capital.

A solo 10 kilómetros de Valencia capital.

Si vas a Valencia y no tienes mucho tiempo, consigue una bicicleta, métete por el antiguo cauce del río Turia en sentido contrario al mar y llegarás al llamado Parque de Cabecera, junto al famoso Bioparc. Síguelo entero por cualquiera de sus caminos, que terminan confluyendo, y cuando lo termines, junto a un edificio de la Policía Local encontrarás una amplia pista de tierra y un cartel que te dará la bienvenida al Parc Fluvial del Túria. Estamos donde queríamos.

El Parc Fluvial es básicamente la ruta acondicionada que sigue al más famoso de los ríos valencianos durante 30 kilómetros, desde aquí (confines de la capital de la Comunidad Valenciana) hasta el centro de visitantes de Vilamarxant. Todo este tramo bajo y casi terminal del Turia está protegido desde 2007 en el Parque Natural del Turia. 4.652 hectáreas de ‘pulmón verde’ de la tercera mayor urbe de España, pero con una zona de influencia de más del doble de extensión, que engloba 15 municipios distintos. Dependiendo de lo que digan tus piernas y tu reloj, puedes marcarte una excursión preciosa sobre dos ruedas, a pie e incluso a caballo, que también de esto hay oferta. Y disfrutar de una naturaleza inesperada entre tanto edificio y polígono. No existen muchos espacios protegidos que a la vez estén absolutamente centrados en un curso de agua, durante tantos kilómetros, y sean tan cómodamente recorribles.

Pasarela '0' que se mete en el Turia, en la zona donde se desvía el cauce natural del nuevo cauce sur.

Pasarela ‘0’ que se mete en el Turia, en la zona donde se desvía el cauce natural del nuevo cauce sur.

El parque fue socialmente reivindicado sobre todo desde el incendio que afectó al bosque de La Vallesa en 1994. Ha servido para que podamos conocer de forma fácil un río machacado incluso en su trazado, como veremos enseguida. Pero que ha mejorado mucho con las actuaciones, tanto en sus riberas como en sus aguas. Recordemos que nace el Turia en la Muela de San Juan (Sierra de Albarracín, Teruel), al principio con el nombre de Guadalaviar, y que recorre unos 280 kilómetros pasando también por la provincia de Cuenca, para desembocar en el Mediterráneo, en Valencia mismo.

Lo curioso es que sus últimos 12 kilómetros no son los originales. Aproximadamente donde empieza nuestra peculiar ‘vía verde’, desde los años 70 el Turia fue desviado de su cauce original, que pasaba por mitad de la ciudad, ‘como dios manda’. Se debió a la catastrófica riada de 1957, que dejó 81 muertos y pérdidas multimillonarias, inundando casi toda la capital de Levante. Típica crecida de los ríos mediterráneos, pero más destructiva que nunca. Años de obras canalizaron el río en una especie de circunvalación por el sur, que es por donde va ahora. Es cierto que la sucesión de parques, jardines y zonas deportivas en las que se transformado el viejo cauce ha quedado fantástica, pero también que es triste recluir de esa manera a la naturaleza.

De puente a puente

Las pasarelas, casi en 'arco de medio punto'

Las pasarelas, casi en ‘arco de medio punto’

El caso es que, antes de eso, el segmento del Parc Fluvial sí guarda el trazado original. Y no tiene más complicación que meterse a la vera de la corriente y acompañarlo por los tranquilos parajes que atraviesa su curso bajo, cruzándolo una y otra vez por puentes de madera. Son muy arqueados, se supone que para evitar problemas cuando las aguas bajan crecidas y arrastran de todo. Va el río por la llanura, pero los últimos reductos del Sistema Ibérico ése tan soriano alcanzan hasta aquí, con colinas incluidas también en el espacio protegido. De lo que más nos empaparemos es de ecosistema fluvial, por ejemplo con las altas cañas comunes, que en algunos sectores son casi árboles; y luego troncos de verdad, como álamos blancos, chopos, sauces e incluso olmos. En las orillas no faltarán las aves acuáticas, como las garzas (reales y, con algo de suerte, imperiales), y cormoranes grandes que nos pasarán volando por encima.

Además, surcaremos campos de típicos naranjos, y veremos a lo lejos bosques también incluidos en el parque natural, como el citado de La Vallesa o Les Rodanes. Si hay tiempo, hacia el final –en el entorno de Vilamarxant- hay por ejemplo un sendero señalizado, el PR-CV 175, que recorre este último, basado en el pino carrasco plantado por aquí hace medio siglo. La ruta a pie, de 13,6 kilómetros y de poco más de 4 horas de tiempo estimado, incluye cumbres como la Rodanda del Pic (321 metros) y la Rodana Gran (345), de llamativas panorámicas. Y no es la única senda similar en el entorno.

Huellas vivas de la Historia

En fin, que este parque es un lujo para una zona tan humanizada como esta, tan antropizada (transformada por el hombre) desde hace milenios. No solo la naturaleza, también la historia circunda el Turia final, por ejemplo con el yacimiento visigodo de Valencia la Vella, situado en un cerro no lejos del cauce, o unas trincheras de la Guerra Civil que nos miran desde un pequeño cortado. Pero si hay una cultura ha marcado Valencia durante siglos ha sido la árabe. Ya en el siglo VIII cayó en manos de los invasores islámicos, y allí aguantaron estos hasta el siglo XIII, cuando Jaime I de Aragón recristianizó el territorio.

El Turia, delante de unas colinas con trincheras de la Guerra Civil

El Turia, delante de unas colinas con trincheras de la Guerra Civil

La cuestión es que la huella musulmana persiste, por ejemplo, en muchos topónimos de poblaciones y lugares que empiezan por ‘Al’ (Algemesí, Albufera, Alcácer, Alcira), por ‘Ben’ (Benimaclet, Benifaió, Benimámet), etcétera. Incluso el propio Turia, en su curso alto, se conoce con el citado término de Guadalaviar, siendo ‘Guad’, precisamente, sinónimo de río. Y más allá de monumentos, el rastro de los árabes sigue incluso en el paisaje. Por ejemplo, fueron ellos los que trajeron al Mediterráneo español la caña común, que puebla profusamente buena parte de las riberas del río valenciano. Y también se sabe que introdujeron en estos lares uno de los mamíferos más discretos y desconocidos de la fauna ibérica, el erizo moruno. Que lleva un apellido que lo delata, y vive precisamente en estas comarcas de la excursión propuesta de hoy.

Será difícil que veamos uno de estos insectívoros con púas, en cambio muy populares. Son fundamentalmente nocturnos, se mueven con parsimonia, y lo más normal es encontrarse a alguno destripado sobre el asfalto, pues tienen en nuestras infraestructuras uno de los grandes enemigos. Ante las ruedas y cientos de kilos poco pueden hacer con su táctica milenaria de defensa, la que le había servido contra todos menos nosotros: hacerse bola inexpugnable, repleta de pinchos, y dejar que el agresor dimita por aburrimiento. Pero si tenemos la mala suerte de encontrar uno atropellado, también será complicado –si no somos expertos- distinguir al erizo moruno del erizo común o europeo, que también habita aquí, en las comarcas de Camp del Túria y L´Horta, por donde pasa el Parc Fluvial.

¿Autóctono o foráneo?

El erizo moruno es un poquito más pequeño que el europeo: estamos hablando de unos 25 centímetros de longitud, y menos de un kilo de peso. Su coloración general es de un marrón más blanquecino, tiene las orejas y el fino hocico algo más diferenciados, y prefiere los terrenos más secos que su pariente común, poblando rara vez hábitats por encima de los 400 metros de altura. Parece que el europeo es más de monte y el moruno más de matorrales, huertas y campos de frutales.

El erizo moruno, difícil de detectar (FOTO: bdb.cma.gva.es)

El erizo moruno, difícil de detectar (FOTO: bdb.cma.gva.es)

El caso es que ha pasado tanto tiempo desde que el erizo moruno pisara Iberia que ya es uno más. Aunque durante mucho tiempo se pensó que era una especie autóctona de España, ahora se tiene a los almohades (siglo XII) como ‘culpables’ de la presencia aquí del erizo moruno, originalmente norteafricano. Lo mismo se supone que sucedió con la gineta, por ejemplo. La carne de erizo era para ellos una delicia, al parecer, y también se le atribuían propiedades medicinales. Hoy el moruno está distribuido por toda la costa ibérica del Mare Nostrum, desde Cataluña hasta Andalucía, y los dos archipiélagos españoles. Sin embargo, no es una distribución continua. El estado de su población es desconocido, pero no parece que vaya a más, y en Andalucía está catalogado directamente como ‘en peligro de extinción’.

En este caso, su presencia no parece haber causado ningún desastre, a diferencia por ejemplo del visón americano, colonizador de las últimas décadas, a partir de las granjas peleteras de las que se escapó. También habita estos lares, y los animales ‘de aquí’ y de su rango no están preparados para combatirle. Pero, si el erizo moruno causó algún trastorno, a estas alturas no se nota. Ahí está el dilema. Si tanto combatimos para que otras variedades animales foráneas no se instalen en nuestros ecosistemas, ¿qué deberíamos hacer ahora con el erizo moruno? ¿Se puede llamar invasora a una especie que lleva con nosotros no lejos de un milenio? Ahora mismo no solo no da guerra alguna, sino que está plenamente adaptado y protegido, como su pariente, así que lo deseable es que no desaparezca. Además le toca luchar contra otra amenaza: la hibridación con el erizo enano africano, especie ‘artificial’ propia de tiendas de mascotas, que a veces termina también abandonada en los campos. Los caminos de la biología también son inescrutables.

Las ratas gigantes del Bidasoa

Si hubiera una máquina del tiempo con un solo viaje disponible, otros se irían a ver la Revolución Francesa o a Jesucristo. Yo preferiría los dinosaurios. Pero si tuviera más posibilidades, una de las que me encantarían es San Sebastián, mi ciudad, unos siglos atrás. Metería en el cacharro unos prismáticos, porque me imagino la bahía perfecta que todos conocemos, con su islita en mitad; pero además un río Urumea desparramándose por ahí, sin paredes que lo encaucen ni paseos marítimos que lo constriñan. Es en la frontera entre la tierra y el mar, en la unión entre el agua dulce y la salada, donde más alegremente bulle la vida, al menos cuando nosotros no estamos.

Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)

Hondarribia, desde la orilla de Plaiaundi (Irún) (FOTO: grupoaegithalos.blogspot.com.es)

Las marismas prácticamente no existen en la costa guipuzcoana. Repitiendo el mismo ejemplo donostiarra, se las tragó el asfalto en la mayoría de las desembocaduras de los pequeños ríos cantábricos. Esos ecosistemas más o menos conservados en otros puntos como Galicia o por supuesto el Guadalquivir, fueron tapadas y tapiadas en la mayor parte de mi provincia. Y el mejor ejemplo que se conserva, Txingudi, está en un entorno tan sumamente alterado que no se parece en nada a esas imágenes idílicas que se me vienen a la cabeza. Es el tramo terminal del famoso río Bidasoa, que marca la línea fronteriza con Francia. Todos los aficionados a la ornitología de mi tierra hemos pasado muchas veces por allí, entre otras cosas porque no hay muchas más.

Txingudi tiene importancia internacional como descansadero para las aves migratorias: casi 300 especies viven o paran aquí. Pero a mí me deja una sensación entre placentera y deprimente: no puede haber lugar más encorsetado por la civilización. El Bidasoa da al mar en lo que hoy es un ultrahumanizado triángulo de localidades pegadas. Lo forman Hondarribia (al oeste, localidad turística y marinera), Hendaia (al este, similar y vascofrancesa) e Irún (más comercial, al sur de las otras dos). Esta última es la segunda población de Gipuzkoa, solo detrás de la capital.

En ese espacio de escasísimos kilómetros cuadrados conviven un puñado de sectores marismeños, como Plaiaundi, en Irún (23 hectáreas) o la regata de Jaizubia, estrecho afluente del Bidasoa que ocupa unas 70 hectáreas en territorio hondarribitarra. Rodeando estos dos espacios de este lado de la frontera, separados entre sí solo por la pequeña ría, conviven unas 80.000 personas. Y, para terminar de hacernos a una idea del rompecabezas, cabe señalar que entre uno y otro hay un campo de rugby con pistas de atletismo y un aeropuerto: el de San Sebastián, que está ahí. Hace mucho que las aves acuáticas ya ni se asustan de los pájaros de metal.

Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/<vesdelariadoburgo.blogspot.com.es).

Las espátulas no estaban (FOTO: Antonio Sandoval/avesdelariadoburgo.blogspot.com.es).

En los últimos años las instituciones, por ejemplo el Gobierno Vasco o la Diputación, están metiendo dinero –también de fondos europeos- para recuperar este cascadísimo entorno. Y se ha notado para bien. Hace menos de dos semanas pude volver, y como ya no estoy cerca habían pasado años desde mi última visita. La verdad es que ha mejorado mucho: en los 90, cuando más lo frecuentaba, había hasta pequeños poblados chabolistas por allí. Y ahora, en el exiguo pero variado sector irundarra de Plaiaundi, donde más te lucen los prismáticos, hay una pequeña red de senderos (2 kilómetros) y observatorios por entre las lagunas, prados y pequeños sotos. Incluso un flamante centro de información, un señor edificio.

Pregunta sobre un extraño

Aún hacía ese extraño calor de verano apoltronado que hace poco se disipó. Así que por un lado había más gente que en la guerra y, por otro, escaso bicherío. Bueno, yo siempre disfruto con el blanco purísimo de esa gran zancuda llamada garceta grande; o con la enorme variedad de limícolas de diverso porte y calibre de pico. Había patos como los ánades reales, cuchara y frisos, incluso un ganso muy solo. Y las gaviotas, que no falten. Pero preguntando a la chica que atendía la casa del ‘ecoparque’, confirmo que no he llegado en el mejor día: tan alta temperatura tiene mareados a los pájaros, y además días atrás se fue un grupo de espátulas que repostó por aquí, y al alba se escaparon las grullas que pararon anoche. Por la ría, cerca del aeropuerto, lleva un tiempo un águila pescadora. Pero ya se sabe, “igual vas y hoy está por otro lado”. Eso debió de ser.

Completé el recorrido, y empecé a tirar para Hondarribia, para meterme por la regata de Jaizubia. Existe un proyecto para que haya una pasarela que cruce la ría y puedas pasar a pie, en un suspiro, desde la orilla de Irún, pero no sé si por la crisis o no, aún no se ha materializado. Por tanto, hay que meterse de vuelta a la cercana civilización y dar un rodeo de unos minutos. Sin embargo, me acordé de algo y volví sobre mis pasos, a preguntar algo a la especialista: “¿Sigue habiendo coipú por aquí?”. Parece un poco sorprendida por la pregunta, y responde: “Hay unos pocos, pero están controlados”, porque en cuanto baja la vigilancia, prolifera y destruye la vegetación palustre autóctona, que sirve para que se oculten las aves acuáticas nidificantes. El coipú, o rata-nutria, o ‘falsa nutria’, es un gran roedor sudamericano que, un buen día, se asentó en Francia. Y no fue una buena noticia. Tampoco vino cruzando el Atlántico, claro.

Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)

Coipú, la rata-nutria invasora (FOTO: www.simbiosisactiva.org)

Nunca olvidaré cuando me encontré con el primero. Fue un día cualquiera aquí mismo, en la entonces mucho más deslavazada Plaiaundi de finales de los 90 o principios de este siglo. Para mí resultó impactante, y eso que estaba muerto: me interné por entre unos carrizos que daban a un mínimo arenal, y tirado en el suelo yacía el cadáver de una rata gigantesca y marrón, casi del tamaño de un zorro. Me llamó mucho la atención la cola, tan larga como el cuerpo pero fina y cilíndrica, como las ratas de alcantarilla; y sobre todo esos dientes naranjas, enormes, que le salían por la boca. Internet no estaba en pañales, pero casi, y no había llegado a mi casa, así que de vuelta al hogar eché mano de la guía de mamíferos europeos y encontré lo que era aquello.

Historia de un invasor

Este mamífero de 6 a 10 kilos de peso, absolutamente vegetariano y excelente nadador, recuerda un poco al castor. Su hábitat natural son los humedales tropicales y subtropicales de Argentina, Brasil, Chile o Paraguay. Su piel lo trajo a Europa: en su día cotizada, fue criado durante décadas en granjas peleteras francesas que, allá por los 70, cerraron. Y muchos de sus pobladores forzosos quedaron libres. El caso es que, salvo si hay inviernos gélidos y prolongados, puede vivir también en los entornos europeos más parecidos a los suyos originales. En el sur de Francia, por ejemplo, es muy habitual, y en otros países europeos también. En un viaje en coche de medio centenar de kilómetros, entre Milán y Pavía (Italia), el asfalto parecía una guerra: encontramos múltiples cadáveres aplastados en la carretera, de lo que mi cicerone llamaba “nutrias”. En Reino Unido, una millonaria lucha sin cuartel de un decenio hizo falta para extinguirlo. En teoría, al menos.

Pasó lo de siempre: si trasplantamos un animal a un lugar que no es el suyo, pero las condiciones ambientales no lo matan, lo que hace es expandirse destructivamente, pues faltan los enemigos naturales que lo mantenían a raya, como pasa con cualquier especie. En cambio, los animales autóctonos sufren por una competencia súbitamente ‘caída del cielo’. El coipú está considerado una de las 100 especies invasoras más perjudiciales del planeta, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Y hace no tantos años cruzó la frontera política –evidentemente no natural- y se estableció al oeste del Bidasoa, en territorios propicios de Gipuzkoa y Navarra. También hay poblaciones en Cataluña, y de vez en cuando se encuentran ejemplares en otros puntos de Iberia, aunque ahí no se puede hablar de poblaciones asentadas.

Regenerada regata de Jaizubia.

Regenerada regata de Jaizubia.

El coipú suele ser discreto y nocturno, pero sus consecuencias se notan: la costumbre que tiene de construir la madriguera en las orillas blandas de las riberas, y su alimentación a base de plantas –salvajes y cultivadas-, han causado estragos ambientales en varios estados. Lo pagan todos los que precisan de esa vegetación ‘talada’ por los incisivos de la rata-nutria para comer o esconderse. Porque, por si fuera poco, se reproduce ‘como una rata’, o casi: en torno a 5 crías por camada, que pueden ser perfectamente dos por año si todo va bien. Su longevidad no es alta, apenas dura 4 ó 5 en la naturaleza, pero las hembras ya son fértiles en el primer año de vida.

Inocente pero perseguido

Por eso, la batalla se centra en controlarlo. A escopetazo limpio, y a base de trampas, los técnicos de la Diputación de Gipuzkoa han eliminado a unos cuantos centenares en los últimos dos lustros. También se controlan en Navarra, incluso a base de radioseguimiento para que el ejemplar marcado guíe a los exterminadores oficiales a su guarida, donde pueden caer más miembros de la familia. Pero saben los expertos que la lucha es en vano: mientras en Francia no se controle a la especie, y eso parece lejos o directamente inasumible ahora mismo, no es más que retrasar un poco el desembarco mayor. Lo normal sería que siguiera la lenta conquista.

Y mientras tanto, la solución (provisional, puntual) están siendo los disparos. La misión es deshacer lo que nosotros mismos provocamos. Se habla de capturarlos vivos, pero ¿y luego qué? Los pacíficos y deslocalizados coipúes, que simplemente escaparon y/o fueron soltados y se buscaron la vida fuera, son una especie a exterminar a este lado del charco. No tienen la culpa, pero en las guerras siempre pagan justos por pecadores.

Pasado y futuro, en un animalillo

Cudillero en tarde húmeda

Cudillero en tarde húmeda

El agua es fuente de vida, y la lluvia de algunos seres extraordinarios. Muchos buscamos cobijo cuando jarrea, pero unos pocos expresan su alegría a su manera. Hace poco se me cruzaron algunos de estos últimos. Estuve en Cudillero, pintoresco pueblo de mar de Asturias. A mí me parece un lugar precioso, con su laberinto de callejuelas verticales y escalerillas sin orden. Muy turístico, pero no era el día para visitas, con aquella cortina gris en el cielo, muy oscura, de la que manaba mucho, mucho líquido. Como uno se puede esperar del Principado. De fondo el Cantábrico, esta vez poco bravo, y el pequeño puerto.

Todo muy bonito, pero sin alegría. Hasta que la vimos a ella, o a la primera, caminando tranquilamente por las vacías calles. Las personas estaban a buen recaudo, en sus casas; fuera paseaban las salamandras. Esos batracios con cuerpo de lagarto –cola incluida- y cara un poco a lo rana, de ojos saltones, que se mueven reptando, sin prisa ninguna. En este caso, parece que eran de la norteña subespecie llamada ‘bernardezi’, pequeña pero muy chillona. Es sobre todo amarilla con rayas y manchas negras, cuando en otras variedades salamandrinas suele pasar al revés, con predominio negro y el amarillo como mero complemento. El ambiente plomizo que nos rodeaba tenía su contrapunto en esas criaturas húmedas y brillantes, de aspecto algo viscoso, que se arrastraban discretamente.

A las salamandras siempre se las ve así, en mitad del aguacero. Porque si no lo hay, lo suyo es la noche, y ahí nuestros ojos lo tienen más difícil. El día más húmedo de mi vida lo tengo automáticamente asociado a otro par de ellas. Recuerdo visualmente poco, aparte de una pista forestal entre el pinar, en mitad de un tormentón sin igual, a media tarde. Pista muy embarrada, de esas que parece que quieren convertirse en río, y mis botas chapoteando rápida y rítmicamente cuesta abajo, en busca del pueblecito de Dòrria (comarca del Ripollés, Pirineo de Girona), espoleadas por la incertidumbre de dónde pasar la noche. Mi capa de agua había sido ampliamente vencida desde un par de horas atrás, y me sentía calado como nunca, hasta lo más profundo de la ropa.

Salamandra 'fastuosa', en Cudillero

Salamandra ‘fastuosa’, en Cudillero

Y por supuesto, ni un alma animal por ninguna parte, salvo yo mismo. Ahí, en lo más desolado del diluvio, se me cruzó un soberbio ejemplar, más grande y oscuro que los de Cudillero, igual de ajeno a la tempestad. Caminaba conservando la compostura, moviéndose con una parsimonia impactante. Daba la impresión de estar en su salsa, y además así era. Más abajo, otro. No se me olvidará, porque he visto muy pocas. Ni tampoco que una familia de Dòrria me abriera su casa y prendiera la chimenea en pleno junio, para que aquel desconocido se calentase y secase algo sus prendas. Los anfibios eran otros.

El agua, nunca muy lejos

Antediluviana, pero amante de los chubascos. Así es la salamandra, que necesita humedad, como todos sus parientes anfibios: ranas, sapos, tritones. Hace unos 350 millones de años que la vida dejó de ser solo acuática  para este gran grupo de vertebrados, el primero que se aventuró fuera del caldo original, donde ya habitaban los peces, y buscó aventura en tierra firme. Su evolución daría lugar posteriormente a los reptiles, y de ahí a las aves y los mamíferos, o sea nosotros mismos. Mirando con perspectiva, todos somos parientes; no deberíamos olvidarlo.

Sin embargo, los anfibios que siguieron su historia como tales nunca se han alejado mucho del agua. Como mínimo la necesitan para reproducirse, porque ahí viven sus larvas antes de metamorfosear y convertirse en adultos plenamente formados. La salamandra es un caso especial, porque no pone sus huevos allí como los otros, sino que la madre deposita en el medio acuático precisamente larvas ya previamente desarrolladas dentro de su cuerpo: ‘ovovivípara’, la llaman los biólogos. Es más, subespecies como la nombrada variedad ‘bernardezi’ van a menudo más allá, y alumbran jóvenes ya perfectamente adaptados desde su primera luz a la vida en tierra. Muy grande.

Aunque la protagonista de hoy sea una de las especies de anfibias más emancipadas del agua, secarse sería la muerte para ella. Por eso, y aunque no sea muy abundante en general, existe en la húmeda franja norte peninsular, entre Cataluña y Galicia. De ahí para abajo, solo en las cadenas montañosas que le ofrezcan ambientes propicios, como arroyos y regatos, prados frescos o sombrías barranqueras. Asimismo resulta misterioso, también, que en las montañas del Sistema Ibérico se extinguieran o sean escasísimas, ya que también las hay más al sur dentro de nuestra Península. Al parecer se debió a una enfermedad causada por un hongo.

Precisamente, la revista ‘Science’ acaba de publicar que el coleccionismo de batracios ha traído a Europa otro hongo llamado Batrachochytrium salamandrivorans. El apellido es significativo, “devorador de salamandras”, ya que le causa heridas letales en la piel, que es por donde fundamentalmente respira el animal. Procede de anfibios asiáticos, inmunes a su presencia, pero amenaza con destruir las poblaciones de las salamandras y tritones del ‘Viejo Continente’: se ha comprobado que ha causado estragos ya en Holanda, y que ha saltado a Bélgica. Se teme que se propague mucho más aún.

Territorio muy salamandrero

Territorio muy salamandrero

Mitos y magia

Mientras confío en que la nueva peste no invalide la siguiente frase, siempre me he preguntado cómo han hecho las modestas salamandras para llegar hasta nuestros días. Su librea negriamarilla es sumamente fanérica, que es lo contrario que críptica: llama la atención. Si un miope como yo es capaz de detectarlas a simple vista, qué no harán los predadores de todos los tamaños que comparten hábitat con ellas. Además estos urodelos –anfibios de pinta ‘lagartijoide’, con cola- carecen de velocidad alguna para la escapada. Y no solo no pueden saltar lejos, como los anuros (sapos y ranas), sino que además no nadan especialmente bien y tampoco les resulta una buena vía de escape.

Una de las claves está en las glándulas parótidas que luce la salamandra a ambos lados de la cabeza, bien visibles, y las dos hileras de más poros glandulares en el dorso. Segrega por estos generadores un líquido pegajoso y claro, que expulsa cuando siente el peligro. Y que es tóxico, sumamente irritante si entra en contacto con los ojos o las mucosas del agresor, pongamos un zorro. Si un carnívoro prueba salamandra por primera vez, no lo olvidará y no le quedarán ganas de repetir nunca más. Ahí está la clave de los llamativos colores, que comparte con muchos seres venenosos del mundo: precisamente esas pinturas tan tropicales refuerzan la memoria del enemigo, sirven para decir eh, cuidado. Que, como te atrevas a comerme…

Multitud de leyendas y supersticiones se asocian a este batracio, quizá por su extraño proceder, por su habitual nocturnidad o por sus chocantes tonos. Durante siglos se ha dicho que su líquido podía dejarle a uno calvo instantáneamente, o envenenar riachuelos que pasaban a matar a cualquier incauto que bebiera de ellos: trascendió la falsedad de que el ejército de Alejandro Magno, nada menos, sufrió pérdidas de miles de soldados y caballos por haber bebido estos de un río ‘contaminado’ por la salamandra. O se decía que su saliva producía heridas mortales a las personas, o dejaba sin fruta a los árboles a los que se acercaba… Lo cierto es que basta con lavarnos para que se nos pase el picor que provoca su ‘leche’ defensiva, dado que nosotros no nos la vamos a meter a la boca.

Mucho que aprender

Salamandra madrileña, en Navacerrada

Salamandra madrileña, en Navacerrada

Es cierto que son animales de sangre fría, pero se llegó a creer incluso que se podía apagar las llamas con ellas. O que eran ignífugas, por lo que eran capaces vivir dentro del fuego. Infundios dignos del demonio: mejor matarla o, mejor aún, no tenerla muy cerca.

Sin embargo, lo más extraordinario de este animal no es una invención, sino una realidad que parece divina más que diabólica. Hemos escuchado a menudo que la lagartija suelta la cola para despistar al depredador que la persigue, y que le vuelve a crecer, aunque más corta y menos perfecta. Pues bien: la frágil salamandra reproduce también sus patas, e incluso ¡parte del corazón!, si sufre alguna pérdida.

Si le arrancan una extremidad, que es más normal que el corazón, en uno o dos meses aproximadamente le brota otra idéntica, con todos sus dedos. Primero desarrolla sobre el muñón una protuberancia llamada blastema, de la que con el tiempo brotará una copia del miembro perdido. Y además puede repetir esta operación más veces, y por si fuera poco no deja cicatriz. Se convierte así en otra leyenda cristiana con patas, la del Santo Grial, el cáliz de Cristo capaz de sanar las heridas más graves. Según investigaciones recientes, en parte ese milagro se consigue gracias a las células madre que circulan por la sangre del urodelo, prestas a actuar allá donde se las necesite, pues pueden dar lugar a células de otros tipos.

El mecanismo, desde luego, es muy complejo. Así que la ciencia sigue investigando a las aparentemente insignificantes salamandras. ¿Qué impacto tendría su milagrosa capacidad autorregenerativa, aplicada a humanos? Y sobre todo, ¿cómo ‘enseñar’ a nuestro cuerpo a hacer lo mismo? ¿Es factible aplicárnoslo de alguna manera, alcanzaremos alguna vez tanta maestría técnica como para conseguirlo? Ya se verá, pero impacta que estos secretos los porte consigo, reptando, un pacífico bichito.