La importancia de unas buenas calificaciones

A lo largo de nuestras distintas etapas educativas, desde primaria hasta los estudios de postgrado –por suerte, los alumnos de educación infantil todavía se libran – el yugo de las calificaciones es algo presente en todo momento y que constantemente nos condiciona. Nos determina la consecución de una beca, nos lleva a elegir una carrera universitaria u otra, nos obliga a repetir curso… en definitiva, nos marca nuestro futuro. Tanto es así que, si preguntamos a un alumno cuál es la tarea principal con la que debe cumplir, su respuesta será “aprobar” en lugar de “aprender” (he hecho la prueba entre estudiantes universitarios, y ninguno de ellos respondió la segunda opción). El sistema educativo nos clasifica desde bien pequeños y nos somete a una valoración numérica que establece nuestro estatus dentro de la sociedad educativa: somos de sobresaliente, notable o aprobado raspado. Pero, ¿realmente los que mejores notas sacan son los más inteligentes?

Esta cuestión siempre ha rondado mi cabeza, especialmente según iba creciendo e iba analizando la manera de actuar de los estudiantes: primero mis compañeros de clase, después otros escolares en cursos inferiores al mío (mi familia, mis amigos más jóvenes, etc.) y por último, mis propios alumnos. Y mi conclusión siempre ha sido que no, especialmente a partir de comenzar mi carrera como docente universitaria. Pero, curiosamente, en los últimos tiempos he dado con varios artículos que hablaban de este tema.

La historia está repleta de alumnos que no fueron especialmente brillantes durante su etapa escolar, pero que, sin embargo, sobresalieron de manera espectacular cuando se convirtieron adultos. El más famoso de todos, sin duda, es el caso de Albert Einstein, que acumulaba suspenso tras suspenso en sus calificaciones de primaria. ¿Cuál es el motivo de que se dé esta contradicción?

Entre otras razones, y de ello ya hemos hablado en este blog, se puede explicar a través de la teoría de las inteligencias múltiples, que desarrolló Howard Gardner, y que mostró que los seres humanos tenemos hasta ocho tipos de inteligencia. Sin embargo, el sistema solo evalúa alguna de ellas, y de acuerdo a unos parámetros muy concretos. Por ello, el alumno que no responde a esos parámetros prefijados no obtendrá las tan valiosas buenas calificaciones.

Otro gran problema que se les presenta a ciertos estudiantes es la falta de motivación. Y, en este caso, la metodología didáctica elegida tiene mucho que ver. La educación tradicional, con su consecuente evaluación memorística, provoca dificultades no solo en aquellos que tienen problemas a la hora de retener informaciones, sino a los que lo consideran innecesario y una pérdida de tiempo.

Es por ello que, cuando solo nos centramos en analizar los datos numéricos de los resultados académicos de un país no estamos haciendo una valoración al completo. Uno de los grandes problemas a los que se ha enfrentado el alumnado de altas capacidades es el aburrimiento en clase. Y es que la pura memorización no ha supuesto nunca un reto, simplemente una estrategia que se llega a dominar en mayor o menor medida, un instrumento que ha marcado y sigue marcando nuestro expediente académico.

Y, ¿qué podemos hacer los profesionales de la educación? Ha llegado el momento de dar un giro de 180 grados en la actual manera de enseñar. Es el momento de que los alumnos dejen de repetir sin entender el sentido de lo que repiten, y comience a enfrentarse a retos, a problemas; ha llegado la hora de que los estudiantes sustituyan el memorizar por el pensar. Analizar situaciones, debatir, reflexionar de manera crítica… son prácticas que deben de empezar a protagonizar el proceso de enseñanza- aprendizaje, metodologías en las que los alumnos se expresan y crean, en las que se convierten en los protagonistas. Quizás, si se les escucha más se llegará a comprender el porqué de un empeoramiento de las calificaciones. Partiendo de sus intereses conseguiremos una motivación tal que obtener un buen resultado no supondrá ningún sacrificio.

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