Educar para el fracaso

El otro día escuchaba en la radio la entrevista que le hacían a uno de los creadores de la última película de animación española: ‘Atrapa la bandera’. Entre halagos, uno de los contertulios hizo una reflexión con la que no puedo estar más de acuerdo. Hablaba sobre los mensajes que, a modo de mantra, los productos mediáticos para niños (películas, libros, videojuegos…) lanzan sin valorar sus consecuencias. En este caso, se refería al slogan de la película: «el fracaso no es una opción», que entre los más vulnerables puede llegar a calar tanto que condicione el resto de su infancia y adolescencia, de manera que cualquier fracaso sea asumido como una derrota personal imperdonable.

La vida es dispar. Y para cada uno funciona de una manera. Para algunos, los menos, todos son éxitos, casi sin pretenderlo. Sin embargo para el resto de los mortales, la inmensa mayoría, las cosas no siempre salen como se espera. Es una realidad con la que hay que vivir y que experimentamos desde bien pequeños, dado también el hecho de que vivimos en una sociedad donde la competitividad está presente desde nuestra más tierna infancia.  Y para que alguien sobresalga por encima del resto, debe de haber una multitud mediocre. ¿Qué pasa cuando los niños se identifican con esa multitud?

Una de las historias que más me han inspirado ha sido la del maestro Célestin Freinet. Y no por las muchas contribuciones que aportó a la mejora de la educación, ni tan siquiera por ser un modelo en cuanto a educomunicación se refiere. Su biografía me parece inspiradora porque supo hacer de su debilidad una virtud: herido a causa de una bala que le perforó el pulmón durante la Primera Guerra Mundial, era incapaz de desarrollar una clase tradicional, en la que solo hablara él, sin que sus problemas respiratorios le llevaran casi al ahogo. Entonces, motivado además por las nuevas corrientes pedagógicas, desarrolló otras maneras de enseñar en las que era el alumno el que marcaba el ritmo en la clase y el protagonismo del educador pasaba a un segundo plano. Demostró así que nuestras flaquezas no tienen por qué suponer limitaciones. Al contrario, en ocasiones se convierten en nuestra mejor virtud.

Pero, ¿cómo es posible educar para el fracaso? Un primer paso para ello es empezar a quitarle hierro a las equivocaciones. De hecho, el error forma parte del aprendizaje, ya que nos indica que camino no debemos volver a tomar. El sistema educativo siempre ha condenado los suspensos, las faltas, las incorrecciones. Y las ha empleado para categorizar a los estudiantes: “éste es de los que suspenden”. Así que es necesario un cambio de actitud, una nueva pedagogía en la que fallar forme parte del proceso de enseñanza.

Y a partir de aquí podemos seguir avanzando. Es necesario que los estudiantes sean conscientes de que fracasar nunca es el final, que de hecho, puede suponer un nuevo comienzo que nos ofrezca un trayecto mejor que el recorrido hasta ahora.  Y también es importante mantener su motivación por seguir luchando para conseguir los objetivos marcados. Y que su autoestima no baje, al contrario, que se sientan capaces de avanzar, aunque el camino sea más complicado de lo que inicialmente parecía.

El fracaso forma parte de la vida y, como hacemos tantas otras veces, enfocarlo desde una perspectiva tan negativa no hace más que demonizar un hecho por el que todos en alguna u otra ocasión pasamos. Conseguir que nuestros alumnos entiendan este concepto como algo natural, que incluso nos puede hacer más fuertes (intelectual y emocionalmente) sería uno de los aprendizajes con más valor que pudieran obtener de su paso por el sistema educativo.

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